Por un libro Autora: Aracely Gómez de Méjico

Era una tarde seguramente como cualquier otra, creo que no hacía calor ni frío. Estaba en un café en la calle de Orizaba, de ésos con mesitas afuera, tomándome un capuchino mientras veía pasar a la gente. Tuve entonces un antojo punzante por un puro. Me imaginé sentado, saboreando mi capuchino y fumándome mi puro. Un "Te amo" número cuatro estaría bien, pensé. Sin embargo, no había puro y no tenía idea de dónde podría comprar uno por ahí cerca. Volví la vista a mi café a la mitad y me embebí en la espuma, muerta ya, pegada en las paredes del vaso. El color de la mezcla de leche y café. Las pequeñas partículas de canela flotando en el aromático y aún caliente liquido. Recordé un Sanborn's cercano y pensé en comprar el puro ahí, pero se rompería la magia. Sabía que si me levantaba todo se perdería. En esas profundas cavilaciones transcurrió no sé cuanto tiempo.

Súbitamente un sonido particular, un sonido metálico que ya había escuchado alguna vez, me hizo levantar la mirada. Ahí estaba ella. Veinticinco a veintisiete no más. Cabello castaño oscuro, con un corte como de hongo. Piel apiñonada clara. Sus ojos, quizás cafés, tras unos anteojos ovalados de armazón muy delgada que hacían resaltar sus facciones discretamente maquilladas. Un poco de suave rojo en sus labios, ligeramente carnosos y pequeños, y una brizna de rubor en las mejillas. Era una cara bonita, me gustaba y mucho. Subrepticiamente continué mi recorrido por toda ella. Por su vestido suelto de flores pequeñas, largo hasta la rodilla y sin mangas. Lo que me hacía posible ver su blusa color rojo, con cuello de tortuga, que se ceñía a su fino y delgado torso, como toda ella. En la espalda traía una mochila que contenía, según pude darme cuenta mas tarde, sus libros y todo lo que una mujer suele guardar y nosotros ni siquiera imaginamos.

Ella se acercaba, se dirigía hacia mi mesa y deseé que se sentara cerca. Me di cuenta entonces de mi nerviosismo. Detuve mi escrutinio, no sabía que hacer. No me atrevía a mirarla directamente. Todos mis sentidos se aguzaban, mi oído capturaba todos los ruidos tratando de ubicar su posición por los sonidos de sus movimientos. Me dolían los ojos tratando de ver por el rabillo lo que hacía. Era un ridículo manojo de nervios tensos y sentidos exacerbados.

Entonces de manera lo más natural que en esas circunstancias podía, levanté la mirada y la vi de frente. Era ya un hecho que iba a sentarse donde yo quería. Me alegré y le sonreí. Mi excitación crecía pero la controlaba, al menos eso trataba de hacer. Adiviné sus movimientos y ganándole al mesero que se acercba, me puse de pié para retirar la silla de la pequeña mesa que se hallaba a mi derecha, en la que era obvio se sentaría. Ella me devolvió la sonrisa y me dio las gracias. Quise hacer algo más, pero no sabía qué, de modo que me quedé parado tras la silla, esperando.

El mesero trató de ayudarle tomándola del brazo y ella le dijo en un tono amable, aunque un tanto duro:

- No déjeme, yo puedo. Gracias.

Respiré aliviado, eso era justo lo que me proponía y el mesero se me había adelantado. Mentalmente se lo agradecí y seguí en mi posición. Finalmente ella se sentó, entonces me estiré y tomando sus bastones le dije:

¿Los pongo aquí? - Señalando la otra silla.

Ella asintió mientras quitaba los seguros de las articulaciones de sus aparatos ortopédicos y doblaba las rodillas. Enseguida descolgó la mochila en su espalda, yo la detuve hasta que sacó los brazos de los tirantes y la puse sobre la mesa a su derecha. Ella se acomodó en la silla y el mesero con cara de desconcierto le acercó la mesa.

Yo no sabía que decir o hacer, así que pensé que lo mejor era regresar a mi mesa. Ella me dio las gracias nuevamente con una sonrisa que encendió todas sus facciones y me hizo volver a reparar en ellas. Nada había cambiado, me gustaba mucho, pero...

Regresé a mi mesa y mecánicamente me volví para el lado contrario.

Un torrente de pensamientos se desbordaba en mi mente y me impedía ver con claridad. ¿Y ahora que seguía? Me arrepentí de no traer mi libro, no tenía ningún refugio. Sentía que ya no podría seguir ahí sin hacer nada, me sentía tenso, falso, inútil. Tenía que hacer algo. Entendí que solo había dos caminos: o apuraba el resto de mi café, ya frío y sin gusto, y me iba, o me atrevía a hablarle.

Súbitamente detuve todo. ¿Qué diablos me estaba pasando?. ¿Porqué tanto alboroto por una muchacha?. ¿Porqué me gustaba?. ¿Qué no veía lo obvio?.

Para empezar era una chava inválida, linda sí; pero inválida. Me empecé a preocupar. Acudieron a mi mente palabras como perversión o fetichismo. Me revelé a aceptarme como un ente desviado, perverso o... peor.

Me di cuenta que me estaba hundiendo en una maceta, volví a mi café, casi terminado. -¡Libro mío! ¿Dónde estás? - volteé hacia ella, quien ya tenía un café y un pastelito. De su mochila había sacado un cuaderno y un libro, que abiertos, esperaban sobre la mesa mientras ella daba vueltas con la cucharilla a su café, capuchino por cierto.

Debió sentir mi mirada pues volteó a verme y me sonrió de nuevo. Descubierto, devolví la sonrisa turbado y entendí que si no hablaba ahora tendría que irme.

- ¿Tarea?- dije señalando con la cabeza sus libros.

- No, son sólo unos apuntes que quiero checar.

- ¿Es mucho?.

- Pues regular, en realidad la tarde está rica y se me antojó un cafecito antes de irme a la casa. - ¿Vives por aquí?.

- Más o menos, aquí pasando Insurgentes.

Su voz era suave y bien modulada, supuse que tendría buena voz para el canto.

- Ah pues está cerca.

- Si, de hecho, me voy caminando.

Era el momento de la verdad.

- Oye ¿no te importa si me siento contigo?.

- No claro, por favor. - dijo señalando la silla junto a ella.

Estaba hecho. Ella cerró su cuaderno y libro, me levanté y caminé a la silla junto a ella, hizo el ademán de quitar sus bastones, pero me adelanté y los recargué en la orilla de la mesa, me senté y me dijo:

- Déjalos si quieres en el piso, a ver pásamelos.

- No, no te preocupes, yo los pongo aquí.

Dejé finalmente los bastones en el piso. Cuando regresó mi mirada a la de ella, me di cuenta que efectivamente me gustaba. No había ninguna duda. Era realmente linda.

Empezamos a platicar de un montón de cosas sin importancia. Ya estaba mas relajado, me sentía a gusto y contento por estar donde y con quien yo quería. Me di cuenta, que todo esto lo debía a la ausencia de mi libro. Lo agradecí.

Ella se llamaba Rocío; María del Rocío. Soltera, veintiocho años, del Distrito Federal. Hablamos de lo que suele hablarse en estos casos, del clima, la familia, de lo que ella hacía y esas cosas. Resulta que estaba tomando un curso de apreciación artística en Casa Lamm, le gustaba visitar museos, la lectura, la pintura y la música clásica.

Cuando me tocó hablar de mí, nuevamente empecé a transitar por los amplios y bien pavimentados caminos de la estupidez. Sentí que si yo hablaba de mis gustos, que eran prácticamente los mismos, sonaría falso. Sin embargo, tampoco se trataba de inventar.

¡No! - decidí - le diría la verdad.

Inmediatamente el prejuicio atacó de nuevo, Pensé en lo que pasaría si alguna vez en algún concierto o una exposición, nos encontráramos a alguien que me conociera. ¿Qué irían a pensar? ¿Qué iba a decirles?. ¿Cómo se las presentaría?.

Debí detenerme otra vez. ¡Cuánta basura tenía dentro! Me sorprendió la habilidad que tenía para minar mi propio camino, para estar a gusto con una mujer que me gustaba. Volví a ella. Su voz tranquila, apacible, el movimiento de sus manos, continuo pero no exagerado, obraba en mi un efecto sedante. Me sentía bien, a pesar de mis accesos de prejuicio desbocado.

Pedí otro café, más suave ahora, pues los efectos de la cafeína me tenían sobreexcitado. Hubo un momento de silencio mientras el mesero se alejaba.

Volví a tensarme. Decidí huir momentáneamente anclando mis ojos a la espalda del mesero en retirada. Sin embargo, ella seguía ahí. Sentí su mirada y lentamente me volví con una sonrisa intentando sostener esa mirada. Me encontré con un rostro serio, pero que no denotaba enojo. Ella escudriñó mi cara, no sé que leería, y sin retirar la mirada frunció levemente el entrecejo y me dijo, de modo que sonara casual:

¿En qué estás pensando? - Seguro leyó el terror en mis ojos, y sin dejarme responder continuó - ¿Estas desconcertado, verdad? No, no es necesario que me contestes puedo sentir que traes una verdadera revolución dentro, ¿me equivoco?.

Me sentí además de expuesto, estúpido, mezcla bastante desagradable. Me había descubierto. Parecía que estaba leyendo un libro en mí. Yo pensando que actuaba con gran naturalidad, ocultando con maestría mis dudas y prejuicios; y resulta que ella lo sabía todo. Mi, según yo, cuidadoso actuar había sido un fracaso. Sentí como mi temperatura subía de súbito. Mis oídos zumbaban. Mis sienes latían con rapidez. No sabía que decir o hacer.

Eso era todo; me rendí. No había más que ocultar, era inútil. Pensé en disculparme y largarme. Sin embargo, ella iba delante de mí, volvió a leerme y con la misma voz sin dureza, me dijo:

No te apures ya sé, además, eres bien transparente y en tu cara se reflejan tus cambios. Es normal, estoy acostumbrada a que pasen éstas cosas. A las reacciones raras de las personas. A que quieran pensar o sentir por ti. Que te quieran ayudar pues creen que no puedes. Que te traten diferente. No me gusta, pero se supone que debo aceptarlo. Aceptar las miradas. Saberme observada mientras camino, cuando subo o bajo escaleras, cuando me siento o me levanto. Sin embargo, es normal. Se supone que debo ya estar acostumbrada; pero no es fácil. Lo odio de veras, aunque no pueda decir nada.

Cuando de plano no me aguanto y entonces sí reviento, es cuando consideran que por el hecho de estar así, no piensas, no sientes. No tienes sueños. No eres mujer, y estás resignada a agarrar lo primero que pase. ¡Están locos! Creen que esperas que alguien te haga el favor. No saben, y lo peor es que no les interesa saber. Te ven con lástima. Inclusive hay quienes te ven con desprecio. Como si no debieras usar los mismos transportes, los mismos pasillos, las mismas escaleras.

Como si debieras ocultarte para que nadie te viera. Como si no pudieras enamorarte de quien tu quieres y debieras, por estar así, buscar solamente a gente igual que tú. Y si cometes la gran falta de fijarte en una persona sana, se inicia el conflicto para él. Tiene miedo de que lo vean contigo, no te lleva a su casa, ni conoces a sus amistades. No puedes entrar a su mundo. Te oculta como si fueras un pecado, un error. Como si debieras avergonzarte por algo de lo que no eres responsable.

Yo seguía callado. De cualquier manera no podía, ni tenía nada que decir. Ella tenía razón, así sentía y pensaba. Contra eso trataba de luchar y ella lo había detectado. Me aterró de pronto el pensar que tal vez me estuviera leyendo la mente.

Mis ojos seguían con ella. Veía sus manos siempre en movimiento, finas. Sus delgados dedos coronados por sus uñas pintadas de un rojo bajito, bonitas como toda ella. Sus ojos cafés, de pronto duros, de pronto tristes. Pero siempre brillantes. Su cabello lacio, acompañando los movimientos de su cabeza, reflejando el brillo de la luz de la tarde. Me relajé, dejé de luchar. Estaba totalmente entregado. Y estuve seguro que ella lo sabía.

Ella sonrió. Seguramente ya había detectado mi rendición total. Yo no sabía. No tenía que decir. Intenté sonreír también, no sé si lo habré conseguido, el caso es que en su cara sonriente había una mezcla de comprensión casi maternal y expectación, esperando que yo dijera algo. Traté de responderle. Busqué inútilmente algo inteligente que decirle. Me sentía obligado. Sabía que esa apertura no era usual en ella, que algo se había disparado en su interior y se había desahogado conmigo.

Sin embargo, no tenía voz ni palabras. Todo lo sucedido daba vueltas en mi cabeza. Sentía como si todo empezara a congelarse. Los segundos parecían pesar toneladas e impedían a las manecillas moverse. De repente ella, como entendiendo que necesitaba un empujón, puso su mano sobre la mía y la apretó ligera, pero firmemente.

De inmediato hubo reacción, el contacto de su cálida piel sobre la mía me causó la sensación de un choque eléctrico. Traté de que no se notara, pero seguro fracasé, pues parecía ser ésa la tónica del día. Miré hacia nuestras manos, luego a ella, quien con una amplia sonrisa, esperaba mi reacción, mi respuesta...

Era un hecho que de mi boca no iba a salir una palabra. Pero mi mente vomitaba los recuerdos. De pronto me vi y escuché tres años atrás. Cuando mi amigo Carlos nos presentó a su novia. Era una chava muy bonita. Sin embargo, por una lesión medular de nacimiento habitaba una silla de ruedas. Todos sus amigos nos volvimos contra él. Especialmente yo. Le dije que ella no le convenía, que sería una carga. Que una persona normal nada tenía que hacer con una chava así. Que siempre estarían los dos atados a la silla. Ella sentada y él empujando. Finalmente triunfamos. Al cabo de unos meses Carlos dejó a la chava. Lo felicitamos. Poco después durante una charla de café me lo agradeció. Me dijo que gracias a mis palabras se había dado cuenta que iba a cometer un error, que yo tenía razón. El amor no lo era todo. Se había dejado llevar sólo por sus sentimientos, pues incluso había pensado en casarse con aquella muchacha.

Aquellas palabras que habían regresado a lacerarme desde su lugar en el tiempo quedaron repitiéndose en mi interior como un eco interminable.

Yo que había criticado tan duramente a mi amigo; ahora me encontraba frente a Rocío. Tan bonita, tan dulce, tan...

Me detuve. Un estremecimiento me recorrió de arriba abajo. Pensé de pronto que tal vez me estaba leyendo de nuevo. Temí que me descubriera otra vez. Me daba vergüenza. No me atreví a levantar la vista.

Un suave apretón en mi mano me regresó a la realidad. Me reencontré con su mirada, con mi imagen en sus ojos.

Me sumergí en ellos por no sé cuanto tiempo. Y como si una mano invisible nos manipulara, lenta y suavemente, nos fuimos acercando. Me llené de su olor, fresco y dulce. Sentí su calor, su respiración. Me busqué nuevamente en sus ojos, pero sus párpados cerrados me lo impidieron. Era yo como una espora a merced de ese vórtice de sensaciones. Nuestros labios se tocaron. Me sentí por un breve momento culpable, indigno; pero ella parecía succionar, como quien chupa el veneno de una picadura de víbora, todos mis temores y sentimientos adversos. Me entregué una vez más.

Su respiración y la mía como una sola. Su olor, una mezcla de Suavitel y Nilang me inundaba. Su sabor, disolvía lo poco que podía aún estorbar. ¡Al diablo con todo y con todos! Lo disfruté completamente. Ya nada importaba.

Me sentí entonces totalmente relajado, tranquilo, libre. Había hecho lo que quería. Estaba feliz.

Vi su cara linda y sonriente, sonreí también. Ya no eran necesarias las palabras. Nada más le hacía falta. Todo estaba dicho.

Apreté su mano. Ella correspondió, nuestras manos se tomaron y no se soltarían más aquella tarde.

De hecho, a cinco años de ese día, no se han soltado nunca más.

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