El autor del artículo que presentamos es Santiago Salgado Balbellido, Director de Polibea Turismo.

Fue publicado en el boletín número 49 de Poibea Turismo

HABILITEMOS LAS CONEXIONES

Cuando nos planteamos la accesibilidad, antes de preguntarnos qué hay que hacer, cómo, cuándo, dónde o cuánto nos va a costar, habría que preguntarse por qué hay que hacerlo.

En torno a la discapacidad existe mucho desconocimiento y se aborda de forma errónea por políticos, profesionales y técnicos: personas suficientemente formadas y con la obligación política y social de hacer las cosas de forma adecuada. Aún siguen siendo grandes las reticencias que mucha gente tiene a aceptar una completa integración: personas que pondrían el grito en el cielo si no se admite, por ejemplo, a un inmigrante en un hotel o un museo, aceptan con naturalidad la existencia de escaleras y dificultades de acceso en estos mismos lugares.

Existe la idea absurda, pero extendida, de que la persona con discapacidad no desea o no puede disfrutar de la cultura, el ocio o el turismo. No hay ninguna diferencia en estar sentados o de pie para disfrutar de un monumento o un paisaje. También se piensa que un ciego no va a desear viajar, porque no puede ver los lugares visitados, limitando a un sólo sentido la experiencia integral que supone el viaje. Por supuesto, el viaje será un fracaso si no se proporcionan las condiciones adecuadas en materia de accesibilidad.

Podríamos decir que una persona que va con muletas es una persona que camina despacio y todo el mundo sabe lo que es eso: que una persona en silla de ruedas es una persona que está sentada y todos sabemos atender a una persona que está sentada. Si se cierran los ojos se puede comprender la situación en la que se encuentra una persona ciega y con tapones en los oídos se pueden conocer los problemas que puede tener una persona sorda, etc. Así de fácil es. Simplemente hay que ponerse en su lugar y proceder en consecuencia.

Cuando nos planteamos la accesibilidad, antes de preguntarnos qué hay que hacer, cómo, cuándo, dónde o cuánto nos va a costar, habría que preguntarse por qué hay que hacerlo. Porque la respuesta a esa pregunta es la que nos va a permitir acertar o fracasar, porque en este caso no se trata tanto de aprender a hacer las cosas de una manera determinada, sino de comprender por qué hay que hacerlas. Lo contrario, aprender sin haber comprendido, es imposible, y por eso existen tantos errores en los intentos de eliminación de barreras, donde se llega en ocasiones a la desesperante situación de que la intervención a favor de la accesibilidad es la que incorpora la barrera.

Hoy tenemos leyes que nos orientan y obligan a incorporar la accesibilidad, tenemos una cultura de la integración, hay suficientes experiencias de buenas realizaciones, existen tecnología y recursos técnicos suficientes para proporcionar la solución más indicada en cada caso, se conceden ayudas y subvenciones para eliminar barreras, existen libros, estudios, profesionales a los que consultar y de los que aprender, pero aún estamos lejos de tener unas condiciones de accesibilidad correctas. Urge comprender para incorporar la accesibilidad; no como algo impuesto, desconocido o excepcional, sino como una acción natural que trascienda, como toda obra debe hacer, pero que a la vez incluya a todos los ciudadanos, fin último de cualquier realización humana.

La persona con discapacidad, con su esfuerzo personal y con el importante desarrollo técnico, está superando determinadas barreras que encuentra en la movilidad y la comunicación: ya se puede mover autónomamente en una silla de ruedas con motor, es decir, ha vencido su discapacidad para desplazarse por sí mismo. Ahora son los jardines, los edificios o los monumentos, los que deben vencer su propia discapacidad para aceptarlo, eliminando sus barreras.

Me contaron la historia de un ingeniero que al hacerse mayor y cuando aparecieron determinados achaques, fue internado en una residencia. Descontento como estaba, se pasaba todo el día tocando el timbre llamando al personal que lo atendía. Cansados éstos de acudir una y otra vez decidieron desconectar el timbre. Así pasó algún tiempo sin que molestara con sus insistentes llamadas hasta que un día volvió a sonar el timbre de la habitación de aquel ingeniero. Cuando llegaron hasta él, asombrados, le preguntaron cómo había vuelto a sonar el timbre desconectado, a lo que él contestó: "Aunque por el trato que recibo ya no alcance a ser persona, aún sigo siendo ingeniero".

La discapacidad no anula la profesión, la formación, la cultura, los deseos de viajar, de conocer, ni las emociones. Todo ello está intacto, esperando que se faciliten medios suficientes para potenciarlo, para ejercitarlo compartiéndolo de una manera natural.

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