Nos dice el autor que "Manoplas de un recuerdo" es uno de los capítulos de una historia que titula "TATEADO" en la que el personaje hace una nostálgica retrospección a su pasado.

Luis Martín Márquez de Alcalá de Henares - Madrid

Es discapacitado y autoriza demos su correo

MANOPLAS DE UN RECUERDO

La tarde estaba resultando ser más calurosa que lo fue ayer. A veces se te antoja el día demasiado largo como para ser real. Los recuerdos de infancia parecen curiosamente ambiguos porque los ves tan lejanos como a veces cercanos. Una sensación de lo más incoherente pero que a pesar de ello, la entiendo a la perfección, y hoy, ahora mismo, a las cinco menos diez de la tarde, cuando el sol pega con fuerza como para ser de primavera, me siento cerca de mi infancia viendo como los años parecen no haber pasado por estas calles. ¡Allí!, en la esquina de la casa del señor Negal, detrás de la iglesia y debajo de esa farola que ya no existe veo asentada la caseta de títeres del viejo Marsé que me hicieron soñar durante muchas noches de fiesta; me veo con once años recién puestos, cerca de la farola oscura oculto a cualquier vista ajena - ni demasiado cerca como para ser reconocido ni demasiado lejos como para no oír -, la cara bañada de graciosas pecas dispuestas sobre mis mejillas, el cabello rizadito, las manos envueltas en mi gastada cazadora marrón, mis pantalones de pana llenos de canicas, mis ojos profundamente perdidos en la función y una sonrisa de media luna. Aún veo el descolorido arcoiris de sus maderas destartaladas, como los agujeros del tiempo comían la vieja y carismática tela que hacía de telón, los variados y simples decorados hechos a mano, las trabajadas marionetas del lobo feroz, de princesas adorables, de ogros desfigurados, de leñadores y por supuesto, de príncipes azules. Sin! embargo lo que más anhelo es la inocencia de mis ojos. ¡ La del dragón y la princesa!. Sí, era la que más me gustaba porque el caballero, año tras año, siempre la rescataba.

Y sin embargo ahora ¿quién rescata a quién?. Como han pasado los días agrupándose en años, dejando atrás caminos que tome hace tiempo, en su mayor parte inconscientemente, guiado por lo que uno llama destino. Ahora, miro esas piedras que tire y me pregunto, aquí mismo, donde los viejos ladrillos que aún perduran en estas calles donde nunca me pare a mirarlas, si escogí bien o si podría hacerlo de nuevo. Si tuviese la fortuna de dar marcha atrás en mis recuerdos y al igual que ahora estoy en la puerta de la casa de Far, tuviese de nuevo la oportunidad de decidir mis pasos: ¿qué camino seguiría: por la derecha bajando hacía el ayuntamiento o por la izquierda cerca de la fuente?. No sé. De veras que no lo sé. Creo que lo único que deseo es pensar en mundo de "y si..." ya que no sería capaz de decidir de nuevo.

Las fisuras de cada casa del pueblo me dicen que por aquí pasé, cada ladrillo que falta me recuerda que hubo un día en el que lo vi; las casa viejas ya no existen junto a sus dueños de antaño bien por que se fueron o bien por que sus compañeros de fatigas fallecieron junto a sus paredes. La silenciosa poza del río que esta antes de su desembocadura comparte el reír del agua con el gruñido de la nueva carretera que yace junto a ella; y es que nada parece ser el mismo sin fin de cosas por las que luche como cuando era un niño eterno. Las marionetas de Marsé renacen entre mis recuerdos para decirme que todo lo que creí haber soñado una vez fue una de las mágicas tardes - noches de dragones, princesas rescatadas y valientes príncipes. Hoy, ya con algunos años más,  la vieja manopla amarilla que me regalo una de aquellas noches donde todo era distinto es la llave del baúl de mis recuerdos, de todo lo que fui en mi corta vida - aún soy joven aunque a menudo me sienta demasiado vi!
ejo -, de los pasos que di desde ahí y de la incombustible nostalgia que ya perdí. Sólo me queda el gran consuelo de ser yo el inigualable titiritero que con una vieja manopla de limón narra con la pureza de su alma las historias de la vida eterna y el buen camino por donde llegar. Mi familia es ahora mi público audaz y exigente, y a la vez sin saberlo son la princesita de las fábulas que representan mis manos.


El calor resultaba demasiado pesado sobre mi perola de recuerdos y supuse que lo más adecuado era resarcirla con un buen helado de nata y chocolate en el quiosco de la plaza.


- Aquí tienes Tate, un hermoso cucurucho para el más guapo del pueblo.

- Gracias Geda - la conteste con una agradecida sonrisa mientras alargaba el brazo para coger el helado-. ¿ Qué me debes... cobrar?.

- Por ser tú, ciento cincuenta esta bien, ¿ no?.

- Perfecto - y en ese momento una brazo peludo se me anticipo y oí de mi lado derecho un vozarrón seco maltratado por el tabaco.

- Cóbrate Geda.

Me gire con cara de interés aún sabiendo ya que ese brazo tan peludo solo podría ser del niño mono, como le decíamos para que se cabrease, Elín.

- Coño que sorpresa - le dije sonriendo-, pero no por verte sino por que estás más feo que nunca - añadí mientras mis ojos miraban a su derecha.

- Y como siempre, tú igual de guapo - vio en mi mirada mi interés y después del abrazo que me dio se giro a la derecha-, y esta bella mujer de ojos claros y pelirroja es Xena - me miro de nuevo-, y este capullo es el famoso Tate.

- Hola, ¿ qué tal? - sonrió mientras posaba sus carnosos labios en mis mejillas.

- Hola, muy bien - le dije simplemente. Me había dejado anonadado su suave perfume y esa atractiva sonrisa que se veía remarcada bajo un pelo muy corto-. ¿ Y qué hace una chica tan guapa con un garrulo como este zopenco?.

Fuimos a dando un paseo por el pueblo para que Xena lo conociese y mientras tanto nosotros íbamos recordando viejas anécdotas entre risas, y por eso salió.

-  ¿ Elín, le has contado la historia de las bicis camino a Hima? - le pregunte mientras miraba a Xena para despertar su interés.

- Esa no me suena... ¿ me la has contado?.

-  Tate eres un cerdo, ¿ sabias? - me gruño Elín una vez que encontró mi mirada.

- ¿ Cuál es?, ¿  cuál es? - insistía Xena mientras le tiraba del brazo-.  Cuéntamela por fii...

- Esta bien pero que te la cuente el listo este - dijo señalándome-. Venga empieza.

Carraspee la garganta como si me estuviese preparando para un concierto.

- Recuerdo una noche de verano - con unos quince añitos - donde todos, Zare, Far, Elín, Teri, Ado y yo, nos vestimos de fiesta y cogimos nuestras bicicletas para ir a las fiestas de Mara. Con la ayuda de la luna y unas simples linternas nos proponíamos ir de pueblo en pueblo y así era.

Quedamos a las diez menos cuarto en la esquina de la casa de Far donde no había luz para que nadie nos pudiese ver prepararnos para el desfile nocturno. Far, el más osado y chulillo del grupo, iba en cabeza como siempre, se adelantaba unos metros sin necesidad de linterna y sin ningún miedo, eso sí, aparente. Zare, con su nueva bicicleta azul con dinamo incluida, le seguía de cerca por que donde iba Far allí estaba Zare...

- Zare el perrillo le llamábamos - se rió Elín. - ¿Te acuerdas que faldero era el jodido?. Seguro que ahora le esta haciendo la pelota a su jefe, ¿ te he contado que es encargado de un almacén de suministros en Serta?.

- No lo sabía y...

- ¡ Vale, vale!, luego se lo cuentas, pero no te vayas por otro lado que de esta no te escapas. Sigue   por favor - medio ordeno Xena con voz suave y los ojos abiertos de par en par para no perderse detalle.

- A ver... a sí: - Los demás íbamos en grupos guiados por las linternas de Teri y Ado. Esa noche la luna mostraba la carretera entera por lo que las linternas en el fondo no eran imprescindibles; los sapos relinchaban...


- ¿ Queeee?- dijo Xera mientras fruncía el ceño.

- Eso es lo que decía el tonto de Teri- la dije encogiendo los hombros- Bueno,  quieres que siga o ¿ no?.

- Si, si. Perdona- hizo un gesto de cerrarse la boca como una cremallera y sonrió.

- Pues eso, los sapos relinchaban y hasta se podía ver como pasaban de un lado de la carretera al otro, los grillos tocaban sus violines al compás de nuestras canciones - la mire frunciendo el cejo diciendo que ni se la ocurriese hablar -, el viento susurraba entre los árboles y el sonido de las lechuzas - o lo que fueran - le daba a esos paseos clandestinos un aire mágico.

Todo iba bien hasta que hacia mitad del camino más o menos, en la curva más cercana, aparecieron las luces de un coche. Cuerpo a tierra fue la señal que Far nos dio. Saltamos de las bicis a la  cuneta o incluso montados en ellas  nos metíamos en la maleza sin reparo alguno ante los seguros raspones y arañazos y todo por no ser descubiertos - si se enteraban nuestros padres, ¡ madre mía la que se montaría-. Zare se escondió detrás de unos árboles junto a ...Far. Ado y yo nos tiramos a la derecha del camino arañándonos las piernas por completo y si no recuerdo mal,  se hizo un siete enorme en el pantalón.- ¿ O fue cuando subió a atar la cuerda de la poza?.

- Fue con las bicis- dijo Elín lleno de sonrisas -... la camisa fue en la poza.

- Teri se tiró a la izquierda del camino por donde el río fluye - empecé a hablar de forma entrecortada por las risas recordando cada detalle-.... y ¡ plaf!... del tortazo que se dio reventó la rueda delantera que choco de lleno contra un chopo que no pudo esquivar. Al oír el ruido fuimos corriendo a ver que le había pasado. Al llegar a su altura, le encontramos tirado en el suelo muerto de risa. No paraba de reír y reír. Nos mirábamos con incredulidad y creo que fue Zare quien dijo que se había quedado tonto por el golpe... - No te vayas Elín - ja, ja- si aún queda lo mejor.

- Sigue, sigue, si yo me lo sé de sobra, voy a comprar un bote

- mientras apretaba los dientes -... capullo.

- Continua por favor, que esto se pone interesante - me suplico Xena con los ojos.

- Entonces un grito de socorro salió del río. De repente caímos en la cuenta de que faltaba el señor Elín. Apareció entre los juncos con toda la cara llena de barro, solo se le veía el blanco de los ojos - eran como perlas -. El silencio de la sorpresa pronto se rompió por un mar de carcajadas. Por lo menos estuvimos riéndonos de tu querido Elín- le dije a Xena que ya no podía parar de reír- un cuarto de hora mientras el no paraba de repetir una y otra vez que no tenía gracia. Calado hasta los huesos y con la bici de Teri rota no nos quedo más remedio que volver al pueblo. Además ya tuvimos demasiadas emociones para una noche - ja, ja - sobre todo...

- ... Elín- dijo Xena riéndose mientras miraba a ver si regresaba su cari.

 - No volvió a Mara en bici hasta el año siguiente, ¿ y todavía no sé por qué? - ja, ja-, por que no fue para tanto.

La tarde terminó bien entrada la noche y así nos despedimos, quedando para otro día, después de haber contado todas nuestras travesuras de niño.

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