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MARÍA DEL MAR RODRÍGUEZ RUIZ de
Alicante escribió este artículo
cargado de amargura
que fue publicado en
la.verdad.es

No sé muy bien cómo empezar este artículo, pero sí sé lo que quiero comunicar en él. Quiero hablarles de lo que supone ser una mujer de 40 años, sola, con dos hijos y con una discapacidad física.

Estarán hartos de oír en televisión, radio y prensa lo que se preocupa nuestro Gobierno por el tema de la discapacidad y las mejoras y los adelantos que van haciendo respecto a ello.

Les será muy fácil creer y pensar que es cierto que van acabando con las barreras, que hay muchas ayudas para nosotros y que tenemos puestos de trabajo.

Si digo esto es porque es la creencia que hay en la calle y lo que intentan hacernos creer, pero la realidad de todo eso es bien distinta y los únicos que sabemos que no es así somos los que tenemos algún tipo de minusvalía. Ni se imaginan el gran porcentaje de personas que tienen algún tipo de discapacidad, aunque no se detecte a simple vista.

Algunos cobran una pensión que no es lo suficientemente cuantiosa para vivir de ella, pero ayuda, y luego estamos el resto, que no tenemos derecho a ella porque no tenemos una gran minusvalía.

Se preguntaran dónde está el problema y dirán que, si queremos vivir dignamente, busquemos trabajo y nos ganemos nuestro sueldo como hace todo el mundo.

Y ahí es donde esta la gran barrera, ésa que no podemos derribar nosotros, sino la sociedad.

Es muy duro levantarse todos los días a las siete de la mañana e intentar dejar todas las tareas de la casa y la comida hechas, para salir sobre las nueve, cargada con la carpeta llena de currículum y con la ilusión de que ese día igual tienes suerte y, como mucho, vuelves a casa con la esperanza de que igual te llaman para hacer una entrevista.

Pero, ¿qué sucede? Vives pendiente del teléfono, lo llevas continuamente pegado a ti, no vaya a ser que suene y no lo oigas y pierdas la oportunidad de conseguir ese puesto de trabajo que tanto deseas y necesitas.

Yo era una personal normal, solo que tuve la mala suerte de nacer con una herencia de mi abuela: tengo angiomas en el brazo derecho, es algo parecido a las varices. Cuando tenía 12 años empezó mi calvario. Me operaron de ellos y, a raíz de aquello, no podía mover los dos últimos dedos de la mano, y no los sentía. Meses después de hacer mucha rehabilitación, decidieron volver a operarme para ver si se había quedado el tendón pegado a alguna cicatriz, y lo que descubrieron fue que me habían cortado unos ocho centímetros de nervio cubital, lo que conllevo a una nueva intervención quirúrgica, que duro once horas y media, en la cual me trasplantaron un trozo de nervio sensitivo de la pierna para injertarlo en el brazo. El neurólogo que realizo aquella ultima intervención le comunicó a mis padres que me habían destrozado el brazo por dentro y que, por lo menos, esperaban que el injerto agarrara y la lesión tuviera solución. Pero no fue así. Cuando fui mayor de edad, después de haber luchado mucho para poder desenvolverme como una persona normal, decidí mover todo aquello porque intentaba buscar trabajo y ni siquiera me daban la oportunidad de demostrar si era capaz de realizarlo.

Cuando intenté que me dieran mi historia clínica en el Hospital de Alicante, me dijeron que yo no consto allí como paciente. El numero de historia que yo les daba pertenece a un señor. Lo cual me demostró que, probablemente, alguien se encargo de destruirla.

Siempre trabajé en tareas de esas que se hacen en casa como pintar muñecos, coser vestidos de muñecas y cosas así. Sacas algo, aunque no lo suficiente para mantener una casa. Pero me conformaba con ello y con criar a mis hijos. Los niños crecieron y empecé a tener más tiempo libre. Decidí que quería trabajar en serio y tener las mismas oportunidades que todo el mundo.

Tuve suerte y entré en una empresa que trabajaba para el Patronato de Deportes de Alicante y, cuando llevaba siete meses trabajando allí, un día, al volver a casa, me encontré con la desagradable sorpresa de que mi marido me había dejado. Me asusté porque pensé que si perdía mi trabajo no podría sacar a mis hijos adelante. Pero en mayo del año pasado perdí mi trabajo debido a que salieron plazas de interinos y no me dieron opción a presentarme al examen, porque tenía un contrato de trabajo (de diez horas semanales, aunque he llegado a hacer hasta ochenta en una semana), así que dos meses después tuve que dejar mi puesto de trabajo porque sólo gané noventa euros, con lo que no tenía suficiente para mantener la casa.

A partir de ahí, me está costando horrores salir adelante, porque sólo he trabajado unos meses.

El problema es siempre el mismo, la minusvalía. Estoy inscrita en tres bolsas de trabajo para discapacitados y en la oficina del Inem, también. He ido a muchas entrevistas. En unas he intentado esconder mi discapacidad hasta el último momento y todo iba bien hasta que lo he dicho y directamente me han respondido que no. Es triste, pero lo peor de todo es cuando te mandan a una en la que hay un puesto para un discapacitado, como la última, el pasado día 8 de noviembre. Cuando me han preguntado qué discapacidad tengo (después de haber pasado la prueba psicotécnica) y les he dicho que es la mano, pero que me manejo como una persona normal, han torcido el gesto y me han dicho que lo sienten, que me van a dar un puesto administrativo pero que, como no había trabajado nunca de eso, que no me podían dar el puesto.

  1. En el currículum que les entregué no pone que yo haya trabajado de administrativa.
  2. El puesto para el que a mí me mandaron era de cajera o dependienta para la sección de turrones.
  3. Una vez más, me han dado con la puerta en la cara debido a esa minusvalía que ni debía tener y que tanto me ha costado superar.

El mayor problema: aparte de la tristeza que produce el ver que ni siquiera te dan la oportunidad de demostrar que puedes desarrollar ese tipo de trabajo, aún es más duro pensar que, mientras siga habiendo minusvalía mental por parte de quien se encarga de contratar personal, los discapacitados no tendremos derecho a tener una vida digna.

¿Quién se va ha encargar de pagar nuestras facturas y gastos de alimentación y demás cuando no nos quede ni un céntimo para ello?

Hasta el día de hoy, los únicos beneficios que tenemos los discapacitados son desgravar más en la declaración de la renta y no pagar el impuesto de circulación del coche.

Valoren ustedes si eso es suficiente para poder vivir.

 
 
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