Ana María Martinez es de Argentina, tiene página en Facebook y en esta Web hemos publicado otras obras suyas como:

DOÑA RAMONA

 

EL EXTRAÑO CASO DEL GALLO GALLARDO

por Ana María Martínez

“Estás conmigo, estamos cantando a la sombra de nuestra parra, una canción que dice que uno sólo conserva lo que no amarra…” Jorge Drexler

Gallo GallardoCuando, hace ya más de tres años, decidimos vivir por nuestra cuenta y que sea lo que sea, entre las pocas pertenencias que reclamamos como propias estaba el gallo Gallardo.

Confinado a vivir entre cuatro cercas verdes y llenas de púas, cualquier cosa era mejor para el animal. Igual que Violeta y que yo misma pero sin poder de determinar que quería y que no, Gallardo fue cazado por un par de manos amigas y “aterrizó” en Cot al final, Barrio Tiro Sur, una media hora después que nosotras junto con un envase de garrafa de diez kilos.

La casa encantada nos abría sus puertas accesibles, amplias y antiguas y nos cobijaría por un tiempo, sólo el necesario, el justo, el nuestro.

Tiempo impreciso que no puedo aún determinar, tiempo de encuentros, de hijos, de amores, de radio, de asambleas, de amigos, de compañeros, de Libertad, de Diversidad, básicamente, tiempo de luchas y de reencontrarnos con nosotras mismas, de reconstruirme según lo que yo recordaba que era, que fui alguna vez. Tiempo bello.

Sólo había un escalón que significaba el único desnivel en toda la casa encantada. Era el que separaba el patio del resto de la construcción. Nada que no se pudiera sortear con un buen envión de la silla de la Violeta sobre sus dos ruedas traseras. Y así, el jardín, las achiras, las enredaderas, los paraísos, las ligustrinas huachas del final del terreno, la pequeña barranca, la última laguna, nuestra Lacandona según Facundo.

Gallardo se sintió libre pero un profundo miedo le impedía ejercer esa libertad que le estaba siendo dada sin que la pidiera, sólo por ser un bicho.

Recuerdo las quejas de mi padre cuando visitó aquella casa por primera vez, la altura de la parra no sabía más que chocar con su propia altura de hombre grande, inmenso, bipedestante. Incluso Facundo mismo protestó por el estado general de la parra: que demasiado baja, que no, que así no iba a dar sombra….

Vecinos comedidos ofrecieron su fuerza de trabajo para alzarla a alturas convencionales; agradecida, yo les decía que no, que así estaba bien.

Nadie parecía comprender la importancia de la parra y su altura.

El gallo se aquerenció en el níspero y dormía allí hasta que, bien tempranito, yo salía a colgar la ropa y a tirarle los puñados de maíz que lo alimentaban.

Mientras, aquel invierno tremendo del 2007 se iba escapando, dejando ¡por fin! lugar a la primavera y a los primeros brotes. En agosto pasa algo raro con los gallos. Yo no sé si es en todo el mundo o sólo en esta parte del mundo, o sea, aquí, en el barrio. Los gallos se confunden. Ese cielo raramente iluminado por nubes bajas, los soles que caen a destiempo, no sé en qué va pero los gallos se confunden y cantan a cualquier hora de la noche, algunos a la medianoche, otros un par de horas antes o después. Cuestión que no cantan al amanecer como Dios manda sino cuando se les canta a ellos.

Y Gallardo no fue ni es la excepción.

La parra se fue llenando de hojas verdes y frescas, las lluvias primaverales y algunos baldazos extras míos, la hacían brotar como parra que era. Y el gallo iba cantando cada vez más lejos del níspero que fue su primer nido. Venía, sí, a la tardecita, por su maíz pero, rápidamente se perdía por el tupido jardín hacía la laguna.

El primer verano llegó y la parra reventó de uvas negras, dulces, chinches, sabrosas y jugosas.

Entonces ocurrieron un par de maravillas gracias a la naturaleza sabia y éstas fueron resultado final del proceso de liberación:

La Violeta, en su silla, alzaba apenas uno de sus brazos y con su torpeza distónica, se prendía de los racimos que crecían libres a su altura y llevaba a su boca sin dificultad (y sin lavar, claro, pues, no podía ser de otra manera) esa fruta bella y fresca que se tornaba accesible desde lo distinto, desde la simple altura distinta de un parral, desde la libertad. Y comía y se chorreaba los jugos de las uvas y saboreaba y se le caía y volvía a alzar sus manos y a cazar otro racimo y a seguir devorando esa Libertad diversa que se le ofrecía ¡por fin! al alcance de su mano.

Y Gallardo, solitario en un principio, miedoso y hasta cobarde frente a viejos amos, se enamoró de una gallinita negra que no valía ni dos pesos y cuando menos acordé, me la trajo rodeada de pollitos perikitos y negros (como ella y como él) para que les diera maíz.

Tuvimos que abandonar la casa dos veranos después, sólo nos cambiamos unos doscientos metros de aquel lugar maravilloso. No tuve coraje para desarraigar a Gallardo ni siquiera ese trecho de su querencia y por eso aún lo escucho cantar, ahora que es agosto, a cualquier hora y además me traje conmigo unos brotes de la parra, unos tronquitos que parecen secos pero van a retoñar…

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