LOGO   ENGAÑO Y DISCRIMINACIÓN A DISCAPACITADOS
Por López Mendiburu de Pamplona
   
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Fredi López Mendiburu
nos envía su protesta por su experiencia en unos días que ha pasado en la costa asturiana.

Que la vida a veces se nos hace dura es una cosa que todos podemos entender fácilmente. Pero hay situaciones en las que se complica por encima de lo esperado. Quedarte parapléjico es una de ellas.

Sin embargo, hoy en día, la sociedad cada vez nos apoya más a los discapacitados, ayudándonos a disfrutar de un montón de actividades. Y eso se agradece muchísimo.

Lo que no pienso que debemos admitir es una negligente gestión de esa ayuda. Como, por ejemplo, la situación con la que nos topamos hace poco.

Nos fuimos a Asturias porque son una tierra y unas gentes que siempre nos han encantado. Nos disponíamos a dar una vuelta por los Picos de Europa y a disfrutar de alguna de las maravillosas playas de la costa más oriental.

Los que nos desplazamos mediante silla de ruedas, para poder disfrutar en una playa, además de que nos resulte accesible, es prácticamente necesario que utilicemos alguna de las llamadas “sillas anfibias” que suelen tener los puestos de socorrismo de la Cruz Roja. Gracias a esas sillas nos podemos desplazar por la arena e incluso adentrarnos en el mar.

De cara a los días que íbamos a estar, busqué información acerca de qué playas de la zona disponían de ese servicio. En la página web de disc@pnet (fundación ONCE), basada en la página web del Gobierno del Principado de Asturias, indicaban la disponibilidad de sillas en la práctica totalidad de las playas entre Ribadedeva y Llanes. Al menos 7. Muy contentos nos fuimos a esa zona para desembocar poco a poco en un mar de sorpresas desagradables.

Cuando conseguimos hablar con un voluntario de la Cruz Roja, en la playa de La Franca, nos enteramos que esa información era completamente errónea y que tan solo la playa de Toró, en Llanes, tenía una silla anfibia.  Tras pensar que a Asturias le falta evolucionar más en estos temas, nos desplazamos, con el consiguiente retraso, a dicha playa.

Al llegar nos dirigimos al puesto de socorrismo donde nos dijeron que ya era tarde y que la playa estaba demasiado concurrida para poder utilizar las silla anfibia (que ocupa más o menos la misma superficie que una toalla y cuyo desplazamiento la gente siempre lo facilita, en el caso de que sea necesario).

Perplejos preguntamos el porqué y la respuesta fue sencilla: normas. Discriminado por las normas. Los voluntarios nos decían que fuéramos cuando hubiera poca gente. ¡Claro! En diciembre o enero seguro que no molestamos a nadie. O cuando llueva… ¿Es que no somos una imagen turísticamente conveniente?

Al día siguiente sí que pudimos montarnos en la silla y bajar a la arena, aunque no nos bañamos porque el ambiente estaba fresco y no tentaba. Para bañarme, las normas indicaban que el chaleco salvavidas era obligatorio. Otra discriminación. Hemos estado en muchas playas con sillas anfibias donde los socorristas te preguntan y te prestan atención, pero no te exigen que nades con un chaleco. Hay parapléjicos que podemos nadar tranquilamente sin flotadores.

Discriminado en el uso de la silla y engañado en cuanto a las playas que disponen de ellas, la estancia se nos enturbió. Da la impresión de que a las administraciones les falta, a veces, sensibilizarse y poner más medios, que no tienen porqué ser demasiado costosos, al servicio de los discapacitados.

 
 
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