LOGO   EL DESENCUENTRO
por Angel Arenal
   
  minusval2000>Literatura> El desencuentro  
¿Quiere publicar sus escritos?

ENVÍELO
Angel Arenal
es discapacitado y nos envía este cuento para que se lo publiquemos.

Satisfacía cada noche con su voz, las ilusiones de habituales radioescuchas. Como ocurre con lo desconocido, cada mente lo imagina de modo distinto porque su faceta personal fue guardada según lo acordado en el contrato que lo ligó a la emisora.

Era ingenioso y espontáneo aunque tímido si bien su timidez no obedecía tanto a la genética como a la falta de autoestima que mostraba ante situaciones de intercambio social, sin embargo, tras el micrófono era distinto, se transformaba mostrándose valiente y provocador. Aquella oportunidad que un día, casi por casualidad le dieran en las ondas, más para cubrir el expediente que por precisar sus servicios, se convirtió en el mejor regalo que podían hacerle proporcionándole, con ello, grandes emociones. Había acudido a protestar haciendo valer sus derechos y el jefe de programación le ofreció la oportunidad de intentarlo cada día utilizando como arma un micrófono. Pronto se hizo con la nueva herramienta y al cabo de unos meses, como si de un profesional de las ondas se tratara, ya contaba con notable audiencia y un club de fan's que lo escribía regalando piropos y propuestas sentimentales de distinta índole desde la noble amistad al intercambio de fluidos. Nunca antes le había ocurrido nada igual ni tampoco se hubiera atrevido a dirigirse a persona alguna del sexo opuesto insinuándose, sin embargo, numerosas mujeres de edades tan dispares como los quince ó los cincuenta años querían mantener un affaire con él; por eso y porque los momentos que vivía eran desequilibrantes, sabía que la cosa tampoco podía ir mucho más lejos. No se atrevía a comentarlo con sus compañeros que una y otra vez lo colmaban de elogios. -Lo haces muy bien, chico. Cuando yo empecé me costó mucho más, se ve que tienes el don de la comunicación-. Y algo había porque las cartas eran constantes y cada día más insistentes.

Habiendo desistido ya de la intención de contestar todas las cartas como pretendió hacerlo en principio, decidió incorporar una mini-sección en el último cuarto de la hora que disponía, consistente en permitir a los oyentes que, a través del teléfono, manifestaran sus impresiones; podían decir ó pedir lo que quisieran a sabiendas de su no-compromiso a complacer las peticiones, o sea, que se podía solicitar un disco pero podía colocar en el plato otro diferente, o solicitar la lectura de un texto y él, radiar uno distinto. Aquello terminó disparando las llamadas por otra parte, nada habituales hasta entonces, a las tres de la mañana, hora de finalización del programa.

Le habían concedido un horario intempestivo, seguramente, necesitados de cosas nuevas con poco riesgo lo que a él complacía doblemente porque la noche era cómplice de intimidades dada la poca gente que lo veía entrar ó salir y los que lo veían raramente iban a imaginarse se tratara de la voz insinuante, ocurrente y acolchada que en esa franja nocturna se dirigía a los que optaban por aquel dial. Además, acostumbraba a llegar con bastante antelación para tranquilizar los nervios aunque se trataba más bien de una maniobra de despiste que practicaba también al abandonar la emisora hora y media más tarde entreteniéndose a propósito en ojear los periódicos de última hornada destinados a los responsables de los primeros informativos que a partir de entonces se incorporaban a la radio. Solía tomar café en la misma cafetería siempre con cuidado de no intimar con nadie para dirigirse después a su casa en soledad pero rebosante de las fantasías que sus radioescuchas femeninas y masculinas, aunque éstas menos numerosas, le proporcionaban. La situación le daba morbo pero el globo crecía cada noche y era irremediable que estallara, intuyendo que el momento de hacerlo estaba llegando.

Conectó el ordenador para navegar un poco antes de acostarse pero, sobre todo, para ver el numeroso correo electrónico en el que, a buen seguro, no faltaba, como en las 190 noches anteriores, el suyo. Decía tener ojos claros, tez morena, 31 años y medir 1,65, mostrando gran sensibilidad al escribir. Lo que empezó siendo un juego de intercambio cultural y de opinión, pasó a ser una estrategia de seducción para terminar convirtiéndose en una extraña historia de amor que ella le declaraba insistentemente, pretendía mantener una entrevista que aún siendo deseada por ambos era aplazada una y otra vez. Siempre supo que quien juega con fuego se quema y por eso evitó arrimarse demasiado pero intuía que, en esta ocasión, era ya tarde. La barrera de la radio y del ordenador elevaba un muro que los distanciaba físicamente pero no evitó que su amor creciera y el muro se estaba resquebrajando por el ardor de ambos. Una noche si y otra también, se comunicaba por teléfono a la emisora con insinuaciones que él evadía incluso con desplantes que luego se convertían en reproches y sollozos en la red. El amor duele y duele mucho por eso debía terminar pero no lograba imaginar cómo sería ese final. Aquella madrugada, ante el ordenador, había resuelto hacer algo. Su e-mail hablaba claro. -Si no accedes a tener una entrevista, estoy resuelta a presentarme en la emisora y hacer guardia hasta conseguir hablar contigo-. Sonaba rotundo y por ello improvisó dando un paso que nunca antes había imaginado. -No nos conocemos-, le dijo. -No sabes nada de mí, ni como soy-. -Paso una hora cada noche contigo y escucho lo que dices en la radio para seguir conversando a través de este trasto y con eso me basta-, respondió ella. -Y además, si ese es el problema envíame una foto pero vamos a darnos pronto una oportunidad, oportunidad que sería mejor sin foto dado que me gustan las sorpresas-.

Aquello permitió un respiro, no quería enviar fotos para que no lo conociera y por ello siguió el juego accediendo a una cita. Tal había sido la insistencia en el empeño que no puso condición alguna para la misma, mostrándose sumisa ante sus premisas. La citó para el viernes de la semana siguiente en la cafetería de un centro comercial al que acudió puntualmente. Debería llevar un sombrero negro y un libro en la mano de un autor determinado para estar seguro de reconocerla, sin embargo nada dijo de cómo se presentaría él, siguiendo la tónica de la sorpresa, tan sólo se acercaría y le diría hola.

Nerviosa y cansada de esperar daba paseos de la mesa a la barra mirando el reloj y a todos los presentes que no eran muchos a aquella hora de la mañana. La había citado a las once porque necesitaba tiempo para terminar con todos los asuntos pendientes. Se había despedido de los compañeros y del jefe de programación y también cobrado el cheque de la cantidad pendiente por liquidación. Alegando una crisis pasajera, dejaba la emisora con intención de volver algún día aunque lo hiciera para desaparecer; lo había planeado antes de conocerla pero ahora que la tenía ante sí, a sólo unos pasos, sabía que estaba haciendo lo correcto.

Era atractiva, vestía una falda corta negra y chaqueta de cuero rojo estilo Zara talla cuarenta y dos, ligeramente remangada. Usaba gafas y pelo corto y, como habían pactado, un gorro negro y redondo coronaba graciosamente su cabeza aunque parecía no estar a gusto con él, sin duda, lo compró obligada por las circunstancias pero no formando parte de su atuendo habitual. El libro en la mano no dejaba lugar a dudas y era tan bella como la había imaginado pero la escena estaba llegado a su fin, dejó sobre la mesa el importe del café consumido y tras una última mirada, aspiró todo el aire que pudo intentando tomar impulso y dirigió su silla de ruedas hacía los ascensores desapareciendo para siempre y como tantas otras veces, en un episodio más de su vida, purgando con su propio dolor el daño que a ella infringía y preguntándose cuál sería su reacción cuando intuyera, a través de la emisora, las razones del desencuentro.

 
 
Principal | Relaciones | Literatura | Ocio | Investigación | Otros | Contacto