Ana María Martinez es de Argentina, tiene página enFacebook y en esta Web hemos publicado otras obras suyas como:

DOÑA RAMONA o EL EXTRAÑO CASO DEL GALLO GALLARDO

 

EL LOCO DEL PUENTE

“Si a un rico le entra una espina
se está de enfermo muriendo,
si a un pobre le dentran veinte:
-delicao te estás poniendo...”

Marcelino Román

Rafael AmorMansa tardecita que he tenido: sin previo aviso y parado sobre sus dos piernas, ha venido a visitarme Pepe. Lo he visto feliz, reconociéndose imperfecto y dando gracias a Dios por ello. Le he escuchado, me ha sorprendido como siempre, me ha llenado el corazón de ternuras de sobreviviente. Me ha escuchado, se ha sorprendido, me ha puesto en la boca viejos proverbios y la libertad de no tirar primeras piedras ha sido nuestra.

Recién asumida esta libertad, nos hemos lanzado los dos a deleitarnos con nosotros mismos, con los despojos y las cenizas, con las flores y las alegrías, con el trabajo y el amor, con el futuro y los sueños.

Dice que la Negra está más bella, que suelen irse caminando despacito hasta el centro y beberse una cerveza y comer unas porciones de pizza y que, sinceramente, no contaba con este tiempo libre.

Dice que la Ana está juntada con un hombre del Tiro Sur (y me mira de reojo cuando lo cuenta), que lo intranquiliza que sea un hombre del barrio pero que, si ella lo eligió y es bueno y trabajador y medio oficial en la construcción… que está todo bien así.

Dice que, después del hecho lamentable, el estado intervino y que Josecito está en un hogar, que él se ha desentendido de todo, que le han otorgado cobertura completa, incluyendo pañales. Me lanzo una carcajada que lo sorprende. Me repite que estoy linda, linda, que no era vida aquella vida y aun así rescata dos recuerdos de los años infelices:

Cuando, junto con un puñado de nosotros, participó de la Marcha de las Sillas Vacías en la gran ciudad y la vez que la Caravana de la Pobreza de la CTA nos visitó y volvimos los dos recostados en una camioneta de esas de turismo rural, saludando a los vecinos y riéndonos de nosotros mismos y de los mentados “caravaneros”.

Pepe y yo hemos sobrevivido. Y como postre, además de beberse tres tragos de la caña con ruda (Me ha dicho: - pues mientras sea agosto, estamos a tiempo -), me ha autorizado a escribir su historia.

Recordé que tengo un borrador sobre los lamentables hechos ocurridos hace casi un año pero he decidido que no valen nada, que no debemos dramatizar la Vida ni la Muerte cuando se trata de seguir metiéndole pa delante.

Así pues, aquí estoy, escribiendo la historia del “Loco del Puente” como él mismo se denomina desde aquel mediodía del 6 de Noviembre del año pasado.

Yo andaba volviendo con los sub de la isla, bellísima excursión en la lancha “la Lucha”. Se venía una tormenta y aceleramos el regreso, ahí escuché el primer comentario: que alguien se había arrojado del puente intentando quitarse la vida. Vaya coraje, pensé para mis adentros.

Pepe me lo repetía cada vez que nos veíamos. (Cada vez nos veíamos menos)

- no doy más, necesito ayuda, fulano, mengano, nadie me escucha, el José está grande, la Negra y Anita no pueden con él, ya es un hombre… Usted no sabe hasta las cosas íntimas que tengo que hacerle pa´ que se quede tranquilo un tiempito…

Yo asentía con la cabeza; de más sabía lo que ese hijo le dolía. Los conocí en la sala de estimulación temprana de la “Rayito” hace más de una década y desde el principio sentí una profunda simpatía por ese hombre rudo, gringo, bruto, que se empecinaba en aplicar métodos convencionales en la rehabilitación del hijo con parálisis cerebral, igual que la mía.

Pasaron mil años de injusticia en la vida de este hombre. Desocupación, marginalidad, discriminación, pobreza, miseria, hambre, frío, desamparo… Esos son dolores!

Hasta que sucedió lo que debía pasar. Fue antes, bastante antes, de la gran crecida del río Uruguay.

Dicen que, cuando le comunicaron que su hijo debía salir del hospital donde, por caridad se alojaba y regresar a su casa, algo en su interior se rebeló. Regresó desde el San Benjamín, buscó sus cigarrillos y deslizó el aviso por la puerta del frente en un grito: Me voy a tirar del puente, ya no puedo más y estos mierdas no se dan cuenta!

Dicen que en una carnicería de la zona pidió fuego, fósforos, y prendió un cigarro. Como no tenía más lumbre, recorrió todo el camino por la ruta internacional, encendiendo uno con la braza de la colilla del anterior.

Si no lo hubieran seguido su hija y su yerno, quizás lo hubiesen localizado por el reguero de cenizas, o de lágrimas o de humo, o de alivio que iría sintiendo. Es tan aliviante el tomar decisiones que nos conducirán, azarosamente, a destinos menos impiadosos y más benignos, fuera cual fuese ese sino.
El puente estaba a más de treinta metros de los veinticinco centímetros de agua podrida, estancada y verdosa del Arroyo de la Leche.

Pepe no lo pensó dos veces y se tiró.

Fue el seis de noviembre del 2009.

Cuando llegaron los milicos y la ambulancia, su médula ya estaba lesionada. Dicen que repetía “No me dejan ni matar en paz

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