Este texto fue presentado por Gerardo Echeita al primer Certamen “DIVULGA UAM”, promovido por la Unidad de Cultura Científica de la Universidad Autónoma de Madrid, habiendo sido reconocido como “finalista” por el jurado designado al efecto (Noviembre de 2009)

“QUIEN BIEN TE QUIERE, TE HARÁ LLORAR"

CARTA ABIERTA A QUIEN CORRESPONDA:

No ha sido un día fácil en el Instituto, aunque ¿cuándo lo ha sido en los últimos dos años? Estoy deseando que acabe, y a veces pienso que mi madre debería dejarme ir a ese colegio del que tanto habla pero al que se niega que vaya, aunque yo no entiendo muy bien las razones, porque desde pequeña me cuesta entender algunas cosas, pensar y recordar lo que a otros les resulta fácil, o al menos eso me parece a mí.

Pero lo que sí recuerdo muy bien fue cuando iba al colegio que había frente a mi casa en Catoria. Entonces no estaba tan sola como estoy ahora, que apenas cruzo palabra con mis compañeros - si puede llamárseles compañeros, pues algunos no me han dirigido ni un gesto de saludo desde que estoy aquí -. No se me olvida el cumpleaños de Xurso que se sentaba junto a mí en la clase de 5º, ni la excursión que hicimos con todo el cole a los Hórreos de Imo. Y cómo no recordar las clases de María en 3º: qué paciencia tenía con mis torpes cálculos y mis letras “que parecían de un ruso”, me decía porque no las entendía, pero siempre con una media sonrisa que no me hacia sentirme mal por ello. Hoy, sentada al fondo de la clase de Lengua, aburrida con esa ficha odiosa que ni entiendo ni me gusta, mientras la profe hablaba al resto del grupo de algo que llamaba sintagmas – y que, por supuesto, tampoco entiendo -, he pensado un rato en cuanto echo de menos a María y a algunas otras maestras de entonces, aunque también estaba el cascarrabias de Pedro al que más de una vez le oí murmurar con descaro aquello de, “no entiendo por qué esta niña está aquí y no en un cole para deficientes”. La verdad es que lo que menos me gustaba era el tono con el que lo decía, aunque el día que se lo conté a mi madre, leí en su rostro contraído que aquello debía de tener más alcance de lo que yo escasamente intuía.

La que verdaderamente me intriga es una de esas palabras que mi madre no se quita de la boca cuando la veo hablar con alguien de mí: “inclusión”. A mí me suena a estar dentro de algo o sentir que formas parte de un grupo o de una actividad, pues recuerdo muy bien un día que mi hermano Luis - que me saca dos años-, protestó gritando en una reunión familiar en la que se hablaba de cosas que él no conocía diciendo: “no me siento incluido, así que por favor explicarme de qué va la cosa”. Pero no creo que sea tan simple porque de serlo no le causaría tanta preocupación a mi madre, hasta el punto de que le oigo decir que va a llevar el asunto a un juez para que decida: para que decida ¿qué? Yo, como les cuento, no entiendo bien lo que está pasando, pero si sé que me gustaría aprender más cosas y más divertidas de las que ahora me mal enseñan en el insti, pero sobre todo, de verdad, ¡por encima de todo!, me gustaría tener más amigas y amigos. Cuado llega el recreo y veo los corros de chicos y chicas hablar, me muero de envidia y, en ocasiones, he apretado tanto los puños de rabia porque no me invitan a estar con ellos que hasta me he hecho un poco de sangre. Y cuando salgo del insti siempre me quedo la última porque no me gusta que, además, tenga que venir mi madre a buscarme y que los demás lo vean. Yo quiero irme sola a casa, como el resto – ¡ojalá pudiera irme con ellos charlando! –, pero reconozco que necesito alguna ayuda, porque por mi forma de andar puedo caerme y no quiero mentirles: de hecho ya me he caído varias veces y tengo algún chichón que me lo recuerda.

Me gustaría que Vds. me ayudaran a pensar, o mejor, que piensen Vds. y me ayuden a entender a mí y a otros las razones que explican este dilema pues, por una parte, le he oído muchas veces decir a mi madre - hablando de eso de la inclusión-, que “está en la ley”, que unos señores muy importantes de un sitio que se llama ONU han dicho que las chicas como yo tenemos derecho a estar incluidas en la escuela y, por otra parte, yo misma siento que algo no va bien, que no debe estar consiguiéndose eso que se pide porque, de ser así, todos estaríamos más contentos, empezando por los profes del insti, a quienes me da la impresión que mi presencia allí les incomoda.

Como paso mucho tiempo sola me gusta ver la tele. Últimamente veo que se habla mucho de un señor muy importante que se llama Obama y que dicen que es el presidente de los Estados Unidos de América, un sitio que yo no conozco pero que debe de ser muy importante. Yo me he fijado que es negro y entonces he recordado que mi madre me ha leído varias veces la historia de Tom Sawyer, esa de un chico travieso que se escapa de su casa y se encuentra con un esclavo, Jim, que también vivía en ese país y que era negro como el Sr Obama. Y por eso un día se me ocurrió preguntarle a mi madre cómo había conseguido un esclavo ser presidente. Me gustó la pregunta porque mi madre se rió mucho, pero también tuvo que ser una pregunta inteligente, pues me dio un abrazo y me dijo: “qué bien razonas Alejandra, me siento muy orgullosa de ti. Ese es el camino

También les confieso que a mí me gusta mucho oír la radio. Tengo una en mi cuarto y cuando algunas noches me despierto, la he puesto bajito para que no me oigan los que duermen y escucho un programa en el que la gente llama y cuenta historias que les han pasado, algunas tristes otras divertidas. Y escuchándolas me siento bien, porque me hacen creer que estamos juntos, charlando, comentando nuestras cosas como buenos amigos y ayudándonos, a veces con una sonrisa, otras con una palabra o con un beso y un abrazo. El otro día cuando estaba a punto de apagar la radio antes de dormir escuché un anuncio. Al principio no le presté mucha atención y no sabría decirles lo que vendían, pero se me quedaron grabadas las últimas palabras: “…tenemos que reinventar nuestra manera de ser y estar en el planeta….No va a ser fácil, pero ¿Acaso hay algo más apasionante que volver a imaginarlo todo?”. No sé si entiendo muy bien todo lo que quiere decir, pero sí tengo la certeza de que también a mí me gustaría reinventarlo todo, empezando por el insti en el que estoy y al que vengo con mis hermanos, pero en el que yo no me siento bien. Yo no sabría hacerlo sola, pero alguien habrá por ahí que tenga ganas de intentarlo. Seguro que mi madre es la primera en apuntarse al carro.

Me parece que les he dado demasiado el tostón con mi historia y con mi madre, pero ella es lo que más quiero en este mundo y me parece que, en esta historia, es quien más sufre. Yo no quisiera que fuera así, pero no se qué hacer para cambiarlo ni para explicárselo a otros que nos pudieran ayudar pues, como ya saben, no se me dan bien las palabras. Y no se dejen llevar por las apariencias. Esta carta es una excepción y aunque cuenta un trocito de mi vida y mi voz está en ella, para redactarla me he buscado a unas amigas de mi madre que saben poner todas las palabras seguidas y bonitas para que se entiendan. Yo las había contado cosas de mi vida cuando las conocí hace unos meses y después de eso un día me dijeron con entusiasmo que otros las tenían que conocer también, que de esa forma se removería su corazón y sus conciencias – algo que parece que está por la cabeza – y que por ello, el camino para reinventar el futuro y el presente de una escuela inclusiva sería más corto y más fácil. Como son amigas de mi madre yo les creí, porque pienso también que las mujeres entienden esta situación mejor que los hombres, pues ellas, en el pasado, han tenido historias de exclusión y de marginación parecidas a la mía, y como dicen que somos la mitad del mundo, pues igual es cierto y se puede hacer algo, pero no estoy segura de que me estén diciendo la verdad….aunque… ¿y si fuera cierto?

Dedicado a Alejandra Lobato Sumay y a su madre Mónica.

PD

Las personas con discapacidad tienen una larga historia de exclusión que sólo recientemente y de forma lenta y penosa empieza a revertirse. El proceso de su inclusión plena en la sociedad tiene que empezar en la educación escolar y así viene ocurriendo entre nosotros desde los últimos veinticinco años, aproximadamente, siendo en la actualidad un principio básico de la Ley Orgánica de Educación. Pero el anhelo de una educación que promueva la inclusión de todo el alumnado, sin discriminación por razón alguna, es un reto que difícilmente encaja en la estructura y la organización de la escuela tradicional, selectiva y homogeneizadora de la que se parte. Como consecuencia de ello, los procesos de integración escolar en centros ordinarios de muchos alumnos y alumnas vulnerables, en particular con discapacidad intelectual y sobre todo en la etapa de la educación secundaria obligatoria, están siendo muy insatisfactorios, generando una gran preocupación e incertidumbre entre las familias del alumnado que creyeron – y siguen creyendo - en ese principio y entre el alumnado mismo.

El difícil dilema que se suscita en el seno de la comunidad educativa es obvio: por un lado promover una educación inclusiva como medida consustancial con un derecho reconocido por la legislación nacional e internacional y por otro, sufrir cotidianamente las consecuencias de un sistema escolar mal preparado, aunque con notables excepciones, para hacer frente al objetivo de promover un aprendizaje de calidad y una participación satisfactoria de este alumnado en la vida escolar y cultural de sus respectivos centros. Estas tensiones y sufrimientos son vividos en primera persona por las familias, y muy en particular por las madres de los alumnos o alumnas afectadas, situaciones que muchas investigaciones están poniendo en evidencia. Entre ellas las que promueve el autor de este texto en colaboración con colegas y compañeras de la propia Universidad Autónoma de Madrid y de otras universidades nacionales y extranjeras.

Cambiar este panorama pasa, a juicio de muchos, por la necesidad de reinventar el sistema educativo e imaginarlo de nuevo, así como adoptar otras perspectivas respecto a la educación de los niños y niñas o de los jóvenes en edad escolar vulnerables a la exclusión y la marginación, para lo cual son necesarias estrategias que tienen mucho que aprender de otras luchas por la igualdad y la no discriminación, como son las protagonizadas por las mujeres o por la población afroamericana en EE.UU. Sin duda ese proceso de cambio y mejora - complejo, difícil y éticamente controvertido -, aún cuando se quisiera impulsar con determinación y medios, llevaría un tiempo en el que el dilema de las diferencias en la educación escolar seguiría estando presente con la carga de crudeza que hoy observamos con rabia contenida.

El texto presenta de forma narrada a modo de “carta abierta” una reconstrucción libre de una historia verídica protagonizada por la lucha de una madre, Dª Mónica Sumay, por el cumplimiento del derecho de su hija Alejandra a seguir escolarizada en el Instituto de Educación Secundaria en el que también se encuentran sus hermanos, y por su oposición a que sea trasladada a un Centro de Educación Especial, como han propuesto las autoridades educativas competentes en el asunto. Con este formato también se pretende amplificar la voz de quienes habitualmente no tiene la oportunidad de ser escuchados. El proceso mencionado está en litigio ante los tribunales pertinentes al momento procesal. La madre es consciente del sacrificio que esta decisión les comporta a ambas y no espera un milagro, a corto plazo, en términos de un cambio copernicano en la calidad de la educación que recibe Alejandra, pero parece que tiene muy claro aquello de que “la única fruta que no se recoge, es la que no se siembra”, sintiéndose suficientemente reforzada con la expectativa de que otras familias que vengan detrás puedan disfrutar de algo que ella está sembrado con esfuerzo y lágrimas.

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