Observo y soy. Me dejo llevar
resultó ganador del
I Concurso Internacional de Relatos Solidarios

OBSERVO Y SOY. ME DEJO LLEVAR
Por Francisco López Abia

Me sobra el tiempo desde mi ventana, llevo dos semanas con mi pierna encerrada en la escayola y aún me quedan por lo menos otras tres para hacer algo de vida. Frente a mi calle, lo que se dice gente, no pasa mucha. Y esperar algo de un río no es tan emocionante cómo hacerlo de una calle repleta de piernas. El tiempo se hace largo...

Mi calle no es una calle de paso, es de llegada. No hay tiendas, los edificios no son muy altos y hay mucha gente ya mayor, que no tiene coche. Así que la tranquilidad es vasta. Los ancianos pasean a sus perros por la orilla. Y esto es todo lo que mi pierna puede esperar del día.

Lo más bello de todo son las noches, trasnocho bastante, posado en una silla y con mi pierna sentada en otra. Apoyado sobre la ventana abierta y el calor fresco de la noche despeinándome, y de fondo la televisión gritando. Las estrellas son más claras que en el resto de la ciudad y mi imaginación trae extraños seres de visita. Aunque los únicos seres de otro planeta que vienen a verme son mis amigos, y algún familiar obligado y cercano. Este sedentarismo era lo que me faltaba para moldear mi redondeado cuerpo. Noto día a día como voy ganando peso y mi falta de agilidad corporal se hace cada vez más mío. En mi trabajo, seguramente, tampoco mi jefe me echa de menos... Me acuesto, y no espero nada de mañana. Es de día, las doce del mediodía exactamente. Me acabo de levantar y mi desayuno se hace comida. Pasó de la tele y me acerco a mi caja tonta, mi ventana.

Un rato largo viendo pasar botellas despistadas, llevadas por la leve corriente del río casi estancado y oloroso, infectado por la ciudad. Algún que otro coche silencioso y los ancianos y perros de siempre. Pasa un rato largo y veo algo diferente, es alguien nuevo y desconocido. ¡Por fin! Mi monotonía muerta.

Es un muchacho en silla de ruedas, baja del bordillo que defiende mi casa, cruza la carretera y cuando llega a la otra acera se pone en equilibrio sobre las ruedas grandes de atrás y sube aparentemente sin ningún esfuerzo. Se acerca al camino nuevo que bordea la orilla, el regalo al barrio por parte del ayuntamiento para estas elecciones. Y allí lo dejan mis ojos mientras me pongo a pensar...

Pienso que a mí me quedan menos de tres semanas y a él toda la vida. Un sentimiento de lastima hacía él y hacía mí me llenan. Y me propongo no volver a quejarme de mi situación. Aprovecho tanta lástima hacia otro para jurarme perder peso. Le miro con toda la bondad que me sale y le pido perdón por quejarme, por ser como soy. Abajo, él sigue con su paseo y con su silla. Con sus piernas sin paredes pero prisioneras de lo inmóvil. Le dejo hacer y lo observo. Mi lastima se ha ido, está apagada y me concentro ya por fin en lo que hace. Parece que simplemente está paseando y que no me va a dar mucho más de sí. Atrás el sonido de las llaves en la puerta me despista. Me giro y saludo a mi madre. Charlamos brevemente y la invitó a seguir después, quiero volver a mi novedad. No quiero que se me escape mi entretenimiento, mi pena... Vuelo mi vista y mi cuerpo a la calle... me sobresalto. El chico está en el suelo, con su silla al lado. Llamo a mi madre corriendo y no aparto la vista de mi camarada. Mi madre sale del servicio corriendo y preguntando que sucede y cuando llega, le digo que nada. El muchacho se ha puesto de nuevo en la silla, de un salto de brazo. Casi se puede notar su impresionante musculatura. Ha girado la silla y vuelve a bajarse al suelo, con la indiferencia de mancharse las piernas.

Está mirando la tierra, no logro ver qué. Está atento, fijo... no sé qué hace y por fin algo me intriga en está ventana. Veo que hace cosas pero desconozco por completo qué cosas. Llamo a mi madre nuevamente, y está vez no en vano, le pido me traiga los prismáticos de mi habitación. Espío la calle con mis nuevos ojos, me los trajo mi tío de un viaje lejano. Dice que se los regaló el capitán de un barco, pero conociendo a mi tío... Son tan potentes que llego a distinguir qué se dicen las yemas de sus manos entre ellas.

Los prismáticos me acercan a sus dedos y junto a ellos veo una hilera desordenada de trabajadoras y veraniegas hormigas. Entonces todo me parece claro, será un profesional de la biología o algo así, que se dedica a los bichejos y ha encontrado un laboratorio en mi barrio. ¡Y mi barrio está lleno de bichejos!

Los prismáticos me acercan todo y hacen las cosas más entretenidas, incluso a un tío jugando con hormigas. Sigo observándole, todo está muy cerca. Las hormigas son enormes en mis lentes y su mano no cabe entera. Sigo observando lentamente, dejando que ocurran las cosas y me parece que su profesión no son los bichos. Observo que tiene a su lado una bolsita repleta de cáscaras de pipas, la vacía muy cerca de la valla que cuida a la gente del río, y al río de la gente. El camino de las hormigas sigue más allá de esa valla y el no puede saltarla. Ni siquiera su vista puede, todo queda tapado por el enredado baile de la maleza. Supongo que al igual que hay gente que da de comer a las palomas, a este le gustan las hormigas... Las palomas son del centro y las hormigas, pobres obreras trabajadoras, viven en la periferia.

De vez en cuando coge a alguna que se a pasado con la carga y la acerca hasta la valla. Ahorrándola un largo tramo de camino. Las observa, parece el director de obra. Me imagino que habla incluso su idioma. Desconozco si las hormigas le observan a él, si le hacen caso. Pero si yo fuese hormiga estaría asustada, por buenas que fuesen las intenciones de un ser tan enorme. Ha pasado una hora, y una hora lleva con la cabeza hacia abajo. Supongo que el estar postrado le haya curtido en la paciencia. A mi se me hace eterno una ventana y a él corto un hormiguero, negro y monótono.

Me alejo de la ventana y me acerco a la cocina. Olvidado queda mi propósito y mi juramento. Y las patatas y el pollo se me hace apetecible, la verdura olvidada. Termino de comer y pasó la tarde acompañado por el televisor, a la espera de algún buen amigo que se acuerde de mi soledad. Y volviendo cada poco a mi ventana para no ver nada. El chico de la silla de ruedas hace tiempo que dejó la obra.

Llevo varias horas en casa, más sólo que nunca. La calle está muerta, la televisión moribunda y mi corazón terminal. Empiezo a pensar en el chico de la silla de ruedas, deseo que vuelva, que me de energía... Estoy sólo, y siento más pena por mí que por nadie en este mundo. Pasa la tarde, le sigue la noche... esta aburrida noche. Me vuelvo a levantar a mediodía y me postro en la ventana.

Abajo una silla de ruedas baja y sube bordillos, se para a buscar su hormiguero y yo lo observo todo, con más emoción que esperanza. El tío lleva hoy una camisa de tirantes de algún equipo americano de baloncesto. Es impresionante cómo se le tensa la musculatura cuando intenta domar su silla para hacer algo. Se baja de ella, se tira al suelo y allí habla con las hormigas. Voy con todo mi esfuerzo corriendo a por mis prismáticos y le pido en silencio a mi amigo, que no se vaya. Cuando vuelvo, ha cumplido, allí sigue. Ayudando a las hormigas, entreteniéndome a mí y que sé yo lo que hará consigo. Veo en mis prismáticos lo mismo de ayer, pipas, valla y hormigas. Las recoge, las acorta el camino, les da comida... es su Dios para este verano. Y él parece disfrutar haciendo de Dios o de benefactor. Y pienso que si Dios disfruta ayudándonos, yo le doy pocas satisfacciones. O que pasa de mí.

Pasa el tiempo y llega la tarde, el muchacho se ha ido y yo he jurado... ¡Mañana bajare al hormiguero antes que él!

Me despierto antes de las doce. El gracioso despertador que imita a un gallo, se me hace insoportable. Y maldigo a los amigos que me lo regalaron. Desayuno levemente y me calzo mis muletas. El sol lleva dos horas calentando, así que bajo poco vestido. El prometido ascensor no existe y bajo con todo mi tiempo dos pisos de escaleras. Salgo a la calle por primera vez en dos semanas y cruzó hacia la orilla con toda la tranquilidad del mundo. Sin mirar si viene el coche al que le toca pasar esa hora.

Espero a mi desconocido amigo, Dios de las hormigas, en el banco cercano a la fila de trabajadoras. Estoy nervioso, y ni el calmoso río me tranquiliza. Deseo que sea él, el que hable y que no me toque ser anfitrión. Suyo es el hormiguero, él es el señor de la casa. Yo sólo quiero romper con mi monotonía.

Oigo un ruido a mis espaldas y centro mi atención en mis oídos. Aparece por mi lado derecho el muchacho, camino de su ejercito negro y diminuto.

- ¡Hola! me dice.

- ¡Hola! Qué hay... respondo.

Se acerca a sus hormigas y las observa desde arriba de la silla. No baja, sólo mira al suelo. Se gira varias veces sobre su silla y en los giros, me mira. Parece que le da vergüenza jugar con las hormigas delante de mí. Vacía la bolsa de cáscaras al borde la valla. Y hace el amago de irse y me veo obligado a detenerlo.

- ¡Un momento! medio grito.

- ¿Sí...? responde.

- Perdona, no te vayas... sé que vienes aquí por las hormigas. Vivo en aquella ventana le señalo con mi dedo y te he visto algún día. Disculpa si te incomodo en tu trabajo, ya me iba.

Me está mirando fijamente, escuchándome... no sé si con miedo, o con incredulidad. Pensará que soy un patético imbécil espía. Cojo mis muletas del suelo y me trato de incorporar a la calle.

- ¡Espera! No te vayas me dice en un tono agradable que me calma, mientras se acercan él y su silla.

- ¿Cómo te llamas? Nos presentamos de nombre, profesión y minusvalía. Y comenzamos una probable larga charla sobre hormigas y vida. Mi amigo tiene un nombre extraño, sacado por su padre al azar de la Biblia. El mío es el típico de la región. Tiene solamente unos meses más que yo... y su vida se me hace más extensa y emocionante que la mía vivida dos veces. Es empresario y tiene dos bares qué solo abre los fines de semana. Normal que tenga tanto tiempo para las hormigas... tuvo un accidente de moto que le obligó a la silla. También juega en un equipo de baloncesto en silla de ruedas, y ha sido internacional absoluto con la selección en varias ocasiones. Su físico de cerca es todavía más impresionante que el aumentado que veía con los prismáticos. Seguimos hablando y se pasan las horas, incluso la comida... para los dos. Cada vez le siento más cercano, más amigo... Pertenece a una organización de minusválidos, trabaja en sus ratos libres de voluntario. Sobretodo con los niños.

- Siempre hay alguien que necesita tu ayuda, estés como estés. dice. Lo aprendí en el hospital, cuando ya estaba muy recuperado. Acababa de llegar un muchacho que iba a quedar en silla, cómo yo. El pobre estaba hundido. Yo me sentí más fuerte que él... y me dejé llevar por esa fuerza que te obliga a dar cobijo.

Le apasiona la naturaleza, por eso viene a ver hormigas. Dice que la vida le da optimismo, y que no deja de alucinarse con ella. Me recuerda que encima de nosotros hay una gran bola de fuego que sustenta todo esto y me hace girarme trescientos sesenta y tres grados. Y que sólo por eso, no merece la pena quejarse un segundo por nada. ¡La vida es alucinante! Recalca.

Me está contagiando su optimismo, tanto que mi sobrepeso no consigue sujetarme en la tierra, me siento enérgico, me siento flotar...

De vez en cuando yo respondo, y cuento algo... pero todo me parece tan insulso y vulgar, que enseguida digo cualquier cosa para darlo cuerda. La verdad que a mi amigo le gusta hablar, y mucho. Pero es normal, supongo. Tiene tanta vida que le explota por la boca. ¡Estoy maravillado!

Yo me derrumbo y acabo contando mis penurias. Mi triste vida queda al descubierto y en esta carrera por ser feliz, tener dos piernas sanas parece que ayuda poco o nada. Aparte de hablar, sabe escuchar... y me deja que me desahogue del todo.

Ya tranquilos, nos despedimos, pues las obligaciones y el hambre nos llaman.

Y me juro, y esta vez de verdad. No volver a sentir lástima por nadie, ayudar porque sí y en cuanto salga el sol mañana, levantarme.

Necesito cerca gente mejor que yo...

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