Traducción del francés de Rafael Cansinos Assens.

Honorato de Balzac, nació en Tours (Francia) y ocupa uno de los lugares más altos entre los novelistas. De familia burguesa, agregó la partícula "de" a su nombre. Fue un lector voraz.

Estudió Leyes por dar gusto a su familia, pero se dedicó a la literatura. Endeudado la mayor parte de su vida, por tener poco sentido de los negocios, creó sin embargo una obra magistral. Escribió más de 90 novelas. Durante veinte años compuso "La Comedia Humana" colección de más de 24 libros, muchos de ellos entrelazados y todos descriptivos de la sociedad del siglo XIX.

Entre sus obras más famosas: Los Parientes Pobres, El Padre Goriot, La Prima Bete, Eugenia Grandet, Piel de Asno, Los Chouanos, Cesar Birotteau, Ilusiones Perdidas, El Primo Pons, A la Búsqueda de lo Absoluto. El final de su vida lo pasó al lado de su amiga "Madame Hanska", de origen polaco-ruso, con quien se casó finalmente, sólo para morir cinco meses más tarde.


Este relato ha sido publicado por Solidaridad Digital dentro de una serie semanal cuyo eje temático girará en torno a algún aspecto de la discapacidad. Los relatos proceden de la antología que para la Editorial Pre-Textos y la Fundación ONCE han compilado Luis Cayo Pérez Bueno y David de la Fuente Coello, y que formarán parte del título, de próxima publicación, "La pierna perdida del Capitán Ahab", en honor al protagonista de "Moby Dick".

 

FACINO CANE de Honorato de Balzac

Vivía yo entonces en una callejuela que, sin duda, no conocéis, la rue de Lesdiguières, que empieza en la rue Saint Antoine, frente a una fuente, próxima a la plaza de la Bastille, y termina en la rue de la Cerisaie. El amor a la ciencia me había lanzado a una buhardilla, donde trabajaba de noche, y el día me lo pasaba en una biblioteca cercana, la de Monsieur. Vivía frugalmente, había aceptado todas las condiciones de la vida monástica, tan necesaria para los laboriosos. Apenas si, cuando hacia buen tiempo, paseaba un poco por el bulevar Bourdon. Sólo una pasión me sacaba de mi estudioso hábito; pero ¿no era eso lo mismo que seguir estudiando?... Iba a observar las costumbres del barrio, sus vecinos y sus caracteres. Tan mal vestido como un obrero, indiferente al decoro, no daba lugar a que me mirasen con recelo; podía mezclarme en sus grupos, ver cómo cerraban sus tratos o discutían a la hora de dejar el trabajo. La observación era ya para mi intuitiva, calaba el alma sin descuidar el cuerpo; o, mejor dicho, captaba tan bien los detalles exteriores, que en el acto iba más allá; me confería la facultad de vivir la vida del individuo sobre quien la ejercía, permitiéndome suplantar su personalidad, al modo como aquel derviche de Las mil y una noches se incautaba del cuerpo de una persona pronunciando sobre el unas palabras.

Cuando, entre once y doce de la noche, me tropezaba con un obrero y su mujer, que volvían juntos del Ambigú-Comique, me entretenía siguiéndolos desde el bulevar del Pont-aux-Choux hasta el de Beaumarchais. Aquella buena gente hablaba primero de la pieza que habían visto; y luego, de una cosa en otra, pasaban a hablar de sus asuntos; tiraba la madre de la mano del hijo, sin escuchar sus quejas ni sus preguntas; contaban ambos cónyuges el dinero que habían de cobrar al día siguiente y se lo gastaban en mil cosas diversas. Salían a relucir entonces pormenores del hogar, lamentaciones sobre el precio excesivo de las patatas o sobre lo largo que se hacía el invierno y la carestía de la leña, recriminaciones enérgicas por lo que le debían al panadero y, en fin, discusiones que se enconaban y en donde cada uno de los dos ponía de manifiesto su carácter con frases pintorescas. Oyendo a aquellas personas podía yo apropiarme su vida, sentía sus andrajos en mi espalda, caminaba con los pies metidos en sus agujereados zapatos; sus deseos, sus necesidades, se me entraban en el alma o mi alma se entraba en las suyas. Era aquel el sueño de un hombre despierto. Me sulfuraba con ellos contra los capataces del taller, que los tiranizaban, o contra los malos clientes que les hacían volver varias veces hasta pagarle. Dejar las propias costumbres, volverse otro por la embriaguez de las facultades morales y hacer a voluntad esos papeles, tal era mi distracción.

¿A qué deberé yo esa facultad? ¿Será una segunda vista? ¿O una de esas cualidades cuyo abuso conduce a la demencia? Jamás investigué las causas de ese poder, limitándome a sentirlo en mí y utilizarlo. Pero sepan ustedes que, desde aquel tiempo, ya había yo analizado los elementos de esa masa heterogénea llamada el pueblo; y estudiándolo de un modo que me permitía evaluar sus buenas y malas cualidades. Sabía ya de que utilidad podía ser aquel barrio, aquel semillero de revoluciones que encierra héroes, inventores, sabios prácticos, picaros, canallas, virtudes y vicios, todo eso reprimido por la miseria, sofocado por la necesidad, ahogado en vino, estragado por licores fuertes. No podréis imaginaros cuántas aventuras perdidas, cuántos dramas olvidados en esa ciudad de dolor! ¡Cuántas cosas horribles y bellas! No llegará jamás la imaginación hasta la realidad que allí se oculta y que nadie puede ir a descubrir, pues es preciso descender muy bajo para encontrar esas admirables escenas trágicas o cómicas, obras maestras, engendradas por la casualidad. No sé cómo he podido guardarme para mí tanto tiempo la historia que ahora voy a contar, y que forma parte de esos curiosos relatos que se quedan en el saco, de donde los saca la memoria caprichosamente como números de lotería; otros muchos tengo por el estilo de raros e igualmente sepultados; pero no se apuren ustedes, que ya irán saliendo.

Cierto día, mi asistenta, la mujer de un obrero, hubo de rogarme honrase con mi presencia la boda de una hermana suya. Para que puedan ustedes comprender lo que era la tal boda, debo decirles que yo le abonaba a aquella mujer cuarenta sueldos al mes porque viniese todas las mañanas a hacerme la cama, limpiarme los zapatos, cepillarme la ropa, barrerme el cuarto y prepararme el desayuno; lo demás del día se lo pasaba dándole vueltas a la manivela de una máquina, y en ese duro oficio ganaba diez sueldos de jornal. Su marido, ebanista, ganaba cuatro francos. Pero como el matrimonio tenía tres hijos, apenas si alcanzaban con todo eso para el pan. Jamás en mi vida encontré honradez más sólida que la de aquel hombre y aquella mujer. Luego que me mudé a otro barrio, durante cinco años siguió la tía Vaillant viniendo a felicitarme por mi santo, trayéndome un ramito de flores y unas naranjas, siendo así que jamás tenía ahorrado diez sueldos. Nos aproximaba la miseria. Nunca pude yo darle arriba de diez francos, que siempre pedía prestados a ese fin. Esto podrá explicar mi promesa de asistir a la boda, con la ilusión de refugiarme en la alegría de aquella pobre gente.

El convite, el baile, se celebraba en casa de un tabernero de la rue de Charenton, en el primer piso, en una gran sala alumbrada por lámparas con pantallas de hojalata, tapizada de un papel mugriento hasta la altura de las mesas y a lo largo de cuyas paredes se vejan bancos de madera. En aquella habitación ochenta personas endomingadas, cargadas de ramos de flores y cintajos, animadas todas por el espíritu de la Courtille y las caras congestionadas, bailaban como si fuese a acabarse el mundo. Se besaban los casados, en medio de la general satisfacción, y se oían unos ¡eh! y unos ¡ah!... zumbones, pero no tan indecentes en realidad, como esas tímidas miradicas de las solteras bien educadas. Expresaba toda aquella gente una alegría brutal que tenía un no sé qué de contagioso.

Pero ni las fisonomías de aquella concurrencia ni la boda ni nada de este mundo guarda relación con mi historia. Retengan ustedes solamente lo singular del cuadro. Figúrense bien la taberna innoble y pintada de almagre, aspiren el olor al vino, escuchen los aullidos de aquella alegría y quédense en aquel barrio en medio de aquellos obreros, de aquellos viejos, de aquellas pobres mujeres entregadas al placer de una noche.

Componían la orquesta tres ciegos de los Quinze-Vingts que tocaban el primero el violín, el segundo el clarinete y el tercero la zampoña. Pagábanles a los tres un total de siete francos por toda la noche. Claro que por ese precio no podían regalar al público con Rossini ni Beethoven, sino que tocaban lo que querían y podían, sin que nadie -¡oh delicadeza encantadora!- protestase. Hería su música tan brutalmente el tímpano, que, luego de pasar revista con la mirada a aquel público, hube de fijar la vista en aquel terceto de ciegos y me sentí, desde el primer instante, dispuesto a la indulgencia al reconocer su uniforme. Ocupaban aquellos artistas el hueco de una ventana, por lo que, para distinguir sus semblantes, era menester acercarse a ellos; no lo hice yo así al pronto; pero luego que lo hice, no sé por qué, boda y música desaparecieron, y sentí excitada mi curiosidad hasta el colmo, pues se me fue el alma a alojarse en el cuerpo del tocador de clarinete. Tanto el violín como el de la zampoña tenían caras vulgares, la consabida facha del ciego, comedida, atenta y grave; pero la del clarinete era uno de esos fenómenos que paran en seco al artista y al filósofo.

Figuraos la mascarilla en escayola de Dante, iluminada por la roja luz del quinqué y rematada por una selva de pelo de un blancor argentado. La expresión amarga y triste de aquella cara magnífica parecía agrandada por la ceguera, porque los muertos ojos revivían merced al pensamiento; parecía despedir como un fulgor brillante, producido por un deseo único, incesante, enérgicamente estampado en aquella frente preñada, surcada por arrugas semejantes a las hiladas de un viejo muro. Soplaba aquel anciano al tuntún, sin atenerse lo más mínimo ni al compás ni al aire, y sus dedos subían y bajaban, pulsando las viejas llaves por efecto de un hábito maquinal. No se cohibía para dar lo que los músicos llaman falsetes, y los bailarines no los notaban, así como tampoco los dos acólitos de mi italiano, porque italiano era. Algo de grande y despótico había en aquel viejo Homero que llevaba dentro una Odisea condenada al olvido. Era la suya una grandeza tan real, que triunfaba, incluso de su abyección, un despotismo tan vivo que dominaba la pobreza. Ninguna de esas violentas pasiones que conducen al hombre al bien o al mal, haciendo de el un presidiario o un héroe, faltaba en aquel rostro de noble diseño, lívidamente italiano, sombreado por unas cejas canosas, que proyectaban su sombra sobre profundas cavidades, en que temía uno ver reaparecer la luz del pensamiento, de igual modo que tememos ver salir de la boca de un antro varios bandidos armados de antorchas y puñales. Había un león encerrado en aquella jaula de carne, un león que apurara inútilmente su furia contra los hierros de sus barrotes. Aunque se apagara el incendio de la desesperación en sus cenizas, se enfriara la lava; pero los surcos, los destrozos y un poco de humo daban fe de la violencia de la erupción y los estragos del fuego. Esas ideas que la vista de aquel hombre sugería eran tan cálidas en mi alma como frías en su rostro.

Entre danza y danza, el violín y el albogue, seriamente ocupados en su vaso y su botella, se colgaban el instrumento de un botón de su levita, color de ala de mosca, alargaban la mano a una mesita colocada en el hueco de la ventana que les servía de cantina y le ofrecían al italiano un vaso colmado que no podía coger por sí mismo, ya que la mesa se encontraba detrás de su asiento, y siempre el clarinete les daba las gracias con un movimiento de cabeza afectuoso. Se realizaban sus gestos con esa precisión que siempre asombra en los ciegos de los Quinze, y nos da la impresión de que ven. Me acerque a los tres ciegos para escuchar lo que dijesen; pero luego que me tuvieron cerca, me estudiaron, no reconocieron en mi el carácter de obrero y cerraron el pico.

- ¿De dónde es usted..., el que toca el clarinete?

- De Venecia -respondió el ciego, con un leve dejo italiano.

- ¿Es usted ciego de nacimiento o perdió la vista a causa de...?

- Un accidente -me respondió él con viveza-, la maldita gota serena.

- ¡Hermosa ciudad Venecia!... Siempre tuve deseos de ir, allá.

Se animó la fisonomía del viejo, se agitaron sus arrugas y pareció violentamente emocionado.

- Si me llevase a mi consigo, no perdería usted el tiempo -me dijo.

- No le hable usted de Venecia -me advirtió el violín- o nuestro dux nos saldrá con la tarabilla de siempre, y mire que ya se echó al coleto dos francos de vino, el príncipe...

Vamos, adelante con los faroles, río Canet dijo el albogue.

Y los tres se pusieron a tocar de nuevo; pero en el tiempo que tardaron en ejecutar las cuatro contradanzas, el veneciano me husmeaba y adivinaba el interés que me inspiraba. Se borró de su rostro la fría expresión de tristeza, no sé qué ilusión iluminó sus ficciones y resbaló como una llama azul por sus arrugas; sonrió y se enjugó la frente, audaz y terrible y, finalmente, se volvió jovial como individuo al que le siguen su manía.

- ¿Qué edad tiene usted? -le pregunté.

- Ochenta y dos años.

- ¿Desde cuándo está ciego?

- Pues ya va a hacer cincuenta años -me respondió con un tono de voz que delataba no proceder su pena sólo de la perdida de la vista, sino de la de algún gran poder de que lo hubiesen despojado.

- ¿Y por qué le llaman a usted dux? -le pregunté.

- ¡Ah!, ésa es una broma -me dijo-. Yo soy patricio de Venecia y habría podido ser dux como cualquier otro.

- ¿Cuál es su verdadero nombre?

- Aquí -me respondió- soy el tío Canet. Así figuró siempre mi nombre en los registros. Pero en Italia me llamo Marco Facino Cane, príncipe de Varese.

- Pero. ¡cómo! ¿Desciende usted del famoso condottiere Facino Cane, cuyas conquistas pasaron a los duques de Milán?

- E vero -asintió-. Por aquel tiempo para que no lo matasen los Visconti, el hijo de Cane se refugió en Venecia y se hizo inscribir en el Libro de Oro. Pero ahora ya no hay ni Cane ni libro -e hizo un terrible gesto de patriotismo extinguido y de empacho por las cosas humanas.

- Pero si era usted senador de Venecia, sería rico; ¿cómo pudo perder su patrimonio?

Ante esa pregunta levantó su cabeza hacia mí como para mirarme con un movimiento verdaderamente trágico y me respondió:

-¡Desdichas!...

No pensaba ya en beber y rehusó con un gesto el vaso de vino que le ofrecía el albogue; luego bajó la cabeza. No bastaban esos detalles para satisfacer mi curiosidad. Durante la contradanza que aquellas tres máquinas ejecutaron, contemplé yo al viejo patricio veneciano con esos sentimientos que a un joven de veinte años atosigan. Veía Venecia y el Adriático y los veía en aquel rostro arruinado. Me paseaba por esa ciudad tan amada de sus hijos, iba del Rialto al Gran Canal, del muelle de los Esclavones al Lido; tornaba a su catedral, tan originalmente sublime; contemplaba las ventanas de la Casa de Oro, que lucen cada una adornos diferentes; contemplaba sus viejos palacios tan ricos en mármoles y, en una palabra, todas esas maravillas con que el sabio simpatiza, tanto más cuanto que las tiñe de color a su capricho y no quita poesía a sus sueños con el espectáculo de la realidad. Remontaba el curso de la vida de aquel vástago del más grande de los condottieri, y buscaba las huellas de sus desventuras y las causas de aquella profunda degradación física y moral que prestaba todavía más belleza a los detalles de nobleza y grandeza reanimados en aquel instante. Sin duda ambos teníamos los mismos pensamientos, pues yo creo que la ceguera hace mucho más rápidas las comunicaciones intelectuales, vedándole a la atención el desperdigarse en los objetos exteriores. Y no se hizo esperar la prueba de nuestra simpatía. Facino Cane dejó de tocar, se levantó, se acercó a mí y me dijo un "¡Vámonos!" que me hizo el efecto de una ducha eléctrica. Le di el brazo y salimos.

Luego que estuvimos en la calle me dijo:

- ¿Quiere usted llevarme a Venecia, conducirme por ella y fiar en mí? Será usted más rico que las diez casas más ricas de Amsterdam o Londres, más rico que los Rothschild; en una palabra, rico como los de Las mil y una noches.

Pensé que aquel hombre estaba loco; pero había tal poder en su voz, que me rendí a su hechizo. Me dejé conducir y el ciego me llevó hacia los fosos de la Bastilla, cual si tuviera vista. Se sentó en una piedra, en un lugar muy solitario, donde después construyeron el puente que pone en comunicación al canal Saint- Martin con el Sena. Yo me senté en otra piedra frente al anciano, cuyo pelo blanco brilló como la plata al fulgor de la luna. El silencio, apenas turbado por el rumor tempestuoso de los bulevares que a nosotros llegaba, la pureza de la noche, todo contribuía a hacer verdaderamente fantástica la escena.

- ¡Le habla usted de millones a un joven y cree que no sería capaz de arrostrar mil peligros por cogerlos! ¿No se burla usted de mí?

- Que muera yo sin confesión -me dijo con vehemencia- si lo que voy a decirle no es la pura verdad. Yo he tenido veinte años, como usted los tiene ahora, y era rico, guapo, noble, y empecé por la primera de las locuras: el amor. Amé como no se ama ya, hasta el extremo de meterme en un arcón y exponerme allí a que me dieran de puñaladas, sin haber recibido otra cosa que la promesa de un beso. Morir por ella me parecía toda una vida. En mil setecientos sesenta hube de enamorarme de una Vendramini, una jovencita de dieciocho años, casada con un tal Sagredo, uno de los más opulentos senadores, hombre de treinta años, y que quería con locura a su mujer. Mi amada y yo éramos inocentes como dos querubines, cuando un día nos sorprendió el esposo pelando la pava; yo estaba sin armas, él me falló el golpe y yo me eché sobre él y lo estrangulé con ambas manos, retorciéndole el cuello como a un pollito. Quise partir con Bianca y ella se negó a seguirme. ¡Para que se vea lo que son las mujeres! Tuve que huir yo solo, me condenaron en rebeldía y me confiscaron mis bienes en favor de mis herederos; pero yo me había llevado mis diamantes, cinco lienzos del Tiziano enrollados y todo mi oro. Me refugié en Milán, donde no me molestaron; mi asunto no le interesaba al Gobierno. Una ligera observación antes de seguir adelante -dijo tras una pausa-. Influirán o no los antojos de una mujer encinta sobre el hijo que lleva en las entrañas o al concebirlo, pero lo cierto es que mi madre tuvo pasión por el oro durante su embarazo. Y yo siento por el oro una monomanía, cuya satisfacción es tan necesaria para mi vida que, en cuantas situaciones me encontré, nunca deje de tener oro conmigo; manejo constantemente oro; de joven llevaba siempre encima alhajas y nunca me faltaban doscientos o trescientos ducados.

Al decir esas palabras se sacó del bolsillo dos ducados y me los enseñó.

- Yo husmeo el oro. No obstante estar ciego, me paro ante las joyerías. Esa pasión me ha perdido, pues me hice jugador para jugar oro. Pero no era tahúr y me timaron y me arruiné. Luego que se me acabó el dinero, me entró un rabioso deseo de ver a Bianca; me volví en secreto a Venecia, la encontré y goce seis meses de felicidad, escondido en su casa y mantenido por ella. Pensaba terminar así deliciosamente mi vida. Pero era el caso que el proveedor andaba tras ella y se sospechó un rival, cosa que en Italia se huele; nos espió, y un día, ¡el muy villano!, nos sorprendió a los dos juntos. Ya se figurará usted lo reñida que fue nuestra lucha; no lo maté, pero lo dejé malherido. Esa aventura dio al traste con mi felicidad. Desde aquel día no he vuelto a ver a Bianca. He gozado de grandes placeres, he vivido en la corte de Luis Quince entre las más celebres mujeres; pero en ninguna parte he encontrado las buenas cualidades, los encantos, el amor de mi dilecta veneciana. Tenía el proveedor sus esbirros, los convocó y cercaron el palacio y lo invadieron; yo me defendí para poder morir ante los ojos de Bianca, que me ayudaba a matar al proveedor. En otro tiempo no quiso aquella mujer huir conmigo; pero después de seis meses de felicidad estaba decidida a morir a mi lado y hubo de recibir varios golpes. Me echaron encima una gran capa, me envolvieron en ella y me llevaron a una góndola, y en ella a una mazmorra de los pozos. Tenía yo entonces ventidós años y llevaba tan bien cogido el pomo de mi rota espada, que, para quitármelo, habrían tenido que cortarme la muñeca Por una rara casualidad, o inspirado más bien por una idea de precaución, escondí en un rincón aquel trozo de acero, cual si más adelante me pudiera servir. Me curaron las heridas, ninguna de las cuales era mortal. A los ventidós años sale uno bien parado de todo. Yo estaba condenado a morir decapitado, pero me hice el enfermo con el fin de ganar tiempo. Creía hallarme en un calabozo vecino al canal y concebí proyecto de evadirme cavando el muro y cruzando a nado el canal, con riesgo de ahogarme. He aquí en qué razones apoyaba mi esperanza: Siempre que el carcelero me traía la bazofia, leía yo indicaciones escritas en las paredes, como: lado del palacio, lado del canal, lado del subterráneo, y concluí por vislumbrar un plano, cuyo sentido apenas me inquietaba, pero que era explicable por el estado actual del palacio, que aún está sin terminar. Con el genio que infunde el afán de recobrar la libertad, trate de descifrar, palpando con las yemas de los dedos la superficie de una piedra, una inscripción en árabe, con la que el autor de aquella obra advertía a sus sucesores que había separado dos piedras de la última hilada y cavado once pies de subterráneo. Para continuar su labor era menester esparcir sobre el suelo mismo del calabozo las partículas de piedra y mortero producidas por el trabajo de excavación. Aunque los carceleros o los inquisidores no hubiesen fiado en la construcción del edificio, que sólo exigía una vigilancia exterior, la disposición de los pozos, a los que se baja por unos peldaños, permitía ir minando gradualmente el suelo, sin que los carceleros lo notasen. Tan inmenso trabajo habría estado de más, por lo menos para quien lo había emprendido, porque su interrupción delataba su muerte. Con el fin de que su sacrificio no quedase totalmente perdido, era menester que el nuevo preso supiese árabe; pero yo había estudiado las lenguas orientales en el convento de los armenios. Una frase escrita por detrás de la piedra decía la suerte de aquel desdichado, muerto víctima de sus inmensas riquezas, que Venecia codiciara, terminando por apoderarse de ellas. Un mes necesité para lograr algún resultado. En tanto trabajaba, en aquellos momentos en que el cansancio me rendía, oía yo el tintineo del oro, veía oro delante de mí, ¡me deslumbraban diamantes! ¡Oh!..., aguarde usted... Una noche, mi acero embotado tropezó con madera. Afilé mi trozo de espada y abrí un agujero en aquella madera. Para poder trabajar me arrastraba como una serpiente sobre el vientre, me quedaba en cueros para trabajar a la manera de los topos, extendiendo las manos por delante y valiéndome de la piedra misma cual de un punto de apoyo. La víspera del día que había yo de comparecer ante mis jueces quise, durante la noche, intentar un último esfuerzo; perforé la madera y mi acero no encontró nada más allá. ¡Imagínese usted cuál sería mi sorpresa al aplicar el ojo a aquel orificio! Estaba en los artesonados de una cueva donde una débil luz me permitía columbrar un montón de oro. Se hallaban en dicha cueva el dux y uno de los Diez, y sus voces, que oía yo, me hicieron saber que allí estaba el tesoro secreto de la República, los presentes de los dux, y las reservas del botín llamado el dinero de Venecia y que se cobraba del producto de las expediciones. ¡Me había salvado! Cuando entró en mi mazmorra el carcelero, le propuse que favoreciese mi fuga y se viniese conmigo, llevándonos cuanto pudiéramos. No había razón para vacilar y el hombre aceptó. Un navío se hacia a la vela para Levante, tomamos todas las precauciones oportunas y Bianca secundó las medidas que yo le dictara a mi cómplice. Para no despertar sospechas, Bianca se nos uniría en Esmirna. En una noche agrandamos el agujero y bajamos hasta donde estaba el tesoro secreto de Venecia. ¡Que noche aquélla! Tres barriles había allí atiborrados de oro. En la habitación anterior había dinero apilado en dos montones iguales, que dejaban en medio un camino libre para cruzar la cámara, donde las monedas, formando cuneta, revestían las paredes hasta cinco pies de altura. Yo creí que el carcelero se volvía loco: cantaba, brincaba, reía, hacia piruetas sobre el oro; yo le amenacé con estrangularlo si perdía el tiempo o armaba ruido. De puro alegre, no vio al pronto una mesa encima de la cual estaban los diamantes. Yo me lance sobre ella con bastante habilidad para llenarme de diamantes mi tabardo de marinero y los bolsillos del pantalón. Pero, ¡Dios mío!, no cogí ni la tercera parte. Debajo de aquella mesa había lingotes de oro. Persuadí a mi compañero para que llenase de oro tantos sacos como pudiéramos llevar haciéndole ver que esa era la única manera de evitar que en el extranjero nos descubrieran. "Por las perlas, alhajas y diamantes nos reconocerían", le dije. Pero por más grande que fuera nuestra codicia, sólo pudimos arramblar con dos mil libras de oro, que requirieron seis viajes desde la cárcel a la góndola. Al centinela de la puerta que daba al agua lo sobornamos con un saco de diez libras de oro. En cuanto a los dos gondoleros, creían servir a la República. Al clarear el día zarpamos. Luego que ya estuvimos en alta mar, al acordarme de la noche pasada y las sensaciones que había experimentado, volví a ver aquel inmenso tesoro en el que, según mis cálculos, quedaban treinta millones en plata y veinte millones en oro, varios millones en diamantes, perlas y rubíes, y me entró como un ataque de locura. Me tomó la fiebre del oro. Desembarcamos en Esmirna e inmediatamente volvimos a embarcarnos para Francia. Al subir a bordo del buque francés hizo Dios la merced de librarme de mi cómplice. No pensaba yo entonces en todo el alcance de aquel desafuero del azar, del que me alegre grandemente. Tan extenuados estábamos que permanecíamos como alelados, sin decirnos palabra, esperando hallarnos a salvo de todo peligro para gozar a nuestro antojo. No es, pues, de extrañar que a aquel tunante se le trastornara el juicio. Pero ya verá usted cómo Dios me castigó a mí. No me considere tranquilo hasta que vendí los dos tercios de mis diamantes en Londres y Amsterdam, y realicé mi polvo de oro en valores mercantiles. Cinco años los pasé escondido en Madrid; y en mil setecientos setenta me vine a París con un nombre español, y lleve aquí la vida mas brillante. Bianca había muerto. En medio de mis placeres, cuando gozaba de un capital de seis millones, hube de quedarme ciego. Estoy seguro de que esa enfermedad fue resultado de mi estancia en el calabozo, de mis trabajos en la piedra, si no es que mi facultad de ver el oro implicaba un abuso de la potencia visual que me predestinaba a la ceguera. Amaba en aquel momento a una mujer, con la que pensaba unir mi suerte; le había declarado el secreto de mi nombre; pertenecía a una familia poderosa y yo lo esperaba todo del favor que Luis Quince me dispensaba; había puesto toda mi confianza en aquella mujer, que era amiga de madame du Barry, y ella me aconsejó que fuese a consultar con un famoso oculista de Londres; pero al cabo de vivir unos meses en dicha ciudad, aquella mujer me dejó abandonado en Hyde-Park, después de desvalijarme de todos mis caudales hasta el último céntimo; ya que, obligado a ocultar mi nombre, que me habría entregado a la venganza de Venecia, no podía invocar la ayuda de nadie, por temor a la República. Los espías que aquella mujer me había puesto me saquearon sin piedad. Le dispenso de unas aventuras dignas de Gil Blas. Sobrevino luego vuestra Revolución. Vime obligado a ingresar en los Quinze-Vingt, donde aquella pécora me internó, después de tenerme dos años en Bicêtre como alienado; no pude matarla, porque no veía y era harto pobre para comprar un brazo. Si antes de perder a Benedetro Carpi, mi carcelero, le hubiese consultado sobre la situación de mi mazmorra, habría podido reconocer el tesoro y volver a Venecia cuando Napoleón acabó con la República. Pero ahora, a pesar de mi ceguera, ¡vayamos a Venecia! Volver a encontrar la puerta de mi prisión, veré el oro a través de los muros, lo oleré bajo las aguas en donde está enterrado, pues los acontecimientos que han derribado la República son de tal magnitud, que el secreto del tesoro ha debido de morir con Vendramino, el hermano de Bianca, un dux, que yo esperaba me habría reconciliado con los Diez. He dirigido notas al primer cónsul, le he propuesto un tratado al emperador de Austria y todos me han tomado por un loco. ¡Pero ande usted, vámonos a Venecia, vayamos allá como mendigos para volver como millonarios; rescataremos mis bienes y usted será mi único heredero; será príncipe de Varese!

Aturdido por aquella confidencia, que en mi imaginación asumía las proporciones de un poema, a vista de aquella cabeza blanca y ante el agua negra de los fosos de la Bastilla, agua dormida como la de los canales de Venecia, no contesté nada a mi interlocutor. Facino Cane pensó, sin duda, que yo lo juzgaba, como todos, con despectiva piedad, e hizo un gesto que expresaba toda la filosofía de la desesperación. Puede que aquel relato lo hubiese transportado a sus más felices días, a Venecia; enristró su clarinete y tocó en él melancólicamente una canción veneciana, una barcarola, para la que volvió a recobrar su primer talento, su talento de patricio enamorado. Fue algo como el Super Flumina Babylonis. A mí se me llenaron de lágrimas lo ojos. Si algunos paseantes rezagados acertaron a pasar a lo largo del bulevar Bourdon, sin duda se detendrían a escuchar aquella postrer plegaria del desterrado, la última nostalgia de un nombre perdido, al que se mezclaría el recuerdo de Bianca. Pero no tardó el oro en llevarse la palma y la fatal pasión apagó aquel destello juvenil.

- Ese tesoro -me dijo- lo veo siempre, lo mismo dormido que despierto; me paseo por él, refulgen los diamantes, no soy tan ciego como usted cree; el oro y los diamantes me iluminan mi noche, la noche del último Facino Cane, porque mi titulo pasara a los Memmi. ¡Dios mío! ¡Qué pronto empezó el castigo del asesino! Ave Maria.

Rezó unas oraciones que no entendí. - Iremos a Venecia -exclame cuando se levantó.

- Por lo visto, al fin encontré un hombre -dijo él con el rostro encandilado.

Lo fui acompañando, cogido del brazo, y el me estrechó la mano en la puerta de los Quinze-Vingt en el momento en que algunos de los convidados a la boda volvían de ella, gritando a voz en cuello.

- ¿Partiremos mañana? -me preguntó el anciano.

Tan pronto como tengamos algún dinero respondí.

- Pero podemos hacer el viaje a pie, yo pediré limosna... Soy fuerte, y cuando ve uno oro por delante se vuelve joven...

Facino Cane murió aquel invierno, después de dos meses de cama. El pobre hombre padecía un catarro crónico.

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