Publicado inicialmente en DisabilityWorld

ANTHONY BABINGTON: Juez, historiador y activista británico discapacitado, (1920-2004).- Por M. Miles

Nacido en 1920, Anthony (Tony) Patrick Babington sufrió varias heridas mientras combatía en 1944. Vivió otros sesenta años durante los que, contra todos los pronósticos, se desempeñó como abogado, juez, escritor y activista social, a pesar de padecer una grave parálisis e impedimentos del habla, dislexia y disgrafia, tuberculosis, problemas neurológicos recurrentes y un persistente sentido del humor. Fue uno de los británicos discapacitados más notables de su siglo, y en él se encarnaron a la vez lo heroico y lo ordinario, lo gregario y lo solitario, el miembro de poderosos grupos internos y el vecino del proverbial Hombre del Clapham Omnibus.

Babington nació en el seno de una acomodada familia anglo-irlandesa, pero su padre cayó en la ruina y murió en 1930, dejando a su madre a cargo de tres hijos, con muy pocos recursos para criarlos. Las divisiones sociales eran agudas en la Inglaterra de los años treinta. El chico perdió su privilegiado estilo de vida y probó lo que se sentía vivir como aquellos a quienes se le había enseñado a considerar inferiores. En su vejez, recordaba haberse ajustado con facilidad a su nueva y frugal vida, y comentaba que le habían agradado la mayoría de muchachos de la nueva escuela a la que debió asistir. Se unió al cuerpo de Entrenamiento de Oficiales (OTC), y al dejar la escuela trabajó en una agencia de prensa, mientras planeaba estudiar derecho más adelante.

Cuando estalló la guerra en 1939, la experiencia de la OTC permitió a Babington ascender con rapidez de cabo a comandante de su compañía, luego de lo cual por poco muere. En septiembre de 1944 las tropas a su cargo atravesaron Bélgica, que acababa de ser liberada, y luego se movieron hacia Arnhem para enfrentarse a las defensas alemanas. La explosión de una bomba cerca de él le provocó una parálisis completa: -"Parecía que mi cerebro hubiera perdido todo contacto con mi cuerpo". Mientras lo llevaban en camilla a un puesto de primeros auxilios, escuchó a un sargento preguntarse si debían usar la única ambulancia en funcionamiento para llevar a ese hombre moribundo a la estación de bajas. Se lo llevaron en camión a Bruselas y de allí lo pusieron en un avión rumbo a Inglaterra.

En el hospital, Babington fue devuelto lentamente a la vida, le dieron cierta movilidad y recuperó levemente el habla. Sus perspectivas eran consideradas con pesimismo por sus compañeros, que creían que al término de la guerra "los ex -soldados serían hechos a un lado y olvidados," y que por siempre "se les va a considerar como gente rara y diferente." Posteriormente Babington reflexionó y llegó a la conclusión de que esa no había sido su experiencia. "Pronto descubrí que mientras más puedes olvidarte de tus discapacidades, más rápido las olvidaran los que te rodean." Impulsado por su voluntad y a falta de otro plan, Babington prosiguió con su objetivo inicial de ser abogado. Esto requirió de él los medios y la capacidad, a lo largo de varios años, de estudiar y aprobar exámenes, hacer prácticas en un bufete y luego convencer a un grupo de abogados de hacerle un espacio en los tribunales, en una época donde los recién graduados eran abundantes, así como la competencia para ejercer la profesión.

Los expertos le advirtieron, con gran precisión, que los daños neurológicos que sufría se verían agravados por el estudio constante e intenso; su habla dañada nunca le daría la abundante retórica que un abogado necesita; hasta los abogados sanos y bien preparados y ya establecidos tenían a menudo que luchar por ganarse la vida. Tal vez algunos también percibían, como lo hizo Babington más adelante, que era un hombre demasiado recto como para argumentar de forma convincente para ganar casos en los que en realidad no creía. Unas pocas voces le dijeron que siguiera sus sueños. Otros más, aunque le explicaban por qué éstos no eran viables, le ayudaban a superar sus obstáculos. Poco a poco llenó los primeros requisitos pero cayó enfermo de tuberculosis, lo que significó otra larga estancia en el hospital.

Mientras atravesaba todas estas vicisitudes, aparentemente Babington se convirtió en un agudo observador de la naturaleza humana y se volvió un conocedor de los encantos de las jóvenes que lo rodeaban. No fingía que todas las personas que conocía le agradaban pero en sus muchas anécdotas, hasta las poco gratas, siempre les concede algún grado de dignidad. Entre los libros de leyes y sus deprimentemente recurrentes hospitalizaciones, Babington adquirió una cualidad que debe tener todo juez competente: la de entender la inmensa variedad de vidas y asuntos de otras personas, y entrar con la imaginación a las muchas situaciones cotidianas que podían generar consecuencias jurídicas. Durante los meses que esperaba que se le diera de alta o que se le diera trabajo, puso a su única mano sana a escribir y de esta forma, compensó su magra pensión como veterano de guerra. Su fe cristiana, a la que atribuía la fortaleza que le acompañó toda su vida, le permitía acomodar robustos principios de teología popular, como aquel de "ayúdate que Dios te ayudará".

Consiguió su título, se hizo un espacio en las Cortes y lo volvió a perder todo tras otra larga enfermedad, volvió a la carga y retomó su carrera, litigó para la Oficina de Correos y al fin en 1964 encontró un trabajo apropiado a sus intereses y habilidades, como magistrado estipendiario en Bow Street, la corte más ajetreada de Londres. Los explosivos sesentas estaban en su apogeo y pronto Babington estuvo en el ojo de la tormenta ante la opinión pública cuando debió tomar una decisión sobre un tema moral de importancia nacional: si "una mujer que expone sus senos en un lugar público comete un delito." Era un verano largo y caluroso y los periódicos reportaban avistamientos por todas partes.

Había tres casos flagrantes listos para ser juzgados, y el Magistrado en Jefe escogió a Babington para esta interesante prueba. "No importa cual sea tu decisión" le dijo-, va a haber mucha gente furiosa contigo. Pero eres el magistrado más joven en las Cortes actualmente y seguramente estás más "en la onda" que el resto de nosotros. Además, te quedan más años de vida para reivindicar tu popularidad. Con los ojos de Gran Bretaña sobre él y los suyos sobre el tema que debía juzgar, Babington se rascó la peluca y decidió que no era conveniente para el orden público que los convencionalismos sobre la decencia que se usaban en ese entonces, fueran ignorados tan abiertamente. Poco después, los avistamientos de bustos cesaron pero como lo hacía notar Babington con su característica ironía, eso pudo deberse a que el clima se puso frío. Seguramente le habrá divertido mucho enterarse que tras cuarenta años en los que el mundo occidental se vio saturado de imágenes de mujeres sin ropa, la exposición de un pecho durante un evento en vivo transmitido por la televisión de Estados Unidos todavía podía causar un escándalo.

Babington siguió escribiendo libros y artículos sobre derecho, guerras e historia, desde su experiencia personal y como investigador, durante sus cuarenta años de servicio legal y sus quince de retiro activo. Como incansable miembro y dirigente de PEN, la organización de autores, tuvo muchas ocasiones de viajar al extranjero. Como juez de circuito entre 1972 y 1987, tuvo que manejarse con tacto debido a las restricciones que tenían los jueces activos de participar en debates públicos controversiales. Estas normas le irritaban, en parte porque su concepto de ser juez le impulsaba más que a otros a estar mejor informado de los desenlaces de la "justicia". Para tener "una mejor comprensión de la naturaleza de las sentencias que emito", Babington consiguió que un oficial encargado de libertades condicionales le consiguiera visitas regulares a prisiones, reformatorios y centros de detención, donde hablaba con alcaides, empleados y reclusos sobre sus experiencias sobre la detención, la fianza, la vida "adentro", y los efectos de estas prácticas.

Babington reflexionó sobre las realidades que vivió como soldado combatiente, y llegó a la conclusión de que las Fuerzas Armadas a menudo habían sido brutales, estúpidas e injustas en su trato a hombres traumatizados por los constantes bombardeos. Como combatiente distinguido, herido, remendado, devuelto al fragor del combate, casi destruido y honrado con la Croix de Guerre de Francia, su compasiva visión tenía más peso que la de muchos cuyas opiniones eran puramente teóricas. Su obra For the Sake of Example (Para Dar el Ejemplo), de 1983, criticaba la política empleada por el ejército durante la Primera Guerra Mundial de ejecutar a los hombres acusados de deserción o cobardía. En 1997 su obra Shell-Shock (Conmoción de Bomba) revisó en detalle las cambiantes visiones oficiales de un trauma de guerra. Babingtón llegó al siglo veintiuno gestionando junto a otros un cambio oficial de pensamiento, en la forma de un perdón retrospectivo concedido a todos esos hombre condenados por cortes claramente prejuiciadas e incompetentes.

Tomando en cuenta las discapacidades y enfermedades que debió superar e ignorar en él mismo, un hombre de menor calidad hubiera sido indiferente a la indignidad infligida a gente de menor fortaleza mental, que además llevaba mucho tiempo de fallecida. Pero Anthony Babington sabía que las injusticias dañan tanto a los que las sufren como a quienes las hacen. Él pudo ver y comprender ambos lados.

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