Cristina  Sáez Vallés, reside en Zaragoza y es persona con diversidad funcional física como consecuencia de los efectos de la Ataxia de Friedreich

DESDIBUJAR LA VIDA

Autora: Cristina  Sáez Vallés

Era su primer día de clase en el instituto. María tenía miedo. No sabía cómo iban a reaccionar sus compañeros. Estaba en el coche y no se atrevía a salir de él. En la puerta del centro, se agolpaban multitud de adolescentes, charlando, gritando, riendo... María los observaba con detenimiento. Los más pequeños iban acompañados de sus padres. Para ellos era su primer día en un instituto, un cambio importante.

Mujer amputadaMaría también había ido acompañada. No se atrevía a ir sola, y mucho menos, a conducir. Eso, algún día, pero no ahora, no en este momento. Hoy iba a clase en el coche de su padre. Ella tenía coche nuevo, pero todavía no lo había estrenado. "Quizá mañana, o la semana que viene"- decía ella. Y su padre le sonreía y le decía que tomara su tiempo. Y que mientras tanto, él la podía llevar, porque era un pre-jubilado y no tenía otra cosa que hacer.

Así que esa mañana, madrugó, aunque casi no había dormido, y se preparó para ir a clase. Sólo tomó café, a pesar de que su madre le había hecho un bizcocho y le instaba a probar "al menos, un bocado." María no quiso comer y su madre se enfadó con ella, pero su padre besó a su esposa, después de saborear ese bizcocho que con tanto amor había cocinado la buena mujer, y con la boca llena, le dijo:"Está delicioso. Guárdanos un buen trozo para merendar". Salieron de casa dejando a la sufrida madre en un mar de protestas.

María se colocó en el asiento trasero. Tampoco podía, por ahora, ir de co-piloto. No había demasiado tráfico, pero aún así, tardaron en llegar más de lo normal. Cuando estaban a cien metros del instituto, su padre, que había conducido despacio, frenó el coche. Miró a su hija por el espejo retrovisor. Veía su rostro, un rostro bello, joven, y, sin embargo, asustado. No dijo nada. Paró el motor y esperó a que su hija hablara. Pasaron diez minutos y la calle quedó en silencio. María miró a su padre y abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella. Su padre bajó la ventanilla. Rebuscó en sus bolsillos y sacó un paquete de cigarrillos. Se puso uno en la boca, lo encendió, dio una profunda calada y exhaló el humo lentamente y con los ojos cerrados, como dormido, como si estuviera en otra dimensión. María tosió y su padre despertó de su letargo, "-Perdona, hija." Y salió del coche a terminar su cigarro. María esbozó una ligera sonrisa. Luego volvió a su gesto de antes: Un rostro de preocupación, una mirada líquida, llena de miedo e inseguridad.

Miró por la ventanilla y vio a Enrique, que llegaba tarde, como siempre, a toda prisa. El autobús amarillo le dejaba siempre un cuarto de hora más tarde. No era culpa suya. Ese autobús adaptado le iba a buscar a su casa una hora antes de empezar las clases del instituto, pero el recorrido que hacía recogiendo a otros usuarios y dejándolos en sus respectivos lugares, tardaba unos setenta minutos. Enrique era el alumno más inteligente que había tenido en los cinco años que María llevaba trabajando como profesora de instituto. Enrique tenía diecisiete años y era el único de sus "pupilos" que le llamaba "señorita" y la trataba "de usted", a pesar de que ella le insistía en que le llamara María, simplemente. Siempre que se dirigía a ella lo hacía con respeto y admiración. Se ponía colorado y titubeaba al hablar. En realidad, sentía por su profesora un amor platónico. Ella lo sospechaba, pero era algo normal, siendo ella tan joven y guapa. Tenía un cuerpo atlético y unas bonitas piernas que no le importaba enseñar, ya que siempre usaba falditas cortas o vestidos "mini". En el instituto era "la tía buena", aunque también le tenían miedo porque era muy exigente y no resultaba fácil aprobar su asignatura.

Enrique había estado internado varias veces en el hospital, por diferentes causas, alguna de ellas muy grave, pero él siempre decía, riendo "me he casi-muerto muchas veces. Me queda mucha casi-vida por delante". Sus ganas de vivir, de aprender, de conocer, eran tan contagiosas como su risa. Todos le querían, le admiraban. Él nunca se veía como un discapacitado, ni minusválido, ni persona con movilidad reducida, eso menos aún porque con lo rápido que iba en su silla... Él se definía a sí mismo como "cojonudo" y todas las demás definiciones sobraban. Las chicas se enamoraban de él. Y los chicos querían ser sus amigos. Su expediente académico era excelente. Y sobre todo, dibujaba a las mil maravillas.

María fue su profesora de dibujo dos años antes. Pero sólo dos meses. Ese invierno, él enfermó gravemente. Una neumonía lo mantuvo hospitalizado dos meses y una larga convalecencia le impidió volver a clase ese curso. María fue a verle al hospital, pero sólo pudo hablar con sus padres ya que Enrique permanecía en la UCI, en coma provocado. María pudo saber que Enrique padecía una enfermedad degenerativa. La madre del chico le contó que cuando nació era un bebé precioso, que se criaba como un niño normal, que caminaba, corría y hasta jugaba al fútbol. Y muy listo. A los tres años aprendió a leer y le encantaba dibujar, Siempre estaba dibujando. Llenaba las paredes de su casa con dibujos preciosos. Cuando hizo su Primera Comunión, empezaron a notarle que se caía, que andaba "raro" y que su columna se desviaba, Empezaron a llevarlo a médicos, privados o no. Pruebas y más pruebas. Perdía clases, pero aun así, aprobaba todo y con nota. María sintió lástima por el muchacho y se marchó casi llorando. Esa noche casi no durmió y mirando a Eduardo que dormía, pensó en lo afortunada que era.

Dos semanas después, María tuvo un accidente con el coche cuando volvía del instituto. Llovía a cántaros y las ruedas le patinaron. Chocó contra un camión. El coche quedó destrozado, hecho un amasijo. Costó más de dos horas rescatarla. La llevaron rápidamente al hospital, donde la operaron de urgencia, y estuvo una semana debatiéndose entre la vida y la muerte. Cuando despertó, María tenía fuertes dolores en el pie derecho. Lo curioso era que ella no tenía pie derecho. Le habían amputado la pierna derecha por encima de la rodilla.

Dos años después, dos años intensos, de mucho llorar, de mucho dolor y sufrimiento, de mucha rehabilitación y muchas sesiones de psicología para aprender a vivir con una pierna ortopédica, decidió volver a trabajar, ahora con sus inseparables compañeras, las muletas. Aunque poco a poco, podría dejar de usarlas, al menos llevaría sólo una. Y hoy era su primer día de clase. Quizá no había sido buena idea volver a trabajar. Quizá todavía no estaba preparada. Quizá nunca lo estaría. Le estaba resultando más difícil de lo que creía.

Enrique casi volaba en su silla de ruedas eléctrica. Siempre iba a toda velocidad. Pero cuando llegó a la puerta del centro se paró un momento a hablar con el portero. María pensaba que ese chico y ella tenían muchas cosas en común: A los dos gustaba dibujar y era algo que los dos hacían divinamente; y les gustaba correr: Él, en su vehículo portátil e inseparable: Su silla de ruedas eléctrica, último modelo, de color azul turquesa. Ella, en su maravilloso deportivo de color púrpura que su padre le regaló cuando aprobó la oposición de profesora de dibujo, hacía cinco años.

Ese mismo año se fue a vivir con Eduardo, diseñador gráfico al que conoció en un curso de postgrado del cual él era el profesor. Se gustaron desde el primer día y juntos dibujaron una bella historia de amor que se fue difuminando a raíz del accidente y se borró definitivamente tres años después. Pero fue ella quien quiso dejarlo. Con su actitud de niña caprichosa, amargada, inmadura... hizo que la relación se volviera insoportable. Eduardo la quería, la cuidaba con amor y paciencia, mucha paciencia. La aceptaba tal y como era, pero ella le pagaba con gritos, malas caras, indiferencia... Él lo intentó, pero llegó un momento en el que ya no pudo más. Un día hizo las maletas y se marchó. Ella no se lo impidió. Pensó que la dejaba por su defecto, por su invalidez y se sintió víctima, cuando en realidad fue verdugo.

María volvió a casa de sus padres, los únicos que la aguantaban. Su madre y ella no se llevaban bien del todo, quizá porque tenían el mismo carácter y ahora, más caprichosa e inaguantable que nunca, se pasaban el día discutiendo las dos. Pero su padre, tan paciente y comprensivo, fue su chivo expiatorio, su cuidador, su protector. Pero también fue el que le hizo ver la realidad, le hizo comprender que debía seguir adelante, luchar desde su nueva situación. Todos los días la llevaba a rehabilitación, aunque ella remoloneaba en la cama y se negaba a madrugar. Iban los dos a la piscina donde su padre, que antes no sabía nadar, aprendió a hacerlo por su hija, su única hija, que sufría muchos dolores, que se sentía sola e indefensa. Gracias a la perseverancia de su padre y al cariño de su madre, María fue ganando confianza en sí misma.

En estos dos años no había vuelto a dibujar. Al principio, le temblaban las manos, luego se le hicieron callos de las muletas. Y lo que era peor: No podía dibujar porque no sabía hacerlo como antes, no tenía fuerzas ni ilusión. Ella pensaba que ahora solamente podía desdibujar.

Su padre abrió la puerta del coche y le dijo: "Hija, se está haciendo tarde". María afirmó con la cabeza, se desabrochó el cinturón, cogió su bolso, grande y pesado, y se lo puso en bandolera. Luego cogió una muleta y se apoyó en su padre para salir del coche. "Papá, acércame la otra muleta. No es necesario que me acompañes. Su padre volvió al coche y le gritó desde su asiento: "Te recojo a las tres." Y arrancó el vehículo, despidiéndose de su hija.

María comenzó a caminar con las dos muletas. Llegó a la puerta del instituto y entró. Saludó al portero y éste se apresuró para salir de recepción y acompañarla hasta el ascensor."Me alegro mucho de volver a verla. La echábamos de menos". En ese momento, Enrique se disponía a entrar en él, y, el portero se adelantó corriendo para que esperara a María. Enrique, al verla, le sonrió y ambos entraron. "¿Cómo está, señorita?" "Bien, Enrique". Permanecieron en silencio todo el trayecto. Cuando llegaron, a Enrique se le cayó el cuaderno de dibujo que llevaba encima y de él salió disparado un folio en el que había dibujado una mujer desnuda. María lo recogió del suelo y miró el dibujo. Reconoció su cara en él: Enrique se puso colorado y se fue a toda velocidad. María miró el dibujo con detenimiento y lo guardó en la carpeta que llevaba en su bolso. Podría haberse enfadado y decírselo al director. Pero... ¿Para qué? Sólo era un dibujo, muy bueno, por cierto.

Llegó la hora de salir y María coincidió de nuevo con Enrique en el ascensor. Avergonzado, quiso disculparse, pero María le devolvió el dibujo. "Lo he corregido. Estaba incorrecto". Salió del ascensor sin mirar a Enrique. Éste se quedó mirando el dibujo. Ahora la mujer desnuda sólo tenía una pierna. María había borrado la otra pierna y había dibujado un muñón por encima de la rodilla. Por la parte de atrás del folio había una nota que decía: "Ahora soy cojonuda". Y Enrique rió y guardó el dibujo en su cuaderno.

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