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BARRERAS MENTALES Autor: Francisco J. Sardón Peláez |
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Francisco J. Sardón Peláez, es Presidente Aspaym Castilla y León
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Dña. Carmen, una paciente que acude al Centro de Rehabilitación de Aspaym CyL, padece una grave discapacidad física que sólo la permite poder desplazarse por la ciudad con una silla de ruedas eléctrica. Hace unos días me comentaba que paseando con su marido por una acera del Camino Viejo de Simancas había volcado con la silla al intentar subir el rebaje de un bordillo que tiene una excesiva inclinación. Me narró lo acontecido en un tono anecdótico, incluso con una sonrisa, sin querer darle mayor importancia, sin querer molestar. Su marido y ella llevan muchos años sorteando barreras, forman parte de su día a día y ni siquiera se plantean que algún día pudieran dejar de existir. A Julio, un muchacho que lleva ocho años acudiendo a Aspaym le conocimos en un momento de su enfermedad que aún le permitía caminar. Hace ya unos meses, la distrofia muscular progresiva que padece apenas le permite dar algunos pasos y sus padres decidieron comprarle una silla eléctrica para que no dependiera tanto de ellos. Julio parecía feliz, iba a poder desplazarse sólo, de su casa, en la calle Doctor Villacián al colegio Condesa Eylo. A las pocas semanas, su padre, indignado, me explicaba que las dificultades que tenía Julio para poder desplazarse con la silla, incluso lo peligroso que era abordar ciertos rebajes de bordillo por que en muchos de ellos corría el riesgo de caerse. Me comentaba también, que no podían dejar a Julio que fuera sólo al colegio “a pesar de que está en una edad en la que quiere hacer todo lo que pueda por sus propios medios”. Julio sigue feliz, al menos eso nos parece, es un muchacho lleno de ilusiones aunque comienza a no entender ciertas situaciones y pronto comenzará a no compartirlas. Juan Carlos tiene una amiga con la que comparte la afición de viajar. No pretende ir a París ni a Nueva York, su situación económica, al menos al día de hoy, no se lo permite. A los veinte años a Juan Carlos le diagnosticaron una esclerosis múltiple que poco a poco le impidió desplazarse sin la ayuda permanente de una silla de ruedas. Han pasado muchos años y su afición por viajar permanece intacta. Emplear los fines de semana con su amiga en conocer la provincia de León es de las pocas cosas que le permiten seguir aferrándose a la vida. No siempre puede conducir su coche, debido a que padece brotes de su enfermedad que acentúan su falta de movilidad. Pero Juan Carlos no se deja intimidar tan fácilmente y decidió viajar en tren desde Astorga, la localidad donde reside, hasta León a pasar el día. Pero en la estación de Astorga el andén no está al nivel del tren, ni cuentan con una plataforma para poder acceder al tren, ni el tren que realiza ese trayecto cuenta con un espacio suficiente en su interior para poder viajar con su silla de ruedas con un mínimo de seguridad, y lo que es más preocupante, los responsables de RENFE de esa estación no tienen una voluntad clara de resolver este problema. Juan Carlos y su amiga aprendieron hace tiempo que resignarse es ir dejándose atrapar por la pasividad y la desidia que caracteriza la insolidaridad del ser humano y, de momento, la mansedumbre no les alcanza. Hace algunos días estuve con Santos y con Susana, ambos con graves problemas físicos, dando una vuelta por la urbanización de La Vega que pertenece al municipio vallisoletano de Arroyo de la Encomienda. Me habían comentado por teléfono que estaban urbanizando todas las calles y que no estaban haciendo rebajes en muchas aceras. Junto con ellos pude observar camiones, grúas y numerosos trabajadores de la construcción bregando, colocando baldosas y perfilando las aceras. En muchas de ellas no estaban dejando los rebajes reglamentarios que permiten a muchos ciudadanos con problemas de movilidad desplazarse con cierta autonomía y facilidad. Atónitos, nos preguntábamos cómo era posible que en plena fase de obra, cuando los costes son mínimos o incluso no son costes, las más elementales normas de accesibilidad se incumplían con total impunidad. Nos surgieron algunas respuestas y una conclusión. Las barreras físicas existentes en la actualidad, que imposibilitan a muchas personas discapacitadas con graves problemas de movilidad desarrollar acciones tan elementales como pasear, viajar o utilizar el transporte público para ir al trabajo o para ir al colegio, son barreras que podrían desaparecer con facilidad si antes fuéramos capaces de echar abajo esas otras barreras invisibles que anidan perennemente en el interior de muchas personas, que aún teniendo la oportunidad, la posibilidad, la obligación y la responsabilidad de derribarlas y, con ello, trasformar la realidad, permanecen impertérritos. Me refiero a las barreras mentales, esas barreras que vedan a las personas ser tolerantes. Si leyendo algunas de las situaciones que he descrito, que no son más que una pequeña muestra de las numerosas circunstancias degradantes con las que tiene que vivir una persona con problemas de movilidad, han tenido algún sentimiento de pena o lástima, no se culpen ni se atormenten, pero no lo duden tampoco, sientan pena y lástima, también, por aquellas personas que se les paga para tomar decisiones que nos atañan a todos y lo hacen condicionados por sus propias barreras mentales que no pueden derribar. |
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