A todos los que solicitáis plaza en centros del IMSERSO como este, en el que yo resido.

Portada del libroEn esta página se reproduce un tercio y en las dos siguientes el resto:

Parte 2

Parte 3

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JAULA DE ORO

Una historia de infelicidad

Autor: Alfonso Gálvez Sánchez - Edición de Andrés Mencía

Queste parole di colore oscuro vid’ïo scritte al sommo d’una porta, per ch’io: “Maestro, il senso lor m’è duro”. (Dante Alighieri: La Divina Commedia)

Presentación

Andrés MencíaAlfonso Gálvez escribe cuentos de terror. Siempre me intrigó la personalidad de los autores de estos cuentos porque los cuentos de terror son, quizá, el mejor testimonio del fracaso de nuestro mundo, de nuestra civilización. Son los mitos para una sociedad sin salida. El primer cuento de terror fue La Ilíada y los cuentos de Alfonso Gálvez son continuación de aquella exaltación militarista. Soy su asistente de escritura desde hace muchos años, honor que comparto con Manuel Herrera, y conozco todos estos cuentos. Antes de embarcar a su autor en el presente proyecto de biografía, pensé en publicarlos. Los asesinos en serie son los protagonistas favoritos de Alfonso Gálvez. Los viste, los peina y los sigue, pero se olvida de acabar con ellos, con lo que el mundo da cada vez más miedo. Sus asesinos andan sueltos por Nueva York y por ahí, acompañados de algún que otro cuatrero que sobrevivió de sus incursiones por la novela del oeste. En los escenarios que nos propone Alfonso Gálvez no hay justicia. Ni siquiera venganza. Fuerzas azarosas gobiernan la voluntad de sus personajes de pesadilla. No hay buenos ni malos. Sólo perdedores y, si acaso, algún ganador que nunca descubrirá cuál fue su mérito. No pierdo la esperanza de publicar estos cuentos, pero me interesaba más la personalidad del autor, le propuse que me dictase su vida y he sido testigo de su esfuerzo de concentración y de memoria durante estos dos últimos años, hasta dar fin al compromiso.

Pero el caso es que Alfonso Gálvez no es un autor al uso de cuentos de terror, porque él ni es alcohólico ni ha desaparecido en México ni está loco ni es teólogo o un simple buscavidas. A los once años le sorprendió su cuerpo, sin embargo, con las primeras manifestaciones de la ataxia de Friedreich, una naturaleza que hoy, después de treinta y tres años de aquellos primeros trompicones, lo mantiene postrado. Si acaso, fue esta naturaleza lo que lo equipara con alguno de los más ilustres autores de cuentos de terror. Se ha pasado treinta y tres años deseando otra vida, según propia confesión, y envidiando la vida de los otros. A todo llegó tarde -incluso llegará tarde también a los antioxidantes. Lo más original del autor ha sido, sin embargo, vivir durante los últimos veinticinco años en las residencias del IMSERSO. Vive institucionalizado desde los veinte años y no ha sido feliz.

Alfonso Gálvez no es feliz y lo demuestra cada día, aunque los que le conocemos un poco sabemos que aún no ha perdido la esperanza de lograr aunque sólo sea una pizca de paz. Los amigos sí la estamos perdiendo. Cuando él también la pierda, el infierno que tanto teme se habrá apoderado de Alfonso sin remisión. En este libro nos cuenta su vida, ese fue el trato, y el testimonio es demoledor. La ataxia de Friedreich es la única fidelidad que ha conocido. Todo lo demás le ha abandonado, familia, amigos, paisajes. La residencia es su otra fidelidad, la otra maldición. Treinta y tres años haciendo de paciente, medicalizado, y ya para veinticinco de vida en residencias, de vida institucionalizada, de vida dimitida. Ha sido su relación con la medicina todavía más destructiva que el matrimonio mal avenido. Nada en la vida de Alfonso Gálvez es extraordinario salvo esta reducción al rol de paciente y dimitido. Tan desdichado se siente que ni sabe explicarse lo que le ha podido ocurrir, la razón de una vida vivida tan en la oscuridad. De sí mismo dice que es infeliz y a los demás no nos perdona que lo hayamos consentido. Doy fe de que Alfonso es angustiosamente desdichado. Su cerebro se mantiene lúcido y conectado a una realidad que siempre lo expulsó y que lo margina.

Alfonso Gálvez comenzó a contarnos su vida sin mucha esperanza de que en ella se encierre lección alguna, pero entre el sinfín de contradicciones que siempre lo envolvieron -la menor de las cuales no será su confusión entre los problemas propios de su naturaleza diferenciada y los que provoca el comportamiento de los responsables de su bienestar-, contradicciones por demás que a todos nos acompañan, el relato le ha revelado la gran verdad de su existencia, la causa más profunda de su infelicidad, que no es otra que la imposibilidad de decidir sobre su propia vida. Renunciaba a esa posibilidad al ingresar en la residencia y nadie le advirtió entonces hasta qué punto, con ello, su cuerpo y su alma perderían el motor para siempre, el motor que es la vida en las propias manos, la gestión de la propia vida. Por descontado que es una lección que a todos sirve.

Y no hay más misterio en estas páginas. Si acaso, también el gozo de contemplar al protagonista disfrutando por fin de algo, disfrutando por fin de la escritura o de sus propios recuerdos. Y si no encontramos más felicidad en ellas era porque no la había.

Andrés Mencía

Alfonso Gálvez murió el 9 de julio de 2010 en el hospital Severo Ochoa y lo hizo como había vivido, gritándole al silencio que le rodeaba e implorando una mano de la que agarrarse. Tuvo suerte en el tránsito, pues no murió solo ni tuvo durante estos días últimos, en el hospital, ningún episodio agudo de dolor físico. Fue enterrado en Alicante, en la tumba de su madre, y hasta allí le acompañó una corona de flores de sus amigos, los adredistas de Leganés.

25 de abril de 2006

Alfonso Galvez¿Quién soy yo? ¿Quién es Alfonso Gálvez Sánchez? Andrés Mencía, mi asistente en el difícil oficio de la escritura, me exige que conteste a estas preguntas como pago al tiempo que estamos quemando juntos. No quiere que escriba de otra cosa en el presente libro. Yo me entiendo mejor, cuando escribo, con Manuel Herrera, que es mi otro asistente y maestro desde hace por lo menos seis años. Con Manuel Herrera escribo lo que se me ocurre. Él se deja sorprender y yo siempre encuentro algo que contar cuando se lo dicto a él. Cuando escribo con Andrés Mencía, en cambio, que también lo hago desde hace muchos años, más que escribir, discuto. En pocas cosas estamos de acuerdo. En realidad, no estamos de acuerdo en nada. Andrés Mencía dice que yo, cuando escribo, miento mucho. No sé qué quiere decir, no entiendo estos juicios suyos tan cerrados. Dice que miento, sobre todo, cuando hablo de mí mismo. Él tiene un modo de expresarse muy diferente al mío y yo creo que miente tanto o más que yo. Lo cierto es que los dos decimos cosas diferentes la mayoría de las veces. Con todo, he prometido contestar a sus preguntas y con esta promesa comienza hoy nuestra colaboración. No creo que lleguemos a las manos, aunque con Andrés nunca se sabe. Y conmigo, tampoco. Lo cierto es que no sé si sabré contestar. No Jaula de oro - Una historia de infelicidad conozco a nadie que, al intentar explicar a otro quién es, no haya mentido. Si puedo, no mentiré. Al menos, no mentiré más que mi propio asistente. A mí mismo me intriga lo que pueda salir de estas sesiones de escritura que hoy comienzo con su ayuda. Ya me duele la cabeza y no hemos hecho más que empezar. No es tan fácil soportar a Andrés Mencía. Cuando levanta la voz para contradecirme, me suenan mil grillos en la cabeza.

26 de abril de 2006

Aunque me enteré pronto de que los Reyes son los padres, he de reconocer que nunca tuve mejores juguetes que los que me traían los Reyes Magos de verdad. Después, con el desastre del engaño, todo fue mucho peor. Yo nací en Orihuela y con frecuencia me vienen a la memoria aquellos días de Reyes, cuando todavía los Reyes eran mágicos y buenos, en la humilde casa familiar, una casa blanca y pequeña. Allí pasamos yo y mis hermanos alguna Navidad bonita. Terminaríamos siendo cuatro, pero durante los primeros Reyes que tengo en la memoria todavía éramos tres. Y el más pequeño, yo. Tomás me sacaba tres años y José Antonio era mayor que nosotros. Los padres nos contaban, como a todos, que esta noche pasarían los Reyes Magos con los juguetes que habíamos pedido. Y mi padre, para pintar la magia con más realismo, esa misma tarde nos hizo ir a los tres hermanos a segar hierba al río y a comprar pienso a la tienda que había al lado de mi casa. Cebada no les pusimos mucha en la ventana a los camellos, que salía un poco cara, pero de hierba tuvieron que empacharse, porque segamos unas buenas brazadas entre los tres. El mucho hambre que traerían del Alfonso Gálvez largo viaje de seguro que la calmaron un tanto. Al día siguiente descubrí, con toda la angustia que la incertidumbre puede producir en un niño, que a mí me habían traído un mercedes, el único mercedes que he tenido en mi vida. El único coche, en realidad. Lo más parecido a aquel mercedes que yo he conducido fue mi silla eléctrica. Hasta que me la quitaron, aquí, en el CAMF de Leganés. Aquel mercedes funcionaba a pilas, como la silla, y estuve toda la mañana jugando con él. A Tomás le trajeron otro mercedes, pero no de color rojo como el mío. Y a José Antonio, el mayor, una ametralladora, que nada más verla, de tan bonita como era, un color entre gris y marrón, ya no hacía más que matar con ella, se lo pasó disparando toda la mañana. Fue un día grande. Pocos días como aquel he vivido.

27 de abril de 2006

Lo que sucedió fue tal como lo cuento. Mi padre volvía a casa después de trabajar en la fábrica. El día era estupendo y el sol no molestaba todavía como en verano. En el camino tuvo el accidente. No se dio cuenta de que el sendero que seguía con la bicicleta estaba cortado por un surco reciente. Tal vez iba distraído mirando alguna labor, el caso es que la rueda del manillar se le cruzó y cayó de cabeza en la acequia. Menos mal que en el momento de caerse la acequia estaba seca, porque se dio un golpe en la cabeza y estuvo como una hora sin conocimiento allí tirado. Por aquellos parajes no pasaba mucha gente. Tal vez estuvo más de una hora sin que nadie lo auxiliara. Cuando por fin lo encontraron en la acequia había pasado largo tiempo. El que lo encontró fue un Jaula de oro - Una historia de infelicidad campesino, que lo primero que vio fue la bicicleta en el sendero. Al instante descubrió a mi padre caído con los ojos abiertos, pues ya había recobrado el conocimiento, pero no se podía mover y continuaba tirado allí abajo. El hortelano fue en busca de ayuda y se trajo a su hijo, que estaba trabajando cerca. Mi padre continuaba sin poder levantarse. Lo intentaba, pero el dolor se lo impedía. Menos mal que el agua estaba desviada. Al poco llegó el hortelano con el hijo y bajaron a la acequia y entre los dos consiguieron sacarlo. Enderezaron el manillar y, montando en la bici a mi padre, malherido como iba, lo acercaron hasta la casa. La mujer del hortelano improvisó una primera cura y el hombre ordenó a su hijo que cogiese la bici y fuese a llamar al médico. El chico no tardó mucho en hacer el recado. El facultativo, después de reconocer a mi padre y observar que tenía partido el hombro derecho, decidió llamar a la ambulancia para que se lo llevase al hospital de Murcia, que era el más cercano. Después de aquello fue cuando mi padre, que se pasó mucho tiempo de baja a causa del accidente, empezó a irse de bares. Contra más duraba la baja, más cada vez se aficionaba mi padre a ir a los bares. Y resulta que también comenzó a beber, hasta tal punto que llegaba a casa borracho. Me pregunta Andrés si mi padre no se caería en la acequia porque ya se mamaba antes del accidente, pero yo he preguntado en mi familia y todos me decían que mi padre era un buen hombre y que el accidente destrozó su vida.

2 de mayo de 2006

Uno de los argumentos de mi vida sin duda que ha sido mi padre. Siempre lo he querido y no puedo repro- Alfonso Gálvez charle nada. Pero el otro es mi silla de ruedas, o sea, mi ataxia de Friedreich, una sintomatología y una naturaleza que me acompañan desde mi infancia. Andrés Mencía me repite con demasiada insistencia que no soy feliz, que yo soy muy desdichado, y que ello no puede ser bueno para mi salud. ¿La ataxia me ha hecho infeliz ? No sabría responder a esta pregunta. Yo he sido feliz en algunos momentos de mi vida. Si ahora no lo soy, la causa no es mi ataxia, creo yo. Por ejemplo, yo no estoy de acuerdo con la manera que se lleva este centro, este CAMF de Leganés. Desde que estoy aquí no tengo más que problemas. Y sé de lo que hablo. Mejor dicho, sólo hablo de lo que sé. Cuando llegué a Leganés, los cuidadores comenzaron a bañarme. Protesté. Hasta aquel día yo me duchaba solo. Venía del CAMF de Alcuéscar y allí tenía instalada en la ducha una silla clavada a la pared. Me transfería al taburete desde mi silla de ruedas, me ataba con una correa para no escurrirme y me duchaba yo solo frotándome todo el cuerpo con una manopla. Fui a hablar con la terapeuta. Contestó a mi propuesta de una silla para la ducha diciendo que me había llegado el momento de recibir ayuda y que desde ahora me bañarían los cuidadores, puesto que ya no podía hacerlo solo. Insistí en que sí podía, en que aún podía, en que me dejasen continuar intentándolo, pues lo había hecho ayer mismo. No hubo manera. A pesar de mi insistencia, nunca me instalaron la silla y nunca he vuelto a ducharme solo, cuando a mi me daba la gana. Fue el primer conflicto en este CAMF de Leganés, el mismo día que ingresé en el centro. Estas cosas son las que me hacen infeliz.

3 de mayo de 2006

No he vuelto a Orihuela desde hace treinta años (desde la última visita que con mi amigo el Chacopino hiciera a mi padre, que ya vivía abandonado) pero la mitad de mi memoria continúa siendo oriolana. Orihuela era un pueblo grande, aunque todas las calles daban al campo. El sol calentaba fuerte y la tierra amarilleaba y el polvo del camino acompañaba a los rebaños de cabras y ovejas, que se dispersaban por el pasto en todas direcciones. Abundaban los rebaños, dibujando postales muy pintorescas. Las cabras dan siempre bien en las fotos. Se veía a los hombres, oscuros de intemperie y de sol en esta orilla del Mediterráneo, con el azadón al hombro caminando al encuentro de los limoneros, de las huertas o del algodón. Yo prefería seguir a las mujeres, que salían en grupos del pueblo y se dirigían a las orillas del río. La que primero llegó ya ha sacado del balde la ropa que había ido a lavar, se ha arrodillado al borde del agua y comienza a frotar la prenda sobre la taja. Ahora restriega una pastilla de jabón contra la tela y vuelve a golpear la prenda. Lava ropa blanca, sábanas y prendas de hombre, alguna blusa y algún vestido negro, un delantal gris, pantalones de mahón. Todas las mujeres golpean ya la ropa sobre la taja. Después de enjabonar bien la colada, la aclaran, dejando espumosa el agua del río, que la corriente se encarga de renovar. A veces el río Segura arrastraba el cadáver de algún animal, a veces el neumático de un coche que algún desaprensivo tirara aguas arriba. Yo iba mucho con mis hermanos al río, a un soto cerca de un algarrobo grande. Nos desnudábamos y nos metíamos en el agua los tres, José Antonio, Tomás y yo. Pero pasan los años, se desdibujan los cuadros y a los hermanos que más recuerdo de aquellas correrías son Tomás, yo y el pequeño, Toni. Yo siempre era el único que no sabía nadar. Envidiaba la habilidad de mis hermanos para mantenerse a flote cuando se metían donde cubría. Yo me quedaba en la orilla contemplándoles. Esta sensación de contemplar la vida desde la orilla se me repite en muchos recuerdos. En las horas tardías del día se veía a veces el tronco de algún árbol flotando en el agua, corriente abajo. Su paso era inquietante y misterioso.

4 de mayo de 2006

Con mis hermanos los días se llenaban de disparates. En todas las postales de mi infancia están ellos presentes. Tomás apenas tendría ocho años, y a él y a mí se nos metió en la cabeza esta tarde bajar hasta el río. Cogimos a Toni, el más pequeño, y nos fuimos al Segura. Bajaba seco completamente, debía de ser al final del verano, en septiembre. Encontramos en el lecho del río un aro de hierro y estuvimos haciéndolo rodar casi toda la tarde. A mí me llamaban especialmente la atención las piedras lisas del fondo del cauce, sobre las que botaba el aro al golpear. Tiraba piedras a mi hermano pequeño, pero Tomás no me dejaba. -Lo vas a descalabrar, Alfonso. Pudimos atravesar el lecho del río andando, estaba prácticamente seco, apenas un hilillo de agua sucia. En la otra orilla había unos olmos muy altos y gruesos, muy viejos. Y, cerca de ellos, una huerta muy bien cuidada. Nos dio por coger unas habas, que estaban bien granadas, y fruta para llevar a casa, para mi madre. Creo que había melocotones y peras maduros. Cuando mi madre nos vio llegar con mi camiseta (que Tomás había anudado para hacer de ella un saco) llena de fruta, nos preguntó preocupada que de dónde habíamos sacado aquellos melocotones. Tomás, como era el mayor, había previsto la pregunta de la madre. -Hemos estado ayudando a Manolo en el huerto. Era un mentiroso que mentía muy bien. Manolo era un primo de la familia al que no veíamos nunca, que tenía el huerto cerca del río, en la curva que hay junto a la fragua del tío Antón. Mi madre no preguntó más porque no podía imaginar que sus hijos se dedicasen a mangar.

9 de mayo de 2006

La fragua era un caserío blanco con tejados pardos donde el tío Antón herraba a los mulos, a los caballos y a los bueyes. Lo que más destacaba en la fragua era el martillo golpeando contra el yunque el hierro al rojo vivo. Siempre estaba por medio un perro pequeño sobre el que caían todas las chispas que saltaba el martillo del tío Antón. El herrero le tenía mucho cariño a aquel perro, siempre a su lado, aunque bien chamuscado. No recuerdo cómo lo llamaría, pero aún oigo el martillo golpeando el yunque y veo el fuego ardiendo en la fragua, en la boca del fuelle, y el hierro cambiando de color entre las ascuas del carbón hasta hacerse transparente. El sonido de aquellos tochos de hierro encendidos al entrar en el agua fría se parecía mucho al que hacen las locomotoras que frenan en la estación. Y con los hierros se enfriaba también la tarde, se enfriaba el sol, se enfriaba el fuego y todavía se enfría mi vida recordándolo. Volviendo a la madre, que se lo creía todo de sus hijos, nos terminó felicitando. -Hacéis bien ayudando a Manolo. Tomás había dejado la fruta sobre la mesa de la cocina. Mi padre estaba a punto de llegar, de vuelta del trabajo. Todavía trabajaba en la vieja fábrica de algodón, manejaba una máquina empaquetadora que hacía los rollos de algodón que después terminaban en los hospitales y en las farmacias. Llegaba muy cansado. La jornada había sido larga y dura. Tomás, que en ese momento estaba en el corral junto a la conejera, fue el primero que lo vio y siguió con la mentira. -Nos lo ha dado el primo Manolo, y señalaba la fruta sobre la mesa. Y Toni, el más pequeño, jugaba con el gato. Era un gato que parecía salvaje, con unos dientes y unas uñas afilados con saña. De vez en cuando mi madre tenía que echarle polvos para desparasitarlo, porque se juntaba con lo peor del gatuferio de la vecindad y se llenaba de pulgas y garrapatas.

11 de mayo de 2006

Tenía hermanos mayores en el colegio y nadie podía pegarme. José Antonio ya era de los más mayores cuando yo entré. Pero también estaba Tomás. El caso es que, al principio, me manteaban casi todos los días. Siempre me manteaban a mí, o casi siempre. -Es que eres el más pequeño, me decía Tomás, que estaba entre los que me manteaban. Yo creo que era por eso, porque Tomás estaba por medio, por lo que José Antonio no intervenía. Porque José Antonio no dejaba que nadie me pegase. La verdad es que la sensación no me disgustaba del todo. Me cogían entre seis u ocho chicos mayores que yo, me tiraban en la manta y me estaban manteando durante cinco o diez minutos, hasta que se cansaban. Aunque ellos se reían y se lo pasaban en grande, yo tampoco me lo pasaba del todo mal. Cuando me mareaba se lo decía, pero no me hacían mucho caso. A mí me gustaba ese vértigo de subir y bajar en la manta. Aquellos manteos eran la montaña rusa de los pobres antes de Terra Mítica. Ya digo que ellos se tiraban un buen rato manteándome. Lo hacían debajo de un olmo y recuerdo cómo se acercaban y alejaban las ramas del árbol ante mis ojos. Después, estaba mareado hasta que daba la hora de volver a clase. Alguna vez ya me hicieron potar. Todos íbamos a la misma clase. Serían unos cincuenta pupitres. En la pared delantera, detrás de la mesa del maestro, había dos pizarras. De vez en cuando, el maestro desenrollaba un mapa de España bastante grande y lo colgaba sobre las pizarras. Recuerdo a mi hermano mayor, José Antonio, buscando en el mapa una ciudad de Andalucía, lo recuerdo ahora como si fuera una foto. En el recreo yo me volvía loco, no me preocupaba más que de saltar. De mí sólo puedo decir que era un mocoso. Fue al maestro al que se le ocurrió ponerme un día de portero en un partido de fútbol. Como yo estaba tan loco, me tiraba por la pelota como un gato y lo paraba casi todo. Era difícil meterme un gol. El maestro me daba palmaditas en la cabeza, era su manera de animarme. Yo sonreía satisfecho después de cada parada, pero terminaba con los codos y las rodillas hechos una llaga.

16 de mayo de 2006

El de las pellas siempre era Tomás. José Antonio no nos acompañaba nunca o casi nunca. El colegio estaba cerca de casa, no más de quinientos metros. En ese trayecto era cuando a Tomás se le ocurría que estaríamos mejor en el río Segura y para allá que nos íbamos los dos. Buscábamos un sitio donde podernos bañar y nos pasábamos la tarde en el agua. Pero aquel día el río bajaba desbordado y casi toda la vega estaba inundada. Tanta era el agua que venía, que no encontrábamos un sitio adecuado para dejar la ropa y las carteras, y el baño se nos hizo imposible. Tomás me propuso dar una vuelta por las huertas y para allá que nos fuimos. En una de las huertas que había cerca del río (el dueño se llamaba Juan López) fuimos testigos de una de esas escenas que jamás se le olvidan a un niño. Para llegar a su huerta y a su casa había que cruzar un puentecillo sobre un arroyo que bajaba también con mucha agua. Vimos a Juan sobre el puente con un perro, al que tenía atado de una cuerda. Juan López llevaba puesto un gorro tirolés, con la pluma bien visible. Parecía gracioso el tipo y yo me acercaba si temor. Era muy moreno, con la nariz un poco aplastada y los ojos saltones. Los dientes de la boca los tenía muy amarillos, se ve que fumaba mucho. Pues cogió al perro, atado como lo tenía del cuello, y lo tiró por el puentecillo, pero sujetando bien fuerte por el otro extremo de la cuerda, lo suficientemente corto el cabo para que el perro colgase sin tocar el agua siquiera. Y colgando estuvo el perro del pretil hasta que se murió asfixiado. -¿Por qué hace eso?, le pregunté yo a mi hermano Tomás. Los dos nos habíamos quedado mirando, fascinados, durante la media hora o más que duró el espectáculo. -No es el primero que ahorca, me contestó mi hermano. Yo continuaba con la boca abierta como un imbécil, los ojos fijos en el perro colgando del puente. -Pues que no se te ocurra nunca mangar fruta de esa huerta, le dije a Tomás cuando nos alejábamos de allí.

18 de mayo de 2006

Serían sobre las ocho cuando mi hermano Tomás y yo, Toni era todavía muy pequeño, nos levantábamos para ir al colegio. Mi padre ya había desayunado y estaba preparando algo, la tartera supongo. Terminó la tarea y salió al corral a por la bici, pero cuál no sería su sorpresa cuando vio que la bici no estaba en su sitio. Nos preguntó por ella y, pasados unos minutos, se dio cuenta de que alguien se la había mangado. Se cabreó como nunca lo había visto antes. Ahora no podría ir a trabajar, tendría que denunciar el robo. Por aquel entonces mi padre no me daba miedo ni cuando se cabreaba. Llegaría tarde al colegio, pero le pedí que me llevase con él al cuartelillo de la Guardia Civil a poner la denuncia. No estaba muy lejos de nuestra casa, pero yo nunca pasaba por allí desde los tiempos en que me inicié en el latrocinio de fruta. La bandera española colgaba de la puerta y eso era una amenaza muy seria. Subiendo unas escaleras a la entrada del cuartel vimos al primer guardia civil, de pie y con cara de sueño, el bigote descomunal y las manos guardadas debajo del capote, con el cetme colgado a la espalda. Me dio la impresión de que estaba allí para nada, o sea, para asustar. Mi padre, nada más verlo, me dijo: -Voy a preguntar a este guardia. Y el guardia, mirando a mi padre con cara de pocos amigos, gritó: -Ahí dentro, a la derecha, está la oficina de demandas. Entramos hasta la oficina y mi padre me mandó que esperase en los bancos del pasillo mientras él ponía la denuncia. Me dijo que no iba a tardar mucho, pero aquel ha sido el rato más largo de mi vida. Estaba solo en el banco y, de repente, comencé a oír unas voces que salían de uno de los cuartitos que había al lado de la oficina donde había entrado mi padre. Las voces no se oían bien, pero los gritos de dolor sí que los entendí de sobra. La curiosidad era más fuerte que el miedo y me fui escurriendo pared adelante hasta ver. La puerta del cuarto estaba abierta y se veía todo. Dos guardias civiles pegaban a un hombre. Y le daban tan fuerte que yo cerraba los ojos a cada culatazo del chopo. Me asustó tanto aquella escena que, volviendo al banco, estuve contando los segundos a la espera de que saliera mi padre. Se me hacían minutos cada segundo que contaba. Tardó muchísimo en salir. Cuando salió, me dijo que esperaba que apareciera pronto el cabrón que le había mangado la bici. Entonces yo, acelerado, le relaté lo que acababa de ver y él me respondió con cara muy seria que algo habría hecho el delincuente. -A ver si le desloman también al que le robó a tu padre, para que aprenda. Y me mandó para el colegio, que no estaba muy lejos, y él se fue a trabajar.

23 de mayo de 2006

Andrés no se cree lo que yo le cuento sobre el trato que recibimos los internos aquí, en el CAMF. Dice que juzgo el comportamiento de los cuidadores y del personal de dirección de forma muy poco objetiva, que sólo miro a mi ombligo. Pero yo me río, porque sé lo que me digo,él no vive aquí para saberlo. Ya conté lo que me pasó conla ducha. Cuando ingresé en este centro en el 91, yo eraindependiente también para acostarme y estuve acostándomesin ayuda durante muchos años. Podía acostarme ala hora que quisiera. O sea, podía salir a pasear o al cinedespués de cenar, volver a casa y acostarme, lo mismo quehacéis tú y tú, como cualquier persona. El poder acostarmesin ayuda me permitía una gran autonomía y mucha libertad de horarios. Con el tiempo necesité, para subirmea la cama y para bajarme, la ayuda de un triángulo quecuelga al final de un brazo anclado a la pared. Lo solicité,pues se lo había visto utilizar a otros compañeros, me loinstalaron y, agarrándome de mi triángulo, me acostaba yme levantaba cuando yo quería. Lo primero que hacía, alacostarme, era acercar mi silla eléctrica al enchufe de lapared y poner a cargar su batería. Conseguía completaresta instalación sin demasiada dificultad con la ayuda deun cable que me había comprado. La batería de las sillaseléctricas se carga durante toda la noche y a mí nunca seme olvidaba la tarea, pues con la batería descargada no mepodría mover mañana, no podría salir a pasear. A continuación,desde mi silla y sentado como estaba, subía primerouna pierna a la cama y después la otra. Agarraba enesta postura el triángulo con la mano derecha y la silla conla izquierda y, haciendo fuerza en la dirección adecuada,conseguía poner mi culo sobre la cama y, detrás del culo,todo lo demás, a pesar de mi ataxia. Me quitaba la ropa, elpantalón y el jersey, no sin esfuerzo, y a dormir.

24 de mayo de 2006

Pues pasó que un día, al levantarme, me descuidé más de lo que aconseja la prudencia y me caí de la cama. Los movimientos para levantarme eran más fáciles que para acostarme, pues exigían menos fuerza. Se trataba de acercarme al borde de la cama después de haberme puesto los pantalones. Me apoyaba con la mano izquierda en el reposabrazos izquierdo de la silla y, ayudándome para hacer el impulso con la mano derecha sobre la cama, dejaba caer mi culo sobre el asiento. Me descuidé aquella mañana, me puse demasiado cerca del borde y cuando quise agarrarme al brazo de la silla ya había dado con mis huesos en el suelo. ¿Qué pasó? Que me tuvieron que levantar con la grúa los cuidadores. Dieron parte del incidente y la terapeuta decidió que en mi cama tendría que instalarse barandilla también en el lateral izquierdo, por el que me acostaba. En el lateral derecho hacía tiempo que la tenía instalada. O sea, que con aquella barandilla ya no podría acostarme solo. Perdía mucha de la autonomía que aún disfrutaba. Pedí explicaciones a los cuidadores, pues les daba más trabajo, pero me contestaron lo de siempre, que eran órdenes. Hablé al día siguiente con la terapeuta, pero tampoco sirvió de nada. Me dijo que, en mi estado, era un peligro hacer aquellas maniobras, que era un milagro que no me hubiese pasado nada en la caída, que cualquier día me rompía la columna... En fin, que había pensado en mí para prohibírmelo, que ya no podría acostarme solo y que tendrían que acostarme los cuidadores. Otra vez tomaban ellos las decisiones que me corresponde a mí tomar. Yo aún podía acostarme solo, aunque no hubiera sido más que durante otros cuatro días, o años, por qué no. -Porque, si te deslomases al caerte, culparías a los cuidadores de ello, o al director, tú o tus familiares, que para visitarte no tienen tiempo, pero para criticar a los que te asisten les sobra, que es lo que suelen hacer las familias con mala conciencia. Esto me lo dice Andrés Mencía, pero no tiene razón, pues yo no culpo a los cuidadores de mi caída, sino por no dejar que lo intente. -Sí, son intereses contrarios los que defendéis el centro y tú, la terapeuta pretende que no te descalabres y tú te empeñas en descalabrarte. Y Andrés y yo hemos terminado a voces, no es la primera vez. Él tampoco me entiende. Las voces se oían en el parque y en la avenida Alemania. Y no tiene gracia, porque Andrés Mencía grita más fuerte que yo.

30 de mayo de 2006

La semana pasada, Andrés no vino el jueves y lo estuve esperando. Se me ha ocurrido decirle hoy que sospecho que no vino por la bronca, para demostrarme que es él quien manda aquí, en este proyecto, y me ha mandado a la mierda. Otra vez de bronca toda la tarde, pero esta vez no hemos escrito. Hemos discutido, dice que mi problema es que no me acepto como soy, que sospecho que todo cristo la tiene tomada conmigo para eludir mis responsabilidades y que, así, difícilmente pueda explicar a nadie quién soy.

31 de mayo de 2006

Hoy es miércoles y los miércoles suele venir un pastor evangelista al centro a hacer la oración con nosotros. Le había pedido a Andrés que no viniese los miércoles, pero él me dice que para rezar vale cualquier momento, pero que a la escritura tendré que echarle muchas horas si quiero sacar algo en limpio y que no podemos perder una tarde porque dios se ponga celoso. Y con las mismas me ha preguntado por mis creencias. Pues otra vez de bronca hemos estado toda la tarde. Tampoco está de acuerdo con mi fe, ya es el colmo. Porque yo creo en la vida eterna. Sin dios y su promesa de otra vida yo no encuentro sentido a esta vida que vivo. Es así y así lo tengo que decir. Creo en dios y creo en la vida eterna. Andrés me dice que para qué quiero otra vida si no sé sacarle partido a esta. No sé para qué la quiero, pero la necesito. Necesito de la vida eterna. -Pues dios no es un buen asistente personal, según la teología, no va a tener tanta paciencia contigo como los cuidadores, te vas a tener que despabilar un poco y ser menos hinchapelotas. Esto lo dice Andrés, ya le vale. Andrés Mencía me ha explicado que las viejas creencias del hombre relacionadas con la inmortalidad tienen el mismo conmovedor y estúpido origen que sus modernas creencias en el progreso, que ambos son mitos producidos por el mismo miedo a una realidad que perdió y a un presente que ya no consigue percibir. Dice que la razón es el mito que explica los otros mitos y se explica a sí mismo, y dice también que, si acaso, el miedo hay que tenerlo al mito de la razón más que a la muerte, que la muerte ya sólo me asusta a mí, que la muerte nos libera y nos devuelve al mundo del que siempre hemos formado parte, el presente del que nos separó la razón. Yo no le entiendo a Andrés. Mi vida en este mundo ha sido muy corta. Vivir sentado en una silla de ruedas, atrapado por una naturaleza tan poco amable como es la ataxia de Friedreich, no es la mejor vida imaginable. Yo necesito de la vida eterna, aunque sólo sea como ayuda para vivir esta vida que estoy viviendo, con tantas dificultades y tantas miserias. Yo alcanzo a entender que todo lo relacionado con los humanos es tan irracional como racional, hasta aquí ya llego. Pero no me importa no tener una explicación racional a mis creencias. Son mis creencias y son el motor de mi vida y de mi silla. Necesito de Dios y necesito de la vida eterna. Pilar Eva, que es una compañera atea y nos ha oído, tenía que decir la última palabra, como suele. -Pues yo, cuando muera, ya sabré yo buscarme la vida, dijo.

6 de junio de 2006 (6-6-6: El día de la bestia)

En mi vida, en lo que yo puedo decir que es mi vida, existe Satanás. El hombre es malo. Desde que nace hasta que muere el hombre está poseído por Satanás, eso es lo que yo creo. El hombre está poseído por el mal. El mal existe y sólo Dios nos libra del mal, pero hemos de negarnos a nosotros mismos, hemos de negar nuestra naturaleza satánica para ser socorridos por Dios. Esto es lo que yo creo. Andrés Mencía me ha confesado que le escandalizan mis creencias. A mí también me escandalizan las suyas. Él dice que hay dos clases de hombres, los que creen en el ser humano y los que lo odian, y que yo estoy en el segundo grupo, junto al papa y al emperador y todos los que creen en satanás. Que los hombres que odian al ser humano, los que no saben confiar en el hombre, son los causantes del mal en el mundo, del mal que ellos mismos provocan a causa de su odio. Nosotros somos satanás, dice. Y dice que los otros, los hombres que sí creen en el ser humano, están libres de pecado, dice que ellos no son responsables del mal en el mundo, que ellos son los mansos señores de este mundo a los que Jesús deseaba ventura. Afirmaciones como estas de Andrés Mencía son un escándalo. Las mías sí que tienen apoyo bíblico. ¡Y todavía me aconseja él que lea el Libro de Job! Dice que cuando Job se convence por fin, después de tantas calamidades, de que no es el culpable, de que por el mero hecho de ser hombre él no puede ser culpable de su infortunio, entonces es cuando vence sus miedos y, con ellos, a Yahvé y a Satanás, y vuelve a ser afortunado, justo lo que yo no sé procurarme, dice. ¡Qué fácil le resulta hablar a Andrés de fortuna!

8 de junio de 2006

Otra tarde de novillos con Tomás por la zona de las huertas del río. Ahora recuerdo que Tomás a las pellas las llamaba hacer fuchina. En vez de ir al colegio como todos los niños, nosotros hacíamos fuchina, eso decía él. De primeras nos fuimos a buscar nidos, que ya había muchos. Pasamos por un campo al que recién habían sacado las patatas. Al lado había lechugas recién plantadas y naranjos con fruto todavía. En medio del campo había una columna de hormigón y Tomás observó que en un agujero había un nido de gafarrones. Mi hermano, nada más subir hasta el nido y ver lo pequeñas que eran las crías, no quiso cogerlas. Y a mí me dijo que otro día volveríamos por ellas, cuando tuviesen más plumas. Me quedé con ganas de llevarme algún pájaro para casa, pero mi hermano tuvo otra idea mejor al ponerse a rebuscar patatas con la intención de llevárselas a madre en un pequeño saco que nos encontramos por allí, bajo un naranjo. Entonces nos pusimos los dos a cavar con unos rastrillos y así pudimos sacar las suficientes, hasta casi llenar el mediosaco. También nos habíamos tropezado, es un decir, con una bota de vino bien surtida. El vino era muy dulce y a nosotros, ignorantes que éramos, nos dio por beber cada vez que se nos secaba la boca, de tal manera que nos emborrachamos mucho antes de terminar con las patatas de aquel campo. Mi hermano se echó al hombro el saco. -Con estas ya tenemos bastante, dijo. Y cogimos el camino de vuelta a casa, un buen trecho. Ninguno de los dos nos dábamos cuenta de que íbamos cargados de vino. Yo sólo era consciente de que estaba contento. Cuando entramos en el pueblo, íbamos armando tal escándalo de risas y cánticos que las mujeres y hombres que vivían por allí se nos quedaban mirando. Todavía no era de noche. Y cuando llegamos a casa con el saco de patatas, más ruidosos que de costumbre, mi padre ya había vuelto del trabajo y, al vernos, empezó a darnos la charla. Pero terminó dándonos una zurra a los dos de las que no se olvidan. Y nos ordenó que nos fuésemos a la cama sin cenar. Se nos habían terminado las risas y nos fuimos lloriqueando. No sé qué hora sería pero recuerdo que mi madre nos levantó para cenar unas sardinas, que a Tomás no le gustaban mucho. Tomás le explicaba a mi madre que habíamos traído las patatas para darle una alegría. Yo me volví a la cama porque me dolía mucho la cabeza, pero mi hermano todavía se quedó comiendo algo.

13 de junio de 2006

Conforme pasaba el tiempo, lo de mi padre con el vino iba de mal en peor. Un día llegó a casa a las tantas de la noche y mi pobre madre lo estaba esperando. Solía hacerlo. Nada más verlo entrar por la puerta empezó con la bronca, que a mí me avergonzaba mucho que se pusiera así con mi padre. Comenzó pidiendo explicaciones, que de dónde venía a las tantas de la noche y demás. Si ella ya lo sabía. Mi padre, de tan caliente como venía, no decía más que tonterías, pero con mucha cara. -Vengo del bar de Diego, ¿qué? Y entonces mi madre le soltó: -¿Dónde has metido el dinero que cobraste hoy de la baja? ¿No te lo habrás gastado en ese bar? Y mi padre, muy macho, pero tambaleándose, le contestó que lo había perdido en el juego. Mi madre, que de tonta no tenía ni un pelo, no se lo creyó. -Te lo has gastado en la borrachera que traes. El día que cobraba no era el único que mi padre volvía borracho a casa. Yo tendría entre seis y siete años por entonces y, cuando andaba por el barrio con mi hermano o solo, que me mandaba mi madre a algún recado, solía ver a mi padre en cualquier bar, ya fuera junto a la carretera o más cerca de nuestra casa. Yo le veía empinar el codo, que se bebía los chatos de vino uno detrás de otro hasta que se ponía caliente. Luego yo volvía para casa y se lo contaba a mi madre, para que lo supiera y no tuviera que estar preguntándoselo a él por la noche, que lo había visto en el bar de la carretera y que estaba bebiendo. Porque por entonces nuestro papá ya no venía a comer y, la mayoría de las tardes, tampoco vendría a cenar. Mi madre era una buena trabajadora. Trabajaba en las casas de los ricos, limpiando, y así se pasaba casi todo el día. Fregaba el suelo de rodillas, yo la vi alguna vez, y luego preparaba la comida para los señores. También la veía que hacía la compra a las señoras donde trabajaba, la veía en las tiendas de por allí, del casco histórico de Orihuela.

15 de junio de 2006

Detrás del barrio donde vivíamos había una pared de montaña con cuevas. Recuerdo sobre todo una cueva que no era muy profunda, con una entrada muy alta. Una tarde los tres hermanos que andábamos siempre juntos, Tomás, Toni y yo, nos fuimos a jugar a la cueva. Mi hermano Tomás, que era el mayor, comenzó a subir por aquella pared vertical del monte. Quería llegar a lo alto, como siempre. Y yo, que tendría siete años, comencé a subir detrás de él. Toni nos seguía. Aunque aquella pared la habíamos subido muchas veces, para un niño de cinco años, que sería la edad de Toni, tenía su peligro. Tomás se agarraba a los salientes y apoyaba los pies en las grietas o donde podía. Yo me fijaba en lo que hacía y repetía sus movimientos. Pero Toni no se fijaba en nada. Se puso a subir sin precauciones y llevaba un par de metros escalados cuando, sobrepasada ya la entrada de la cueva grande, tuvo la mala fortuna de resbalarse. Tal vez por descuido o por no fijarse bien dónde ponía los pies, el caso es que la caída fue tremenda y el golpe que se dio contra las rocas, descomunal. O sea, que se partió la chola, todavía oigo el rebote de su cabeza dura contra la roca. Se me grabó el accidente de Toni en la memoria como una foto, y lo recuerdo como si estuviese ocurriendo ahora mismo. Mi hermano Tomás y yo, al verlo sangrar tanto, nos quedamos atónitos. Empezamos a bajar rápidamente, pero tan asustados estábamos que casi nos accidentamos también nosotros. La sangre brotaba de su brecha como una fuente. Mientras yo me quedaba con mi hermano malherido, Tomás fue a pedir ayuda a las casas que había más cerca. La voz de lo sucedido se corrió rápidamente por el barrio y algunos vecinos acudieron en nuestro auxilio. Todo ocurría un sábado por la mañana y la noticia también llegó a oídos de mi padre.

20 de junio de 2006

Cuando bajábamos la calle que nos llevaba a casa, después de que mi hermano fuera auxiliado por un vecino y llevado al hospital, íbamos hablando Tomás y yo de lo que había sucedido. Estábamos asustados y muy preocupados con las consecuencias del golpe en la cabeza del pobre de Toni. Al llegar al final de la calle vimos a mi padre en el bar de Diego, a tres casas de donde vivíamos. Yo me quedé nota al ver al viejo por la ventana que daba a la calle. Después de lo sucedido a su hijo, él estaba, lo veía al otro lado del cristal y no me lo podía creer, empinando el porrón y charlando con los amigos. Se reía como si no hubiera pasado nada. Yo sabía que estaba avisado del grave accidente. Los vecinos que nos habían ayudado nos habían dicho que lo habían avisado. Lo que no nos dijeron fue dónde estaba y cómo. Mi padre estaba muy tranquilo allí dentro, en la taberna. Gracias a dios que los vecinos pudieron localizar también a mi madre, que estaba trabajando. La avisaron de que su niño estaba con la cabeza abierta a causa de un accidente y ella lo primero que hizo fue salir corriendo. Después recordó que no se lo había dicho a los señores y tuvo que llamarlos por teléfono. Se fue directamente al hospital para enterarse bien de lo que había sucedido. Nada más entrar por la puerta le dijeron la habitación en la que se encontraba mi hermano y pudo hablar con el médico que lo había reconocido. Como mi madre no sabía lo que había ocurrido y estaba muy preocupada, el médico la tuvo que tranquilizar. Le dijo que lo que había sucedido tenía arreglo y que no se preocupara, que todo había quedado en un susto. -Y acompañe a su hijo, que yo voy a atender a otros pacientes, concluyó el médico a modo de despedida.

22 de junio de 2006

Mi madre se quedó sola con mi hermano, que estaba echado en la cama. Le comentó que padre no había querido venir y que ahora, cuando volviera a casa, tendría una charla con él. Se pasó toda la tarde con Toni. Después de la cena del hospital, muy de noche, que mi hermano se había quedado dormido, madre lo dejó a cargo de las enfermeras y se volvió para casa. A esa hora no había nadie por la calle y se tuvo que ir andando para nuestro barrio, en San Isidro, muy lejos de San Bartolomé, que es donde estaba el hospital comarcal. Cuando llegó a casa, nada más abrir la puerta, ya la oí gritarle a mi padre. Tuvo una buena charla con él. Alguien le había dicho lo del bar de Diego y estaba indignada. -¿Pero en qué te has convertido ? -gritaba- Ya te interesa más el vino que la vida de tus hijos, te has pasado todo el día en el bar, ni se te ha ocurrido ir al hospital, ni siquiera fuiste capaz de acudir en auxilio de tu propio hijo, te tiras en el bar las horas como un borracho. Mi padre contestaba lo primero que se le venía a la cabeza, una mentira detrás de otra, que los vecinos no le habían avisado, que se había pasado el día trabajando, cosas así. -¿Trabajando ? -gritaba mi madre fuera de sí- Sí, en el bar de Diego. Mi padre ya no sabía qué decir y comenzó a insultar a mi madre, como hacía siempre que ella le levantaba la voz. Yo me había despertado al oír la puerta de la calle y fui a la cocina por un vaso de agua. Así fue como escuché toda la conversación de mi madre y mi padre. Más que conversación, era una bronca. Yo me hacía el tonto y, para cortar aquello, le pedí a mi madre que me diera el agua. Recuerdo que, al darme el vaso de agua, estaba tan enojada que le temblaba la mano y casi se le cayó al suelo. Derramó mucha agua. Mi hermano Tomás y el otro, el mayor, José Antonio, seguían durmiendo en su cama. O por lo menos no se levantaron ni hicieron ruido. Pero después de aquella bronca todo siguió igual en nuestra casa.

27 de junio de 2006

Al día siguiente era domingo y Tomás y yo nos pasamos la mañana en la calle, como siempre. José Antonio creo que se fue con los primos, a casa de un tío, a otra pedanía. Tomás organizó una rifa con un camión muy bonito que guardaba de cuando teníamos reyes. Su camión era el premio. Ya no me acuerdo, pero sacó por lo menos diez pesetas o más. Le tocó el camión a Vicente. Y mi hermano le propuso de inmediato que se lo compraba y le dio un duro por él, o incluso menos. Se había sacado de la rifa unas perrillas y además había recuperado el camión. A Tomás se le daban bien estos negocios, y yo tomaba nota. Así pasamos la mañana. Mi madre se había vuelto al hospital muy temprano a ver a Toni. Volvió sobre la una a nuestra casa a hacernos la comida. Comimos paella, que a mí me gusta mucho. A Tomás tampoco le gustaba mucho la paella y yo terminé comiendo de su plato. Después de comer, mi madre nos llevó con ella al hospital. A Tomás no le hacía gracia la visita, pero yo iba contento. Pasamos la tarde con mi hermano Toni, que continuaba en la cama, en observación. -¿Te duele mucho la chola?, le pregunté yo nada más verlo. Toni me respondió rápidamente que no le dolía nada. Tenía la parte derecha de su cabeza cubierta con gasas y esparadrapo, y aún se le podía ver una mancha muy grande de mercromina por fuera del apósito. Tenía rapado la mitad del pelo. Toni incluso sonreía. Yo había llevado unos cromos y se puso a mirarlos. Reconoció en seguida los cuatro que yo había cambiado esta misma mañana y que él no había visto en la colección. Me puse contento, pues significaba que Toni estaba bien, que el golpe no lo había vuelto tonto. No recuerdo más de aquella tarde. Mi madre nos acompañó a casa de vuelta y, después de dejarnos la cena preparada, se volvió al hospital con Toni, aunque ella sabía que el lunes, todo lo más por la tarde, le darían el alta.

4 de julio de 2006

Hoy hace tres años que me quitaron la silla eléctrica. He vuelto a hablar con el director, que fue quien dio la orden, y lo respaldaba la terapeuta, y me ha vuelto a decir que no veo lo suficiente como para seguir manejándola, que ni veo ni mis manos manejan con la suficiente celeridad para evitar los accidentes. He ido por lo menos cien veces durante estos tres años a su despacho para decir que yo no estoy de acuerdo con su diagnóstico y para preguntar por la ley que le permite privarme a mí de algo tan sagrado y tan necesario para ejercer mi libertad como es mi silla eléctrica. Él dice que sólo pretende protegerme de accidentes lamentables y proteger a los compañeros de mis atropellos, pero no me dice qué ley lo ampara. Dice que lo denuncie y que a ver a quién le da la razón el juez. Ni que lo tuviera comprado, así de seguro está. Andrés Mencía enferma cuando me oye hablar de la silla eléctrica. Él tampoco está de acuerdo conmigo. Le explico que aquí hay compañeros que ven lo mismo o menos que yo y que, sin embargo, continúan manejando su silla eléctrica. Andrés contesta que su naturaleza es diferente de la mía y que por eso no se la quitan. Ya le vale, todos somos diferentes, pero si ellos tampoco ven, tendrían que quitársela. -¿Es lo que tú deseas, que se la quiten también a ellos? -Yo lo que deseo es que me devuelvan la mía. Llevamos toda la tarde de bronca. Andrés tampoco me entiende. Dice que soy yo, por mi tozudez, el que provoco que otros tomen las decisiones que sólo a mí competen, ya se trate de la silla de la ducha, de la barandilla de la cama o de la silla eléctrica. Sé bien que mi ataxia es progresiva, le explico, y que cada día que pasa estaré peor, pero yo soy también el que sabe mejor si puedo ducharme solo, si puedo acostarme solo o si puedo manejar la silla eléctrica. -¿Pero te has parado a pensar alguna vez en tus asistentes y en su angustia al verte estrellado o al verte en peligro? ¡Si ahora mi problema va a ser también la angustia de mis asistentes! -Siento que los cuidadores no me respetan, los trato a diario y siento que no me respetan, le grito a Andrés. -Tus asistentes son también tu vida y mejor harías ocupándote un poco de ellos, mejor te iría si comprendieras tu mundo un poco mejor, pues ellos forman parte de tu mundo. Discutimos y siempre terminamos hablando de lo que no es. Yo quería hablar de mi silla eléctrica y del atropello que se comete conmigo al prohibirme usarla, pero no de los cuidadores.

5 de julio de 2006

Sin la silla eléctrica me siento como un pájaro al que han cortado las alas, me siento como un preso, condenado. Así me siento. Sin mi silla ya no puedo salir a la calle por mis propios medios, ya no puedo buscarme la vida. He perdido la poca autonomía que tenía y ya no puedo mantener las relaciones que antes mantenía con la gente del barrio. Sin la ayuda de Manuel Herrera en los ratos que no escribimos, ya no podría tampoco vender lotería, por ejemplo, pues ya no puedo mover la silla manual, no tengo fuerzas. Pero tampoco puedo pasear, ver a los amigos, hablar con ellos, salir al parque y distraerme un poco, tomar el sol. Estoy desesperado desde hace tres años. El día antes de quitarme la silla había llegado hasta ParqueSur y me había paseado por las tiendas. Entré en el Alcampo y compré gel, colonia Blume, Colgate, desodorante Tulipán Negro. No fui al cine, pero lo había hecho el miércoles, día del espectador. Me gustaba sobre todo ir a la sesión de las doce de la noche de los sábados. De vuelta a la residencia, de madrugada, a veces me encontraba con chicos que se ofrecían a acompañarme, pero yo les decía que no necesitaba ayuda, que muchas gracias. Me gustaba salir por ahí especialmente los días de lluvia. Esos días brumosos me recordaban los tiempos en que recogía caracoles por las huertas que rodeaban mi barrio en Orihuela, por eso me gustaban tanto. Me gusta la soledad de los días tristes, en el campo y también en la ciudad. Me siento muy a gusto en los días de lluvia, me encuentro conmigo mismo. Sin mi silla eléctrica ya no podré volver a disfrutar de esta felicidad de pasear bajo la lluvia. En una ocasión en que me refugiaba del temporal en un edificio en obras de la avenida Juancarlosprimero, fui a toparme con una chaqueta que me venía muy bien, pues no acostumbro a llevar mucha ropa encima. Había refrescado y la lluvia me había empapado. Me puse aquella chaqueta, que me quedaba a la medida, y volví con ella a la residencia lo más deprisa que pude. La chaqueta era del arquitecto de la obra, lo ponía en la documentación. Había pensado en devolverla al día siguiente, pero al conocer quién era su dueño, me entraron las dudas. Yo con los jefes nunca me llevo muy bien. En la cartera había trescientos euros. No sabía qué hacer. Como lo que yo necesitaba era la chaqueta, me quedé con ella y metí en un sobre la cartera y el dinero, puse la dirección que figuraba en el DNI y lo eché todo al correo. Eso sí, sin franqueo. He vuelto hoy a hablar también con la terapeuta ocupacional, a pedirle que me devuelva la silla eléctrica, y me ha repetido lo mismo que el director, que hoy por hoy soy incapaz de manejarla porque no coordino bien las manos y soy un peligro para mí y para mis compañeros. Siempre repiten lo mismo, que puedo provocar un accidente. Le he dicho que no estoy de acuerdo, que veo de sobra y que nunca me ha ocurrido nada. Y además, que la decisión de dejar la silla tendría que ser, en todo caso, una decisión mía y no de otros, y que yo no veo motivos para dejar de usar mi silla eléctrica. Me están envenenando con esto, estoy rabioso, es la impotencia.

11 de julio de 2006

Estaba en casa de mi abuela María con mi hermano Tomás y, de pronto, se presentó mi tío Pepe con la familia. Mi tío Pepe tiene una hija de mi edad, que es la mayor. Nació el mismo día que yo. Pues allí estaba también la prima y con ella comenzamos a jugar. Cogimos la bici de mi abuelo, una orbea con muchos años y poca pintura, y con aquella bici bajó Tomás la cuesta, delante de la casa. Y luego la subió, que era todavía más difícil. El caso es que mi prima pidió la bici, una bici más grande que ella, y Tomás se la dejó, incrédulo. La prima se subió, metiendo su pierna derecha por debajo de la barra, y comenzó a dar pedales. Primero bajó la cuesta y después la subió y no pasó nada. Manejaba la bici como si fuese un lápiz. No me lo podía creer. ¡Y yo que no sabía andar en bici! Le pedí a Tomás que me enseñara ahora mismo. -Pero por encima de la barra, como un hombre, y no como la prima, que anda por debajo. La lección me costó dos o tres caídas y algunas raspaduras en los brazos y en las rodillas hasta que conseguí mantenerme en equilibrio durante toda la cuesta abajo. Subir era más difícil todavía que bajar, pero terminé por hacerlo aquella misma tarde. Las heridas que más me dolían eran sin embargo las risas de mi prima cada vez que me caía. Tanta rabia me dio oír aquellas burlas que estuve a punto de pegarla. Tomás me calmaba repitiéndome que tendría que aprender si quería que la prima dejase de reírse, pero cada vez que oía su risa me sentía muy ridículo y me llenaba de rabia. Se borró mi malestar cuando por fin conseguí mantener el equilibrio y dominé la bici. Apenas llegaban mis pies a los pedales, pero conseguí por fin subir la cuesta como lo había hecho mi prima y mi hermano. Tengo cuarenta y tres años y todavía me emociono al recordar aquel momento exacto en que conseguí mantener el equilibrio sobre la bici. Lo recuerdo hoy, pero lo que de verdad echo de menos ahora mismo no es la bici o la cuesta, sino mi silla eléctrica. Tres años hace ya que me la quitaron.

2 de agosto de 2006

Había llovido un poco. Tomás y yo habíamos llegado a un bancal de alcachofas y coliflores. En los alrededores había un convento de frailes. Cortamos unas alcachofas para llevar a casa y añadimos al capazo una coliflor. Era un capazo que vimos en la huerta y lo cogimos también. Con el capazo lleno rodeamos la tapia del convento hasta llegar a la puerta principal. Allí nos encontramos a un hombre conocido, Juan, el Raíz, que se acercaba hasta el convento a pedir caridad. Su aspecto era el de un hombre que no tiene donde caerse muerto, el pelo largo y despeinado y la barba de varios días. A mí me producía un rechazo tremendo. Yo era un niño, y el Raíz, de ese tipo de hombres a los que los niños apedrean. Vivía solo en una cueva que había por la carretera de Murcia, en una cuesta. Yo había estado allí, era una cueva muy pequeña llena de ropa vieja y maloliente. No me podía creer que un hombre viviese en semejante lugar. -¿Qué haces aquí, Raíz? ¿No tienes vino?, saludó mi hermano. -Tengo hambre. -Bocata ya te darán los frailes, porque lo que es para vino. Mi hermano se reía de él. -Ya no bebo, dijo el Raíz. Llamó a la puerta y le abrió un fraile, que preguntó qué quería. El Raíz confesó que tenía mucha hambre y el fraile lo hizo esperar. Cuando salió al fin con un bocata, dijo: -Alimentos tenemos, pero no nos pidas dinero porque somos pobres. Y el fraile cerró la puerta. Por esta parte del pueblo todas las calles estaban en cuesta. Dejamos el capacho de las alcachofas en casa, que no estaba cerca, y volvimos a salir a la calle. A la madre le venían bien nuestras rapiñas y no hacía muchas preguntas. Siempre decíamos que nos lo había dado el primo Manolo. Aquella misma tarde volveríamos a ver al Raíz. Iba carretera adelante, camino de su cueva, borracho como nunca. O mejor, como siempre.

8 de agosto de 2006

Mi padre vivió mucho tiempo completamente solo en la casa de Orihuela. Recuerdo en qué terminó convirtiendo la casa familiar y todavía siento vergüenza. Una sola vez volví allí, después de habernos ido. La había convertido en una casa de pesadilla. En Alicante, mi madre vivía con un hombre, un camionero, que hacía de padrastro. Yo me llevaba fatal con él y el camionero me daba unas palizas tremendas. Ya me había largado de casa alguna vez después de las palizas, pero aquel día se pasó con la verga que llevaba en el camión y, además, me había golpeado la cabeza contra el suelo. Yo tendría por entonces unos catorce años y decidí largarme con mi padre a Orihuela. Salté por la ventana y me fui en busca de mi amigo Chacopino, que tenía en casa problemas parecidos a los míos y que también estaba deseando largarse. Antes de salir para Orihuela pasamos por el barrio chino de Alicante con el fin de comprar algo de costo, apenas una china de nada porque no teníamos dinero. Y los dos nos largamos en el tren. Era un viernes por la tarde e íbamos contentos e ilusionados. Llegamos a mi casa de Orihuela sobre las nueve. Y allí estaba mi padre, con una pinta y un mal olor que daban miedo. Nos saludó y me preguntó a qué había venido. Yo le contesté muy rápido que veníamos a pasar el fin de semana con él. No le mencioné la fuga ni el padrastro para nada. Él no dijo nada, se fue y ya no volvimos a verlo en todo el fin de semana. La casa olía peor que mi padre. Estaba llena de ratas. Había huras por todas partes. Yo no sé cómo podría dormir tranquilo sin ni siquiera una manta para taparse. No tenía nada para comer. Chacopino y yo nos fuimos enseguida de allí, a recorrer el pueblo. En una plaza del centro histórico, llena de chavalería, nos sentamos en uno de los bancos frente a una iglesia y nos pusimos a hacer un porro. Y al rato nos fuimos otra vez a andar. Finalmente regresamos a casa. La puerta estaba siempre abierta, lo mismo entraban los chicos del barrio que los vecinos. Una vez en casa, nos metimos en la habitación más grande, la de matrimonio. Estaba todo sucio como es difícil de imaginar, todo roto, el colchón, los muebles, todo. A mí me daba vergüenza aquello, pero Chacopino amontonó ropa vieja sobre la cama, de la que había guardada en los armarios, y con ella nos hicimos sábanas y mantas y almohadas y pudimos dormir. Incluso el Chacopino, que sabía algo de electricidad, consiguió arreglar una lámpara y que se encendiese la bombilla. La verdad, no sé cómo lo pudo hacer. Y allí pasamos la noche.

9 de agosto de 2006

Ya digo que a mi padre no volvimos a verlo. A la mañana siguiente, nosotros nos levantamos tarde, sobre las doce. En la habitación en que habíamos dormido había un agujero de ratas que más parecía un túnel, de lo grande que era. El comedor estaba petado de botellas vacías, que se ve que mi padre coleccionaba. Y los cristales de las ventanas estaban todos rotos, no me puedo figurar cómo pasaría los días de frío. Chacopino y yo teníamos hambre y nos fuimos hasta la tienda de ultramarinos. Pero no teníamos casi dinero y nos lo gastamos todo en el companaje, no serían más de diez duros, unas cuantas lonchas de jamón york y de queso. Y enseguida nos volvimos para casa a comer las lonchas, sin pan. Nos pusimos en la mesa vieja de la cocina y nos repartimos el fiambre como pudimos. Esta fue nuestra comida, y nos quedamos con hambre, por supuesto. Ya se nos estaban quitando las ganas de fugarnos de casa. Nos fuimos a dar otra vuelta por el pueblo, nos fumamos los últimos canutos y, al hacerse de noche, nos paseamos por los lugares que yo frecuentaba de niño con mis hermanos. Me lo llevé al Chacopino al cine de verano, que también tenía sala de invierno. Me acordaba de que, allí cerca, había una vieja panadería que repartía el pan que sobraba a los pobres. Le advertí a Chacopino, para que no se hiciese ilusiones, que hacía muchos años que no venía por allí a pedir pan, y a saber quién andaría ahora al frente del negocio. No estaba yo muy seguro de que nos fuesen a atender, pero como teníamos hambre, nos acercamos a probar suerte. Desde luego, los que nos atendieron no me conocían de nada ni yo a ellos, pero enseguida se percataron de nuestra hambre y un hombre con cara de haber visto mucho mundo nos dio un par de barras. Me pareció que lo hizo para evitarse problemas. Chacopino y yo nos comimos las barras calle adelante. Antes de llegar a casa, por supuesto, lo habíamos terminado.

14 de agosto de 2006

El sábado en Orihuela nos había ido fatal y el domingo por la mañana le propuse a Chacopino que nos fuésemos a casa de mi tío, un hermano de mi padre, y le contásemos el problema, que andábamos sin dinero y sin comida y con mucha hambre. Y para allá que nos fuimos. Resultó que mi madre me andaba buscando y había venido hasta Orihuela preguntando por mí. Se había venido desde Alicante a buscarme. Mi padrastro tenía coche y la había traído. Habían estado en casa de mi tío y le habían dejado el recado de que volviese pronto a casa. No sé si se pasarían por lo de mi padre. Desde luego, allí no había rastro de nosotros, salvo que nos encontrasen durmiendo. El consejo de mi madre de volver a casa no me pareció tan mala idea. No era por obedecerla, sino por lo mal que lo estaba pasando, sin el apoyo que esperaba de mi padre y con un hambre del copón. Creo que fue mi tío el que nos dio dinero para volver en tren. Y decidimos regresar aquella misma tarde del domingo. También nos había dado de comer. Antes de irnos, volvimos a lo de mi padre. Yo aún tenía la esperanza de poder hablar con él para que me dejase vivir allí. En casa me lo encontré, pero tenía prisa por irse. -Yo quería hablar contigo, le pedí. -Mañana, que tengo mucha prisa. -No te irás a emborrachar otra vez. -No, ya no bebo. Pero no le creía. Es la última conversación que tuve con mi padre. Cuando, al cabo de unos años, volví a verlo, él ya no podía hablar. Me daba mucha pena dejarlo allí solo, en aquella casa, y me puse con mi amigo a limpiar. Me acuerdo todavía que le barrí todas las habitaciones y se las fregué. En un barreño que había en el patio rompí todas las botellas que había por allí. El barreño se quedó lleno de cristales y la casa con un poco mejor vista. Ahora que pienso, mejor hubiera sido tapar con las botellas los agujeros de ratas que había por las habitaciones. Aquellas huras aún me producen pesadillas.

22 de agosto de 2006

Tomás, Toni y yo habíamos salido una tarde con los amigos a comernos la mona de Pascua. Tomás nos llevó a todos a una vieja cantera abandonada, no muy lejos del barrio. Todavía quedaba por allí maquinaria. Nada más llegar a la cantera nos pusimos a jugar con una especie de cinta transportadora que, aunque no funcionaba, mi hermano Tomás sabía sacarle partido. Subiendo y bajando por aquella especie de tobogán nos pasamos media tarde. Cuando nos entró el hambre, nos subimos a un montón de grava y, como no hacía mucho sol, sacamos allí mismo la mona que llevábamos en la bolsa y nos pusimos a merendar. Después todavía estuvimos jugando un rato al escondite y a la patada al bote. Nos movíamos por los alrededores de la cantera. Hasta que vimos a tres guardias civiles que iban a caballo. Nos asustamos, pues no sabíamos si se podría jugar allí, pero mi hermano Tomás los saludó con cara de tonto y los guardias nos preguntaron: -¿Vosotros no habréis visto pasar a un hombre sin afeitar y de muy mal aspecto? Mi hermano contestó por todos que no habíamos vista nada. Y los guardias se fueron y nosotros seguimos a lo nuestro, hasta que empezamos a notar que estaba oscureciendo y nos entró miedo. Entonces Tomás nos dijo a Toni y a mí que volvíamos para casa. Los demás amigos también se fueron, cada uno por su lado. Pero muy cerca de casa, a la entrada de la cueva donde se había caído Toni, vimos a un hombre que estaba como escondido. Observamos que respondía a las características que habían descrito los guardias. Cuando se dio cuenta el hombre de que lo habíamos visto empezó a amenazarnos. Los guardias se habían ido de los contornos y nosotros teníamos miedo, así que nos fuimos corriendo para casa. La casa familiar es el mejor refugio contra el miedo.

28 de agosto de 2006

El ejercicio de memoria a que me obliga la escritura llena mi cuerpo de una dulzura pocas veces experimentada por mí. Los recuerdos me asaltan como tesoros, como maravillas olvidadas. Recuerdo ahora a aquel pequeñajo que era yo (con el pelo moreno, que cada invierno pasaba unas fiebres que me producían una calentura en el labio, motivo de risa para mi hermano Tomás) y no quisiera alimentarme de otra cosa, mientras penosamente empujo mi silla de ruedas camino del ascensor. Tomás tenía unos años más que yo y era muy guapo, rubio y de ojos azules. Yo siempre andaba con él. Cuántas tardes no nos habremos ido hasta el palmeral de San Antón. Era el campo que más me gustaba de Orihuela. Tomás se había subido muchas veces a las palmeras, era una ardilla. Pero aquella tarde, lo recuerdo muy bien, algo le pasó que se cayó desde lo alto de la palmera. No sé si sería por el susto o por el golpe, el caso es que de aquella caída tampoco se mató, pero se levantó del suelo apestando. La caída había sido espectacular, pero el espectáculo posterior fue de traca. Los amigos se reían de Tomás, deslomado y atufando, pero yo, repuesto del susto, me enfrentaba a los que hacían las burlas, y eso que era un enano más pequeño que todos ellos. Y acompañé a mi hermano hasta casa, que no estaba mi madre, y Tomás pudo cambiarse de ropa. Se quitó los calzoncillos y hasta el pantalón, cagados, se duchó bien y se puso ropa limpia.

29 de agosto de 2006

Yo tenía una foto de mi padre joven. Durante muchos años, en mi adolescencia, la llevé encima y me la sé de memoria. He perdido la fotografía, pero su imagen se ha fijado indeleble en mi memoria. Aquella foto era del año 52, lo recuerdo, y en ella aparece mi padre con su hermano. Los dos suben las escaleras del ayuntamiento de Orihuela, no sé qué irían a hacer allí. Mi querido padre iba bien arreglado, tenía muy buena planta y estrenaba traje o poco menos, la camisa blanca, la corbata muy correcta, con el pelo cortado a cepillo y bien peinado hacia atrás. Mi padre le pasaba el brazo por el hombro a su hermano, con el traje más claro. Lo que más destacaba de los dos eran, sin embargo, sus zapatos de charol negros. Aquellos zapatos subían las escaleras para ser vistos, brillaban para todo el pueblo. Mi padre tendría a lo sumo veinte años por entonces. Y no bebía.

5 de septiembre de 2006

¡Cómo me gustaría no tener en la memoria otra imagen que esa foto! Aquel traje le sentaba como un guante a mi padre, y los zapatos de charol eran una condecoración. Sin embargo, la imagen más recurrente que guarda de él mi memoria viste una camisa amarillenta sin uno o dos botones, siempre por fuera del pantalón, el cuello grande y siempre manchado y roto, y un pantalón de tergal también roto casi siempre, lo mismo por el culo que por la parte de los bolsillos, y calza unas zapatillas azules con la suela blanca y la cordonera con nudos, que ya casi no le da para hacer la lazada. Esta es la imagen que recuerdo, la de sus últimos años, allí, en la casa donde yo me crié y se criaron todos mis hermanos. Fueron unos pocos años de su vida que terminaron por borrar al deslumbrante joven de los zapatos de charol y al padre responsable que fue durante mucho tiempo. Lamento no haberlo conocido en aquel tiempo, cuando el traje le sentaba tan bien. Mis tíos me han dicho que era un hombre trabajador y muy eficiente. Y mi abuelo me decía que nunca paraba quieto, que siempre estaba con la vieja bici de acá para allá, buscando trabajo y trabajando. Cada vez que pienso en aquel padre tan trabajador y tan guapo me entra la locura de no haberlo conocido y quererlo, sin embargo. Un buen hombre que mantenía con orgullo a sus hijos y a su mujer, y que fue aniquilado por el alcohol. El alcohol marcó para siempre la vida de toda su familia.

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