Jesús García es Web master de esta página.

EL DESENCUENTRO

Autor: Jesús García Peón

Vista anterior de una silla de ruedasSatisfacía cada noche con su voz, las ilusiones de los habituales radioescuchas nocturnos. Como ocurre con alguien de quien solo conoces su voz, cada quien lo imaginaba de modo distinto porque su faceta personal había sido especialmente guardada según lo acordado en el contrato que lo ligó a la emisora.

Siempre se mostró ingenioso y espontáneo aunque un poco tímido si bien su timidez no obedecía tanto a una cuestión genética como a la falta de autoestima que demostraba especialmente en situaciones de intercambio social, sin embargo, tras el micrófono era distinto, se transformaba en un tipo valiente y provocador. Aquella oportunidad que un día, casi por casualidad le dieran para hacerse oír a través de las ondas, más para cubrir el expediente que por precisar sus servicios, se convirtió en el mejor regalo que pudieron hacerle, si bien, un poco envenenado. Había acudido a protestar haciendo valer sus derechos, reclamando un espacio y el jefe de programación le ofreció la oportunidad de intentarlo cada noche utilizando como arma un micrófono. Pronto se hizo con la nueva herramienta y al cabo de unos meses, como si de un profesional de las ondas se tratara, ya contaba con notable audiencia y un club de fan's que lo escribía regalando piropos e incluso algunas propuestas sentimentales de distinta índole, desde la noble amistad hasta el intercambio de fluidos. Nunca antes le había ocurrido nada igual porque habida cuenta de su timidez, tampoco él se atrevía fácilmente a insinuarse a persona alguna del sexo opuesto, sin embargo, ahora, como consecuencia del programa, muchas mujeres de edades tan dispares como los quince ó los cincuenta años querían mantener un affaire con él; por eso y porque los momentos que vivía eran un tanto desequilibrantes, sabía que la cosa tampoco podía ir mucho más allá. No se atrevía a comentar a sus compañeros como se sentía interiormente, además, ellos lo colmaban de elogios. -Lo haces muy bien, chico. Cuando yo empecé me costó mucho más que a ti, se ve que tienes el don de la comunicación-. Y algo de cierto había porque las cartas eran constantes y algunas incluso insistentes.

Habiendo desistido ya de la intención de contestar a todas como pretendió hacerlo en un principio, decidió incorporar una mini-sección en el último cuarto de hora del programa, consistía en permitir a los oyentes que telefónicamente manifestaran sus impresiones; podían decir lo que quisieran ó hacer alguna petición a sabiendas de su no-compromiso de complacer las peticiones, o sea, que se podía solicitar un disco pero podía colocar en el plato otro diferente al solicitado, o pedir la lectura de un texto y él, radiar otro distinto. Aquello en lugar de exasperar, terminó disparando las llamadas a las tres de la madrugada hora en que finalizaba la edición.

Le habían concedido un horario intempestivo, seguramente, necesitados de cosas nuevas con poco riesgo lo que a él complacía doblemente porque la noche era cómplice de intimidades dada la poca gente que lo veía entrar ó salir de la emisora y los que lo veían raramente podrían imaginar se tratara de la persona con voz insinuante, ocurrente y acolchada que en esa franja nocturna se dirigía a los que optaban por aquel dial. Además, acostumbraba a llegar con bastante antelación para tranquilizar los nervios decía, aunque más bien se tratara de una maniobra de despiste que practicaba también al abandonar el trabajo hora y media más tarde, entreteniéndose a propósito en ojear los periódicos de última hornada destinados a los responsables de los primeros informativos que a partir de entonces se incorporaban a la radio. Solía tomar café en la misma cafetería siempre con cuidado de no intimar con nadie para dirigirse después a su casa en soledad pero rebosante de las emociones y fantasías que sus radioescuchas femeninas le proporcionaban. La situación le daba morbo pero el globo crecía cada noche y era irremediable que en algún momento estallara y él intuía que el momento de hacerlo se estaba acercando.

Conectó el ordenador para navegar un poco antes de disponerse a dormir pero, sobre todo, para satisfacer la curiosidad de encontrarse ante el numeroso correo electrónico en el que, a buen seguro, no faltaba, como en las 190 noches anteriores, el suyo. Decía tener ojos claros, piel morena, 31 años y medir 1,65, mostrando gran sensibilidad a la hora de escribir. Lo que empezó siendo un juego de intercambio cultural y de opiniones, pasó casi imperceptiblemente a convertirse en una estrategia de seducción por ambas partes para terminar en una extraña historia de amor que ella no tenía reparos en declarar. Pretendía mantener una entrevista que aún siendo deseada por ambos era aplazada una y otra vez. Siempre supo que quien juega con fuego se quema y por eso evitó arrimarse demasiado pero intuía que, en esta ocasión, era ya tarde, que algo había que hacer. La barrera de la radio y de la informática elevaba un muro que los distanciaba físicamente pero no evitó que la química hiciera su trabajo y el muro se resquebrajaba. Una noche si y otra también, se comunicaba por teléfono a la emisora con insinuaciones que él evadía incluso con algunos desplantes que luego se convertían en reproches en la red. El amor duele y duele mucho por eso debía terminar pero no lograba imaginar cómo sería ese final, no obstante de lo que si estaba seguro es de que dilatarlo solo aumentaría el dolor. Aquella madrugada, ante el ordenador, había resuelto hacer algo porque su último e-mail hablaba claro. -Si no accedes a tener una entrevista, estoy resuelta a presentarme en la emisora y hacer guardia hasta conseguir hablar contigo-. Sonaba rotundo y por ello decidió dar un audaz paso que nunca antes habría imaginado.

-No nos conocemos-, le dijo. -No sabes nada de mí, no sabes como soy ni hasta que punto te podría defraudar--.

-Paso más de dos horas contigo cada noche y escucho atenta todo lo que dices en la radio para luego seguir conversando a través de este trasto y con eso me basta-, respondió ella. -Y además, si es ese el problema envíame una foto pero vamos a darnos pronto una oportunidad, oportunidad que sería mejor sin foto dado que me gustan las sorpresas-.

Aquello permitió un respiro, no quería enviar fotos porque no quería que lo reconociera y por ello siguió el juego accediendo a una cita. Tal había sido su insistencia en la promoción del encuentro que no puso condición alguna para el mismo, mostrándose sumisa ante sus exigencias. La citó para el viernes de la semana siguiente en la cafetería de un conocido centro comercial al que ella acudió puntualmente. Debería llevar un sombrero negro y un libro en la mano de un autor determinado para estar seguro de no confundirla con otra, sin embargo nada dijo de cómo se presentaría él y siguiendo la tónica de la sorpresa, le dijo que tan pronto se percatara de su presencia se acercaría y le diría hola.

Nerviosa y cansada de esperar daba paseos de la mesa a la barra mirando el reloj y a todos los presentes que no eran muchos a aquella hora de la mañana. La había citado a las once porque necesitaba tiempo para terminar con todos los asuntos pendientes. Se había despedido de los compañeros y del jefe de programación y también había pasado a retirar de caja el cheque con la liquidación y el finiquito. Alegando una crisis emocional, dejaba la emisora con intención de volver algún día sin fecha concreta aunque en realidad lo hiciera para desaparecer definitivamente. Lo había planeado incluso antes de conocerla pero ahora que la tenía ante sí, a sólo unos pasos, sabía que estaba haciendo lo correcto.

Era atractiva, vestía una falda corta negra y chaqueta de cuero rojo talla cuarenta y dos, seguramente adquirida en Zara, con las mangas ligeramente remangadas. Usaba gafas que le otorgaban un aire que le pareció interesante y pelo corto y, como habían pactado, un gorro negro y redondo coronaba graciosamente su cabeza aunque parecía no estar a gusto con él, sin duda, lo compró obligada por las circunstancias pero no formaba parte de su atuendo habitual. El libro en la mano no dejaba lugar a dudas y era tan bella como la había imaginado pero la escena estaba llegado a su fin, dejó sobre la mesa el importe del café que había estado tomando mientras la observaba y tras una última mirada de admiración y tras asegurarse de que ella no había reparado en él, aspiró todo el aire que pudo para hacerse con las fuerzas necesarias que le ayudaran a tomar el impulso necesario para dirigir su silla de ruedas hacía los ascensores, desapareciendo para siempre y como tantas otras veces, en un episodio más de su vida, purgando con su propio dolor el daño que a ella infringía y preguntándose cuál sería su reacción cuando intuyera, a través de averiguaciones en la emisora, las auténticas razones para aquel desencuentro.

Página principal | Relaciones| Literatura | Ocio y Accesibilidad| Investigación| Otros| Contacto
Versión 4.0 | © Reservados derechos | E-mail | Anti Spam