Jose María Peña González, autor de este relato,
es discapacitado y
residente en MADRID

 

LENCERÍA Y ACERTIJO

Era consciente de que al vestir esa blusa sin nada debajo y los vaqueros ajustados, provocaría muchas miradas clandestinas. Sabía que hoy, la envidia afilaría las lenguas de algunas de sus compañeras, y que seria portada en la gaceta del ascensor, pero no le importaba el riesgo.

Desde el primer día se fijó en él, sentado en la mesa del fondo mientras hablaba por el móvil y tomaba un capuchino. A pesar del bullicio de la cafetería, ella percibía que su voz era dulce y su verbo chispeante. El perfil griego de sus facciones le confería un porte elegante y aunque solo le había visto sentado, le adivinaba un cuerpo de bailarín. Le gustaba. Le gustaba mucho.

Cada mañana, en el cuarto de hora que tenía para desayunar, buscaba la posición idónea para interferir su campo visual, Desde allí observaba atentamente cada uno de sus movimientos reflejados en el espejo de la barra. Había intentado llamar su atención de mil y una maneras. Le mando mensajes cifrados con la clave de sus caderas. Salpicó su intimidad de sonrisas picaras y guiños furtivos. Se había convertido en una prestidigitadora de la insinuación.

Pero él, imperturbable ante toda su ráfaga de provocaciones, permanecía impasible en su silla, ajeno, por lo menos en apariencia, a todas sus coqueterías. Se mantuvo inalterable incluso a los innumerables acertijos de lencería que ella le propuso. Jamás modificó su gesto, solo de vez en cuando le daba un sorbo al café.

Pulso el botón para bajar a desayunar y la cadencia de su ritmo cardiaco aumentó. Al entrar en el ascensor, las conversaciones se silenciaron durante un instante. Era evidente que no pasaba desapercibida.

Entro en la cafetería con la misma ceremonia de cada mañana, pero con un ritmo más intrépido. Se sabía irresistible y se sentía audaz.  

Le buscó.  Allí estaba, en la mesa de todos los días, junto a la ventana. Un rayo de sol difuminaba su flequillo brujo y remarcaba su misterio.


Localizo un taburete vacío en la barra y lo situó frente a él. Se encaramó en él la banqueta ostentando del cimbrear de sus formas. Pidió su café con tostada mientras observaba su reacción en el espejo. 

Él, conversaba por su móvil discretamente, impermeable a su exhibición de sensualidad, parecía no inmutarse.  Vestía un jersey de punto blanco remangado a mitad del brazo. Estaba guapísimo.

Observo que la mesa contigua se quedo vacía. Contusionada en el ego por su aparente transparencia, aferró el café y la tostada y condujo sus encantos hacia el hueco junto a la ventana. Estaba dispuesta a todo y se notaba en su mirada. Aquella peregrinación voluptuosa supuso un desafío a la templanza y una incitación a la osadía de los parroquianos. Todas las miradas del bar escoltaron su trayectoria.  

Se sentó frente a él luciendo una sonrisa desafiante y cautivadora. Ahora no tenia escapatoria, lo tenía acorralado. Aunque no quisiera chocaría con ella y caería en sus redes. Era absolutamente imposible que la ignorara.

Tras unos instantes de incertidumbre, él, se despidió de su interlocutor con un susurro. Sin modificar en lo más mínimo aquel gesto embaucador que la enloquecía, colgó el teléfono y lo introdujo en su bolsillo. Dio el último sorbo al capuchino y deposito unas monedas sobre la mesa.  Saco una gafas oscuras y las interpuso entre su mirada y los señuelos. Antes de levantarse, se giró para alcanzar algo que descansaba tras él. Extendió el bastón telescópico que le permitía evitar los obstáculos sin verlos y se puso en pié.

El rubor que desenfocó su semblante no pudo impedir que al pasar junto a ella, en la intersección de sus auras saltaran chispas.

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