GABRIEL ICOCHEA
de Lima (Perú)
es el autor de este texto.

 

ELENITA
Por Gabriel Icochea

Chica lee en la calleElenita tenía cuarentaicinco años, pero su apariencia era la de una mujer mucho más joven y su mente, casi infantil. Es falso que su retraso fuera absoluto: gozaba de una memoria envidiable.

Cuando la familia descubrió que manifestaba deficiencias en el aprendizaje, casi de inmediato, clausuró el problema: no la enviaron al colegio, tampoco la inscribieron en un tratamiento médico.  Fue mejor asumir que sus limitaciones serían crónicas. La relegaron a la oscura vida doméstica, lo cual no fue una forma de esconderla, sino de protegerla.

Elenita entendía poco las decisiones de los demás.  Acató de forma sumisa la vida que le designaron.  Felizmente, creció en un ambiente hospitalario: una madre y un padre afectuosos, sobre protectores y débiles. Creció entre sus hermanos que, al ignorarla, le dieron la oportunidad de crear un mundo interior.

Siendo adolescente fue dueña de una colección de muñecas. Cada una tenía un nombre y cada cierto tiempo, les diseñaba nuevos vestidos. Luego, las guardaba en un baúl o las lucía en las repisas de su pequeña habitación. 

Permanecía encerrada durante horas, hasta que alguien descubrió que les hablaba.  Al enterarse, la familia lo celebró como un acto de extravagancia. Ella en respuesta hizo un breve comentario: "Son mis amigas".  ¿Sus amigas? Esa aseveración no la entendieron. Pero lo eran. En el imaginario mundo de Elenita, las muñecas la acompañaban, le hablaban y la divertían. Entre las prácticas más frecuentes de la amistad ¿Acaso no está la compañía y el diálogo?

En su casa, nadie las proscribió. Pero le advirtieron: "No las saques fuera de tu cuarto". Elenita obedeció. Sus hermanos intentaban evitar una imagen esquizoide que les era tan familiar como amenazante. 

Una línea demencial del lado paterno registraba a una tía que crió treinta gatos en su casa y a otra que soñó pesadillas desde el primer hasta el último día de su vida.

Cuando sus hermanas tuvieron edad de reproducirse, Elenita reorientó su afecto.  Paulatinamente, abandonó las muñecas y se ocupó de sus sobrinos. Mientras fueron niños los paseaba y jugaba con ellos.

Todo era intensamente feliz hasta que crecían.  Sin que ella lo notara, a partir de cierta edad, los sobrinos se alejaban.  Para bien de Elenita, eran generaciones: a unos les sucedían otros. Por esto, nunca le afectó el abandono ni percibió la vergüenza que ellos sentían cuando caminaban juntos por la calle.

En verdad, a Elenita la protegía su imaginación. Las figuraciones acerca del mal eran muy simples.  Eran malas, las personas que sus hermanos o su madre decían que lo eran.

Una tarde mientras tomaba de la mano a uno de sus sobrinos, su padre entró en el patio, la besó y se inclinó para saludar a su nieto. Casi de inmediato, se desvaneció con torpeza. Elenita desesperó, llamó a su madre y a sus hermanos; gritó con una fuerza inusual. Cuando ocuparon la escena, la encontraron lívida  y tiritando mientras su sobrino lloraba.  El anciano había sufrido un desvanecimiento por hipertensión arterial.  No pudieron hacer nada salvo esperar un diagnóstico que indicó, finalmente, una parálisis irreversible.

En lo sucesivo, el anciano tomó el lugar de los niños. Su padre había regresado a un nivel de insuficiencia pre-infantil. Arrastraba los pies y hacía exclamaciones un tanto indescifrables.  Elenita se tornó en su traductora lo cual era irónico porque ella padecía serios problemas de dicción.

Tenía veinte años.  Cuidó  a su padre todos los días, durante todas las jornadas. Lo ayudaba a caminar por el patio y luego lo sentaba en los muebles de la sala. No tardó mucho en preguntar por qué su padre no era como antes.      

"Porque está enfermo, Elenita". No hubo más respuesta.  Elenita no insistió, era sumisa como Rosalba, su abuela.

Fueron diez años de responsabilidad y dedicación.  La vida de Elenita se repartía entre los quehaceres de la casa y los cuidados a su padre. Aunque gravemente bloqueado por la enfermedad, el anciano, que fue generoso y amable, la esperaba con gritos de entusiasmo. Elenita le correspondía con naturalidad. 

Cada visitante sabía que Elenita contaría alguna hazaña imaginaria de su padre o la rutina del día.

Nada fue como aquella época. Tal vez porque su padre era un ser muy expresivo. Elenita aprendió a leer en los gestos del anciano su voluntad de levantarse, de caminar, de detenerse; aprendió a leer sus estados de ánimo: su alegría, su tristeza, su ira. E, incluso, cuando nadie lo advertía, sabía leer esos momentos de prolongada indeterminación.  Momentos en los cuales los ojos inyectados del anciano parecían desorbitados. Entonces, Elenita colocaba almohadas y comentaba: "El viejito quiere dormir". El anciano casi de inmediato recostaba su cuerpo en la cama y minutos después, se sumergía en un sueño profundo.

Esther, su madre, la quería entrañablemente. Los matrimonios sucesivos de su único hijo y de sus tres hijas habían desocupado la casa.  Ella imaginó mucho antes este punto de la historia. Sabía que un día su limitado esposo y Elenita serían sus últimos acompañantes.

Vivían cerca al mar. Padecían un clima intensamente húmedo la mayor parte del año y disfrutaban un breve período de sofocante calor.

Los días luminosos del verano fueron los más festivos. Los domingos, Elenita y Esther subían al anciano en una silla de ruedas y mientras la empujaban, caminaban por el malecón. Por lo general, llevaban sombreros que las protegían de la intensidad del calor. 

Elenita respiraba la brisa como un aroma hechicero. Su existencia se había acercado a la plenitud: no faltaba nada. Ella pensaba: "debes rezar, Elenita, y agradecer a Dios".

En el atardecer  dominical, mientras Esther cogía la silla de ruedas, Elenita montaba una pequeña bicicleta.  El buen humor de su madre le permitía a Elenita manejar raudamente y divertirse con hilaridad.  Al final de la tarde, retornaban a casa.

Una mañana, mientras regresaba de compras vio a su hermano salir rápidamente de casa y al entrar encontró a todas sus hermanas. "Debes esperar afuera, Elenita, el papito se ha puesto mal". Elenita lloró como si adivinara la verdad. Lloró un día completo, el tiempo que duró la agonía de su padre. No podía expresar lo que sentía. Si alguien hubiese preguntado": "¿Por qué lloras?", ella no habría podido responder.

Cuando enterraron a su padre, Elenita sintió la vida con  hostilidad. Nunca antes había sido importante comprender; tampoco esta vez. Pero eran diez años de costumbres. Y a los treinta años empezó a desarrollar hábitos de extraña naturaleza. En las mañanas, colocaba una silla en el centro del patio y se sentaba. Luego volteaba el rostro hacia el cielo y miraba el sol hasta quedar momentáneamente  invidente. Un día su madre la reprendió:

"Elenita, así te haces daño" y la condujo a la cocina. Allí, mientras Elenita le ayudaba, ella le contaba que su padre le había dicho en sueños que se cuidara.      -Debes obedecer al viejito, Elenita.

-Sí, mami,  juro que sí.

-El viejito te mira y me ha dicho que estemos tranquilas.

El colapso del duelo transcurrió  y la vida asumió una normalidad novedosa.

Se impuso cierta rutina. Elenita acompañaba  a su madre al mercado, al médico, a casa de sus hermanos o simplemente a caminar. Pero esta vez su elemental espíritu reaccionó: "Mami ¿tú también te vas a morir?", preguntó mientras arreglaban el jardín. "Sí, también". Lacónica respuesta, que al decirla dejó a Esther pensativa. Elenita al escucharla rompió a llorar sin freno. Si alguien hubiese preguntado: "¿Porqué lloras?", ella no habría podido responder. Sin embargo, una intuición acerca de la soledad, dejaba a Elenita inconsolable.

-Tú vas a estar tranquila, porque así no me veas, yo voy a estar contigo.

Elenita miró nuevamente a su madre y  la invadió un benigno sosiego. La inocencia es creer en los demás o creer en sus propias convicciones sin sospecha alguna. Esther era también una mujer inocente. Deseaba íntimamente estar junto a Elenita bajo cualquier condición.

-Además, Elenita, Dios está siempre con nosotros.

Días después Elenita pensaba: "Todo es sencillo; todos están siempre con nosotros". Por ello, en las noches contemplaba el cielo. Desde entonces, tenía la certeza de que Rosalba, su abuela, la miraba y cuando cerraba los ojos creía sentir las manos callosas de la anciana peinarla suavemente. Desde la oscuridad grisácea del cielo creía ver la imagen de su padre y lo imaginaba sonriendo.

Todavía caminaba al lado de Esther jugando. Todavía caminaba tomada de su mano por el malecón. Pero Esther sin que Elenita lo advirtiera se fue encorvando y sus pasos se hicieron más lentos y su trote, más accidentado.         

Una tarde la tomó entre los brazos y le dijo:

-Elenita, creo que pronto no me vas a ver.

-Pero siempre  vas a estar conmigo ¿No mami?".

-Sí, claro que sí.

Esther compró a Elenita un conejo, dos canarios y un loro.

- Debes cuidarlos, Elenita.

Y sin  pausa y en silencio subió al dormitorio para hundirse en su agonía.

Cuando Elenita descubrió el cuerpo inmóvil y frío de su madre, la abrazó y lloró por unos minutos.

A la muerte de Esther, Elenita tenía cuarentaicinco años y habitaba una casa que había cobrado una dimensión inconmensurable. Se levantaba temprano y caminaba por el patio. Veía los colores del amanecer y de las mañanas y luego las sombras de la noche. Por momentos, veía el cielo y quería adivinar desde qué punto la miraban.

Una mañana, el canto de los canarios la despertó. Ella respiró con hondura y se dibujó una sonrisa en su rostro.

Página principal | Relaciones| Literatura | Ocio y Accesibilidad| Investigación| Otros| Contacto
Versión 4.0 | © Reservados derechos | E-mail | Anti Spam