Artículopublicado inicialmente en ELIDEAL.ES el 22 de Julio de 2012


CUANDO YO NECESITO VER, ESTÁ ELLA; CUANDO ELLA NECESITA ANDAR, ESTOY YO

Una historia llena de vida

De paseo. Josť Luis y Rosa, con su perra Dona
De paseo. José Luis y Rosa, con su perra Dona

Él llamaba muchos días a la emisora para pedir un taxi, aunque no lo necesitara. «Lo hacía sólo para oír su voz», dice José Luis, que es ciego de nacimiento y se cegó de amor por aquella voz a la que le pedía el taxi. «Yo también me acostumbré a aquella llamada. Me alegraba el día», dice Rosa, paralítica, que trabajaba en Radio Taxi, en un local del barrio de Cartuja. Fue el inicio de una bonita relación, tal vez como cualquier otra, sólo que sus protagonistas eran discapacitados y necesitaban demostrarse ellos mismos que en el amor no hay barreras arquitectónicas que salvar, sólo las que impone la convivencia entre una pareja normal.

Rosa y José Luis llevan ya 17 años casados y durante mucho tiempo su relación sólo existió a través del teléfono. Ahora lo recuerdan con ese halo de nostalgia que da el tiempo pasado y las dificultades superadas:

-Les preguntaba a los taxistas qué aspecto tenía chica que atendía a las llamadas. Me decían que muy guapa y yo entonces me imaginaba cómo era su cara, como era su boca, cómo eran sus ojos. -dice José Luis.

-Yo no quería ataduras, quería vivir, pero no sé por qué me alegraba el ánimo charlar con él. De alguna forma ya estaba atada. Estuvimos tonteando por el teléfono casi nueve años.

Eso sí, su relación estuvo exenta desde el principio de cualquier posibilidad que llevara al engaño. Ella sabía que aquella llamada que le alegraba el día provenía de una persona ciega. Él sabía que aquella voz tan dulce que oía pertenecía a una persona con graves problemas de movilidad y que necesitaba una silla de ruedas para desplazarse. Sólo una vez hubo una confusión que a punto estuvo de dar al traste con las aspiraciones de ambos y que ahora es motivo de risa.

-Es que quedamos citados en una cafetería. Yo fui con un amigo y pregunté al camarero. Eché un vistazo y como no vi a nadie creí que me había engañado. Me puse furiosa.

-Pero yo estaba allí dentro. Lo que pasa es que como no la veía.

-Yo a la única persona que vi fue a un hombre que estaba leyendo el periódico.

-¡Pues ese era yo!

-¡Cómo iba yo a pensar que era él si sabía que era ciego!

-Es que a mi me gusta entrar en los bares y pedir el periódico. Es para disimular Muchos se quedan a cuadros cuando se dan cuenta de que no puedo ver -aclara José Luis, que en sus diálogos intenta suplir el sentido de la vista por el del humor.

Ciego en Granada

José Luis Chamorro Guardia nació ciego en Granada (que no hay en la vida nada como esa pena, según canta el poeta) hace 48 años. Sufre una retinosis pigmentaria que al principio le permitía ver sólo sombras y ahora ni eso. Ese inconveniente no le impidió hacerse un concertista de órgano y hacer monólogos humoristas, aficiones a la que pudo atender gracias a su sueldo como vendedor de la Once. Hasta que tuvo quiosco propio en la calle Alminares, estuvo ubicado en varios puntos de la ciudad: al pie de la torre de la catedral, al lado del Flamboyant, en la puerta de la Maritoñi. Su ceguera tampoco le impidió tomarse la vida demasiado en serio y hoy es un hombre que es capaz de estar casi una hora contando chistes: ¡y todos sobre ciegos!

-Va un tipo al oculista a graduarse la vista y le dice el médico: A ver, dígame la primera letra del cartel. El tipo mira a la pared y responde: ¿Qué cartel? O ese de uno que le pregunta al médico que le operó de la vista: Doctor, ¿usted cree que perderé el ojo? No sé, le responde el médico, eso depende de usted. Yo se lo he liado en papel albal y se lo puesto en su bolsillo.

Rosa María Pérez Ortega nació en la céntrica calle Pino de Granada en aquellos años en los que la polio era capaz de dejar inválidos a los niños. Ahora tiene 54 años y recuerda su infancia repleta de horas de hospital. Le operaron 14 veces unas piernas con las que nunca conseguiría andar. Como no pudo ir a la escuela, una vecina y su madre le enseñaron a leer. Hasta que gracias a una operación que le practicaron pudo desplazarse con muletas y estudiar para acceder a la Universidad.

-Tenías unas ganas enormes de aprender, de recuperar el tiempo perdido. Yo por entonces me dedicaba a coser y bordar, pero el tiempo libre que tenía lo dedicaba a leer. No salía apenas de mi casa y leía muchísimo. ¡Eran ansias de saber!

Se sacó su título de graduado escolar y un día una amiga le informó de que necesitaban personal para una emisora.

-Nada más verme y hacerme una prueba, lo tuvieron claro. Me dijeron que era una buena voz para atender al público.

En Radio Taxi estuvo casi 15 años, hasta que su enfermedad se agravó y la llevó a estar permanentemente en una silla de ruedas. Un tribunal médico le dio la invalidez total.

-El mío fue un caso tan claro que me la concedieron nada más solicitarla.

Después de aquellos nueve años de 'tonteo telefónico', José Luis, como el ciego de la canción 'Santa Lucía' de Miguel Ríos, devorado por la impaciencia y harto del teléfono frío, le pidió una cita. Unos amigos organizaron el encuentro.

-Él se puso un traje y se presentó muy guapo -dice Rosa. Recuerdo que lo primero que me dijo es que se alegraba de verme y luego me preguntó cómo andaba. ¡Un invidente a una inválida! Mal empezamos, pensé yo.

Pero no, no empezaron mal. Todo era producto de ese afán que tiene José Luis de alegrarle la vida a los que están a su alrededor y de restarle dramatismo a las circunstancias de su vida.

-Reconozco que me gustaba, aunque era un tipo canijo y con mucha nariz -dice ella.

-Fíjate si tengo nariz que en agosto ya huelo los polvorones de Navidad -dice él.

A partir de ahí sus encuentros de fin de semana se hicieron frecuentes y se tiraban horas y horas en el coche que Rosa utilizaba para llevar a José Luis a su casa. Estaban construyendo una emoción.

Pero si bien él estaba seguro ya de su amor incondicional hacia ella, Rosa aún tenía dudas. Fue a raíz de un viaje que José Luis hizo a Michigan, a donde tuvo que viajar para traerse un perro guía, cuando Rosa comprendió que aquel ciego al que añoraba era el hombre de su vida.

-Me di cuenta porque sentí mucho su ausencia. Me escribió tres cartas preciosas que aún conservo. Cuando vino de América decidimos casarnos.

La boda

La boda la recuerdan entre muchos amigos y mucha ilusión. Y la noche de bodas persiguiendo a un grillo que no les dejaba dormir. Al poco tiempo ella perdió a su madre y decidieron mudarse a un piso en el Camino Bajo de Huétor. Son unos vecinos agradables y mucha gente se para a hablar con ellos cuando salen a la calle a hacer la compra. Saben que provocan la atención de la gente porque se trata de un ciego que lleva la silla de una minusválida, pero no quieren provocar lástima y mucho menos compasión.

-Mucha gente cuando nos ve trata de ayudarnos, pero intentamos hacerles comprender que podemos hacerlo. Seguramente hay muchos que nos tratan de prepotentes y orgullosos cuando no aceptamos la ayuda, pero cuando necesito ver tengo a Rosa y cuando ella necesita mis pies estoy yo -dice José Luis.

Rosa dice que hay una gran complicidad entre ellos y sólo con algunas palabras en voz baja (escalón, farola, bordillo...) pueden salvar todas las dificultades. Es esa complicidad la necesaria para que entre ellos hubiera el deseo de tener hijos. Lo intentaron pero ella tuvo varios abortos, uno de ellos cuando llevaba cinco meses embarazada. Entonces decidieron acogerse al programa de adopción, e incluso internacional.

-Pero nadie se atreve a confiarle un niño a dos personas discapacitadas. Todas nuestras peticiones eran rechazadas. Creo que eso es una injusticia porque yo estoy segura de que un niño desamparado hubiera sido feliz con nosotros. En fin, no queremos entrar en detalles.

Como no pudieron tener hijos, volcaron su amor por los animales. Primero por Oli, el perro guía que se trajo José Luis de Michigan. Ahora con Dona, la perrita que sacan a pasear todos los días por el barrio. Tampoco se quedan quietos y de vez en cuando actúan en alguna que otra función benéfica.

José Luis y Rosa viven en un piso en donde, naturalmente, todo está adaptado a sus respectivas minusvalías. Los muebles están bajos para que ella pueda alcanzar las estanterías y no tienen picos ni sobresalen para que José Luis no pueda darse algún golpe que otro. Dice que alguna vez se ha dado algún morrazo que otro, pero que entra dentro de los daños colaterales que tiene que sufrir por ser ciego.

En sus vida ahora todo parece perfecto. Quizás el único nubarrón esté en esos fuertes dolores que tan a menudo tiene que soportar José Luis a causa de su retinosis. Le han visto los mejores especialistas y le han dicho que tiene el ojo destrozado, sin nervio alguno que permita estar esperanzado en cualquier adelanto científico sobre la ceguera. Pero su única esperanza está en no renunciar a nada de todo lo que les permita seguir enamorados y juntos. Él, ciego por ella. Ella, corriendo los vientos por él.

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