A todos los que solicitáis plaza en centros del IMSERSO como este, en el que yo resido.

Portada del libroEn esta página se reproduce el tercer tercio del libro:

Parte 1

Parte 2

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JAULA DE ORO - Parte 3

Una historia de infelicidad

Autor: Alfonso Gálvez Sánchez - Edición de Andrés Mencía

8 de febrero de 2007

El traficante amigo de mi hermano se llamaba Juan. Vivía en un ático en el centro de Alicante. O sea, tenía pasta. Toni me llevó en una ocasión a esta casa. Era de lujo, muy grande y muy bien amueblada. Los dos se pinchaban y aquella tarde, mientras yo tomaba una cocacola, ellos lo hicieron en otro cuarto, no delante de mí. La tarde se me pasó volando, sin embargo. Con mi hermano siempre me lo pasaba bien. Volvimos muy tarde a casa. Toni terminó yéndose a vivir con Juan. Vivían como pareja, aunque mi hermano nunca me habló de ello y yo nunca se lo pregunté. Guardo muy buenos recuerdos de este hombre, de Juan. Siempre que Toni venía a verme al IMSERSO, venía con Juan, en su coche. Por aquel tiempo comencé a verlo los fines de semana, cuando iba a buscar a mi hermano. Tocaba el automático y le contestaba yo por el telefonillo. Algunas veces me llevaban en el coche hasta un bar a tomar mi dosis de cocacola. Por esas fechas ya no probaba el alcohol. Había notado que los cubatas me hacían mucho daño. Tenía un vecino, un crío, que solía enrollarse conmigo. Cuando subía de la calle, de vuelta del colegio, llamaba a mi puerta. Un día apareció con una moneda y me pidió que leyese la fecha de su acuñación: 1355. Me quedé un poco nota. -¿De dónde has sacado esto? -La acabo de encontrar en una de las casas viejas. Yo, que he coleccionado de todo, cromos, vitolas, llaveros, sellos, coches de juguete, chapas, soldaditos de plomo, cajas de cerillas y etc, me interesé por la moneda que me enseñaba el crío y él me la vendió por un talego. A los pocos días se la enseñé a Juan y me dijo que era una moneda de curso legal de Arabia Saudí que no valía una mierda. Le reclamé las mil pelas al crío y me dijo que se las había gastado. Como no soltaba prenda, terminé por decírselo a su madre y aquel mismo día el chico me devolvió el dinero.

13 de febrero de 2007

Cuando murió mi madre descubrí a dios. La fe me daba seguridad. El hermano mayor del crío que me timó con la moneda, un día me llevó a un culto. Tenía 16 años y se llamaba José María. Sabía que yo me había quedado solo después de la muerte de mi madre y quería echarme una mano. -¿Qué es eso del culto? Yo hacía unos meses que frecuentaba a los testigos de Jehová de mi barrio. Una pareja había pasado por casa un día y nos habíamos tirado hablando toda la tarde. Continuaron viniendo y yo comencé a ir a su salón del reino. Uno de ellos me iba a buscar y, agarrado a él, llegaba caminando al lugar. En una reunión de catecúmenos yo manifesté desacuerdo sobre el tema de los milagros. -Yo creo en los milagros, me atreví a decir. Me leyeron algo de Pablo para convencerme de que los milagros se habían acabado. Cuando volví a casa y releí el texto, yo continuaba leyendo otra cosa. Además, yo necesitaba de los milagros y este incidente me fue alejando de los Testigos. El vecino José María me explicó, como respuesta a mi pregunta sobre el culto, que así llamaban ellos a las reuniones que celebraban los sábados por la tarde en la iglesia evangélica. Me bajé con él a la calle y, en el coche de un amigo suyo, me llevaron hasta la iglesia. Aquel grupo de gente me parecieron unos tontos adorando a dios. Cuando al pastor se le ocurría levantar las manos, todos los fieles las levantaban también. Aquello me parecía una forma tonta de rezar. Cuando el pastor me impuso las manos y comenzó a orar por mí, en esos momentos yo no sentía nada. Sin embargo, precisamente esa manera tonta de orar comenzó a gustarme y quedé con ellos en bajar el próximo sábado. Así comenzó mi relación con la iglesia evangélica. Ellos me han convencido de que realmente hay un dios para mí, un dios que me ama. El contacto con los evangelistas me sacó de mi soledad y de mi ensimismamiento. Comenzaba a tener compañía, mis hermanos me iban a buscar para asistir al culto. A veces me sacaban a los parques y a las terrazas a tomar algo o me invitaban a sus casas. Algunas noches me llevaban en una furgoneta hasta San Juan Playa y recogíamos cartones. La furgoneta se llenaba. Era la manera de financiar la comunidad. También teníamos una casa donde vivían algunos chicos que no tenían padres y había que ayudarles.

14 de febrero de 2007

Al pastor le hacía falta dinero para financiar el culto y se le ocurrió ponernos a vender bolsas de basura por las casas. Todos los hermanos que tenían tiempo para ello se pusieron manos a la obra. Le dije al pastor que yo también podía ayudar, pero que tendría que acompañarme alguien. Se ofreció un chico, Carlitos, decía que conmigo al lado sería capaz de vender hasta el Castillo de Santa Bárbara a una sueca. El primer día fuimos a Ciudad Jardín. Quedaba lejos de la iglesia y nos acercó un hermano. Llevábamos unos cien rollos de bolsas y aquello pesaba mucho, a pesar de ir colgados los paquetes de mi silla de ruedas. Tuvimos tan mala suerte al comenzar que, al tocar el timbre de la primera puerta, un chalet, nos salió un doberman ladrando como un condenado. Carlitos se asustó tanto que, si no le agarro bien de la mano, sale corriendo. Menos mal que la puerta estaba cerrada y el perro no sabía abrirla. Por fin apareció la dueña, calmó al animalito y nos preguntó qué queríamos. Carlitos ofreció un paquete de bolsas y la mujer nos lo compró y pagó veinte duros, un precio muy generoso. -Ese perro trae suerte, pronostiqué. En la siguiente puerta ocurrió lo mismo, pero sin perro. Estaba claro, íbamos a tener una mañana redonda. En los chalets de los ingleses nadie nos entendía, pero nos cogían las bolsas y las pagaban con generosidad. -Don de lenguas parece lo nuestro. Fue una mañana muy productiva y en un par de horas terminamos con los cien paquetes de bolsas. Habíamos recaudado una buena cantidad, el pastor se iba a llevar una alegría. Era la hora de comer cuando terminamos y volvimos andando, o sea, que Carlitos empujaba mi silla. Como íbamos contentos, los kilómetros nos parecieron un paseo. Le entregamos la recaudación al pastor y no se lo podía creer: -Sois mejores fenicios que cristianos, nos dijo. Al día siguiente nos fuimos a San Vicente en autobús, y allí, una mujer nos amenazó con la escoba en la mano. Otro día, en Santa Pola, se me rompió la rueda de la silla y Carlitos tuvo que cargar conmigo. La guardia civil pasó de nosotros. A pesar de estos incidentes, las ventas no se daban mal.

15 de febrero de 2007

Un día que, por casualidad, estaba en casa Toni, llegó mi tío Pepe para invitarnos a la primera comunión de mi prima, la pequeña, Sonia. Faltaban quince días. Le prometimos al tío que no faltaríamos. A Toni incluso se lo hizo jurar, pues de sobra sabía mi tío cómo se las gastaba. El día de la primera comunión yo tenía que pasar por la iglesia evangélica. Me gustaba asistir al culto y los domingos había doble sesión, por la mañana y por la tarde. Fui a la oración de la mañana y, cuando terminó, les pedí a unos hermanos de más confianza que me acercasen a la comunión de mi prima, pues la casa de mi tío, donde se celebraba el banquete, estaba cerca. Me llevaron en el coche y quedé con ellos en que me recogerían a las seis, para asistir al culto de la tarde. Me dejaron en la misma puerta, sentado en una silla. A la primera que vi fue a mi prima, vestida de blanco, jugando con unas amigas. Se me acercó y me dio un beso. Pronto salió mi tío y los demás y nos saludamos. Mi tío me dijo que Toni estaba dentro hablando con su primo. Alguien me sacó una cocacola y unos sandwiches. La casa donde estábamos celebrando la fiesta la había comprado mi tío hacía poco y estaba situada justo enfrente de su bar, El Guapo. Mi prima la mayor estaba con su novio. Cuando me lo presentó, el chico me contó que tenía un hermano en un colegio de la Telefónica que estaba enfermo de algo, quiero recordar que era algo de la cabeza. No sé cómo apareció en mi mano, en un momento, aquel pedazo de tarta descomunal. -Un poco grande, le dije a mi tío. -¿Qué? ¿Ya no te gusta el dulce? En un momento de la conversación, mi tío miró para otro lado y yo aproveché para mancharle el bigote con un poco de nata. -Mi parte ya me la comí, protestó él, y se fue a limpiar dentro. La prima Sonia me había visto y nos estuvimos riendo los dos un rato. Me puse ciego a cocacolas. Si no es porque vinieron a buscarme a las seis, todavía continúo allí, frente al bar El Guapo, comiendo tarta y bebiendo. Ya casi no me acordaba de lo que eran estas celebraciones en familia.

22 de febrero de 2007

Mi abuela María se vino también a Alicante, desde Orihuela, al poco de venirnos nosotros. Todavía vivía mi abuelo Alfonso por entonces y se vinieron los dos. Mi tío Pepe les buscó una casa en Rabasa. Cuando yo estaba interno en el Hogar José Antonio, iba los fines de semana a casa de mi abuela porque mi madre trabajaba. Era una casa pequeña, de una planta y dos habitaciones. Encima tenía una terraza donde guardaba todos los trastos viejos. Las escaleras eran muy estrechas. Menos mal que los abuelos no eran gordos. También teníamos un patio con unas conejeras. En medio había una higuera que en verano daba muy buena sombra. Por entonces todavía podía subirme a coger higos. Los que estaban muy maduros se los tiraba a mi hermano Toni a la cabeza. Cuando la abuela le veía chorreando pulpa me regañaba, pero no se enfadaba mucho. Mi abuelo se murió pronto. Mi madre iba a verlo al sanatorio. Un sábado fue a recogernos al Hogar, e iba llorando. Le pregunté qué pasaba y me dijo que mi abuelo Alfonso había muerto. Se había clavado un clavo y se le gangrenó el pie. Se lo tuvieron que cortar, pero no pudieron detener la infección, que terminó matándolo. Con mi abuelo tuve poca relación, pasaba mucho de mí y yo le tenía miedo desde que me contó que cobraba un duro en la legión por cada cabeza de moro que traía colgada al cinto, cuando estaba en la guerra de Marruecos. Con quien más me relacionaba era con mi abuela María. A veces la acompañaba a casa de mi tío, que no quedaba lejos. Recuerdo que, cuando empezó a fastidiarme la ataxia, hacía este camino agarrado a mi abuela. Ella me daba seguridad. Mi abuela tenía unas vecinas de mi edad que me enseñaron a saltar a la comba. Todavía me defendía bastante bien, a pesar de que algo ya me fallaban las piernas. De una de estas chicas terminé enamorándome, Marisa, pero nunca me hizo caso. Me la volví a encontrar en el Salón de los Testigos de Jehová y me hizo el mismo caso que de niña. Vecinos de mi abuela eran también una familia de mucha pasta. Vivían en un chalet con piscina y practicaban el golf en los descampados del barrio. Una vez, dos tipos mayores de esta casa le propusieron a mi hermano Tomás que parase las bolas, y mi hermano les aceptó la apuesta. Se puso debajo de una portería, en el campo donde jugábamos al fútbol, y le tiraban las bolas desde el medio campo, a unos treinta metros, y tenía que parar las que iban a portería. Todavía les paró unas cuantas bolas. Terminó con las manos moradas y perdiendo la apuesta, aunque le dieron cinco duros por el espectáculo.

27 de febrero de 2007

Mi abuelo Alfonso tenía una perra negra, que se llamaba Mora. Cuando murió mi abuelo, la Mora se pasó tres días aullando. Mora era una perra discreta, sin pedigrí. La Mora paría cada poco y mi abuela, que le tenía mucho cariño, dejaba que criase la camada hasta que los cachorros eran un poco mayores y después los repartía entre la gente que conocía. Los que no conseguía colocar los abandonaba en el campo. Nunca me dijo que los matase, aunque a lo mejor los mataba. La Mora era muy lista. En una ocasión yo me quedé con el cachorro que más me gustaba, un perro blanco y negro. Un domingo mi hermano Toni y yo nos metimos en un cine y dejamos al cachorro encerrado en una cabaña que hicimos con unas piedras y unas maderas, en el campo, cerca del cine. Cuando fuimos a recoger al perro, no estaba. La cabaña estaba destruida. Alguien se había llevado al cachorro. Estuvimos buscándolo por las cercanías pero el perro no apareció. Mi abuela María, una anciana de pelo blanco, ojos grises y nariz grande, siempre me trataba bien. Encontrarme con ella me hacía feliz. Yo la acompañaba cuando salía de casa para ir a ver a mi tío Pepe o a cualquier otro sitio. Me pasé muchos veranos con ella. Jugaba con las chicas, pero también con una pandilla de chicos vecinos. En una casa en ruinas, una vez tuve que atravesar una habitación por una viga muy estrecha. No me maté de milagro aquella tarde, pasé mucho miedo, pues mis piernas ya no andaban bien. Solía tenerla con mi abuela porque, cuando iban a buscarme estos chicos, ella no quería que me fuese con ellos. Decía que eran unos gamberros y unos sinvergüenzas. Pero a mí me gustaban precisamente estos sinvergüenzas y no le hacía mucho caso. Cuando mi abuela por fin se vino a vivir a nuestra casa, en COVENS A, cuando ya vivíamos en el bajo, a veces se ofrecía a guardarme el poco dinero que yo ahorraba, pero se lo daba y ya no había manera de que me lo devolviese. Me lo hizo muchas veces. Mi abuela nunca me dio propina, era muy tacaña, pero a mí no me importaba. En Navidad, se guardaba los frutos secos en los bolsillos, nueces, almendras. Una vez le pregunté para qué se los guardaba y me contestó que los guardaba para mí. -Yo no puedo cascarlas, abuela. -Si puedo yo, puedes tú. Y se echó una almendra a la boca y la cascó con los dientes delante de mí, para enseñarme. Tenía ochenta años.

28 de febrero de 2007

Hacía poco que nos habíamos cambiado al bajo de COVENS A cuando vino la abuela. Mi abuela me cuidaba muy bien y se preocupaba mucho de mí. Yo creo que me quería ella a mí más que yo a ella, y eso que yo la quería un montón. En esta época ya las tenía con el padrastro, aunque las grandes palizas vinieron luego, cuando la abuela ya había muerto. Cuando mi padrastro me daba, yo me acordaba de ella. Estoy seguro que me hubiese defendido si hubiese estado allí. Llevaba algún tiempo con nosotros cuando un día dos camilleros se la llevaban a la Residencia. Vi como salía de casa en la camilla y pude despedirla, era por la mañana y le di un beso. Allí estuvo un par de semanas, mi madre me decía que tenía achaques propios de la edad. Mi madre era quien iba a verla. En todo este tiempo yo no fui a verla nunca, mi madre me contaba cómo estaba la abuela, pero no me llevaba. Una mañana se presentó en casa mi tío Pepe con mi madre en coche, que venían de la Residencia. Mi tío estaba muy triste cuando me dijo que la abuela había muerto. Sentí que se me rompía el paraguas. Mi abuela me daba seguridad y siempre que tenía una pena ella me consolaba. Ahora no tenía a nadie para consolarme de su muerte. Porque lo segundo que sentí fue pena, mucha pena. Me puse a llorar. Desde el primer momento la eché de menos. Al poco de llegar mi madre con el tío, llegó también el furgón con su féretro. Organizaron el velatorio en la habitación donde había dormido. Yo la miraba allí, enmarcada por el negro de la madera sobre el blanco del forro, y alucinaba. Recuerdo sus ojos cerrados, sobre todo. Vinieron muchas vecinas a despedirla. No sé por qué, pero no hubo misa. La enterramos en un nicho alto. Las flores las dejaron fuera del nicho. Mi tío Pepe continúa poniéndole flores en un búcaro. Me dice que en el búcaro pone flores a todos los muertos, es su manera de seguir manteniendo unida a la familia.

8 de marzo de 2007

Aún no tenía veinte años cuando tomé la decisión más importante de mi vida. Fue una decisión equivocada, como es lógico. Una tarde, al volver del culto, me encuentro en casa con una asistente social que estaba esperándome. Lo primero que me dice es que ha gestionado una plaza en el IMSERSO para mí y que me la acaban de conceder en el CAMF de Alcuéscar, un centro de atención a diversos funcionales recién abierto en la provincia de Cáceres, el único de sus características en España. Lo primero que le pregunté fue quién le había pedido semejante cosa en mi nombre. Fue cuando me enteré de que mi hermano Toni llevaba hablando con ella a mis espaldas desde hacía tiempo. La asistente me dijo que mi hermano había ido a informarse a su oficina porque se veía incapaz de proporcionarme la atención que yo necesitaba. Sus respuestas me dejaron de una pieza. No me podía creer que Toni no hubiese hablado conmigo de cosa tan fundamental. En vez de esto, había dejado en manos de aquella mujer la gestión de mi futuro. No estaba en condiciones de tomar ninguna decisión, a pesar de que la tipa que tenía delante me apremiaba, pues decía que las plazas de aquel CAMF estaban muy solicitadas. Tenía que hablar con mi hermano, y después con mis amigos de más confianza, o sea, con el pastor evangelista. Aquella misma noche, al volver mi hermano del trabajo, le pedí explicaciones. Por lo que me contestó, Toni lo tenía muy pensado. Vino a decirme que en la residencia estaría mejor que en casa, puesto que él era un poco desastre para hacerse cargo de mí y, además, podían volver a detenerlo en cualquier momento y me quedaría solo. Yo continuaba viviendo con el padrastro, pero él no me hacía ningún caso o muy poco. -¿Pero por qué no me lo has dicho tú, en vez de mandar a esa tía? -No quería decirte nada si no tenía algo mejor para ofrecerte. -¿Y qué me ofreces, que me vaya de casa? Él me juraba que estaría mejor en la residencia y yo me sentía cada vez más solo. Cuando lo hablé con el pastor, Epifanio, me dijo que me podía quedar en la iglesia, a cargo de los hermanos.

13 de marzo de 2007

La comunidad evangelista tenía a su cargo algunas personas necesitadas, pero que podían valerse. Por ejemplo, recuerdo a una mujer que vivía separada porque su marido la maltrataba. Vivía con sus tres hijos en una casa que la comunidad tenía abierta en el barrio de Juan XXIII, y allí vivían también algunos chicos abandonados. Uno de estos chicos, ya con 18 años, se casó con una hermana y el matrimonio se instaló en la misma casa, y pronto tuvo familia. Este era el lugar que me ofrecía el pastor para vivir. Y los que allí habitaban serían los que me tendrían que cuidar. Le pregunté al pastor si él me garantizaba que tendría la atención que yo necesitaba, y me contestó que eso no podía prometérmelo, que sólo podía garantizarme compañía y hermandad. Dejaba en mis manos la decisión de irme o quedarme. Lo que yo sentía en aquel momento era que el mundo se estrellaba sobre mí. ¿Qué iba a pasar conmigo? Mi padrastro no deseaba más que perderme de vista y yo tenía muy poca confianza en mi hermano. Él iba a su bola, yo suponía para Toni una carga excesiva. No podía contar con él, habían pasado los días en que compartíamos juergas y destino. Ahora él vivía su vida, bien que a trompicones, y yo necesitaba de los demás para vivir la mía. Con él no podía contar. Tomar esta decisión iba a ser para mí muy duro. Dejaría atrás toda mi vida para ponerme en manos de desconocidos. Atrás quedarían los hermanos evangelistas, mi último refugio. Y atrás dejaba mi adolescencia, los amigos más verdaderos, los lugares más vividos, mi casa, a mi familia, a los vivos y a los muertos. Me iría de Alicante y sabía que difícilmente volvería alguna vez a vivir en sus calles. Unos días antes, en una reunión informal de hermanos, el pastor nos había preguntado si alguno de nosotros había sentido la presencia de Mari Mar, porque él sí la había sentido. Mari Mar estaba también en la reunión. Era una chica joven y un poco tímida, pero un cuerpazo, muy guapa, una bomba. Yo contesté que también había sentido su presencia cerca de mí muchas veces, y entonces fue cuando ella sonrió ruborizada. El día que, por fin, me iba para la residencia, sólo me despedí de esta chica. Fui hasta su casa en un coche y le dije lo que había decidido y que me iba de Alicante aquella misma mañana. No hablamos más, me dijo que me echaría de menos. Había ido a su casa con la esperanza insensata de que Mari Mar me dijera que me quedara, pero no me lo dijo.

14 de marzo de 2007

Llegué al CAMF de Alcuéscar rozando las siete de la tarde. Me llamó la atención la mucha gente en silla de ruedas. Nunca había visto tantas sillas juntas. Voy a tener compañeros de mi altura, me dije, aunque la idea de quedarme allí continuaba sin gustarme. Me recibió la responsable de personal de la residencia, Inés, y me acompañó hasta la habitación. La habitación era muy espaciosa, con una terraza que daba a las viñas y a los olivares. Me gustó el sitio, parecía alegre. -Espero que te guste esta habitación, porque pasarán unos días antes de que podamos cambiarte a otra, me dijo la responsable. -No necesito más, contesté. La habitación estaba situada en el módulo 6-Alto, o sea, en la planta de arriba y orientada al poniente, el sol pegaba fuerte en la siesta. Por aquellos días yo veía bien y me molestaba un poco la luz. En verano cantaban las chicharras como unas condenadas en los olivos. Yo llegué a Alcuéscar un lunes de mayo de 1982 y tenía 19 años. Mi silla de ruedas y una bolsa de viaje con ropa, cosas de aseo y mi colección de sellos. Recuerdo que, mientras mi hermano Toni y mi tío Pepe vaciaban la bolsa y colocaban la ropa en los armarios, les hablé de mis olvidos al hacer el equipaje. Me había dejado en casa la colección de monedas y, sobre todo, las vitolas, que era mi colección favorita, la más inútil. Ellos no tardaron en irse, pues la hora de cenar en el centro ya se había cumplido y finalizado el horario de visitas. Me despedí de Toni con tristeza y con envidia. Él volvía a su vida y a sus rutinas y yo comenzaba la travesía del desierto. Peor aún que un desierto, pues la soledad no te mata de sed ni te consuela con espejismos. A mi tío Pepe le di un beso y me prometió que volvería a visitarme. Hasta hoy está cumpliendo su palabra, aunque cada vez distancia más las visitas, ya es casi un anciano. Me quedé solo.

15 de marzo de 2007

Era la hora de cenar. Me colocaron en una mesa con otros tres residentes. Uno de ellos era atáxico como yo, otro, un paralítico cerebral, y el tercero, un traumático un poco guarro. Había tenido un accidente de moto y siempre tenía los ojos fijos en el techo. Cuando lo vi que guardaba un bollo en los huevos no me lo podía creer. "Esto es lo que me ha regalado mi hermano", pensé. El panorama del comedor, mesa por mesa, era desolador. Tenía hambre y comencé a comer, pero cuando me fijé en el compañero de mesa, el traumático, en cómo comía y lo que hacía con la comida, me desapareció el hambre. Estaba realmente desengañado y comenzaba a cabrearme de verdad con mi hermano. A él le echaba la culpa de haber ingresado en esta residencia. Estaba rabioso y me fui a la habitación. No quería hablar con nadie, no pregunté nada. Sólo quería irme de allí. Me sorprendí llorando de impotencia, no tenía a nadie para consolarme. Así estuve durante una hora o más, estaba hundido de verdad. Cuando me sentí un poco más tranquilo, se me habían acabado las lágrimas o yo qué sé, decidí que me iba a duchar. Ya era realmente tarde. Por aquel entonces, menos para caminar, yo me valía por mí mismo para todo. Podía vestirme solo, desnudarme, ir al servicio, acostarme, levantarme, comer, lavarme, peinarme, etc. Y por supuesto, ducharme. Lo que decidí en aquel momento de tristeza fue ducharme, para relajar un poco y por ver si mi humor mejoraba. Ya desnudo, me acerqué con mi silla de ruedas, me senté en la silla de ducha, me mojé y comencé a enjabonarme. Insisto en que era muy tarde y estaba haciendo bastante ruido. Cuál no sería mi sorpresa cuando abro los ojos entre el jabón de la cara y veo ante mí a una cuidadora joven que me mira fijamente. Por fin habló: -Alfonso, no son horas, pero te felicito, pues creí que necesitarías mi ayuda para ducharte. De la vergüenza que sentí al verla allí delante de mí, yo estaba completamente desnudo, no pude pronunciar palabra. Se ofreció para ayudar a secarme y al fin pude decir algo: -Gracias, pero puedo hacerlo solo. Lo único que estaba deseando era que desapareciera de mi vista de una vez. Por fin me dio la espalda y se largó. Pasaría mucho tiempo hasta que yo necesitara de la ayuda de los cuidadores para ducharme y hacer el resto de las cosas. La primera vez que necesité ayuda para ducharme fue cuando cambié de residencia, en Leganés. Las cuidadoras me enjabonaban y yo sentía una impotencia como nunca antes la había sentido. Me sentía realmente cansado, como derrotado. Ni ducharme podía ya. Esta primera noche, sin embargo, terminé durmiendo como un lirón. Antes de dormir, aún pensé mucho en mi hermano y en la decisión que había tomado. No me podía creer que mi vida fuera a transcurrir a partir de ahora en este lugar, en esta soledad. No me sentía con fuerzas para un cambio de vida tan brutal.

20 de marzo de 2007

Lo primero que hice al abrir los ojos fue reconocer mi nueva habitación. Era la primera vez que me despertaba en una cama que no era la mía y sentí una gran tristeza. El sol ya estaba alto, me había despertado tarde. En realidad, nunca me ha gustado madrugar. Serían las nueve y por la ventana observé que había gente en silla de ruedas circulando por una carretera que rodeaba la residencia. Los olivos se estaban despertando también a esta hora, como yo, aunque ellos se despiertan de pie y no se lavan la cara. El frescor de la mañana entraba por la ventana. Me lavé, me afeité y me peiné. Por entonces yo tenía el pelo corto. No es como ahora, que me lo he dejado crecer y me lo peinan con coleta. Mientras me vestía, oía el ruido que por los pasillos hacían los cuidadores y los residentes. Para mí eran todavía ruidos desconocidos e inquietantes, que me ponían nervioso. Después de veinticinco años no he podido acostumbrarme a las voces y cháchara de los cuidadores en los pasillos de la residencia a todas las horas del día y de la noche, a los mil ruidos que hacen de puertas, de carros y de grúas y a su falta de consideración, que por el ruido que hace reconoces al dueño de la casa. Me propuse explorar el terreno. Bajé de la planta, salí del módulo seis y me dirigí al módulo central. La primera dependencia en la que entré fue una biblioteca que había cerca del comedor. No sabía lo que era aquello hasta que crucé la puerta. Era un cuarto poco espacioso. En las vitrinas acristaladas había algunos libros, sobre todo libros de Historia de España, y algunas novelas, muy escaso todo. El recuerdo de los libros destrozados por mí en otro tiempo me avergonzaba ahora. Una gran mesa ocupaba la mayor parte del espacio, y sobre ella unos periódicos. La mayor sorpresa me la produjo una chica que estaba allí encerrada leyendo. Tenía en esos momentos una revista de El Jueves ante ella. Esta chica era Carmen Soria. Así la conocí. Ha compartido residencia conmigo durante estos veinticinco años. Con ella hice teatro durante algún tiempo en Alcuéscar y ahora compartimos en Leganés nuestra afición a la escritura. Carmen se estaba riendo a carcajadas mientras leía, creo que a Maki Navajas. Lo último que yo me hubiese imaginado era que alguien se lo estuviese pasando pipa encerrado entre aquellas cuatro paredes. Carmen era joven y su alegría me daba envidia. Yo no tenía ningún motivo para reírme. -¿De qué te ríes?, le pregunté intrigado y un poco áspero. Ella me contestó: -Si buscas, siempre encuentras algo que te hace reír. Con el tiempo, Carmen ha aprendido también a reírse de sí misma, pero se ríe menos que antes.

22 de marzo de 2007

Me fijé en el reloj de pulsera de Carmen Soria y marcaba las nueve y media. Le pregunté por el desayuno y me contestó que no tenía prisa. -¿Hasta qué hora se puede desayunar? -Hasta las diez. Yo tenía hambre y me largué. Para llegar al comedor había que bajar por una rampa. Con dejar rodar la silla llegabas en un pispás. El problema era subirla, sobre todo para algunos de más peso y con más dificultades que yo. Volví a la misma mesa de la cena y me sirvieron un café con leche y unas galletas. Tuve la suerte de que me sirviera el desayuno la camarera más joven y guapa de todo el centro. Llegamos a hacer una buena amistad, me atendía muy bien y me hablaba de sus amigos. Poco a poco me fui enterando de cómo se enamoraba de uno de ellos, que vivía en Cáceres. Lo supe yo antes que ella misma. Cuando se casó con él dejó de hablarme de sus cosas y nuestra amistad se fue enfriando. Era una buena chica. En el desayuno conocí a otra cuidadora, Susana. Se acercó a mi mesa para conocerme. Me preguntó mi nombre y mi edad y me propuso entrar en su grupo de teatro. Yo no sabía de qué iba ese rollo y tampoco tenía muchas ganas de enterarme. Le contesté que no estaba allí para teatros, de momento. Susana era una tía simpática y maciza. Más tarde me di cuenta de que casi todas las camareras y cuidadoras eran jóvenes. Algunas estaban de muerte, como Susana, pero ninguna desmerecía. No es fácil tratar con las cuidadoras cuando andas matándote a pajas y más salido que un perro viudo. La verdad es que me estaba cambiando el humor. No sabría decir si estas chicas eran la causa o era más consecuencia del buen día que teníamos y de la cercanía de las viñas. En cafetería volví a encontrarme con Carmen Soria, que estaba sentada a una mesa con el tablero de las damas delante. No tenía compañero y me ofrecí para jugar una partida. La muy lista me ganó. No he vuelto a jugar con ella nunca más. Mientras jugábamos, me habló del grupo de teatro de Susana y me dijo que ella estaba apuntada y que ensayaban por las tardes. Me llamó mucho la atención la cantidad de sillas eléctricas que se veían. Era la primera vez que yo veía estos inventos. A más de uno le pregunté aquella misma mañana cómo la había conseguido.

27 de marzo de 2007

Charo era de Euskadi. Había venido con su marido a la residencia y aquí vivían los dos. Su marido tenía mucha afición a los pájaros y los criaba en la habitación. Tenía un par de jaulas en la terraza, que era muy grande, y allí estaban los pájaros muy bien, jilgueros, verderones y canarios. Conocí a Charo aquella misma mañana, durante mi paseo de reconocimiento. Me contó que su marido y ella habían tenido un accidente de coche y que el marido había salido mejor parado y se defendía mejor. Con un bastón podía caminar. Charo, sin embargo, estaba muy gorda y usaba silla de ruedas, había quedado parapléjica en el accidente. También me dijo que su marido se iba muchas veces al pueblo y eso me interesó. -Me lo tienes que presentar, le dije. Lo conocí a la hora de comer. Emilio era su nombre. Lo que más llamaba la atención de Emilio era su bigote. -¿Es grande este pueblo?, pregunté. -Barakaldo es más grande, me contestó Emilio, y se ofreció para sacarme de paseo. De pronto, aquella misma mañana comencé a sentirme a gusto, como si hubiera por fin encontrado un sitio para vivir, el lugar que yo necesitaba. Comenzaba a olvidarme por momentos de mi hermano Toni y del disgusto por lo que había dejado atrás. Entre tantas silla de ruedas, yo era uno más. Ellos me trataban con simpatía, al menos algunos, y este hecho me llenaba de satisfacción. No me costaba trabajo tomármelos en serio.

28 de marzo de 2007

Por la mañana asistía a terapia ocupacional, al gimnasio, al taller de carpintería, estaba ocupando casi todas las horas, si no era con una cosa era con otra. Por la tarde tenía menos actividades y aprovechaba para conocer a más gente. Algunos días nos ponían vídeos en una sala y allí coincidíamos unos cuantos. A veces los cuidadores organizaban partidas de bingo, que tenían mucha aceptación. Lo que a mí más me gustaba, sin embargo, era salir al pueblo, pero había muchas cuestas y con la silla manual se hacía duro. Si no tenía nada que comprar, me iba a dar una vuelta por la carretera. Los parajes tan solitarios me aburrían mucho. Solía llegar hasta el cementerio, que estaba lejos, y allí me echaba un cigarrillo, arrimando mi silla a los bancos de piedra. Para mí, la soledad que sentía en aquellos campos era como un dolor que se me fijaba en el pecho. Aquellas viñas me producían tristeza. A veces me encontraba con algún campesino que volvía para casa montado en su burro o con un carro cargado de leña, unos carros y unos burros que debieron de ser los últimos que circularon por los caminos de este país. En poco tiempo ya no se veía ninguno. Los tractores han acabado con ellos. La poca gente con la que me cruzaba no me daba ni las buenas tardes. Casi siempre salía solo de la residencia. No me gustaba el ambiente de los bares de por allí cerca y daba vueltas por la carretera o por el pueblo. Un día recordé lo que un compañero me había contado sobre una residencia que se llamaba La Misericordia. Era un centro para indigentes, de beneficencia. -Si te haces amigo de alguno de los chicos y le pagas el vino, te da un paseo por el pueblo. Me fui hasta allí, que no estaba cerca, y lo primero que vi fue a otro chico en silla de ruedas como yo. Creo que era síndrome de Down, parecía chino. Hacía mucho calor y estaba vestido con unos pañales y una camiseta, nada más, y lleno de mocos. Tenía la mano metida en la boca. Su abandono era lamentable. Había más gente, todos sentados a la sombra en unos bancos bajo un alcornoque. Me acerqué a uno de ellos, el que tenía mejor aspecto, y le pedí que me acompañase hasta el pueblo. -¿Cuánto me vas a pagar?, me preguntó. Le ofrecí media libra y estuvo conforme. Se llamaba Tano.

3 de abril de 2007

Esta fue la primera vez que salimos juntos de paseo Tano y yo. Repetimos muchas veces, siempre por el mismo precio. Una tarde le propuse que me acercase hasta Montanches, que estaba a varios kilómetros de Alcuéscar. Íbamos por la carretera vieja, con curvas de poca visibilidad. Al llegar al pueblo nos esperaba una empinada cuesta. Yo iba en la silla sentado y llegaba descansado hasta allí. El que empujaba era Tano y cuando llegó al pueblo estaba reventado y sudaba como un cerdo. Nos dirigimos a la iglesia, que estaba cerrada. El chico aprovechó el momento para sentarse a la sombra de una higuera. Yo estaba contento. Saqué la cámara de fotos y le tiré unas cuantas. Le propuse que se acercara hasta el pórtico y allí le tiré otro par de ellas. Me llamó la atención aquel pórtico. Terminamos la sesión de fotos en una fuente, que era en realidad un pozo y el agua había que sacarla con un caldero.

10 de abril de 2007

Conocí al Canario en la cafetería, a Enrique, el Canario. Era canario, por supuesto. Yo estaba solo en una mesa tomándome una cocacola y delante de mí había un tablero de ajedrez. Se me acercó un tipo de nariz muy gorda en silla manual como la mía, un tipo muy feo, con gorra. Tenía mucha fuerza en los brazos y supuse que sería un traumático. El tipo, sin decir palabra, se situó frente a mí y comenzó a colocar en el tablero las fichas de las damas. Lógicamente, a mí me iban a tocar las negras. Cuando terminó de colocarlas, hizo la apertura con sus fichas blancas, se cruzó de brazos y esperó a que yo moviera. No le conocía de nada ni me había fijado en él durante los pocos días que llevaba en Alcuéscar. Lo que más me gustó fue su silencio. Y moví ficha. Lo estuve provocando toda la partida. -La gorra te favorece, tapa esa cara de patata vieja que tienes, dije, pero el Canario no perdía la concentración ni abría la boca. Y, como me ocurrió con Carmen Soria, volví a perder la partida. O en Alcuéscar había buena escuela de damas o yo era muy torpe jugando. Creo que era torpe, pues pasó mucho tiempo antes de ganar alguna vez. Terminamos el juego y habló el Canario al fin por primera vez: -Pringao, me vas a pagar una cocacola.

17 de abril de 2007

El Canario resultó ser un charlatán. A su lado yo estaba siempre riendo. Desde que nos conocimos, siempre íbamos juntos a comprar a los ultramarinos y al mecadillo. Las cuestas eran duras pero tanto él como yo todavía teníamos fuerzas para manejar la silla por aquellos despeñaderos. La gente no era muy solidaria, desde luego, y a nadie se le ocurría empujarnos un poco. Paseábamos juntos por el pueblo, por la carretera hasta el cementerio o hasta la Misericordia. Los paseos que yo había descubierto solo, ahora los hacía con el Canario. Los domingos por la mañana íbamos a una misa que oficiaba en la Misericordia un cura de sotana. El Canario fue mi mejor amigo durante los años que estuve en Alcuéscar. A veces me pedía dinero y se olvidaba de devolvérmelo, pero ya me encargaba yo de recordarle la deuda. Siempre me pagó, aunque tarde. Era un poco mangui, como mis colegas de la adolescencia. Cuando íbamos a la romería del pueblo siempre me pedía dinero para chuches. Ponía cara de pobre y me daba tanto la vara que terminaba sacándome las cuatro perras que yo llevaba. Una tarde subimos al estanco, en la plaza del ayuntamiento, o sea, en lo más alto del pueblo. Iba con la idea de comprar sellos. Él se pidió un Fortuna, abrió el paquete y me ofreció un cigarro. Le dije que había dejado de fumar y me contestó : -Pues la jodimos, porque lo he pedido para ti, que yo no tengo ni un duro. Y tuve que pagar también su Fortuna. El Canario tenía mucha cara, pero era un buen tipo. Se quedó en Alcuéscar cuando me fui de allí, y a veces me acuerdo de él. Hace unos años fui a verlo y dormí en su habitación. Él me cedía la cama, pero al acostarme, estaba tan cansado que me caí. Le pedí que me echase por encima una manta y allí mismo me quedé roque. Dormí sobre las baldosas hasta la mañana siguiente.

24 de abril de 2007

Cuando paseaba por el pueblo con el Canario, observaba caminar a la gente, o a los niños corriendo arriba y abajo, y sentía una gran angustia por no poder hacer lo mismo. Mi frustración era tremenda. Me encontraba en el camino con alguna pareja de novios y lo que sentía no era esa envidia risueña que a todos nos produce la alegría de los otros, sobre todo si son jóvenes y saben divertirse, sino otra cosa, una incomodidad, como si su amor hiciera más presente mi soledad. Los veía disfrutar de la vida y su felicidad me producía un sentimiento de derrota. Ante su bella imagen me sentía vencido. El sol me resucitaba, sin embargo. Cuando salía al campo y sentía su calor, en esos momentos la vida volvía a mi cuerpo. Los rayos del sol entrando por mi ventana me hacían sonreír. Aunque a veces sí me sentía en medio del campo como un pastor, cordial y sereno, no estaba satisfecho con la vida de soledad que me había tocado. Para mí esta soledad siempre ha sido un gran peso, nunca la he deseado y nunca la aceptaré. Cuando dejé Alcuéscar y vine a Leganés, la ciudad disimuló la soledad por un tiempo y la vida parecía llenarse otra vez de color. A veces me sentía como un gigante bajo este arco iris de la ciudad cuando salía a dar una vuelta por el barrio de El Carrascal. Sentía el placer del aire en mi rostro mientras la noche me envolvía. Iba con mi silla eléctrica.

3 de mayo de 2007

Recuerdo a aquel chaval que le fallaban las piernas en Alicante y las imágenes que me vienen a la memoria me producen cierta sensación de alegría, a pesar de todo. En aquellos días, mi problema era esa cierta frustración de no poder correr como mis amigos. Me sentía cada vez más incómodo al identificar mis limitaciones y no me quedaba a gusto con mi condición de diferente. Este vacío me producía una tremenda angustia. Los compañeros podían andar, correr, moverse y vivir como querían. En cambio, yo comenzaba a depender para todo de otros, y esto era muy incómodo para un adolescente que explora el mundo y que necesita de la energía y de la independencia del explorador. Sin embargo, mi ataxia comenzaba apenas a manifestarse y todavía corría para esconderme de la policía, para seguir a las chicas, para irme de juerga a las discotecas, etc. Si no bailaba era porque nadie quería hacerlo conmigo, pero las piernas aún me sostenían durante largos ratos. Estas imágenes son indelebles en mi memoria y continúan alegrando mi vida. A pesar de la angustia de aquellos momentos, a pesar de una cierta desesperación que se iba dibujado cada día con más claridad, mis recuerdos de adolescencia son alegres, y evocar aquellos días me tranquiliza. La imagen de una adolescente en la playa, una cría macizorra en topless cerca de mi toalla, todavía hoy me hace sonreír. Era la primera vez que yo veía a conciencia unas tetas. El mar azul con su música y sus olores ásperos me tranquilizaba. Mi imagen del mar es una imagen alegre. El sol fuerte me adormecía y me hacía sentirme bien. Corría para coger el autobús que me llevaría a la playa. Cada vez me costaba más subir la cuesta del Castillo. Pasaban los días, me fallaban las piernas y comenzó a gustarme más pasear el casco viejo de la ciudad que subir la cuesta. Cada día la ataxia me limitaba más y me desesperaba más. En la última juerga con los amigos, yo me había metido un tripi. Todos íbamos puestos. Terminamos en un concierto y, del colocón que llevaba, yo me caía cada dos pasos. Aquel día decidí no salir más con ellos. Fue mi último tripi.

8 de mayo de 2007

Orihuela es el paisaje de mis sueños. Allí vivía un niño con sueños que se cumplían. El río Segura era mágico. A veces corría desbordado, a veces su cauce era una rambla pedregosa. El agua en el Segura era un misterio. Flotaban en ella los cadáveres de los árboles viejos, de los animales abandonados. Cuando recuerdo los neumáticos flotando en la corriente, las puertas viejas u otras porquerías, a mi nariz vuelve intensísimo aquel olor tan ácido que desprendía el río allí, donde desaguaban las cloacas del pueblo, un olor irritante a podredumbre. Es un olor que olvidaré difícilmente, como no olvido tampoco el olor de la tierra mojada o de la hierba cortada en las huertas, o el olor de la panadería. En Navidades, la panadería olía a mantecados, y en verano, a pan recién cocido. Las lentejas de mi madre olían a laurel. Los olores de la cocina de mi casa me devuelven a un mundo seguro. Algo de aquella cocina continúa marcado en mi cuerpo maltrecho.

15 de mayo de 2007

A día de hoy lamento no haberme puesto a escribir cuando la vida bullía a mi alrededor, cuando mi imaginación era un chorro de sueños y mis recuerdos todavía estaban frescos. Nunca se me había ocurrido sentarme a escribir. De niño, y aún de joven, mis sueños eran de comercio. Yo creo que nací más fenicio que poeta. He estado muchos años vendiendo lotería en Leganés con mi silla de ruedas, más de doce, creo. Estas Navidades lo he dejado, llevaba mucho tiempo acompañándome Manuel Herrera con más paciencia que entusiasmo. Tenía la ilusión de que los beneficios de mis ventas me permitieran ser independiente y dejar la residencia, pero no fue posible. Mis proyectos se vieron frustrados por la evolución de mi ataxia. He ido perdiendo mucha vista en estos años, y también movilidad. Si a ello añadimos que me quitaron la silla eléctrica, mi castillo de fenicio independiente se derrumbó definitivamente. Esto de la vida independiente fue mi sueño desde que entrara en el IMSERSO. Cuando, hace ya más de ocho años y durante una comida, me dijo Juani Alonso, mi compañera de mesa, que un voluntario estaba montando un taller de escritura creativa con otros residentes, no lo dudé y comencé a asistir. Juani sabía que a mí me gustaba escribir cartas y por eso me lo sugirió. Era el taller de Andrés Mencía, al que ahora mismo dicto. A esas alturas de mi vida comenzaba a tener necesidad de comunicarme con mis iguales. Dentro de mí nacía un vivo interés por dar a conocer mi condición. Pensé que la escritura podía ser un buen vehículo y no me he equivocado. La escritura me ha enseñado a mirar la vida de otra manera. Cuando escribes, te atreves a soñar y todo a tu alrededor parece más interesante, incluso lo que no te gusta de la vida. La escritura me ha enseñado también a tomarme más en serio. Sólo se me ocurren cuentos de terror o aventuras del oeste sin ley con ladrones sinvergüenzas. La reflexión nunca fue mi afición más cultivada. Andrés desespera, pero desde que escribo estoy aprendiendo también a pensar. Aprendo o invento la vida de otros y a la vez aprendo e invento mi propia vida. La escritura significa para mí hablar con todos desde mi silla, desde mi soledad, significa comunicarme, lo necesito.

16 de mayo de 2007

No me esperaba que alguien se acordase de mí, una vez aparcado en Alcuéscar. La sorpresa fue enorme cuando veo entrar en la cafetería, una mañana de julio, dos meses después de haber franqueado yo aquella misma puerta por primera vez, a Isidro, de la comunidad evangélica de Alicante, acompañado de Pepe y Joe, otros que tales. No me lo podía creer. -¿A qué venís aquí? ¿Qué ha pasado? Mi primera reacción fue de sorpresa e inquietud. No sabía nada de Alicante, de mi familia y, de pronto, su presencia me alarmó. -Venimos a verte, te echábamos de menos, me dijo Isidro y se me saltaban las lágrimas. Era la primera visita que recibía y la alegría fue tremenda. Cuando me propusieron que los acompañara hasta Alicante, que tenían organizadas unas vacaciones para mí, creí estar soñando. Irme de Alcuéscar había sido mi obsesión durante los primeros días, obsesión que terminó por convertirse en otra frustración. Pero ahora volvería a Alicante de verdad, volvería con los míos. Por supuesto, les dije que sí, que era un regalo y que no esperaba menos de ellos. Venían en coche y en coche nos volvimos todos. No me despedí de nadie. Fueron las mejores vacaciones de mi vida, las primeras en realidad. Dormía en mi casa, con el padrastro, pero casi no le veía. También venía a dormir mi hermano Toni. Me alegré mucho de volver a verlo. Los hermanos evangélicos me recogían muy de mañana en casa y me pasaba todo el día con ellos. Cada día hacíamos cosas diferentes y veía a gente distinta. De noche, me devolvían a casa. Los sábados hacíamos una vigilia en un monte lejos de la ciudad. Nos juntábamos allí un grupo numeroso y cantábamos. Hacía fresco y Dios estaba cerca. Cuando me llevaron a Alcuéscar, después de un mes de estar con mis amigos, volvía a la realidad. La realidad de la residencia se había convertido en mi rutina, una rutina sucia, como descolorida. No tenía que haber vuelto.

22 de mayo de 2007

A los seis meses de estar en Alcuéscar, Lisa comenzó a buscarme. Quería estar conmigo a todas horas. Lisa tenía silla eléctrica, pero era tetrapléjica. Manejaba muy bien su silla. Para comer, necesitaba de asistencia. Hasta aquellos días yo no me había fijado en ella, aunque la había visto en el comedor algunas veces, o en la cafetería. Siempre estaba acompañada de dos o tres amigas. Era una chica muy comunicativa. Una tarde, después de comer, yo estaba en el patio tomando el sol y Lisa se me acercó. Me preguntó qué hacía allí, junto a la fuente, solo. No me molesté ni en contestar. Pero Lisa no era una chica tímida, precisamente. Me dijo que ya sabía mi nombre, que sabía que era de Alicante y que tenía que llevarla algún día hasta mi ciudad, pues ella era dominicana y no conocía España. Hablaba como una cotorra. Me cayó bien, le prometí darle conversación otro día y me largué a dormir la siesta. Aquella misma tarde, en la merienda, me abordó de nuevo. Quería saber si tenía novia y dónde podía estar. -Porque aquí en la residencia no está, me aseguró. -Pues yo te prometí conversación otro día. Y me fui a la calle. Por primera vez, durante aquel paseo iba pensando en Lisa. A la mañana siguiente ella volvió a insistir con más preguntas, pero ya no me parecían tan indiscretas. Lisa era una chica muy agradable, muy bonita, y estuvimos hablando durante un buen rato.

24 de mayo de 2007

Con Lisa me colgué de tal manera que, a partir del primer día, era yo el que iba detrás de ella a todas horas. A su lado me olvidaba de mis limitaciones y las suyas. Era un hombre feliz. Perdía el culo por estar con ella. Lo malo era que no vivíamos juntos. Lisa estaba en un módulo y mi habitación en otro. Cuando le planteé este problema y propuse que viviésemos juntos ella pasó del asunto. -No quiero que un hombre invada mi vida. Lisa había sido bailarina y en España tuvo el accidente que cambió su vida. Tenía un hijo del que se hicieron cargo unos amigos. Se criaba con ellos y, cuando lo llevaban a ver a su madre, el crío la trataba fatal. Era su reacción al abandono, no había manera de hacerle entrar en razón. Ella sufría mucho por su hijo, le dolían mucho estas reacciones de desprecio del crío. También se preocupaba mucho por mí y abroncaba a los responsables para que yo estuviera bien atendido. Lisa, cuando hacía frío, no se atrevía a salir del centro. Yo la arropaba bien y la llevaba conmigo a comprar a los ultramarinos y a dar una vuelta por el pueblo. Un día, mi tío Pepe el Guapo y su mujer fueron a visitarme y no me encontraban. Preguntaron por mí y, al fin, alguien les indicó que podía estar en la habitación con Lisa. Se fueron para allá y no llamaron a la puerta. Al entrar, se llevaron la sorpresa de su vida, porque me encontraron acostado con Lisa en su cama. Empezaron a reírse y continuaban haciéndolo cuando, al rato, nos encontramos en la cafetería. Yo me levanté todo lo rápido que pude y me fui a buscarlos. Estaba tan enamorado de Lisa que no podía separarme de ella. Por las tardes nos íbamos a su habitación, yo me ponía a su lado y nos metíamos mano. Yo la acariciaba más que ella a mí porque tenía más movilidad. Lisa apenas podía mover un brazo. Le desnudaba apenas los pechos para besárselos, le bajaba las bragas y le acariciaba el clítoris. Un día me dijo que no llegaba al orgasmo, que no podía. Pero yo observaba que, cuando nos acariciábamos, ella se excitaba y se humedecía muchísimo. Un día me desabroché el pantalón y Lisa observó mi tremenda erección. Me pidió que me lo lavase un poco en el baño y, cuando volví junto a ella, comenzó a chuparme como si mi pito fuera una piruleta. Era la primera vez que una mujer me quería hasta ese extremo. Me corrí enseguida en su boca. Luego, con la práctica, el juego duraba eternamente y ya no me corría dentro. Estuve con Lisa durante más de ocho años. Pero pasaba el tiempo y Lisa comenzó a cambiar. Yo percibía su rechazo, cada vez más obstinado.

29 de mayo de 2007

Un día de abril, que yo ensayaba con el grupo de teatro, Lisa se fue al pueblo sola a comprar un secador para el pelo. El dueño de la tienda de electrodomésticos abusó de ella. Era un tipo mayor muy desagradable, un perfecto cerdo. Lisa se asustó. No podía defenderse de la agresión y le entró el pánico. Ella me dijo, llorando de rabia, que únicamente le había estado tocando las tetas, pero para ella fue un momento tremendo. Se fue de allí cuando el tipo la dejó, y se fue con el secador sin pagar. Nunca más volvimos por aquella tienda. Nunca pagó la compra. Lisa me había contado que en una ocasión había subido a la habitación del hotel con un tío y que lo había terminado echando. Lo había conocido en un bar y se habían enrollado. Ella estaba de gira con su compañía de baile. El tío, en el hotel, la pedía más de lo que ella estaba dispuesta a hacer y terminó tirándole el vaso de whiski a la cara y echándole de la habitación. Lisa tenía mucho carácter y mucha experiencia con los hombres.

30 de mayo de 2007

Toni se presentaba en Alcuéscar sin avisar. Una mañana, estaba yo en cafetería y lo vi llegar. Como siempre que venía a verme, me dio una gran alegría. Venía acompañado de su pareja, Juan. Y lo primero que me dijo mi hermano fue que Joaquín, el padrastro, había muerto. -Qué pronto, tío, fue todo lo que yo comenté. Nunca me llevé bien con Joaquín y no iba a llorarle ahora. -Murió de los bronquios, me dijo mi hermano. Le habían hecho una traqueotomía, como a mi padre. Fumaba mucho y comenzó a tener problemas de salud cuando murió mi madre. Al quedarse viudo, dejó de ver a los amigos y no salía con nadie. Recuerdo que cogía el coche, se acercaba a la sociedad de petanca como hacía cuando vivía mi madre, pero lo veía volver a los cinco minutos. Aquella mañana, Toni, Juan y yo terminamos en Cáceres, comiendo en un restaurante de la judería, cerca de la plaza del ayuntamiento, y en una feria de libros de viejo compré un Don Quijote para regalar a Lisa. La noticia de la muerte del padrastro no había afectado a mi ánimo. Pasamos un buen día. Es ahora que me acuerdo de él y no sé por qué.

31 de mayo de 2007

Estaba solo en casa y llegó el padrastro del trabajo. Subía con mi madre. Me encontraron haciéndome un bocata. Iba a bajar a la calle en aquel momento y el padrastro me lo prohibió, diciendo que ya era tarde para salir. Mi madre no le contradijo. A mí no me gustaba que el padrastro se metiera en mi vida y protesté. Le dije que yo hacía lo que me daba la gana. Fue suficiente. Me dio unas cuantas bofetadas delante de mi madre. Entonces lo mandé a la mierda y me fui de casa. Encontré a unos colegas y pasé con ellos unas horas. Sobre la una de la madrugada me había quedado solo. Hice una hoguera en un descampado para calentarme y un coche de la pasma paró cerca. Me observaron y siguieron su marcha. Hacía mucho frío y me recogí en un portal y me acosté debajo de la escalera. Me estaba quedando helado y me fui también de allí. Me subí a un camión y me tapé con la lona, pero no me quitaba el frío. A las seis de la mañana volví a casa. Me había pasado toda la noche vagabundeando. Antes de subir a casa, esperé debajo de un balcón a que saliera mi padrastro a trabajar. Cuando lo vi desaparecer por la esquina, salí de mi escondite. Apenas podía caminar a causa del frío. Toqué el timbre de mi casa y mi madre me abrió. Mi madre siempre le daba la razón al padrastro y eso me cabreaba todavía más. Que mi madre no me defendiera me llenaba de ira, que descargaba en el padrastro a la menor ocasión. Las broncas eran permanentes. Rara era la semana que no me atizaba, bien a bofetadas, bien con su verga de camionero. La rabia que yo sentía ha llegado a dejar en mí una marca que aún perdura. Con todos los que me dan órdenes tengo problemas. Mi tío dice que siempre fui un cabezón como mi abuela María, pero yo no creo que eso explique mucho.

5 de junio de 2007

En la época en que yo la conocí, Lisa había engordado un poco, no mucho, pero lo suficiente para que las braguitas que más le gustaba ponerse para mí le marcasen el culo hasta el extremo de dificultarle la circulación de la sangre. Las braguitas eran negras y tenían bordada una rosa roja con un tallo verde. -No te las vuelvas a poner, le decía yo, pero no me hacía caso. Pasó el tiempo y dejó de ponerse aquellas braguitas. Pasó más tiempo y comenzó a decirme que no fuese por su habitación esta noche, que estaba muy cansada. Yo notaba que ya no quería estar a solas conmigo como antes. Prefería que nos viésemos en grupo con otros compañeros. Tampoco de paseo quería salir sola conmigo. Comenzó a hacer risas con un compañero que no tenía piernas y que era un juergas. Este chico tenía buenos contactos en el pueblo y conseguía buen costo. Una noche me acerqué hasta la habitación 403, la de Lisa, y los encontré a los dos fumando y riendo. No volví nunca más. Pero no podía dejar de querer a Lisa. Llegué incluso a buscar al camello del costo, pero en el último momento me negué a comprar. Tenía demasiadas malas experiencias con la droga. Un amigo había fallecido hacía poco y Toni cada vez estaba más colgado. No podía jugar con la droga y decidí largarme de Alcuéscar. Me enteré de que abrían otro centro del IMSERSO en Madrid y solicité plaza. Ver cada día a Lisa me producía un dolor tremendo.

6 de junio de 2007

Hoy me ha llevado la responsable al despacho del director. Los cuidadores se quejan de que por la noche me tienen que poner muchas veces la botella para mear, cada vez que yo les llamo porque tengo necesidad. Por supuesto, nunca les he oído quejarse de pasar las noches durmiendo en horas de trabajo. Desde que uso pañales, hará unos seis años, me niego a abrochármelos en la cama porque me producen irritaciones en la piel, urticaria y escaras. Son muchas horas las que me paso acostado, desde la nueve de la noche hasta las nueve de la mañana, aproximadamente. Es cierto que, desde que llamo para que me pongan la botella hasta que vienen a hacerlo, pasa mucho tiempo y la mayoría de las noches ya he meado la cama. Me ha dicho el director que se quejan porque me tienen que cambiar la ropa de la cama cada vez que me meo. Para lo que me había llevado al despacho la responsable era para decirme que me tendrían que poner el pitochín, un artilugio colector acoplado al pito, una especie de condón con un desagüe que termina en la bolsa de almacenamiento. Este pitochín, así lo llaman los cuidadores, lo he usado algunas veces durante una semana y siempre he terminado por negarme a continuar haciéndolo porque la goma se me sale del pito y entonces sí que me meo encima sin remedio. Se lo he vuelto a explicar al director y él me ha conminado al pitochín o a usar pañales durante la noche. -Los pañales abrochados no me los voy a poner porque son antihigiénicos, y el pitochín no sirve para nada. ¿Que cómo terminó la reunión? El director me dijo que tendría que vivir sin pañal también durante el día. Y esta tarde, después de la siesta, ya no me lo han puesto. He preguntado la razón a la cuidadora que me atendía y me ha dicho que estaba escrito en el libro de incidencias, que desde hoy no me pusiesen pañal. O sea, que si no quieres pañal de noche, estarás meado todo el día. ¿Y para qué? Para que yo me convenza, como el perro de la campanilla, de que quien manda es el que pone la comida. Hace tiempo que estaba convencido de ello, de esto no me tienen que convencer. De lo que sí quisiera convencerme es de que aquí se me trata con el respeto y la consideración que merece cualquier ser humano. Y que atienden a mi salud, pues bebo mucha agua para ayudar a trabajar al corazón, y ahora, sin pañal, no podré hacerlo para no mearme encima.

12 de junio de 2007

Cuando empezaba a colgarme con Lisa, el Canario se reía de mí. Una tarde, después de la merienda, se me ocurrió decirle que no podía acompañarle hasta el pueblo y él, extrañado, me preguntó qué me pasaba. Tuve que confesarle que había quedado con una tía para jugar al parchís y él se cabreó muchísimo y se largó echando pestes. -¡Mierda de mujeres!, decía. Era cuando yo comenzaba con Lisa. El Canario terminó por aceptar la relación, pero siempre con recelo. No podía hablar con él de mis problemas con Lisa, no teníamos muchas confidencias sobre este tema. Sí, en cambio, hablaba con Carmen Soria. Ella era muy amiga de Lisa y siempre estaban juntas. Cuando yo me acercaba a Lisa, ella procuraba retirarse. Nos llamaba los pichoncitos. Si yo buscaba a Lisa y la encontraba a ella, me decía dónde estaba en ese momento su amiga, siempre lo sabía. Cuando por fin rompimos, con Carmen era con la única persona que podía hablar de ello. Y le comenté mis planes para largarme de Alcuéscar. Carmen me apoyó en la decisión. -Tal como están las cosas, lo mejor para ti es largarte, me dijo, sufrirás menos lejos de aquí.

14 de junio de 2007

Carmen Soria me había hablado del teatro el primer día que llegué a Alcuéscar. La responsable del grupo, Susana, me propuso participar de inmediato y yo le di largas, pero terminé apuntándome al grupo. A los dos meses de llegar ya estaba ensayando, en pleno verano. No era buen actor, pero la directora era paciente con todos. Susana era buena gente. A mí me gustaba más aprenderme los textos que declamarlos. En la única obra que representé, recuerdo que hacía de ladrón y era el prota, o por lo menos el prota malo. Fuimos tres veces a Cáceres a representar la obra. La primera vez, en la biblioteca pública, fue todo un éxito. Oía las risas y los aplausos de la gente y no me podía creer que fuera yo el que estuviera allí, sobre el escenario, provocando semejantes reacciones. Terminada la representación, nos invitaron a cenar en un restaurante y, entre copas de champán, puros y un poco de tarta, Carmen Soria y yo no hacíamos más que reírnos. Luego nos fuimos todos a la discoteca hasta las tantas. Nos acompañaba la propia directora de la residencia de Alcuéscar con cinco cuidadores. Eran otros tiempos, estos centros del IMSERSO comenzaban por entonces y no estaban tan deteriorados como ahora, con el personal y los sindicatos peleándose las funciones. Volvimos a Cáceres con la obra, a un colegio, y por fin a un polideportivo, en plan masivo. Me dio pena dejar el grupo, pero me había enrollado con Lisa y ella no quería más movidas de esas. Los escenarios la entristecían mucho. Su vida habían sido las tablas y echaba de menos aquella vida.

19 de junio de 2007

Durante largos años, más de los que yo hubiera deseado, mi cuerpo y mi memoria han registrado todas y cada una de las sensaciones que mi ataxia iba regalándome. Fue muy diferente para mí enfrentarme a los primeros síntomas, las piernas que me fallaban, la pérdida de equilibrio, habilidades que perdía con las manos (sin conocer por cierto la causa de estas anomalías) que enfrentarme hoy con la vida desde mi silla de ruedas. Cuando entré por primera vez a una residencia del IMSERSO yo no necesitaba de asistentes para desenvolverme en mis espacios. Todo me lo hacía yo mismo, comer, lavarme, vestirme, acostarme, etc. El hecho de ser independiente en la residencia me hacía sentirme satisfecho conmigo mismo y un hombre libre. Aquello era vida. Ahora, sin embargo, necesito de asistencia para todo lo que entonces podía hacer solo. Mi vida ha cambiado radicalmente. Ahora mismo apenas tengo fuerzas para mover mi silla y recorrer los pasillos. Pero algo ha ocurrido en mi vida, además, para que haya perdido la alegría de los primeros años. Se puede decir que ahora es cuando han comenzado los problemas de verdad. Mi ataxia me ha limitado, pero también mi entorno se ha hecho cada vez más duro. Cuando comencé a vivir en la residencia, la asistencia que recibía se ajustaba a mis necesidades. Hoy el desajuste es grande, sobre todo por el trato que recibo de mis asistentes. En el conflicto actual de los pañales y el pitochín, nadie me escucha. Es muy desagradable estar asistido por personas cuya consideración hacia ti no es diferente de la que puedan tener a un saco de patatas que no es de su propiedad. El hecho de que los cuidadores me traten como un bulto para mí es una ofensa a mi honor y a mi dignidad. Si un cuidador me abofeteara no me haría tanto daño. ¿Por qué los trabajadores sanitarios han perdido hasta ese grado el contacto con la realidad, o sea, con nosotros? Su falta de consideración hacia mí y, en general, hacia los compañeros es tan grande que pone en cuestión su propia condición. Viéndolos actuar tan desanimados, tan lejanos y sin motivación, uno duda si no serán ellos los enfermos, si no serán ellos los que necesiten urgentemente de asistencia. Hay más lecciones que he aprendido en esta vida, pero de todas ellas no es la menor esta que me dan los cuidadores. Nadie podrá convencerme jamás de que mi infelicidad se debe exclusivamente a mi condición, a mi ataxia, a mi naturaleza. El trato que yo recibo en esta residencia me hace muy desdichado. -Para la desdicha también hay salidas, afirma Andrés. -Sí, por la puerta, le contesto. Siempre terminamos discutiendo.

20 de junio de 2007

Llegué al CAMF de Leganés en la primavera de 1991. Estaba deseando dejar Alcuéscar. La tristeza me consumía. En el fondo, venía huyendo. El hecho de salir de allí me iba a ayudar a recuperar un poco la razón, pues estaba como loco. La frustración o el desengaño con Lisa me hacía sentirme más arrastrado que una lombriz. Vine a Leganés en el coche de un pastor evangélico con el que tenía relación, pues me llevaba una vez al mes al culto en su iglesia, que estaba en Cáceres. Por cierto, una tarde, de vuelta del culto, tuvimos un accidente. Un coche nos golpeó el costado y nos echó a la cuneta. No nos matamos de milagro, porque veníamos de rezar. No resultó difícil encontrar Leganés en el mapa de carreteras y, una vez en el pueblo, encontrar el CAMF. Llegamos sobre la una, para comer. Sólo una vez habíamos preguntado por el CAMF de la Avda. Alemania, 14. En la puerta del centro estaban tomando el sol varios residentes. Recuerdo que ni contestaron a mi saludo. Me presenté en recepción y en seguida llegó la responsable. Ella fue la que me asignó la habitación 224, en la segunda planta, habitación que ocupo desde aquel día, en abril hizo 16 años. El centro se inauguró en mayo. Por aquellos días estábamos llegando los primeros residentes. La habitación parecía un nido de gorriones comparada con la que había dejado en Alcuéscar, pero no me importaba, olía a nueva y me había hecho el firme propósito de no echar de menos nada del pasado. Además, estaba más cerca de Alicante y vería más a menudo a mi hermano Toni. Durante los ocho años que estuve en Alcuéscar, Toni había venido a verme pocas veces. La ventana de mi habitación da al parque de El Carrascal, cuatro árboles nuevos y polvo. Me despedí del pastor evangélico que me había traído y había subido mis cosas, dos bolsas y unos cuadros, que eran todas mis pertenencias. No he vuelto a ver a este pastor y no recuerdo su nombre.

26 de junio de 2007

Desde el primer momento, el CAMF de Leganés me pareció otro mundo. Había llegado a la gran urbe desde un pueblucho con cuestas, con todo lo que significan las cuestas para un cojo. De pronto, todo volvía a estar a mi alcance, la calle, la gente, la ciudad. Había vuelto a mi mundo, volvía a recorrer las calles. La primera impresión parecía favorable. Parecía que no me había equivocado en el cambio. Y todo me fue bien, razonablemente bien, mientras yo era independiente. Me monté una vida bastante soportable desde el principio, incluso entretenida. Comencé a vender lotería a los vecinos del barrio, en las tiendas, por la calle, en el rastrillo, etc. Las loteras de la administración nº 6 me ayudaban mucho y nunca tuve problemas con ellas. Esta actividad me mantenía ocupado y en contacto con la realidad. Estaba en la calle casi todo el día, era hasta divertido hablar con la gente. Tenía clientes fieles y por ellos me enteraba de otras posibilidades de trabajo. Una mujer me propuso en una ocasión hacer llaveros, pero no me animé, me pareció muy complicado. Lo que más repartí del gordo fue una terminación. Algunos clientes, cuando el número les tocaba, me daban propina. No vendía de los ciegos más que a los clientes que me lo encargaban y en una ocasión le di seis cupones premiados a un tipo, un millón doscientas mil, y me despachó con un caramelo. Era un tipo generoso. A una cuidadora le tocó el mismo cupón y ella me compró un chándal. Los problemas en este centro comenzaron cuando yo me hice cada vez más dependiente. Tenía que acostarme a una hora, levantarme a una hora. Antes había sido con la ducha, alguien decidió por mí que me lavasen los cuidadores. Perdía autonomía. Me acostaba solo hasta que un día me caí al acostarme. Desde entonces me acuestan los cuidadores. Manejaba silla eléctrica hasta que alguien decidió que no veía y me la quitaron. Los últimos años no he tenido más que problemas. Y ahora me quitan los pañales. Ellos dicen que no me adapto, y yo digo que soy maltratado. Andrés insiste en que no identifico el problema más importante, y que ello me impide afrontar el resto, la silla, los pañales, etc, con una actitud más positiva. No sé cuál será ese problema, ¡cómo no sea la misma residencia! -No exactamente, dice él, sino que consientas ser tratado como enfermo. ¿Y qué soy, si no?

28 de junio de 2007

Saray es de esclerosis múltiple. Cuando llegó aquí, hará siete años, la pusieron a comer en mi mesa. Los primeros días no teníamos mucha comunicación, buenos días y poco más. Pasado un tiempo comencé a fijarme en ella. Hablábamos en la mesa y Saray se metía mucho conmigo. Cada vez que pasaba alguna amiga mía cerca, la señalaba y comenzaba a reírse de mí. Yo la amenazaba con cambiarme de mesa, pero no surtía efecto. Así estuvimos tonteando durante un tiempo. Saray cada vez me caía mejor. Desde aquellos días, hace ya por lo menos seis años, nos queremos y poco más. Ella siempre fue muy cariñosa conmigo y nunca rechazó mis caricias. Su cara se iluminaba cuando estábamos juntos. Ha pasado el tiempo y su deterioro físico ha sido enorme. Hoy día ya no come, no habla, apenas aprieta su mano derecha sobre la mía para decir sí, que quiere que la acompañe. Su rostro, sin embargo, continuaba iluminándose cuando me veía. ¿Por qué estoy contando ahora esta historia y por qué la contaba en pasado? Porque desde hace un tiempo, las reacciones de los cuidadores cuando nos ven juntos a Saray y a mí hacen que me sienta sucio. Me reprochan que la acaricie y tengo que entrar a su habitación a escondidas, como si estuviera haciendo algo malo, como si acompañar a Saray (pues casi no podemos hacer otra cosa que acompañarnos, ni hablar podemos ya, pues ella no pronuncia palabra) fuera obsceno o un acto criminal. Saray, cuando yo no la acompaño, está completamente sola, aparcada en un pasillo contra la pared durante todo el día. A ningún cuidador se le ocurre, no ya sacarla a la calle y darle un paseo, ni siquiera ponerla a la sombra de algún olmo en el patio para que mire el verde del césped y oiga cantar a los pájaros. Dicen que mover a Saray no entra en la lista de sus funciones. Yo tampoco puedo hacerlo desde que me quitaron la silla eléctrica, ya no tengo casi fuerzas ni para mover mi propia silla. Ayer quería besar a Saray, pero a ella la cabeza no le obedece y a mí las manos tampoco mucho. Para acercarla hacia mí, debí de arañarle un poco el cuello. Lo sé porque hoy los cuidadores me han impedido ver a Saray. Dicen que tienen órdenes de no dejar que me acerque a ella. ¿La razón? Que tiene arañazos en el cuello y yo se los tuve que hacer. Es otra muestra más del trato y la protección que se nos dispensa en este centro.

3 de julio de 2007

Continúo teniendo necesidad de sexo. No es como antes, que podía tener sexo cada segundo día. Hace ya unos años que mi deseo es menor, pero mantengo erecciones regularmente, aunque no con demasiada frecuencia. Por la noche llego incluso a tener alguna polución provocada por sueños eróticos. Mis orgasmos actualmente son menos satisfactorios que antes, son menos intensos, más breves. Ya no me masturbo, nunca lo hice con asiduidad por periodos largos, y, para correrme, necesito acariciar a una mujer. Estos deseos me vienen aproximadamente una vez al mes y, si los satisfago, tardan en volver a acuciarme. Desde que Lisa cortó conmigo, creo que no he vuelto a enamorarme. Desde aquellos años, he tenido relación con varias chicas, pero no he vuelto a colgarme con ninguna. Por cierto, tampoco ellas conmigo. Las relaciones me han durado poco en Leganés. Con la compañera que más tiempo he estado enrollado ha sido un par de años o menos. Con alguna no pasó la relación de una semana. En la residencia hay pocas parejas y suelen ser estables. Las relaciones esporádicas no son frecuentes. En el sexo, a mí me reprime mucho mi idea de dios. Mi dios no quiere sexo, aunque yo no le hago mucho caso. La relación más duradera que he mantenido durante estos últimos años ha sido con Saray. Pero nunca ha sido mucho más que piedad y compasión. Saray es el ser más abandonado que conozco, y el más solo. Hasta sus hijos la han abandonado.

4 de julio de 2007

Ahora mismo me he meado encima. No aguantaba más la tensión y accedí a ponerme el pitochín. ¿Qué pasó? Que me he puesto a mear, la goma se había salido de su sitio y todo el orín en la silla y en el suelo, ante el ordenador. Andrés me ha llevado a cambiarme y la cuidadora ha reconocido que el colector no es útil para alguien que, como yo, se mueve mucho en la silla. Dice que pida que me pongan los pañales otra vez, que ella me apoya. Andrés ha aprovechado para preguntar mi opinión sobre el episodio, pero no quiero bronca, estoy demasiado cabreado con toda esta mierda. Nadie me entiende. -La cuidadora que te ha asistido dice que sí te entiende, ella no parece el problema, subraya Andrés sin embargo.

5 de julio de 2007

Mi hermano Toni era mi hermano. Y era mi hermano más cercano. Con él robaba en mi adolescencia coches, ropa y todo eso, y con él fumé mis primeros porros. Lo que para mí no era más que un juego, pronto se convirtió para Toni en una pesadilla. La droga lo enganchó. Entre nuestros amigos, fueron unos cuantos los que murieron a causa de la droga. Recuerdo a uno, el Titi, que era de los más colgados, que ha conseguido desengancharse. Mi hermano también lo intentaba, pero no consiguió dejar la heroína. Murió de sobredosis. Murió el día cuatro de julio. Yo ya estaba residiendo en el CAMF de Leganés. Una mañana vino a verme una amiga de Zarzaquemada. Estábamos hablando de sus vacaciones y me llamaron por teléfono. Ya era la hora de comer y la llamada me pareció bien inoportuna. Me llamaba mi tía Rosa, la mujer de mi tío Pepe. Nos saludamos y, de repente, me soltó que mi hermano Toni había muerto de sobredosis. Yo la oí y no me lo podía creer. Empecé a llorar, sentí como si algo muy mío se hubiese salido de mí, como si se me volase la última oportunidad de ser feliz, la última oportunidad de escapar de estas residencias del IMSERSO. Él había sido, sin embargo, quien me había traído hasta aquí, pero yo se lo perdonaba y continuaba confiando en él. El teléfono se me cayó de las manos. Mi amiga lo recogió del suelo y volvió a ponerlo en mi mano. Mi tía me decía que estuviese tranquilo, que el tío Pepe vendría en dos o tres semanas y me contaría los detalles. Y me daba ánimos. Yo continuaba llorando y no podía hablar, hasta que colgué. Me fui a la habitación, la amiga de Zarza continuaba a mi lado, preocupada. Cuando llegamos, ella se sentó en la cama y me preguntó qué había pasado. Apenas podía hablar, pero recuerdo que repetí lo que había oído de boca de mi tía, que mi hermano pequeño había muerto de sobredosis. Yo me escuchaba diciendo aquello y sentía una pena tremenda. No paraba de llorar. Mi amiga hablaba de la muerte como algo inevitable, pero sus palabras estaban vacías. Se me había muerto el hermano al que estaba más unido, al que yo más quería. Era el único que venía a verme. Solía venir acompañado de Juan, su pareja, y nos íbamos a comer a ParqueSur. Siempre pagaba Juan. Las visitas de mi hermano me devolvían a la época más feliz de mi vida, a mi adolescencia, a Alicante, y me hacían sentirme protegido y acompañado. A su lado yo era importante. Toni había prometido que me sacaría de aquí.

10 de julio de 2007

Hoy me ha dolido la cabeza durante todo el día. Esta mañana, al despertarme, no tenía la cabeza sobre el almohadón. Cuando, a las ocho, se pasaron los cuidadores por la habitación, no les dije nada, pues a esa hora andan con mucha prisa. Cuando vinieron a levantarme a las nueve, ya me dolía horrores. Durante todo el día he estado mal. Cuando Toni me decía que me iba a sacar de la residencia, yo le preguntaba siempre, algo incrédulo, que dónde me iba a llevar. -A Alicante, tío, me contestaba Toni. -¿Pero vas a poder conmigo?, insistía yo. -Podemos pagar a un asistente. Yo le creía a Toni. La última vez que hablamos de ello fue unos días antes de su muerte. Lo habíamos hablado otras veces, pero aquella última vez fijamos el día que vendría a recogerme, lo recuerdo bien, el 1 de julio. Y murió el día 4. Lo estuve esperando el día 1, pero no vino. Yo le quería y le perdonaba estas informalidades. No siempre me fallaba. Toni me había defendido cuando algún listo había querido abusar de mi falta de movilidad. Además, Toni fue el primero que me asistió, después de mi madre. Aunque me hubiese dicho que había salvado a Jesucristo, yo le hubiese creído, cuanto más si decía que me iba a sacar de estas residencias del IMSERSO. Lo que más sentí fue no poder ir a su funeral. Mi hermano el de Barcelona, José Antonio, sí que fue, y Tomás. Los detalles del funeral me los contó mi tío Pepe. Mi hermano Tomás me ha recordado en alguna ocasión que lo enterraron junto a nuestra madre. Un día mi tío, pasados varios años, me preguntó si yo había encargado que se pusiera la foto en la lápida de mi hermano Toni, que cerraba el nicho. Él siempre me había dicho que su lápida no tenía foto. Yo no encargué ponerla. Ni mi tío ni nadie me han sabido explicar quién puso por fin su foto en la lápida. Continúa siendo un misterio.

12 de julio de 2007

-Escúchame, Andrés, yo en Alcuéscar era feliz, razonablemente feliz. Si aquí soy desdichado es porque todo cambió en este centro. He perdido la poca libertad que tenía. Todo el día aquí dentro, sentado en una silla, desde que me quitaron la silla eléctrica. Me siento enjaulado, sin libertad, así me siento aquí. Me reprochas que sea tan desdichado, que no sepa aprovechar las pocas o muchas opciones que tengo de disfrutar de la vida. No tengo más que problemas aquí, casi todos derivados de intromisiones en mi vida o falta de respeto. ¿Y tú me preguntas por qué soy tan desdichado? No tengo posibilidad de defenderme, ya no puedo hablar, no tengo fuerzas para discutir (y si muevo las manos y en la agitación golpeo a algún interlocutor, para qué quieres más), nadie me defiende tampoco, me joden vivo. No soy feliz aquí porque no me dejan estar con Saray, porque yo la quiero. Se están metiendo en la vida íntima de un residente. Cierto que Saray está incapacitada y tutelada y ellos son responsables, pero no pueden ignorar sus afectos. Si ella quiere estar conmigo, por qué tengo yo que dar explicaciones, por qué no me dejan visitarla en su habitación.

18 de julio de 2007

A estas alturas del libro, Andrés y yo discutimos más que escribimos. Él pierde el tiempo intentando convencerme de no sé qué y yo estoy cansándome de contestar a sus preguntas. Hace más de un año que oigo decir al grillo en que se ha convertido Andrés eso de que no interpreto bien mi vida y mi mundo. Dice, por ejemplo, que vivo donde elegí y que me engaño cuando afirmo que vivo en una cárcel, transformando de un plumazo a todos mis asistentes en carceleros, o sea, en enemigos. Bien, esto no será una cárcel, pero yo no puedo salir de ella. -No puedes, me dice Andrés, porque tu naturaleza te lo impide. -Cierto, le contesto yo, las puertas del centro están abiertas, pero muchos de nosotros no tenemos acceso a ellas y nos sentimos prisioneros y somos infelices. Para Andrés, es justo esta respuesta la que desautoriza todos mis razonamientos sobre el comportamiento de los cuidadores, y por extensión, de todo el personal, pues afirma que mis cuidadores no son los responsables de mis limitaciones físicas ni de que exista la institución. -Si alguien es responsable de tu naturaleza y de tu vida eres tú mismo, no tus cuidadores, y si estás aquí es voluntariamente, nadie te obligó a elegir esta opción en su momento. Andrés tampoco me entiende. No comprende que mi grito contra los cuidadores y mi protesta contra el trato que recibo brota de mi percepción inequívoca de que no dispongo de mi propia vida, de que no está en mis manos mi destino y de que, mientras esté aquí, en el IMSERSO, nunca lo estará. -Sí, me contesta Andrés, justo es a lo que renunciaste cuando escogiste la residencia, en su momento, tu elección fue el error. -¿En qué quedamos entonces ? ¿Tengo yo razón o no ? Esto es lo que pregunto a estas alturas y Andrés todavía me contesta que no tengo razón, que podía haber elegido otra cosa.

25 de julio de 2007

Esta noche, a las tres de la mañana, entraron en mi habitación, como de costumbre, los cuidadores a cambiarme de postura. Yo he pedido que, por favor, enciendan la luz cuando entran, pues prefiero enterarme de que lo hacen, aunque sea a costa de despertarme. He ido a informar a la responsable más de una vez de que no me hacen el cambio postural y ella me dice que sí lo han hecho, pero que no me entero porque estoy dormido. Hoy estaba despierto cuando entraron en la habitación y sé también los nombres de los cuidadores. Entraron a oscuras, se dijeron algo al oído que yo no pude descifrar y se largaron sin hacerme el cambio. Dejé pasar cinco minutos y llamé a control. Allí estaban los dos. Pedí que me hicieran el cambio y volvieron a mi habitación de inmediato, encendieron la luz, me cambiaron de postura y se fueron. Estoy tan cansado de broncas que hoy no se lo he dicho a la responsable ni al director. Había un turno que me hacía el cambio postural a las doce y a las tres y que nunca fallaba. Pero comencé a observar que no me cambiaban a las seis de la mañana. Un día que estaba despierto a esa hora y que estaba bien seguro de que no habían venido, los llamé. Me habían retirado el timbre, lo habían puesto lejos de mi alcance, para que no pudiese usarlo y, lógicamente, mi brazo no llegaba. Tuve que llamar a voces. Sabía que estaba molestando a los compañeros, pero no podía hacer otra cosa. Al fin vinieron, les dije que no me habían hecho el cambio postural y ellos dijeron que sí. Como yo insistía, llamaron a la enfermera, que es la responsable del centro a esas horas. También ella se presentó en mi habitación y preguntó por lo ocurrido. Se lo comenté y me respondió que los cuidadores afirmaban lo contrario. Era su palabra contra la mía. Todavía, a la mañana siguiente, algún residente me echó en cara el haberlo despertado con mis gritos.

2 de agosto de 2007

Nuevas discusiones durante toda la semana. Resumiendo, Andrés dice que mis críticas al trabajo de los cuidadores ocultan la verdadera naturaleza del problema. Insiste en que mi problema más grave no son mis cuidadores, sino haber elegido ser tratado como enfermo y haber puesto mi destino en manos de los sanitarios. Vaya cosa, Andrés siempre encuentra la manera de hacerme responsable de todo. -Eres responsable de tu vida, dice.

6 de agosto de 2007

Excepción hecha de Toni, he mantenido muy poca relación con mis hermanos desde que ingresé en el IMSERSO. La razón es que ellos tampoco quieren saber mucho de mí y nos hemos distanciado. Con los sobrinos he tenido poca relación, dos hijos de José Antonio, chico y chica, en Barcelona y dos hijas de Tomás en Alicante. Tomás sólo ha venido una única vez a verme al IMSERSO. Vino con su mujer y una de las niñas. Los traía mi tío Pepe. Mientras comíamos en ParqueSur (la niña, Mari Mar, se había encaprichado con una muñeca y yo se la compré) mi cuñada me invitó a pasar unos días en su casa y aquella misma tarde nos volvimos todos para Alicante. Era agosto, había fiestas y yo dormía mal a causa de la música, pero me trataban bien. Estuve con ellos quince días. Repetí la visita diez años más tarde, en la comunión de mi sobrina. Fue en junio de 2002, se presentó aquí, en Leganés, sin previo aviso, mi cuñada con unos amigos para informarme de que su hija pequeña hacía la primera comunión. Me invitaban y venían dispuestos a llevarme aquel mismo día. Yo arreglé las cuentas de la lotería en la Administración nº 6 y me fui con ella. Estuve en su casa otros quince días. Siempre fue Tomás el que me asistió durante estas visitas, a veces lo ayudaba un cuñado. Siempre me trató con corrección. Dos invitaciones en veinticinco años no es gran cosa, aunque se lo agradezco. Si algo le reprocho a Tomás es que no venga a verme, que me tenga tan olvidado. Tiene su vida montada y yo soy un cero a la izquierda para él. Con mi hermano José Antonio las cosas han sido peor. La primera vez que vino a verme fue en Alcuéscar. Venía con su mujer y su hijo pequeño. Me alegré mucho de verlos y no tuve con mi hermano ningún problema. Pasé un buen rato con mi sobrino. Unos diez años después, por el 96, volvió a visitarme, aquí, en Leganés. Comenzaba para mí una pesadilla.

7 de agosto de 2007

Mi hermano José Antonio vino a verme a Leganés con la intención de llevarme a pasar unos días a Barcelona, a su casa, con su familia. Nos fuimos en eurotaxi hasta la estación y todo iba bien, pues el taxista me había subido al coche con la silla y me había bajado. Mi hermano sacó los billetes para el TALGO y, a su hora, nos fuimos al andén. Los problemas comenzaron al intentar subirme al tren, de puertas especialmente estrechas e inaccesible para personas en silla de ruedas. Ante la puerta de acceso al vagón se atascó mi silla y mi hermano, hombre de escasos recursos, en vez de culpar a RENFE por aquello, la emprendió conmigo, comenzando a gritarme y a insultarme porque no era capaz de ponerme de pie y subir. Hacía años que yo no podía ponerme de pie, y menos para subirme a un tren. A rastras me subió, sin pedir ni siquiera ayuda, y a rastras me sentó en el departamento que me correspondía. Mi silla la había plegado, pues tampoco circulaba por los pasillos. Pasado Zaragoza, me entraron ganas de mear y se lo advertí a José Antonio. -Joder, aguántate. Esta fue su respuesta. Yo no podía más e insistí. Me volvió a coger sin el menor cuidado y me llevó a rastras hasta el servicio. Aquel espacio era muy estrecho y mi hermano me tenía que estar sujetando mientras yo hacía por mear. No había dejado de insultarme desde que me había agarrado en el asiento. -Este cabrón no se mueve, me cago en su puta madre. No llegó a pegarme, pero tiraba de mí, arrastrándome por el pasillo como si fuera un fardo, gritando que yo pesaba mucho y que él no iba a tratarme con los miramientos que me trataban los cuidadores del centro, que estaba en la silla porque era un vago, lindezas por el estilo. A mí me hacía más daño lo que decía que lo que hacía conmigo. Hablaba sin ningún respeto hacia mí, sin la menor consideración. Hablaba para insultarme, sólo eso. Para coger el tren de cercanías hasta San Sadurni de Noya, donde mi hermano tiene su casa, se le ocurrió pedir ayuda y entre dos chicos me subieron a la plataforma. Para subirme al piso, un cuarto sin ascensor, José Antonio me subió a cuestas. Y me bajó a los quince días, para volver a Laganés. Todo el tiempo me lo pasé en aquel piso, los quince días, de la cama al comedor y del comedor a la cama, encerrado todo el tiempo. Estas fueron mis vacaciones en Barcelona.

13 de agosto de 2007

El año pasado, 2006, se casaba mi sobrino Cuqui, el hijo de José Antonio, un sábado de verano. El chico me invitó y mi hermano vino a recogerme el viernes por la tarde con un par de amigos. Hacíamos el viaje en coche. Cuando me sacaron del vehículo en Guadalajara, para cenar, ya comenzó mi hermano a insultarme. Esta vez yo también me cabreé, no estaba dispuesto a aguantar más su estupidez. -Voy a la boda porque se lo he prometido a tu hijo, pero cuando termine, me metes en un avión en el Prat y me dejas, que ya me apaño yo. Estuve con él dos días y fueron de pesadilla. Cuando me dejó en el Prat, pude respirar al fin. Volví solo a Madrid y lo hice más tranquilo que si me hubiera acompañado él. Las azafatas me tratan mejor.

22 de agosto de 2007

Después de tantas discusiones con Andrés, algo comienzo a vislumbrar. La última bronca, porque él no considera oportuno incluir en mi libro los textos que le dicté sobre mis hermanos. No le he dado opción, también lo que cuento en ellos es mi vida, también eso soy yo. Pero Andrés sí me apoya cuando le explico que en esta residencia del IMSERSO no puedo disponer de mi propia vida y cuando afirmo que yo podría vivir de otra manera si tuviese recursos para ello. Esto sí que lo entiende Andrés. Es más, me reprocha, a mí y a mis compañeros de residencia, que hayamos puesto en manos de la institución nuestros destinos a cambio de nada o de muy poco, comida y techo, a lo que ya tenemos derecho por el mero hecho de existir. Dice, y ahora ya estoy de acuerdo con él, que nosotros deberíamos gestionar los recursos que el Estado presupuesta para nosotros, el colectivo de los diversos funcionales, como los cineastas gestionan lo que les toca del pastel de los presupuestos, o el rey mismo, que también vive de los presupuestos, o los agricultores o los sindicatos o las multinacionales o los propios curritos subvencionados de las multinacionales y de los bancos. A nadie se le obliga, cuando el Estado destina recursos generales a facilitar su vida o a permitir su subsistencia, como ocurre con la iglesia católica y sus clérigos, que son otros que viven a costa de los presupuestos, a nadie se le obliga a renunciar a la libertad y a su autonomía a cambio de subvención, a cambio de comida y techo. Sólo el colectivo de los diversos funcionales estamos obligados, si queremos comer, a renunciar a decidir lo que queremos hacer con nuestra vida, dónde queremos vivirla, con quién hacerlo o cuáles serán nuestros asistentes.

24 de agosto de 2007

Estoy de acuerdo con Andrés en esto, los diversos funcionales no tenemos por qué estar condenados a vivir donde no queremos. Y no es problema de pasta. Con los recursos que el Estado despilfarra en este centro (el presupuesto de 2006 fue, para el CAMF de Leganés, de 5.723.200 euros, a lo que hay que sumar drogas, que no escatiman, y atención médica, a cargo del departamento de la sanidad pública) para 112 residentes, podríamos vivir cada uno de nosotros como nos diera la real gana y donde nos diera la real gana, y contratando tres asistentes personales diarios. O sea, con 139 euros diarios, más drogas, que es lo que corresponde a cada uno de los 112 residentes de ese presupuesto, podríamos vivir todos a voluntad, gestionando nosotros los recursos. Nosotros, cada uno o en cooperativa, pero no delegando vida y libertad en profesionales cuyos intereses nada tienen que ver con nuestro bienestar, sino con el suyo. Dice Andrés, y tiene razón, que en nuestra sociedad la libertad es libertad de decisión, de contratos, de dieta, de vivienda, de aficiones, de amistades, y de gestión de los recursos que permiten tomar esas decisiones. Nosotros, los residentes, hemos renunciado a todo eso cuando entramos aquí, en el IMSERSO, y pusimos nuestra vida en manos de la institución, de los sanitarios. En ese momento dejamos de ser libres. A un cura, el estado le da su sueldo y el cura hace con el dinero lo que le da la gana. Hasta se va de putas. Y lo mismo a los campesinos, a los sindicalistas o a los estudiantes, a casi todos les subvenciona su arroz. Las personas de funcionalidad diversa, sin embargo, para poder vivir hemos de renunciar a la vida. Aquí está el problema, ahora lo entiendo, aquí esta el problema de mi infelicidad y mi desdicha. De una gran parte al menos de mi desdicha. Y Andrés todavía asegura que no es tan difícil dar la vuelta a esto. Dice que el IMSERSO tiene planes para privatizar todos los servicios que presta en estos centros, comedor, limpieza, asistencia, etc. Pues bien, sería el momento de exigir la autogestión de espacios integrados, por ejemplo, una gestión en cooperativa, nuestra propia gestión de nuestra propia vida. El día 15 de septiembre por la tarde, dentro de unos días, Andrés me va a llevar a una mani convocada por el Foro de Vida Independiente en Madrid, desde la plaza de Benavente hasta Atocha. Las cooperativas formadas por los diverso funcionales en este país vendrán después de esta manifestación, dice Andrés, y de muchas como esta, cuando el colectivo haya tomado conciencia de su naturaleza, de su existencia y de su fuerza.

27 de septiembre de 2007

Nos hemos pasado el mes de septiembre corrigiendo todo lo escrito. Andrés me ha leído varias veces los textos. Lo doy por cerrado, el libro. Él opina que faltan cosas y sobran otras. Yo creo que no sobra nada y, si algo faltara, no es lo que Andrés supone, pues de ello nada diré, pertenece a mi vida privada. En fin, puedo aseguraros que hoy no sé más de Alfonso Gálvez que en aquella lejana tarde del veinticinco de abril de dos mil seis que comenzaba a dictar este libro a mi asistente. Continúo sin saber quién será el más verdadero Alfonso Gálvez, el niño, el torpe adolescente, el atáxico, el amante, el luchador, el creyente... En este repaso a mi vida de una cosa me he convencido. Ahora sé que he perdido la mejor oportunidad que la vida me brindó. Pude, en esta jaula de oro, viviendo como he vivido rodeado de iguales y compartiendo como he compartido mi destino con personas tan diversas como yo mismo, y tan originales, tuve la oportunidad de luchar en estos centros del IMSERSO por un régimen interno y unas normas de convivencia y de respeto que nos favorecieran a todos, o sea, a los residentes. Andrés tiene razón cuando dice que mis choques con los cuidadores y con la dirección del centro son poco eficaces. He comenzado tarde esta lucha, cuando ya no tengo fuerzas, cuando apenas puedo hablar y hacerme entender, cuando ya no oigo bien, cuando casi no veo. En mi estado nadie me da la razón, nadie se molesta siquiera en dármela. He llegado tarde a la pelea por el respeto y la dignidad, por romper el círculo vergonzoso de la marginación que provocó la institucionalización de mi vida, mi medicalización. He perdido la oportunidad de mejorar la cultura de solidaridad y de unidad de este colectivo de los diversos funcionales al que pertenezco, y que tan falto está de ella. Ahora que ya no tengo fuerzas descubro que estoy solo. Nunca me preocupé por hacer piña con los que antes que yo se enfrentaron a los cuidadores por un trato más digno y nadie, entre mis compañeros, me apoya ahora. No haber sabido durante estos años ganarme ese apoyo fue el mayor error de mi vida. Los sindicatos nos han ganado la partida en estas residencias a los propios residentes, los trabajadores mandan aquí dentro a costa de no saber acaso para qué se levantan cada mañana y vienen a trabajar. Nos han ganado la partida y yo he perdido mi vida. "Nada sobre nosotros sin nosotros", gritábamos en la mani del día quince. Yo creo más bien que no se hará nada si no lo hacemos nosotros mismos. Ni los legisladores piensan en nosotros cuando hacen sus leyes ni los gobiernos piensan en nosotros cuando asignan recursos... ¿para quién?, ¿para el colectivo? Ellos creen que el problema lo tienen los que nos asisten. Ha llegado la hora de que el colectivo de los diversos funcionales tome su destino en sus propias manos, de que cada uno de nosotros agarre la vida como algo personal. Nuestra vida es nuestra para siempre, hasta la eternidad, y no podemos dejarla en manos de nadie. Y menos aún, dejar nuestra libertad a las puertas de una institución como el IMSERSO. No he aprendido otra cosa del esfuerzo de este libro.

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