María Ofelia Bender es psicomotricista.

Artículo publicado en EL CISNE

Imagen y esquema corporal en el niño con parálisis cerebral

Por: María Ofelia Bender

En los niños con parálisis cerebral suelen observarse diversos trastornos del esquema corporal causados por el mal conocimiento que poseen de su cuerpo, su incorrecta utilización o su alterada percepción respecto del mismo.

Dentro de los desórdenes motivados por una mala organización del conocimiento corporal se observan alteraciones en la percepción propioceptiva y exteroceptiva, principalmente la táctil y la visual. Existe una discriminación táctil disminuida, una mala organización del espacio, trastornos en la lateralización y en la representación: no puede situar su cuerpo como un objeto en un espacio en relación con otros. Se aprecian también ciertos déficit perceptivos y sensoriales que dificultan la percepción del movimiento.

El esquema corporal de todo individuo es la imagen mental de su cuerpo, la representación que posee del mismo. Responde a una generalidad de la especie humana (es el mismo para todos los individuos): tener una nariz, una boca, dos ojos, dos orejas, dos piernas, dos manos, etc. y se relaciona estrechamente con los sistemas de información propioceptiva, extero e interoceptiva.

Es del orden conciente-preconciente, haciéndose conciente en el cuerpo a través del dolor, del frío o el calor, cuando se habla de él o se está enfermo. Somos concientes, por ejemplo, de nuestro oído cuando nos duele o de nuestra nariz cuando estamos resfriados y nos ocasiona molestias. Entonces, la conciencia corporal es fugaz y no totalizante.

El esquema comienza con el nacimiento y termina con la adquisición de la representación mental. Se construye a través del aprendizaje y la experiencia real, es decir, está sujeto a lo evolutivo y temporal (atraviesa tres etapas: vivencia -0/3-, percepción -3/7- y representación -7/12-) y sigue las leyes de lo madurativo -céfalo caudal y próximo distal- y cognitivo. No obstante, es atravesado por la imagen corporal que lo torna singular y propio, marcando su particularidad.

Es el punto de referencia, eje y organizador en la construcción del esquema espacio-temporal. Resulta tangible (se puede percibir de manera precisa), testeable (testear: someter algo a un control o prueba) y puede ser medido y comparado con otro, por ejemplo las medidas standard: para cada edad corresponde a cada niño una altura, un peso y demás.

Como contrapartida del esquema corporal, se encuentra la imagen corporal, que consiste en la representación subjetiva de la globalidad del cuerpo, la posibilidad de simbolizarlo, de darle sentido y unidad, de asignarle valor a cada parte del mismo. Es el sujeto que habita su cuerpo.

La misma es preexistente, ya que su organización comienza desde el momento de la concepción, desde que los padres empiezan a imaginar y fantasear cómo será su bebé, qué nombre le pondrán, si será “alto o bajo”, “flaco o gordito”, “rubio o castaño”.

Por consiguiente, es una imagen inconsciente estrechamente relacionada con la vivencia subjetiva que le da sentido al cuerpo y lo constituye como sujeto. Es a través del diálogo tónico que la madre (función materna) le da sentido al decir corporal del bebé (posturas, gestos, llanto, variaciones tónicas), lo va marcando, tatuando y delimitando, haciendo que caiga el “cuerpo cosa” y aparezca el sujeto. Así, la imagen corporal se vuelve singular e inmedible (ya que cada uno ha sido tocado, marcado y tatuado en forma diferente).

Si a un niño se le pregunta qué partes de su cuerpo le agradan más, éste podrá responder porque tiene una noción de su cuerpo (E.C.: esquema corporal). Sin embargo, que escoja determinada parte de su cuerpo y no otra, ya no depende de su E.C. sino de su I.C. (imagen corporal).

En definitiva, la imagen corporal está relacionada con el aspecto emocional-vincular y es independiente de su condición neuromotriz.

Pero… ¿qué ocurre cuando lo orgánico se encuentra comprometido? ¿Cómo repercute dicha condición en el establecimiento y coherencia entre imagen y esquema corporal en un niño con parálisis cerebral infantil?

RELACIONES TEMPRANAS

Es ampliamente conocida la importancia de los vínculos tempranos en la constitución del niño como sujeto, en su constitución psíquica.

Cuando la imagen del hijo que acaba de llegar no coincide con las expectativas y fantasías proyectadas sobre él, los padres pueden sentirse cuestionados en su función paterna y adoptar las más variadas actitudes frente a este niño “diferente”, yendo desde una sobreprotección marcada hacia un rechazo o descuido inconsciente que pone en peligro la vida del recién nacido.

La calidad de las relaciones tempranas del niño con su entorno estará sumamente determinada por el impacto que genere la discapacidad en la familia.

Las maneras de sostener el cuerpo del bebé, de manipularlo, de contenerlo y responder a sus reacciones tónico-emocionales, serán captadas por este niño condicionando la constitución de su imagen corporal.

Si bien resulta difícil sostenerlo y manipularlo por sus trastornos del tono muscular, no emite las señales adecuadas a causa de sus dificultades motoras, tampoco puede sostener la mirada y tiene dificultades para succionar y deglutir, es fundamental, para que logre una imagen corporal adecuada, un vínculo sano con su entorno: que pueda experimentarse como una persona aceptada y amada, valorada por lo que ES y no subestimada por lo que NO ES o NO PUEDE.

Resulta imprescindible que los padres puedan ver que detrás del déficit motor hay un niño que sufre, que siente, que se emociona, que piensa, todo ello reflejado en sus gestos, en sus mímicas, miradas, sonrisas, variaciones tónicas y en las tonalidades de su voz que comunican y expresan sus deseos y necesidades más profundas.

Tal como expresara Daniel Calmels en su libro “Cuerpo y Saber” (1997): “Es estimulante el ofrecimiento del otro… La contención es estimulante… No existen carencias por falta de estímulos, sino por la ausencia de vínculos estimulantes. No se trata de tener sino de SOSTENER, no se trata de tacto sino de CONTACT”.

Si se focaliza la atención en el déficit o la falta, no se hace más que estancar y parcializar la mirada, subestimar las potencialidades del niño, confinándolo a vivir su discapacidad como límite y obstáculo que le impide avanzar y superarse.

ESQUEMA E IMAGEN CORPORAL

En referencia al esquema corporal puede decirse que, por lo general, los niños con PC muestran un esquema sumamente afectado en su construcción debido a la ausencia o escasez de experiencias motrices, perceptivomotoras y sensoriales que registran.

Desde pequeños, suelen encontrarse limitados en su campo de acción y exploración del mundo exterior. En ocasiones, su gran dependencia del adulto para movilizarse y satisfacer sus necesidades lo llevan a adoptar una actitud pasiva hacia el entorno y la conducta sobreprotectora (aunque bien intencionada) de los padres que intentan hacer todo por él, reduce la correcta adquisición de sensaciones y percepciones de las experiencias cotidianas.

De esta manera, suelen observarse en los niños con parálisis cerebral diversos trastornos del esquema corporal causados por el mal conocimiento que poseen de su cuerpo como por su incorrecta utilización o su alterada percepción respecto del mismo.

Dentro de los desórdenes motivados por una mala organización del conocimiento corporal se observan alteraciones en la percepción propioceptiva y exteroceptiva, principalmente la táctil y la visual. Existe una discriminación táctil disminuida, una mala organización del espacio, trastornos en la lateralización y en la representación: no puede situar su cuerpo como un objeto en un espacio en relación con otros.

Se aprecian también ciertos déficit perceptivos y sensoriales que dificultan la percepción del movimiento. La misma depende de la información proveniente de los distintos sistemas sensoriales (visual, vestibular, somatosensorial, etc.) y de la representación interna del movimiento. Si alguno de dichos sistemas no proporciona la información adecuada, el niño puede tener una organización pobre del movimiento y hasta, incluso, del espacio (no pueden percibirlo como para relacionarlo con su propio cuerpo, por ejemplo, no logran calcular distancias; o pensar espacialmente, por ejemplo, cómo construir en tres dimensiones).

En las alteraciones de la percepción del propio cuerpo, suelen registrarse alucinosis de cuerpo completo (en aquellos que han sufrido amputaciones o mutilaciones y tienen la ilusión de tener el cuerpo completo) y hemiasomatognosias (indiferenciación de miembros sanos y enfermos: inconciencia total del hemicuerpo afectado -no lo tiene integrado en su esquema corporal-).

LA PRESENCIA DEL PSICOMOTRICISTA

Hasta el momento se describen las posibles consecuencias de una pobre o insuficiente integración del esquema e imagen corporal en el niño con parálisis cerebral, ahora… ¿cuál y cómo sería el rol del psicomotricista en su intervención?

En primer lugar, es necesario aclarar que la intervención psicomotriz se define como: “acciones intencionadas, desarrolladas dentro o fuera del espacio de juego, que se estructuran, más allá de sus contenidos, como formas de intervención corporal. Formas en cuanto modos de proceder, disposición del cuerpo y las acciones con relación a otro cuerpo” (Daniel Calmels, “Del sostén a la transgresión. El cuerpo en la crianza”. 2001, 121/122).

La intervención del psicomotricista en el trabajo con estos niños se torna fundamental, ya que el primer contacto es a partir del cuerpo, en un diálogo tónico cuerpo a cuerpo que le posibilita construir un vínculo favorable. En esa relación estrecha, denominada “vínculo lúdico-corporal”, el cuerpo del terapeuta se configura como mediador de comunicación y punto de referencia necesario para su evolución.

En consecuencia, la presencia del psicomotricista viene a conferir valor a cada una de sus expresiones, su cuerpo opera como un verdadero reasegurador del niño, dándole la confianza y seguridad necesarias para atreverse a explorar y apropiarse de su espacio.

A través de sus funciones de sostén y acompañamiento le aporta las referencias corporales necesarias para que pueda estructurar y organizar su propio cuerpo. Es decir, acompaña y sostiene el desarrollo del niño a fin de que pueda simbolizar su problemática y ser él mismo quien trace el camino a recorrer, respetando sus tiempos y modos.

La actitud empática del psicomotricista le permite descentrarse de sí mismo para establecer un diálogo tónico con el niño, en donde, a partir de una relación estrecha cuerpo a cuerpo, se produce un acuerdo recíproco del tono. Dicho acuerdo o ajuste permitirá registrar la más mínima variación tónica que de cuenta de su demanda o pedido.

En situaciones de inmovilidad física, los intercambios tónicos se intensifican: una dirección de la mirada, un gesto mínimo, un cambio de postura o cierta actitud hacen que el niño sienta la disponibilidad o no del terapeuta, su interés o desinterés hacia sus producciones y module su respuesta de acuerdo a ello.

Por consiguiente, el instrumento clave del psicomotricista es la RESONANCIA TÓNICO-EMOCIONAL RECÍPROCA (Bernard Aucouturier), producto de una intensa formación personal. Supone una actitud de espera y contención para poder escuchar y dar una direccionalidad a las manifestaciones de la expresividad psicomotriz (manera absolutamente original de ser y estar en el mundo, de vivirlo, de descubrirlo, de conocerlo, de contactarse con otros cuerpos y de establecer vínculos) del niño.

La disponibilidad que presenta el psicomotricista para dejarse transformar a nivel postural y tónico, crea una apertura inmediata del niño en relación al otro y al mundo.

De esta manera, se lo puede hacer evolucionar a partir de una relación cuerpo a cuerpo, y tomando distancia progresivamente entre el niño y la persona que lo ayuda.

Página principal | Relaciones| Literatura | Ocio y Accesibilidad| Investigación| Otros| Contacto
Versión 4.0 | © Reservados derechos | E-mail | Anti Spam