Mª Dolores Penín Gómez
es de Guadalajara.

Dice, así mismo, ser discapacitada y desear facilitemos su correo.

 

ÉRASE  UNA  VEZ

La plaza del pueblo tenía las paredes construidas con enormes piedras encajadas. El paso de los años había desgastado las baldosas del suelo, y un chorro de agua clara, ascendía y descedía de la fuente oxidada situada en el centro. Aquella tarde, el viento estaba inquieto, chillaba enloquecido al comprobar que se encontraba acorralado entre altos muros. A pesar de haber comenzado el mes de Mayo, el frío todavía mordía sin dientes. Pero el oscuro temporal no impedía a un grupo de niños, sentados en el suelo, que escuchasen un cuento tras otro. El narrador se llamaba Simón, era un hombre sin edad, de estatura alta, pelo y barba gris, mirada alegre y no existían arrugas en su rostro. Un par de guantes lo protegían de los sabañones que enrojecían sus manos, y una bufanda le cubría el cuello. Repentinos ataques de tos interrumpían sus palabras. A los niños no les asustaban aquellas atronadoras toses, simplemente se acercaban más a él para protegerlo del frío. Simón!  sonreía, y les guiñaba un ojo después de toser. Luego, proseguía el relato. Su público no eran solamente los niños. Algunos adultos que pasaban por la calle se detenían a escucharlo, y al final le daban unas monedas. Otros, le pedían un cuento personal y tras darle el argumento del mismo; el hombre que narraba historias, buscaba una adecuada para el solicitante, dentro del cajón de su imaginación. El interesado lo escuchaba con atención y cuando llegaba a su fin le entregaba una espléndida gratificación. Los días de buena suerte, comía algo caliente, pero eran muy escasos. Además deseaba que ese dinero le alcanzase para comprar un nuevo par de calcetines, porque últimamente siempre tenía los pies fríos.

Al anochecer se levantó del suelo. Se dirigió a la taberna de aquella aldea, y en ella pidió un plato de comida. Mientras esperaba que lo sirviesen, pensó en el pasado. Cuando la riqueza cubría su corazón con un velo negro de egoísmo; pero ya había pagado con creces el daño causado. Después de tantos años siendo un pobre nómada, ahora no tenía nada. Se encontraba sin fuerzas para seguir sufriendo el azote del frío invernal y el agobio del calor estival.

Anhelaba encontrar un lugar agradable donde poder contar historias el resto de su vida. Se preguntaba a sí mismo: "¿Cuándo llegará ese día?" y no hallaba respuesta. De repente unas voces elevadas de tono lo asustaron y obligaron a salir bruscamente de sus cavilaciones.

-«Eh, viejo cuentista, ¿qué haces por aquí?», le preguntaron un grupo de hombres, que estaban apoyados en el mostrador bebiendo vino y riendo a carcajadas.

-«Lo mismo que vosotros, y ¿por qué os reís?

-De ti mendigo, vas por ahí contando cuentos a la gente, y esperas que te den dinero a cambio, ¡que rollo tienes! Sabes, valías para político, ¡mísero harapiento!

-¡Ignorantes!, no me quiero molestar en explicar la gran importancia que tiene el arte de contar cuentos. Gracias a ese arte, se han perdonado vidas ¡e incluso!, se han ganado batallas», contestó Simón con rabia, y abandonó la taberna. 

El vagabundo de historias, estaba harto de pasar tantas penalidades: de comer poco y tener hambre. Dormir en los cobertizos y temblar de frío. Arrastrar con sus pisadas la tierra seca del sendero, y de andar sin rumbo buscando parajes desconocidos donde la gente lo escuchase.

Caminó durante más de una semana, sólo descansaba para comer o dormir. Las noches las pasaba en cualquier cobijo que encontraba en su recorrido. Al final del trayecto, Simón llegó a una nueva localidad. El clima había mejorado, sus sabañones dejaron de dolerle; pero las tripas le pedían a gritos comida. Era media mañana cuando avanzaba por una calle ancha con carteles en los laterales. Los alineados edificios parecían todos iguales y el incómodo ruido de los coches, al cuál ya no estaba acostumbrado, lo descentraba. Se detuvo para orientarse, miró hacia los letreros y leyó: "Ciudad de los Cuentos. Día catorce gran maratón en el Palacio del Infantado". Se alegró tanto que leyó el anuncio tres o cuatro veces más. De pronto se dio cuenta, y pensó en voz alta: «hoy es ese día», y aceleró sus pasos.

Casi no podía creer lo que había leído. Por primera vez, después de tantos años, seguía una dirección adecuada. Olvidándose del hambre que le roía en el estómago, su único afán era encontrar el mencionado Palacio lo antes posible. Se informó de la dirección y emprendió la marcha. Apresuró sus pasos por las cortas calles de la ciudad y el sol lo animaba a seguir. Guardó los guantes y la bufanda en los bolsillos de la chaqueta, que sujetaba en un brazo. De cuando en cuando se paraba para secar el sudor de su frente. Simón recorrió la ciudad en una hora más o menos, y encontró el lugar donde se contaban cuentos. Las puertas estaban abiertas y entró tembloroso.

Había mucha gente en la entrada del Palacio y visibles carteles anunciaban el maratón anual con letras grandes, decía: "Treinta y seis horas contando cuentos sin parar". Tras leer esas palabras, el hombre de barba gris pasó hasta el patio interior. Se apoyó en una de las columnas que sujetaban el transparente techo, y la felicidad recorrió sus venas. A lo lejos vio un escenario recubierto de  una alfombra y adornado con los colores de la magia. Delante de un micrófono, una mujer narraba la historia del niño que quería plantar estrellas en su casa. El público llenaba el patio. La mayoría de los presentes permanecían sentados en el centro. Los restantes de pie colapsaban los laterales del recinto, y todos ellos escuchaban ensimismados. La mujer abandonó la tarima, de inmediato apareció un muchacho que habló de una rana que quería ser princesa y de un enano saltarín. Continuó un cuento de un pez que tenía escamas de oro, luego otro de un mago que era mudo, y seguían.

Entusiasmado, Simón escuchaba los relatos. Su corazón se llenaba de emoción en aquel lugar fantástico, al cual lo había traído el destino. De vez en cuando, un niño paseaba una pancarta que decía: "Silencio". Pero a él no le molestaban los susurros del público, disfrutaba de cada historia, sonreía y se adueñaba de ella. Permanecía tan distraído que no advirtió su reclamó, y no llegaría a percibirlo sino lo solicitan por un brazo. Cuando volteó la cabeza, vio a una elegante mujer. Dobló una rodilla ante ella, y le dijo:

-«Buenas tardes hermosa Dama, ¿cómo está su majestad?», y seguidamente besó su delicada mano. La distinguida mujer reconoció a Simón. Hacía mucho, mucho tiempo era sumamente conocido por todo el mundo relacionado con los cuentos. Contaba las más insólitas historias jamás oídas. Recorría los más importantes escenarios de cualquier país, y siempre envolvía a multitud de espectadores con el invisible manto de la emoción. Lo abrazó, y le pidió un cuento para los allí presentes. A lo cuál él contestó al instante:

-«Es para mí una inmensa satisfacción aceptar la maravillosa oportunidad que me brindáis de conectar con estas gentes.» Sin más demora, se dirigió hacia el lugar adecuado para ser visto y oído por todos.

En medio del escenario de madera, los nervios recorrían el cuerpo de Simón. Al principio no podía hablar. Notaba cómo la voz se ahogaba en la garganta. El sudor caía a goterones del pelo y resbalaba por las mejillas. Todo a su alrededor estaba nublado y no veía nada. Sus brazos temblorosos no podían sujetar el micrófono. Se sentó en un sillón y por fin comenzó a hablar:

-«¡Érase una vez.!» Las palabras sonaron con voz firme, y la historia se inició. Según la iba narrando, aumentaba en interés. Movía los brazos y manos a la velocidad del pensamiento. Los gestos le transmitían verosimilitud al relato. Hablaba, se ponía en pie, silbaba y al final se volvía a sentar. Había olvidado su propio cansancio, olvidó que tenía el estómago completamente vacío y casi no veía por causa de la debilidad. Tan sólo deseaba dar vida a su narración. El patio del palacio escuchaba petrificado y las gentes que lo poblaban estaban concentradas en sus palabras. La pancarta que pedía silencio, descansaba en el suelo al lado del niño que mantenía la boca abierta.

Diferentes sentimientos capturaron a los presentes que sonreían o lloraban según avanzaba la historia. Al finalizar, la euforia invadió a todos. Los aplausos sonaban al unísono con los gritos: "¡bien, bravo, otro!". Complacido del éxito obtenido, bajo los dos peldaños del escenario.

Aún se oía algún ¡bravo!, que resurgía del público. La Dama de los cuentos salió de nuevo al encuentro de Simón. Intercambiaron una breve conversación, sobre dar fin a su penitencia de vagabundo, y le pidió que no abandonase aquella ciudad. Una sonrisa feliz iluminó el rostro del Rey de las historias.
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