Articulo publicado en
LA INSIGNIA

Nota del autor: El presente comentario fue escrito antes de leer el artículo de Chamizo Domínguez sobre eufemismos y disfemismos aparecido en el último número de Panace [pdf]. Tras leer a Chamizo, me permito felicitarlo por su trabajo y aportar a continuación como punto adicional de reflexión para los lectores el testimonio de mi guerra particular a los eufemismos en los ámbitos de proyección social de las enfermedades.

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Inútiles, impedidos, especiales y diferentes
por María Barbero

Me parece bien que haya eufemismos para que las damas bienhabladas puedan decir que van sueltas de vientre, en lugar de confesarle al especialista que cagan blando o que tienen diarrea, o que baste con hablar de gases para que el médico entienda que uno se tira pedos. Entiendo que haya personas que marquen negativamente el léxico que designa las más básicas necesidades fisiológicas y acepto que se sientan constreñidas a evitar esas palabras y a sustituirlas por otras más elevadas que, escondidas tras la asepsia de los términos no coloquiales, les suenan más aceptables y hasta les huelen mejor. Porque no cabe duda de que los excrementos huelen mejor que la mierda, y las heces prácticamente no huelen nada. E indudablemente es mucho más limpio el que deja escapar ventosidades que el pedorro, como son mucho más nobles las actividades que uno realiza cuando va al baño o al aseo que cuando va al wáter.

Es decir: entiendo el uso lingüístico y social de los eufemismos, y acepto la necesidad de ese uso en sustitución de palabras tabuadas que conllevan una excesiva carga negativa, ya sea por lo familiar, por lo despectivo o por lo soez. Pero desapruebo y rechazo el empleo de eufemismos para designar a grupos sociales de discapacitados o de enfermos, así como a toda la nomenclatura relacionada con estos grupos.

Soy de una región en la que los que no ven se llamaban ciegos, los que no oyen se llamaban sordos y los que no pueden andar se llamaban paralíticos (y hablo en imperfecto porque, debido precisamente al uso de eufemismos, las cosas también han cambiado allí). Las personas con una inteligencia manifiestamente inferior a lo que se considera media normal se llamaban subnormales (los había profundos o «sólo un poco»). Y los que se sitúan intelectualmente en el límite de lo considerado inteligencia normal, eran retrasados (poco o mucho) o borderos. En plan más desapasionado, también se los llamaba deficientes. Igualmente se usaban diminutivos que intentaban paliar la crudeza de lo que para el hablante representaban: retrasaditos o borderitos eran términos ñoños a los que se puede sumar por pleno derecho el Mongolinchen (mongoliquito) de las abuelas alemanas.

Cuando alguien tenía un defecto físico (congénito o adquirido) que mermaba considerablemente su autonomía y que era visible, se llamaba minusválido. Y no porque valiera menos (aclaro esto ya que ahora parece que el que más y el que menos desprecia el término porque ha asimilado mucha etimología de garrafón), sino porque podía hacer menos cosas que la media de la población o porque tenía limitaciones debidas a su defecto físico.

Vaya por delante que no quiero sancionar el uso de antaño y que ya sé que todo pasa de moda. Lo que pretendo es invitar a la reflexión sobre los usos actuales y preguntar si acaso son más claros, más científicos o más respetuosos con la persona (en cursiva esto porque es lo que aducen algunos de sus defensores). Yo opino que son semánticamente más oscuros, más imprecisos científicamente y más, mucho más, superferolíticos y discriminantes, aunque nos los quieran vender como tremendamente equitativos y actuales.

Mi primer encontronazo con la terminología eufemística de las discapacidades lo tuve en Francia durante la visita a una residencia de minusválidos. La intérprete que teníamos, una joven enfermera que sabía español y se ofreció a hacernos de guía por las instalaciones, nos informó llena de orgullo de que «los handicapados cultivan sus propias ensaladas [sic] en el huerto». Obviamente, no le di mayor importancia a la traducción jocosofestiva, pero varios meses después me encontré con que en algunos artículos periodísticos aparecía tímidamente la expresión «personas con (un) handicap » para referirse a los otrora minusválidos. Pero también para los retrasados, porque al parecer el handicap vale para cualquier cosa, física o psíquica, que se salga de nuestra corpórea normalidad.

En algún momento me di cuenta de que el término minusválido ya no era bien acogido. Y curiosamente me pareció percibir que sus principales detractores no eran los minusválidos, sino los formuladores de leyes, los políticos y los informadores. Tengo la impresión de que los miembros de los colectivos nos enteramos de que se llamaba discapacitados a nuestros seres queridos sólo después de que, por traducción y asimilación de la mentalidad anglogermánica (bastante pudorosa con la mención expresa de deformidades físicas y minusvalías por razones que merecerían artículo aparte), se decidiera adoptar el disabled de la parla inglesa.

La cosa no acabó ahí. Aunque aún estoy esperando a que algún valiente traductor se atreva a verter en español aquello del other-abled (porque, según dicen en ciertos foros anglófonos, nosotros no somos dis - nada; tenemos otras habilidades, así que somos *otrocapaces), me tengo que rendir a la evidencia de que hay médicos y trabajadores sociales que insisten en decirnos que eso a lo que nos enfrentamos a diario no son enfermedades, sino condiciones ( conditions , of course), mientras que los enfermos crónicos han dejado de ser enfermos y pacientes para ascender en la escala de la pseudoconsideración eufemística con los rimbombantes y esotéricos títulos de afectados o portadores.

«Portadores de discapacidad» es una expresión que, sospecho, ha entrado a través del portugués (hubo no hace mucho en Brasil una joven política que fue asesinada en su silla de ruedas y en todas partes se hizo tanta mención a la dichosa silla que llegué a preguntarme si habría sido tan importante que la hubieran acribillado de haber estado sentada en el sofá de su casa).

El término me parece simplemente ridículo (no me imagino a nadie portando una discapacidad, ni siquiera llevándola, como no me imagino a nadie portando una peritonitis o una hernia discal), pero proporciona a los defensores de la expresión el necesario alejamiento de la enfermedad-condición-alteración del orden natural de las cosas: la discapacidad, cuya mención al parecer resulta tan desagradable, ya no se tiene, ya no forma parte del individuo. Se porta, como se lleva una bandeja de helados o una bolsa de El Corte Inglés. Cuando el legislador usa esa palabra parece creer que le ha hecho una gran concesión al otrora discapacitado y exminusválido: ya no es un inútil, un impedido, un inválido (términos todos ellos despreciables por lo que implican para quien contempla las discapacidades con aversión y reserva). Ahora lo ha elevado al nivel de portador (no porteador , por suerte), como si la discapacidad no fuera parte de la persona y como si fuera opcional su uso y disfrute. ¿Reminiscencias del católico «Cada cual que cargue con su cruz»? Tal vez. En cualquier caso, es un intento de encubrir lo que significa tener una minusvalía, de minimizar y traducir a un lenguaje politiqués e ininteligible el «minusválido» de antaño.

Hace un par de años, los hospitales ortopédicos Shriners cambiaron su nombre. Se habían llamado hasta entonces Shriners Hospitals for Crippled Children. Es fácil adivinar qué palabra dejaron caer de esa denominación. La mención a los tullidos desapareció, ante el aplauso de numerosos padres de jóvenes pacientes de aquellos centros que consideran vejatorio, por presiones sociales, el que se califique a sus hijos de deformes, tullidos o discapacitados. Cuando uno entra a cualquiera de estos magníficos hospitales (no puedo desaprovechar la oportunidad de mencionar las excelencias de su personal ortopédico y la importancia de la labor social e investigadora que realizan) sigue viendo a niños con las más diversas minusvalías físicas, entre las que se incluyen amputaciones congénitas, osteopatías y displasias óseas de todo tipo, pero los hospitales se llaman ahora, simple, lacónica, vaga e inconcretamente, Hospitales para Niños.

El prurito de evitar la supuesta malsonancia de la nomenclatura relacionada con las discapacidades está causando un auténtico fenómeno de desplazamiento de significado. Mientras muchas enfermedades congénitas han pasado a llamarse desórdenes o condiciones, los enfermos ya no son enfermos, sino afectados (a veces observo incluso el paso de pacientes a clientes en la relación con el médico; cambio que, per se, no me parece mal, siempre que no se haga para evitar a toda costa imaginarias connotaciones negativas de «paciente» o «enfermo»). Además, los defectos físicos se han convertido en particularidades, y al afinar en dirección positivo, como para prevenir cualquier acusación de falta de optimismo, los niños con minusvalías físicas o con retraso mental ahora son especiales o diferentes.

Un aspecto para mí fundamental que convierte en rechazable toda esta tendencia eufemística, es la enorme ambigüedad que se desliza de esta nomenclatura. En el empeño por «normalizar», por no ofender, por no usar palabras que, en su mayor parte, sólo tienen el significado despectivo que quieran ver sus prejuiciados usuarios, se sacrifica la claridad de la expresión y en última instancia se juega a meter en un baúl a personas con necesidades muy diferentes que no reciben la atención especial que necesitan precisamente por falta de dedicación, de concreción y por el desconocimiento que el eufemismo ha extendido sobre ellas. Ahora el legislador habla de niños con necesidades especiales. Y con esa denominación designa tanto a un niño disléxico como a uno con una deficiencia sensorial grave, al que es más listo que el hambre pero está en silla de ruedas y al hijo de emigrantes que no sabe aún el idioma.

Considero que el primer paso para hacer frente honradamente a las necesidades de cada uno de ellos es aprender a llamar por su nombre a sus necesidades y a sus discapacidades, con claridad, con rigor científico y sin falso pudor.

Insisto en que no hay nada denigrante ni oprobioso en llamar paralítico al que no puede andar, ni ciego al que no puede ver. Hace tiempo me decía el padre de una niña sordociega que discapacitada sensorial es ambiguo y discapacitada visual y auditiva es muy largo (amén de inconcreto, añado yo; porque cualquiera que tenga quince dioptrías en ambos ojos también es discapacitado visual, y cualquiera cuya audición esté limitada al treinta por ciento también es discapacitado auditivo, pero las necesidades de ambos serán diferentes de las de un ciego o un sordo). Prefiero que al mío lo llamen minusválido o discapacitado; prefiero que se diga que tiene una enfermedad crónica congénita; cuando oigo que lo meten en el saco de «especiales» o «diferentes» me da la risa. Y es que cualquier padre con dominio mínimo del idioma sabe que todos sus hijos son especiales y diferentes.

Los defensores de estos eufemismos claman que, a pesar de su falta de rigor, las expresiones resultan más humanas , más respetuosas . Yo considero que sólo son prueba del pudor prejuiciado y de la vergüenza ajena de quien las emplea, que al parecer considera que ser minusválido es algo tan feo y poco apto para conversaciones de salón como eructar o tirarse pedos.

Rindámonos a la evidencia: decir «Tío, pareces mongólico» es ofensivo. Pero también lo es decir «Parecés Down, che» (ejemplo oído a una amiga uruguaya). Creer que un discapacitado es un pobre desgraciado, o que una persona con una deficiencia psíquica es un ciudadano de segunda clase también lo es. Pero esa forma de pensar no se arregla cambiando nombres. Los eufemismos no van a ayudarnos a derribar barreras ni a promover la mejor inserción social de los discapacitados.

Mientras que en nuestros países haya gente que afirme «Yo aparco mi coche en el parkin reservado a discapacitados porque me sale de los cojones» (simpático comentario escuchado en cierta ocasión cuando afeé su conducta a dos jóvenes incorrectamente aparcados), mientras la falta de civismo impida que muchas personas ciegas o en silla de ruedas puedan desplazarse libre y cómodamente por nuestras ciudades, mientras a la gente le dé «pena» mirar a la cara a un niño con síndrome de Down o con cualquier minusvalía evidente, mientras que el personal médico ofrezca a los discapacitados un trato excesivamente paternalista y se siga refiriendo a sus enfermedades con eufemismos minimizantes, mientras que los padres de niños discapacitados tengan que pedir como favor que se acepte a sus hijos en los colegios y que se cubran sus necesidades básicas, mientras que los discapacitados sigan a la cola en la inserción laboral por la asunción generalizada en nuestra sociedad de que un discapacitado, por no valer, no vale ni para trabajar, el respeto al colectivo de discapacitados seguirá brillando por su ausencia. Por muchos nombres bonitos, eufemísticos y pseudorrespetuosos que se inventen para ellos los políticos o los traductores.

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