Melania Moscoso es doctora en Ciencias Políticas y Sociología. Actualmente trabaja como investigadora en el Consejo Superior de investigaciones Científicas (CSIC)

El artículo aquí reproducido fue publicado en el núm. 17 de la Revista "CON LA A"

EL PATRIARCADO POR OTRO NOMBRE: EL DISCURSO FEMINISTA Y LAS MUJERES CON DISCAPACIDAD

Desde el colectivo de personas con discapacidad se ha insistido con razón en que la discapacidad es la gran ausente en los discursos feministas.

Melania MoscosoEn fechas recientes, el Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, ha anunciado la supresión de la ampliación del plazo hasta las veintidós semanas de gestación para el aborto en el supuesto de malformaciones del feto. Tal medida ha sido saludada por el CERMI como un progreso, mientras ha recibido el rechazo unánime de todos los colectivos feministas.

Según datos del INE, el 60% de las personas con discapacidad en España son mujeres y se calcula que algo más del 10% de las mujeres en España tienen alguna discapacidad. Tan significativo resulta que un ministro pueda apelar a los derechos de un colectivo minorizado, compuesto en su mayoría por mujeres, para dar marcha atrás a una de las conquistas históricas del feminismo como que el máximo órgano de representación de las personas con discapacidad en España salude esta medida como un progreso.

Desde el colectivo de personas con discapacidad se ha insistido, con razón, en que la discapacidad es la gran ausente en los discursos feministas. El activismo prodiscapacidad, representado entre nosotros por Soledad Arnau y Javier Romañach, señala, con acierto, que el feminismo sólo representa a las mujeres jóvenes y capaces, y este colectivo ha asumido la tarea imprescindible de visibilizar las múltiples opresiones a las que se enfrentan las mujeres discapacitadas.

Se ha convertido en un lugar común hablar de "doble discriminación" para referirse a las dificultades para acceder a una educación de calidad, al empleo, a la vida independiente y la planificación familiar entre otras muchas situaciones de desventaja que aquejan a las mujeres con discapacidad. Que las mujeres con discapacidad soportan una discriminación mayor y más intensa, que las mujeres sin discapacidad y que los hombres con discapacidad, es algo que puede constatarse a través de los datos de la última encuesta del Instituto Nacional de Estadística. La acción sinérgica de género y discapacidad produce mayores cotas de discriminación y hace que hablar de discriminación doble tenga sentido. No obstante, también induce a pensar que las situaciones de desventaja que padecen las mujeres con discapacidades son el resultado meramente aditivo de la opresión por género y por discapacidad. Junto a la superposición de género y discapacidad, concurren otras formas de sujeción que apuntan a una experiencia o vivencia diferencial del patriarcado . Precisamente es sobre esta otra forma, cualitativamente distinta y que ocurre en paralelo, de violencia de género sobre la que quisiera llamar la atención.

Las mujeres con discapacidad rara vez acceden al espacio social en su condición de tales. Las dificultades de estas mujeres para acceder a los roles femeninos tradicionales como madre o esposa impiden que puedan beneficiarse de las reivindicaciones feministas que, como la conciliación entre la vida laboral y personal, el reparto equitativo de tareas domésticas y la corresponsabilidad en el cuidado de los hijos e hijas, presuponen opciones vitales que muchas veces y por diversas razones están fuera del alcance de las mujeres con discapacidad. Esto explicaría, junto con las propias barreras arquitectónicas y actitudinales de la propia militancia feminista, la escasa implicación de las mujeres con discapacidad en los movimientos feministas.

El movimiento feminista, en su inicio representado por mujeres blancas de clase media o alta, ha entablado un diálogo más fluido con otros colectivos, como el de las mujeres migrantes y las reclusas penitenciarias, y ha sido más sensible a sus reivindicaciones. Y es que buena parte de la vivencia cualitativamente distinta del patriarcado que tienen las mujeres con discapacidad procede, justamente de que no son siempre reconocidas en su condición de mujeres. El hecho de convivir con la familia de origen o en instituciones hace que la violencia y la exclusión, a la que se ven sometidas estas mujeres, no sea percibida desde la perspectiva de género.

Además, las mujeres discapacitadas tienen dificultades a la hora de acceder a opciones vitales como la sexualidad activa, la vida en pareja y la maternidad que las haga reconocibles como "mujeres" para el colectivo feminista. Por paradójico que parezca, son las dificultades de estas mujeres para padecer situaciones como la desigualdad en el reparto de tareas domésticas las que hacen que "no cuenten" para el colectivo feminista. La sobreprotección y la tendencia a convertir las equivocaciones, inevitables en todo aprendizaje vital, en manifestaciones de una patología o de una incapacidad para hacerse cargo de sus propias vidas hace que las mujeres con discapacidad no se encuentren en las mismas situaciones vitales que el feminismo ha enseñado a ver como opresivas. En otras ocasiones son los estereotipos de la mujer sexualmente deseable los que impiden reconocer las agresiones sexuales en las mujeres con discapacidad, como ocurre con la violencia perpetrada por cuidadores.

Bien por sus dependencias internas con el discurso del individualismo ilustrado o por hipostatizar un concepto de mujer anclado en nociones de juventud, capacidad de cuidado y en los estereotipos normativos de deseabilidad sexual, el discurso feminista carece de instrumentos conceptuales para dar cuenta de la peculiar situación vital de la mujer con discapacidad; al convertir en hegemónicas las formas de opresión que aquejan a mujeres jóvenes y sin discapacidad ha contribuido a invisibilizar las situaciones de violencia de género que se producen en entornos institucionalizados y aquellas otras en las que las situaciones de dependencia impiden denunciar al agresor o miembro de la familia con el que se convive. La posibilidad de ser víctima de agresiones sexuales se multiplica por seis en el caso de las mujeres con discapacidad. En el caso de las mujeres con trastornos generalizados del desarrollo, la esterilización encubierta y la administración de medicación psiquiátrica impiden que las consecuencias más evidentes del abuso salgan a la luz. Las mujeres con discapacidades físicas, por el contrario, tienen dificultades para hacer valer la naturaleza "no voluntaria" de la situación, a menudo vista como un agasajo por parte del agresor. En uno y otro caso, el estereotipo de mujer sobre el que el discurso feminista ha construido su sujeto político impide reconocer la naturaleza específicamente patriarcal de estas violencias.

La desigualdad de género, tal como es padecida por las mujeres con discapacidad, es aquella que no es reconocida como tal, porque no accedemos a los espacios sociales en los que nuestra condición de mujeres puede ser vista como una desventaja con respecto a los hombres. La mujer con discapacidad es el territorio liberado del machismo, allí donde muestra su rostro más oscuro sin que se lo reconozca por su nombre.

La mujer con discapacidad no accede al espacio social en condición de tal, por lo cual no puede reclamar para sí la protección contra las mismas violencias y discriminaciones que el resto de las mujeres y, al propio tiempo, no se reconoce la naturaleza específicamente patriarcal de las opresiones que padece la mujer con discapacidad, debido en parte a que el discurso feminista se ha apropiado, de forma acrítica e inconsciente, de la imagen de la mujer que el patriarcado ha creado. No es sorprendente que, con respecto a las declaraciones del ministro Gallardón, CERMI y feministas mantengan posturas enfrentadas. Este divorcio con el movimiento feminista tradicional hace que la causa de la discapacidad sea presa fácil de capitalizaciones por parte de políticas conservadoras.

Y en este contexto, las recientes declaraciones del Ministro de Justicia, sobre la eliminación del supuesto de despenalización del aborto, son una instrumentalización obscena de las reivindicaciones de un colectivo minorizado para poner en práctica la desarticulación de los derechos de las mujeres.

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