Entrevista realizada por Almudena Hernández/ Madrid-27/12/2007 para SOLIDARIDAD DIGITAL

ROSARIO MÉNDEZ: MISIONERA EN SILLA DE RUEDAS

Rosario MéndezComo esta religiosa granadina, unos 17.000 misioneros españoles ayudan a millones de personas por todo el mundo. Rosario, que tuvo vocación desde niña, trabajó 38 años en Egipto, 24 de ellos brindando caridad desde una silla de ruedas. Además de montañas, quizás la fe mueva pirámides. Rosario Méndez, una misionera de la Sociedad del Sagrado Corazón no se considera una heroína. Pero su currículo hace reflexionar. A sus 71 años continúa descubriendo mundo a través del ordenador, tras haber trabajado como misionera 38 años en Egipto –24 de ellos en silla de ruedas a raíz de un accidente de tráfico-. A pesar de todo, cree que no ha hecho "nada especial" y que sus logros se deben a la "buena suerte". Rosario se muestra orgullosa de mantener su acento granadino, de hablar árabe y de haber conseguido la nacionalidad egipcia. Sus aficiones son la lectura, la música y, sobre todo, hablar con los demás. Defiende que "no hace falta que bauticen a mucha gente, sino que el espíritu evangélico se dé a conocer con el propio ejemplo de cada uno".

Trabajó en un colegio en El Cairo pero también en el sur de Egipto, donde habría más dificultades ¿no?

Sí. Eran más complicadas pero eran muy gratificantes. Aunque, bueno, todo se habla en árabe, claro. Las personas son muy acogedoras y tienen muchísimas ganas de aprender. Gran parte de las chicas de los pueblos empiezan el colegio con seis o siete años, pero a los 10 o 12 lo dejan. Sus familias no tienen dinero para comprar los libros y prefieren gastarse el dinero en los varones, o para que se ocupen de cuidar a un hermanito pequeño, o para ayudar a la mamá en la casa, o para cultivar el campo... Total, que muchas niñas no siguen la formación, por lo que nosotras hemos organizado en varios pueblos "escuelas paralelas", donde acogemos a niñas de 10 a 16 años. Las clases empiezan a las 11 de la mañana, cuando ya han vuelto del campo, han traído la hierba para los conejos o para la cabra y han hecho las tareas de la casa. Tienen cursos de alfabetización, de costura, de formación para aprender a llevar un poco la casa, de higiene y cosas de ese estilo.

Es una apuesta por la mujer.

Hubo un detalle que me emocionó muchísimo. Cuando aprenden a escribir lo primero que ponen es su nombre. Aunque las cosas han cambiado mucho, antes había chicos que también eran analfabetos. Y cuando se casaban, si el chico no sabía escribir, aunque la chica supiese, ambos firmaban con la huella digital. Ellas dijeron que por qué, y las religiosas las apoyamos. El primer día que una chica firmó con su nombre, toda la iglesia se llenó de gritos y aplausos de alegría. Esto fue en los años 80. Fue una conquista.

¿Qué le ha quedado de su larga estancia en Egipto?

Lo acogedores que son. Todavía hay muchas casas así. Y aunque sean muy pobres en seguida van a buscar un refresco o a hacer una tacita de té para ofrecerte.

A partir de su experiencia en proyectos educativos, ¿considera que la educación es clave para el desarrollo?

Muchísimo. Por ejemplo, en esas escuelas paralelas en las que tenemos a las niñas de 10 a 16 años ponemos como condición que no se casen hasta acabar los estudios. Así hemos conseguido retrasar la edad de algunos matrimonios de los 14 a los 16 o 17. Con lo que por lo menos las chicas tienen más tiempo para adquirir formación y no tienen los niños tan pronto y tan seguidos. Las mujeres que empiezan a tener bebés tan jóvenes cuando llegan a la edad de disfrutar de la vida de matrimonio sin agobios ya están agotadísimas.

¿Cómo es la sociedad egipcia?

Hay dos egiptos. Hay zonas de El Cairo en los que parece que estás en Madrid, con tiendas y hoteles. Pero eso puede ser el cuatro por ciento de la población. Todo lo demás es gente muy pobre, pero dentro de su pobreza tienen un señorío y una dignidad inmensos. Es una cualidad notable, aunque también deberían tener más ganas de salir de ese estado. Poco a poco se va a haciendo mucho. Cuenta que la sociedad egipcia ha ido evolucionando, que cada vez hay menos adobes y más ladrillos.

¿ha evolucionado también el trato a los cristianos?

Ese país, cuando empezó el Cristianismo era enteramente cristiano. Luego fue penetrando el Islam. Actualmente los cristianos están en minoría. Egipto es uno de los países en los que el Gobierno hace muchos equilibrios para mantener un trato bastante igual. Y ahí siempre está el peligro de que los extremistas musulmanes se hagan con el poder y entonces ya se sabe lo que pasaría. Los cristianos, en muchas ocasiones, están bien tratados, en otras se les considera personas de segunda categoría y de vez en cuando hay un brote de violencia y queman una iglesia o matan a alguno. Eso es inevitable. El trato no es excesivamente malo pero siempre hay un poco de tensión.

¿Usted ha sufrido algún tipo de ataque?

No. En los colegios nos respetan mucho. En el colegio de El Cairo tenemos la mitad de las niñas cristianas y la otra mitad musulmanas. Y hay mucha lista de espera de ambas religiones, porque no hay sitio. En los pueblos la catequesis la trabajamos con los cristianos, pero los cursos de labor, los cursos de formación femenina y las escuelas paralelas están abiertas a todos, cristianos y musulmanes. Y realmente los musulmanes que han estado en contacto con algo cristiano no son fanáticos, porque la mayor parte del fanatismo religioso viene de la ignorancia. Un día uno de nuestros alumnos musulmanes le dijo a una religiosa que no entendía por qué su padre decía que los cristianos no son buenos. Hizo un juicio diferente al de sus padres. En una ocasión fuimos a su casa y nos hicimos amiguísimos. Ese señor, cuando conoció de cerca a alguien cristiano cambió de opinión.

Cuando se va de misión, ¿qué es lo primero: enseñar el
Evangelio o arreglar las cosas?

Va todo junto: se arreglan las cosas de primera necesidad
y al mismo tiempo se enseña el Evangelio. En los colegios las niñas cristianas tienen catequesis y a esa misma hora las musulmanas tienen su curso de Corán con su profesor. En los pueblos, en los cursos de labor, que hay cristianas y musulmanas, la hermana a veces les dice cosas que son de formación humana para todos. Los valores evangélicos se pueden comunicar sin decir que lo son.

¿Cómo se hace eso?

En El Cairo me pasó una vez con un médico musulmán que tenía a sus hijas en el colegio. Y en una conversación me dijo: ‘Hermana, soy musulmán, pero fui alumno de La Salle. Y sé que el Evangelio que yo aprendí en esa escuela, sin que nadie me lo enseñara, ha sido una fuerza en mi vida. Así que le pido por favor que no le diga a mis hijas que les está enseñando el Evangelio, pero enséñeles el máximo que pueda'. Y eso es una manera de evangelización, no hay duda.

¿Pero habrá dificultades para transmitirlo?

Hay valores que son más difíciles de inculcar, por ejemplo, el perdón. Pero la ayuda mutua, la solidaridad, la verdad, la conciencia en el trabajo sí que se pueden inculcar.

En 1972 tuvo un accidente de tráfico...

Fue en Minia, que está a unos 220 kilómetros de El Cairo. Había un camión en la cuneta y nos chocamos. Las demás religiosas con las que viajaba se fueron al cielo. Fue una cosa muy triste. Fui la única superviviente. Desde entonces va en silla de ruedas. Me trajeron a Barcelona, al Guttman, y cuando me ‘mediorremendaron' yo tenía muchas ganas de volver a Egipto, pero las religiosas estaban horrorizadas.

¿En silla de ruedas a Egipto?

Me decían que me iba a poner triste cuando viera que la gente entraba y salía del colegio y yo no, que iba a tener calor, que me iban a salir llagas. Pero yo quise probar. Consultamos al médico y nos dijo que prefería que los enfermos vuelvan lo más cerca posible de la vida que llevaban antes del accidente, para que no quede en su memoria como una idea negra que quieren rechazar: ‘Vaya a Egipto. Si se acomoda, bien, y si no, se vuelve'. Después estuve 24 años en silla de ruedas en Egipto.

¿Y qué trabajos podía hacer?

Ya no iba a los pueblos, me quedé en el colegio dando clases. Me pusieron un proyector el el aula, ayudaba a la dirección y después llegué a ser directora del centro. Más tarde volvió a España.

¿Ahora a qué se dedica?

Ayudo en la secretaría del colegio Sagrado Corazón de Chamartín (Madrid). Yo soy como ‘pinche' en la secretaría. Es un trabajo que me interesa. Y luego en la comunidad hago aquellos servicios que puedo prestar en silla de ruedas. Tanto en Egipto como aquí, toda la gente que me he encontrado ha sido buena, respetuosa y me ha ayudado. No me sale darle gracias a Dios por el accidente. Pero le doy gracias por toda la bondad que mi discapacidad ha suscitado en la gente que me rodea.

¿Quiere hacer alguna recomendación a las personas que puedan verse como usted en una silla de ruedas?

Mi recomendación es que procuren ver qué es lo que se puede hacer en lugar de pensar que no se pueden hacer ciertas cosas. En la medida de lo posible hay que intentar servirse a sí mismo. El médico me dijo que tenía la desgracia de estar en un convento, porque todas las monjas me iban a hacer todo y yo me iba a volver inútil. Eso se me quedó grabado. Ahora me hago la cama, me aseo y me lavo la ropa. También depende de la minusvalía que tenga uno ¿verdad? Además, actualmente, aunque no se pueda salir fuera, hay cosas que se pueden hacer con el ordenador. Se puede colaborar en muchas cosas. Se puede ser discapacitado y tener dentro muchos recursos. Hombre, además hay que reconocer que el entorno es importantísimo, porque si colabora para ayudarte, tú te ayudas más. El entorno hace, pero hay un resorte interior que tenemos que cultivar.

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