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RUEDAS

EL DESENCUENTRO

ANTI-CUENTO DE NAVIDAD

Autor: Jesús García Peón

Hombre sentado mirando el mar
Mirando la mar

Me sentía angustiado desde hacía algún tiempo y no por una razón que se pueda explicar de manera fácil. Tenía trabajo, salud, me sentía querido por quienes me rodeaban, no había, por lo tanto, razón para esa constante desazón, sin embargo se daba.

Cuando pienso en ello desde la distancia solo había dos cosas que me podían perturbar, una era el deseo de cambiar de empresa. En la que trabajaba no me pagaban a su debido tiempo, a veces, incluso lo hacían antes y mi jefe me adelantaba sin finalizar el mes un tercio del sueldo para luego pagar otro tercio hacia la mitad del siguiente y el resto más tarde, de manera, que nunca sabía cuando iba a cobrar y eso desequilibraba mi economía pero también ponía a prueba mi estabilidad emocional dada mi personalidad tendente a la previsión, la estabilidad y la logística de las pequeñas cosas, eso que otras personas suelen identificar como orden. La otra cuestión era que estaba buscando un nuevo apartamento algo mejor situado y más económico y no lo encontraba.

Aquel quince de diciembre estaba en casa, hacía malo como suele ser habitual en las fechas que nos situamos y era domingo. Estaba preparando la agenda para el trabajo de la semana siguiente que es lo que a media tarde hacía cada domingo, cuando sonó el teléfono.

Quedé un momento pensando quien podía ser. No identifiqué la voz al primer instante pero estaba claro que nos conocíamos y desde hacía mucho tiempo pues a partir de un cierto momento todos se referían a mí como Jesús. Chuchi era ese apelativo cariñoso que de pequeño ponen a los bautizados con mi nombre y que quitarlo de encima nunca resulta fácil. Además su voz estaba ligeramente tomada, como si tuviera catarro, o acaso fuera el auricular del teléfono. Como se hizo un silencio que el entendió a la perfección, añadió:

Entonces si. En ese momento tomé nota del timbre y los tiempos de la voz y ya sabía quien era. Alberto era una de esas personas que nunca levantan la voz, ni siquiera discutiendo. Su trabajo consistía en vender servicios que él mismo producía y solía quejarse de no tener tanto éxito como la competencia; yo pensaba que acaso por esa característica de no agresividad que rodeaba su conversación fuera por lo que le resultaba complicado vender más que otros sino más competentes si más competitivos. No obstante se defendía bien con su trabajo, sobre todo después de que se independizara del socio con el que aprendió el oficio, aparentemente facturaba lo suficiente para vivir de manera digna y mantener holgadamente a su familia.

Fue entonces cuando lo conocí, al poco de ponerse por su cuenta. Y hubo química desde el primer momento. Físicamente era poca cosa, sin superar el metro sesenta y cinco, nada atlético, con entradas que acaso pronosticaban una incipiente alopecia, gafas que él utilizaba de concha, cuadradas y grandes. Le solía decir que había modelos más modernos, con mejor diseño que aquellas que recordaban a las que siempre calzaba Ramón Tamames, el economista por entonces de moda que militó en las filas del PC y que luego se convirtiera en su azote, pero él respondía siempre lo mismo, para mi la comodidad es muy importante y este tipo de gafas me proporcionan un buen campo de visión. Desde el primer momento supe que era un hombre muy inteligente al que la parte externa de las cosas y también el aspecto exterior de los hombres solo tenía importancia desde el punto de vista de la consecución de objetivos. Solía decir, claro si te has planteado vivir de modelo, evidentemente habrás de cuidar ciertos aspectos de tu físico y vestimenta, pero si como yo, tienes que vender una idea inteligente, eso carece de toda importancia.

Nuestras relaciones comenzaron porque yo trabajaba como ejecutivo en una empresa a la que él acudía una y otra vez intentando conseguir que le compraran sus servicios. Un día lo consiguió y a partir de entonces hablamos mucho y a menudo. Años más tarde yo no estaba ya en la empresa pero continuamos viéndonos con frecuencia, conversando, celebrando acontecimientos, lo normal en estos casos. Admiraba en él, sobre manera, su capacidad para escuchar, para captar el momento, las intenciones, los deseos. Sabía siempre cuando sobraba o estaba demás pero también sabía presentir cuando era necesaria su presencia. En una ocasión triste para mí por la falta de un familiar cercano que falleció lejos, razón por la que tuve que desplazarme fuera de la comunidad, a mi regreso, estaba esperando dentro de su coche aparcado a la puerta de mi casa. Solo se acercó y me dijo, sabía que venías en avión y me enteré de que el vuelo llegaba a las 10 de la noche, solo quería ofrecerme, saber si te puedo ser útil. Saber si necesitas algo, lo que sea. Yo no necesitaba nada y nos despedimos con un abrazo pero agradecí mucho aquel gesto y aún hoy sigue permanente en mi memoria como prueba de que si queremos, lo intentamos y nos esforzamos de manera generosa, los humanos podemos hacer las cosas razonablemente bien sin matarnos demasiado.

Pero, como quiera que los hombres a menudo hacemos bastante poco por mantener nuestras amistades o yo por lo menos tengo esa faceta en mi haber de carencias, el trabajo, el tiempo y la ausencia levantó un muro de veinte años que no se había resquebrajado hasta esa llamada de teléfono, aquella tarde de diciembre.

El resto de la corta conversación que mantuvimos estuvo plagado de tópicos y generalidades, la familia, el trabajo, algo de economía. Y cuando creí llegado el momento, pregunté:

Hay que tener en cuenta que entonces aún no eran habituales los teléfonos móviles y aunque él llevaba uno de aquellos mamotretos fijos en el coche y yo uno de los primeros "moviline" que empezaban por 858 y se cortaban cada dos por tres, no nos facilitamos los números, creo que prefería no darme la oportunidad de cancelar la cita. Si no nos llamábamos, acudiríamos.

Colgué y rápidamente apareció esa zozobra a la que me refería. Un montón de preguntas me venían a la cabeza. Me agradaba volver a ver a Alberto, como no. El hecho de rememorar, saber de sus cosas, de otros amigos que compartimos, era la oportunidad. Sin embargo en ese momento no me apetecía nada. No se si por inesperado me parecía inoportuno. Además en Gijón, aunque eso podía tener explicación, tendría que hacer alguna gestión por allí cerca y además a ambos siempre nos gustó tener cerca el mar. Solíamos quedar en la terraza del restaurante Rhin en El Sardinero para tomar café o un vermouth. La cosa es que habíamos quedado a las 12 y eso quería decir que había que comer y después de comer hay que pagar. Aunque había sido él quien había impulsado la cita, conociéndome, sé que tengo que intentar pagar porque no se hacerlo de otro modo, pero mi economía no estaba para tirar voladores y también podíamos haber quedado a las cuatro a tomar café que no era lo mismo. ¿Por qué no se lo dije? No lo sé. Además podía haber dicho que estaba ocupado por la mañana, que no estaría libre hasta las cuatro pero tampoco lo hice. A veces, no es fácil reaccionar aunque pensé que lo podía volver a llamar. El teléfono fijo desde el que había marcado estaba escrito en el identificador de mi aparato pero habíamos hablado de estar precisamente preparando la agenda y sonaría a disculpa cualquier cosa que dijera. Intenté dejar de pensar en ello, dejarlo para el día siguiente. Al fin y al cabo faltaba una semana y me abandoné de nuevo a la preparación de la agenda pensando como pienso ahora que aquella sensación angustiosa obedecía a mi propio estado de ánimo más que a otra cosa.

El siguiente sábado, por la mañana no trabaje, solo pasé por la oficina para dejar unos papeles y recoger otros, comentar un par de cosas y marchar disculpándome por tener algunos asuntos que resolver. Los sábados solo se trabajaba por la mañana y generalmente para temas burocráticos. Seguido pasé por el cajero para sacar dinero y enfilé la autopista en dirección a Gijón dando vueltas y más vueltas a la cabeza con el asunto de la cita y en cuya mecánica no había pensado en toda la semana. Como sería la conversación y todo lo demás, me martilleaba el cerebro y ensimismado en todo aquello, llegué hasta la explanada del estacionamiento del campo de fútbol que a aquella hora estaba, lógicamente vacía, cuando pasaban 5 minutos de las 12 y allí estaba el Mercedes blanco estacionado y dando cambio de luces. Aparqué a su lado. El resto fueron saludos, abrazos presentaciones de mi compañera, su mujer y todo ese tipo de maniobras que utilizamos los humanos hasta que conseguimos tomar el ritmo de conversación lo suficientemente fluido como para que nos estabilicemos.

Fue una velada hermosa y armoniosa que se prolongó hasta pasadas las siete de la tarde. Había reservado mesa en un restaurante cercano que yo nunca había visitado. Yo hablé mucho, estaba nervioso ya lo decía al principio. Los nervios me empujan y obligan a hablar casi a la fuerza aunque a él no parecía importarle, parecía encantado de escucharme. Quería saber en qué trabajaba y si me gustaba el trabajo que hacía. Me preguntó por la familia, los amigos y mientras, las horas pasaban. En un momento dado se levantó preguntando al camarero donde se encontraban los aseos y antes de volver pagó la factura del restaurante supongo que para no perder el tiempo con el forcejeo del pago yo, pagas tu.

A medida que la cosa se iba acabando a tenor del impenitente paso del tiempo me daba cuenta de lo poco que habíamos hablado de él. Tenía buen aspecto, alegre, parecía feliz. Su mujer tampoco habló mucho, algo de los chicos. Fue una tarde inolvidable de cualquier modo. Nos despedimos y me prometí a mi mismo y así se lo hice saber que, en cuando encontrara un rato me acercaría por Santander y comeríamos algo en la Plaza de Italia, en el Sardinero. Te tomo la palabra, -me dijo-.

De vuelta a casa saboreaba con el pensamiento los momentos y sobre todo acumulaba todas aquellas preguntas que no le hice y que me gustaría saber sobre su vida y sus cosas dando como una oportunidad perdida no haberme interesado más. Eran más de las siete de la tarde pero tampoco habían dado para tanto las horas invertidas, eran demasiados años sin vernos. Además estaba resuelto a repetir el encuentro cumpliendo lo que le había prometido.

...

Qué recuerde hoy aquella visita tiene que ver o es culpa de la Navidad, esas fechas que siempre me fueron fatídicas. En mi oscuro tiempo infantil la Noche Buena solo tenía de bueno las torrijas con almíbar que mi madre hacía y en cuya confección invertía tanto amor como en el resto de las cosas que ella impulsaba, el resto era frío en una casa sin calefacción y demasiado poco protegida contra las inclemencias del tiempo, trabajo para mi madre que, como una burra de carga, cocinaba para diez o más porque siempre había algún invitado como el primo Pepe, el ciego, que vendía el cupón en los soportales de la Plaza Mayor mientras, para llamar la atención de los posibles clientes, imitaba el cantar de los pájaros frotando un corcho con una botella de vidrio.

A partir de la medianoche todo eran discusiones y disgustos, reproches por la vida que pudo haber sido pero fue otra como si la discusión fuera a cambiar el río de la historia. Deberíamos ser más generosos y entender que se puede claudicar con la propia vida y hasta cambiar o intentarlo al menos, el rumbo de las cosas para entretejer un futuro más acorde con nuestras expectativas pero la historia ya fue escrita y por mucho que abusemos del reproche nada se va a modificar sobre lo escrito. Solo conseguiremos crear amargura en nuestro entorno y experimentar frustración.

Un año es mucho tiempo, me pregunto por qué dejé pasar tanto. Seguramente podíamos haber vuelto a vernos uno o dos meses más tarde, en primavera por ejemplo que todo el norte se pone tan bonito y pleno de luces, flores blancas y amarillas y un manto verde. Y podíamos haber seguido hablando y reconciliándonos con el tiempo pasado y perdido pero lo cierto es que no lo hice. Fue un año más tarde cuando se me ocurrió, quizá por ese afán mío de huir de la Navidad, quizá porque las propias fechas me recordaron aquella cita. Da igual pero llamé.

Yo apenas conocía a sus hijos pues los dejé infantes pero el silencio que se levantó sonaba como el trueno sordo que anuncia una infernal tempestad.

Era previsible la coincidencia de nombre y primer apellido entre padre e hijo y cuya circunstancia no había tenido presente en el momento de hacer la pregunta, por eso añadí:

Sentí un sollozo contenido al otro lado del hilo telefónico y me di perfecta cuenta que con mi asombro y mis preguntas tontas e inquisitorias estaba haciendo daño a alguien que a buen seguro por la proximidad aún estaba acusando en exceso su ausencia. Me preguntaba como nadie me dijo nada, nadie me llamó para poder acudir a su final o funeral. Y guardé silencio esperando sus palabras.

Acto seguido rompió a llorar y yo, yo guardé silencio, apretando los dientes, intentando no hacerlo. Dejamos pasar un rato así que aún no siendo mucho, me pareció una eternidad.

Debía ser tan inteligente como su padre porque sin duda habló de la conversación con su madre pero también le recomendó que no me llamara. Total, para qué. Hay justificaciones que en lugar de justificar ajustician.

Desde aquella Navidad, todas las Navidades pienso en este episodio de mi vida intentando enterrarlo pero no puedo y por eso no me gusta eso que en general se llama el espíritu navideño porque lo que debemos hacer es mantener un espíritu vital todo el año. Un espíritu que frene nuestro egoísmo. Continuamente, cada día, cada momento, pensamos que lo que nos pasa a nosotros es lo importante, lo que más duele si duele, lo que más hace feliz si es así como nos sentimos, sin mirar mucho más allá de nuestras narices.

Y, aunque pasaron unas cuantas navidades, cada día tengo más presente que si pudiera volver a vivir lo vivido haría las cosas de manera muy diferente. Conservaría a los amigos y no solo por Navidad, intentaría estar disponible por si me necesitan, tenerles más próximos. Pero ya sabemos que nada se puede cambiar por eso con los años terminas por convertirte en una pesada tortuga, torpe y lenta que arrastra un gran caparazón formado por todas las cosas que deberíamos haber hecho de otra manera, aquello que consideramos errores porque los aciertos quedan mimetizados en el devenir y fluir normal de la vida.


Diciembre-2014

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