Isabel M. Martínez Lozano es Comisionada para Universidad, Juventud y Planes Especiales de Fundación ONCE y el presente artículo fue publicado en CERMI SEMANAL

RETOS PARA UNA UNIVERSIDAD INCLUSIVA

Autora: Isabel Lozano

Isabel M. Martínez LozanoIsabel M. Martínez Lozano

Sin duda cuando hoy hablamos de los retos para la inclusión de las personas con discapacidad, muchos de nosotros pensamos en la Universidad, en la excelencia, en la investigación, en altos puestos de responsabilidad y en empleos de calidad bien remunerados. En definitiva, en llegar a ser lo que cada uno pueda llegar a ser por su talento, sin que la discapacidad sea un obstáculo para conseguirlo.

Sabemos además que el factor más determinante para la exclusión social en el futuro, será la educación y el conocimiento y a este factor se unirá el de la discapacidad y otras realidades que inciden en una discriminación real en la vida de miles de personas. Por eso, no hay mayor instrumento para el futuro, que garantice la inclusión y el desarrollo personal y profesional de las personas con discapacidad, que la educación superior y una formación acorde con lo que la UE está demandando de la sociedad de hoy.

En los últimos 25 años la Fundación ONCE ha conseguido a través del empleo, que miles de personas puedan desarrollar una vida plena a través del empleo, superando obstáculos y barreras. Sin embargo, las acciones de formación que hasta ahora veníamos desarrollando no son suficientes. Necesitamos ahora la complicidad de las Universidades como actores claves del conocimiento y la formación superior, para ese gran reto de que la mayoría de nuestros jóvenes con discapacidad lleguen a alcanzar una formación superior.

La estrategia europea 2020, establecía dos grandes objetivos en materia educativa:

  1. Primero: Llegar a ese 40% de personas de entre 30 y 34 años, con educación superior
  2. Segundo: Reducir el abandono escolar temprano, hasta llegar a un máximo del 10-15%.

Si ya son importantes esos objetivos, para las personas y colectivos de la discapacidad el desafío es aún mayor, porque nuestras tasas de formación universitaria son aún escasas y las tasas de abandono escolar temprano muy altas. Hablamos de que aproximadamente sólo el 6% de las personas con discapacidad tienen formación superior y las tasas de abandono escolar de nuestros chavales, se sitúa en el entorno del 53%, (20 puntos encima de la media).

Hemos avanzado mucho en los últimos años. Hoy contamos ya con más de 20.000 alumnos y alumnas con discapacidad en la Universidad, casi la mitad en la UNED. Contamos también con una legislación avanzada que promueve una educación inclusiva, contamos con oficinas de atención a la discapacidad en todas las universidades, que se encargan de facilitar las adaptaciones y recursos necesarios para superar aquellos obstáculos que puedan existir para desarrollar con normalidad la actividad académica. Sin embargo, se necesitan más recursos y tenemos que ir avanzando porque aún son muchos los retos que tenemos que superar:

Seguimos teniendo problemas en el acceso a la Universidad. La mayoría de los jóvenes con discapacidad siguen quedándose en la secundaria y para eso hay que ser muy incisivos en la orientación y en programas de concienciación. Tenemos que estar en todas las disciplinas académicas, incluidas las ingenierías y las carreras técnicas. Tenemos que llegar a los másters y los terceros ciclos de formación superior, donde hoy no representamos ni al 0,5% del alumnado. Tenemos que promover la movilidad de los universitarios con discapacidad, y lo más complejo, tenemos que mejorar los procesos de tránsito desde la Universidad a la empresa o al empleo de calidad.

Aunque es verdad que una formación universitaria garantiza más oportunidades de encontrar empleo, todavía tenemos una amplia bolsa de personas con titulación universitaria en paro y a ellos tenemos que dirigir también programas adecuados de emprendimiento y empleabilidad para conducirlos a la vida activa.

La formación universitaria y el empleo suponen el objetivo vital más importante en la vida de una persona, no sólo porque nos ofrece un sustento, sino porque además nos ofrece capacidad de emprendimiento, crecimiento personal y profesional, prestigio y estatus social. Y sobre todo nos brinda siempre una oportunidad de desarrollar nuestras capacidades y seguir creciendo. Conocemos miles de casos de personas excepcionales que a lo largo de la historia han llegado a lo más alto, sin que su discapacidad fuera un obstáculo, desde artistas como Goya, David Hockney, ó Frida Khalo, a científicos como Albert Einstein o Stephen Hawking, pasando por jóvenes como Pablo Pineda o Oier Lakuntza, que han demostrado que no hay límites ni barreras al talento. Normalizar lo que hasta ahora era una excepción tiene que ser nuestro reto.

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