Raul Rebollo, autor del relato,
es miembro del
Foro de Vida Independiente

 

JODER COMO DUELE

Cuando muere la ilusión. Sepultamos nuestro mundo a paladas de negra tristeza. Lo enterramos todo bajo una gruesa capa de orgullo, decepción y pesadumbre. Vagamos de un lado para el otro sin rumbo. Hemos perdido ese norte que nos mantenía a flote. Esa luz que brillaba más que ninguna y nos hacía sentir esperanzados. Un abatimiento nos desmorona el ánimo. No salimos, ni casi respiramos más que lo necesario para seguir vivos. No nos movemos, ni comemos. No sentimos para no despreciar un segundo al dolor. Nos quema en cada centímetro de nuestro cuerpo el desánimo de una lucha perdida. Una nueva batalla que nos arroja a los pies del enorme precipicio de la depresión.

Un mal de amores. No es más que eso, nos ríen algunos, ebrios de suficiencia, cansados de sufrir según dicen. El amor duele,
chiquillo, joven, amigo, compañero. El amor duele. ¿Y qué si duele?. No por oírlo me sentiré mejor. No se rescata a un náufrago de una enorme tormenta con el neumático inflado de una vespa. No se cura la gran herida de mi corazón con algo de agua oxigenada, que escuece menos, y dos tiritas.

No. A grandes males... muchas lágrimas y algunas buenas películas. Unas mantas calientes, la botella de agua, las babuchas cerca de la cama y mucho silencio. En mi caso duele hasta el ruido de pasos en la calle porque te hacen entender que todo sigue y sin ti. Como duele¡¡¡ Pataleta de niño chico, bronca de chaval y cabreo de hombre. Para que digan que el amor tiene edad. El amor te toca cuando quiere. Te eriza el vello y le da lo mismo que peines alguna cana como que no te haya salido aún la primera pelusilla en tu bigote. Da igual. Jaja. Si no existieran las mujeres¡¡¡.

Entonces sí que no habría nada. Al menos sufres que ya es un indicio de que puedes reír. Porque si no existiera la soledad para qué añoraríamos la compañía, si no el silencio para que surgieron las palabras o la alegría para qué si no supiéramos lo mezquina y pesimista que es la tristeza. Sé que saldrá el sol pero por ahora quiero restregarme en el barro de mi desgracia. Aprenderé por el camino del hombre. Cubriré esa senda, mil veces caminada, por otros antes que yo y..., reiré de nuevo. ¿O no?.

La mujer es... como tú y yo pero distinta. Eso me dijo un primo hace ya mucho tiempo. Son iguales pero piensan distinto. Jaja. De risa me moría sólo con oírlo mientras jugaba al fútbol y no las miraba. Ya mirarás ya, me decía. Y soñarás con que te miren y reirás cuando te rían alguna broma. Y yo a lo mío pero... toca crecer. Creces y contigo ellas. Más serenas, más plenas. Y ya miras. Miras a la una y a la otra y de repente por primera vez se para el reloj. Son las doce?, o ¿es la una?, es la hora de aprender. Sin maestro eres por primera vez aprendiz de hombre. Atrás quedó ese pasar sin más, paso de esto, paso de aquello. Toca apechugar y se hace difícil. Una piedra en el camino, una china en tu zapato. Y sin saberlo tocas el cielo y ríes, disfrutas de ti mismo y de alguien que sin saberlo ambos, ya te quiere. La vida rosa llena de flores y olor a jazmines en campos llenos de lirios y tulipanes y rosas de todos los colores. Sonrisas y bromas, gritos de alegría y jolgorio pero... pum. El fin de un tiempo da lugar al siguiente. Llegó el invierno al corazón. Frío y lluvia de lamentos. Muchos recuerdos de atrás se agolpan a la puerta del ahora para pedir limosna. No hay comida de cariño para el que ni siquiera tiene vituallas de ilusión. La beneficencia del comprensivo te presta un poco de sustancioso compañerismo. Lame tus heridas, el cachorrillo amamantado por la diosa: Misericordia para el necesitado. Y lloras desconsolado al amparo de algún familiar apoyo. El pobre chiquillo que lo ha dejado la novia. Atronadoras palabras que te hacen temblar como a un penitente sorprendido por ese gran aguacero torrencial en un día de diciembre. Escuchas pero callas. No hablas para que no te delaten las acongojadas palabras que ni se atreven a consolarte. Piensas mucho y por fin sales a correr. Algún amigo, al rescate, te invita a su cumpleaños, o la boda de su hermano o lo que sea. Cualquier excusa es buena para ver el sol.

Años después en poco ha variado el mecanismo de tu vida. Esa, a veces, engrasada maquinaria que te encamina inexorablemente a tu siguiente intento. Una muesca más en tu pistola de gángster barriobajero o quizás una refulgente impresión en letra gótica sobre el dorado fondo de una enorme placa conmemorativa. Ni lo sabes ni te preocupa. Adaptado a la vida sólo caminas con pasos de anciano y la ilusión de un imberbe chicuelo. He dicho adaptado porque ni por asomo tienes riendas de control sobre nada. Todavía no controlas ni los latidos de tu corazón. Jaja, me río de nuevo porque nunca supo el necio más camino al paraíso que el que anunció algún otro tonto con seguro resultado de fracaso. Pero apuntas y con algo de miedo vuelves a disparar otra flechita. Pum.

El otoño ha llegado. Las hojas que caen una tras otra. Alguna lluvia que inunda tu ánimo de pretextos para equivocarte. Es una estación del corazón como otra cualquiera. Con cuidado te han enseñado a arroparte, porque alguna gripe con trazas de guapa morena de ojos oscuros puede hacerte volver a la cama por unos días. Y caes. Mucho calor, las babuchas cerca del borde derecho de la cama, y la madre con tazas de leche y miel calientes. Ni tos, ni mocos, ni siquiera esta vez es fuerte el dolor de pecho. El corazón que debe estar un poco más curado de espanto. Parece que esta vez el abrigo y las defensas estaban un poco más alerta. Y de nuevo a la calle. La vía del amor sigue abierta al tránsito de apasionados romances. Y tú, tú viajas en primera clase sin acompañante. Que desperdicio¡¡¡

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