Artículo que nos envía para su publicación Manuel Martínez Fernández, residente en Sabadell y está moderádamente afectado por secuelas de una parálisis cerebral y es licenciado en derecho ejerciendo como asesor en temas de derechos humanos.

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Autor: Manuel Martínez Fernández

Manuel Martínez Fernández
Manuel Martínez Fernández

En la vida nadie quiere pasarlo mal, todos intentamos evitar riesgos y estar lo más cómodos posible. Esto es algo comprensible y natural pero, en mi opinión, la comodidad excesiva no es buena compañera y al final puede convertirse en un camino al aislamiento que conduce al aumento de las limitaciones y a una dependencia total.

Cuando uno tiene dificultades para hablar y andar, a causa de una parálisis cerebral infantil, el simple hecho de pedir información cuando vas por la calle se convierte en misión imposible y frustrante, pues la gente de a pie no suele entenderte y por ello muchas veces ya lo evitas casi instintivamente, hasta que llega un día en que, como me paso a mi, paseando por Barcelona necesitaba saber como llegar a una calle en concreto y decidí lanzarme a preguntar. Me dirigí a dos mujeres mayores sentadas en un banco pero efectivamente las señoras no entendían el idioma pc (paralítico cerebral), también pregunte a una chica joven que estaba al lado pero sólo acertaba a mirar para otro lado como si nada de aquello fuera con ella, lo cual, ya me molesto mas. Ante esta situación yo estaba a punto de irme cuando vi que la chica se disponía a abrir una tienda, entonces me di cuenta de que no era ninguna adolescente insegura y por eso decidí que era el momento de desempolvar mi tablero de letras y forzar un poquito la situación para dar un pasito mas y conseguir ser tratado igual que cualquier otra persona. La tienda tenía un escalón, por lo cual, aparque mi silla en la puerta, cogí mi tablero y entré andando hasta el mostrador. Según avanzaba la dependienta no sabía muy bien donde meterse y con cara desencajada me decía, pero que pasa, parecía asustada pero a mí eso poco me importo. Al llegar al mostrador puse mi tablero encima y señale la frase "como puedo llegar a", y luego señale las letras del nombre de la calle que buscaba. Desde entonces la chica ya pudo tomar aire e indicarme con total normalidad. Objetivo cumplido, me despedí de ella y Salí de la tienda, más ancho y satisfecho que nunca.

De aquella experiencia aprendí varias cosas, la primera es que indiscutiblemente el tablero de letras es una herramienta casera que funciona de maravilla. Sobre todo si colocas las letras en la misma distribución que un teclado de ordenador, ya que si están en orden alfabético nunca encuentras la letra que buscas. También deduje que para otra vez será mejor entrar directamente en una tienda o un bar donde los empleados ya están predispuestos a escuchar y atender al cliente al margen de su forma de hablar. Y por último, imagino que la dependienta sacaría sus propias conclusiones sobre su comportamiento en aquella situación.

Considero que si la persona renuncia a intentar hacer algo, quizás nunca sufra la decepción por no haberlo conseguido, pero el hecho de no intentarlo será como autocensurarse y aumentarse las limitaciones y las dudas sobre si hubiera conseguido o no su fin. Por lo tanto, creo que la única y mejor alternativa para evolucionar y avanzar en la vida pasa por asumir retos y lanzarse al mundo haciendo aquello que nos interese aunque no sepamos cual será el resultado último.

Mi experiencia me dice que si luchamos y perseguimos aquello que deseamos, en la mayoría de las ocasiones lo conseguiremos, y si no es así, entonces el fracaso no será tal pues siempre nos dará la capacidad necesaria para sacar una lectura positiva e identificar donde está el límite y cuál sería la ayuda necesaria para superarlo, en este caso basta con un simple tablero de letras hecho con el ordenador. De lo contrario, si me hubiera ido no hubiera conseguido hacerme entender ni llegar a donde yo quería. No hubiera roto la barrera de comunicación, la cual, seguiría ahí esperándome para la próxima ocasión.

Todo es una cuestión mental y de actitud, fijarse un objetivo y al final encontrar el modo, la información, el apoyo y la vía adecuada para conseguirlo aunque no sea de la forma más común. El hecho de ver que otras personas usan la comunicación alternativa me hizo pensar que también sería una buena solución para mí en casos como el de aquella tarde, y efectivamente así fue.

Pude comprobar una vez más que es mejor no sacar conclusiones previas ni pesimistas, y que lo único que puede paralizar a una persona son sus propios miedos al fracaso. Francamente creo que no hay límites, sólo hay retos y oportunidades para superarse progresivamente, pero depende de la persona el querer asumirlos o no. Para mi la parálisis cerebral ya no es excusa de nada en absoluto.

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