Dedicado a las madres que no se avergüenzan de sus hijos diverso-funcionales

LUISITO por Jesús García

Para nosotros, Luisito era un chico normal de 15 años con el que jugábamos cada día a través de las rejas de su ventana. Era guapo, buen mozo y divertido y sus amigos no entendíamos por qué su madre no lo dejaba salir a la calle hasta que hablara bien porque para nosotros lo hacía perfectamente.

Mi madre tenía ojos verdes que dependiendo de la luz se tornaban azules, yo los tenía marrones y por eso, solía cantarme:

Ojos verdes son traidores
azules son lisonjeros
ojitos acastañados
leales y verdaderos.

Luisito tenía los ojos marrones anaranjados y yo quería ser su amigo porque siendo fiel a la copla que cantaba mi madre Luisito debía ser leal y verdadero.

Yo era muy joven entonces, con 10 años un chico no entiende ciertas cosas pero, sin embargo, puede terner claro muchas otras. Así, sólo hasta mucho más tarde alcancé a comprender que Luisito era una persona con diversidad funcional motora afectado por una parálisis cerebral que que le impedía andar y hablar como lo hacíamos nosotros pero también tenía claro lo injusto de su enclaustramiento.

Cada día preguntaba -¿Cómo hablo hoy?-

Y nosotros respondíamos, -bien, como ayer, que cosas tienes-.

-No es cierto, me engañáis. Si fuera así, mi madre me dejaría salir para jugar con vosotros. Dice que no me entiende nadie y que hasta que no me haga entender no podré salir-.

-Pero es verdad, nosotros te entendemos perfectamente, eres un poco gangoso, eso sí, pero no nos importa-.

Se lo conté a mi madre y sin dar muchas explicaciones dijo, pedir a su madre que le deje ir con vosotros y lo traéis aquí, ser educados que es un poco rara.

Y así lo hicimos. -Señora Luisa, dice mi madre que deje venir a Luisito con nosotros, solo iremos a mi casa a jugar-.

Su respuesta fue rotunda.

–Dile a tu madre que se meta en sus cosas y que cuide lo suyo que bastante tiene-.

Tampoco entendí esa frase pero cuando fui con la respuesta de vuelta, mi madre respondió,

-no te preocupes hijo, lo dice por mi, quiere decir que hago mal dejando salgas con los amigos como si tal cosa estando inválido como estás, pero no hagas caso-

Ventana con reja

Y descubrí entonces que ahí estaba la cosa, en nuestra diversidad. Yo iba en un carrito que mi padre había construido y que me permitía interactuar con el resto de los chicos, ir a la escuela con los demás, excursiones, etc…, o acercarme a la reja de Luisito pero su madre entendía que lo protegía mejor manteniéndolo junto a ella y también, que era mejor madre por encerrarlo en casa.

Mi hermano, cuatro años mayor que yo y un año menor que Luisito, sus amigos de la misma edad que él y yo, ideamos entonces una estrategia para librarlo de su cautiverio y sobre la marcha decidimos secuestrarlo. Aaprovechando que su madre salió con un barreño a por agua a la fuente, mi hermano entró en casa y quitando el pestillo de la puerta, lo liberó. Como andaba un poco mal, la verdad, porque daba trompicones y no podía correr, lo montaron en el soporte trasero de la bici hasta acercarlo a la cuadra de Matías, un ganadero y buen paisano que pensó estábamos jugando cuando le pedimos que nos escondiera a Luisito. Lo que no esperaba Matías es que no volviéramos a buscarlo en toda la noche ni nosotros ni nadie y que su madre denunciara la fuga en el cuartelillo de la Guardia Civil.

El sargento era un señor muy majo que me quería mucho. Cada domingo, cuando pasaba a la misa de once, se paraba ante mi carrito para regalarme algo, canicas, muñecos, chistes, que era como entonces denominábamos a los comics, etc…, pero esta vez estaba enfadado y así se lo demostró a mi madre. Dijo que habíamos puesto en riesgo al chico dejándolo en una tejavana sin atenciones y dado un susto tremendo a su madre, la misma que parece ser ejercía como una cuidadosa madre manteniéndolo encerrado de por vida.

Pero mi madre seguía siendo mi aliada y días más tarde, acompañándome al cuartelillo, me animó a que le explicara al sargento lo que a ella había contado. Aquel señor me escuchó atentamente, sin interrumpirme y cuando acabé detecté una pequeña lágrima en sus ojos. Se limpió con el pañuelo y poniendo la mano en mi cabeza, dijo. Yo os ayudaré, hablaré con el cura, no te preocupes y vuelve tranquilo con tu madre que es una gran madre tan buena o más que la de tu amigo Luisito.

No entendía que pintaba el cura en aquello pero el sargento parecía buen hombre y sabría lo que hacía. Le había contado entre otras cosas que sólo pretendíamos que Luisito viniera con nosotros a la escuela para que la maestra le enseñara a hablar y así librarse de la cárcel que le imponía su madre pero claro, si no le dejaba salir a la calle malamente podría acudir a clase.

Efectivamente, el cura intervino, empezó por llevarse a Luisito a la catequesis con el pretexto de prepararlo para la comunión, hablaron con la maestra y entre todos conseguimos lo que hoy pienso debió ser uno de los primeros ejercicios de inclusión en la educación de un chico con diversidad funcional pero aquello, era solo el principio porque Luisito ya había probado la droga de la libertad y era muy listo. Don Amancio, el cura, tenía un centro anexo a la sacristía equivalente a lo que hoy podríamos llamar centro social, un lugar donde la gente lo mismo acudía a leer el periódico por la mañana como por las tardes, las mujeres se juntaban alrededor de una radio para escuchar la novela o hacer punto. Y allí comenzó Luisito el negocio que permitió financiar su libertad.

Habían pasado un par de años que a esa edad es mucho y él se acercaba ya a los 18 años aunque yo continuaba siendo un niño. La separación entre ambos era inevitable pero mientras tanto, cada noche, siguiendo sus instrucciones, todos sus amigos nos reuníamos para mezclar potingues y alcohol dando paso a una mini industria fabricante de ambientadores que él se encargaba de vender en droguerías, tiendas de coloniales y sobre todo en cines que eran algunos de sus principales clientes. En realidad se trataba de lo que hoy sería clasificado como una fábrica clandestina con mano de obra producto de la explotación aunque aquella era una explotación por amor ya que nosotros nos sentíamos muy bien pagados porque aquel era el precio de la libertad de Luisito.

Con los primeros dineros que ganó, pagó un triciclo con bandeja para transportar los productos de la pequeña industria y un traje para mejorar su presencia ya que, además de dirigir la empresa, vendía y practicaba las relaciones públicas.

Luego vino una vida plena, alquiló un pequeño local y se casó con Esperancita una chica de la pandilla de los mayores. Era algo mayor que él y muy guapa. Tuvieron dos chicos, niño y niña. Cerraron la empresa de productos químicos y pusieron un quiosco de periódicos, se compró un Citroën 2CV furgoneta pero de todo ello iba enterándome desde la distancia cuando me interesaba por él ya que mi vida transcurría por caminos distintos.

Hace aproximadamente ocho años lo encontré en el estacionamiento de una concurrida playa del norte de España. Estaba con sus hijos, dos mozos guapos y sanos y al preguntar por Esperancita me contó que se había separado hacía un par de años. Él, pensó dejarle todo, pero ella quiso que conservara el quiosco y el piso. Los hijos vivían por temporadas en casa de uno y otro, preparándose ya para volar independientes.

Luisito sigue igual, parece que no hayan pasado los años por él a no ser por las arrugas que cruzan su rostro pero sigue hablando mal para la mayoría aunque yo lo entienda perfectamente, y andando a trompicones y nuestros encuentros, curiosamente, siguen siendo emocionados.

Lo dejo feliz, a mí también me ha producido felicidad este encuentro y me alejo pensando que estos recuerdos junto con otros me ayudarán a la hora de morir.

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