NOELIA LÓPEZ
es abogada, paralítica cerebral
y tiene reconocido un 76%
de discapacidad.

Nació en un pueblecito de Huesca de 30 habitantes. De hecho, lo más normal es que jamás hubiera salido de allí, que estuviera ahora delante del televisor.

Noelia no pudo ir a la escuela, pero llegó al instituto con el camión que repartía el pan.

Su familia quiso protegerla de la dureza de "ahí fuera", pero ella quiso ser abogada en un mundo sin facilidades, sin rampas...

Hoy vive en Madrid, trabaja para la ONCE en recursos humanos.

Entrevista realizada por
Ima Sanchis para
LA VANGUARDIA

NO ME DEJEN POR INÚTIL

Tengo 33 años. Nací en Latre (Huesca) y vivo en Madrid en una residencia para minusválidos. Soy licenciada en Derecho. El buen gobierno tiene que estar basado en la defensa de los derechos civiles y humanos por encima de cualquier ideología. Creo en la ética y en los valores humanos y en una energía creadora no politizada.

Nací en un pueblecito rural de 30 habitantes. Soy hija de un agricultor con 13 hijos. Al poco de nacer me diagnosticaron una meningitis vírica y, a consecuencia, parálisis cerebral. Sufrí muchas operaciones, escayolas, diagnósticos erróneos... Era una niña que iba muy a menudo al médico, a curanderos y a brujas.

- ¿Le ayudaron las brujas?

- El recuerdo es de muchísimo dolor porque te manipulan sin tener conocimientos de anatomía, y también de frustración. ¿Conoce la parábola de Lázaro?

- Levántate y anda.

- Todos los curanderos que visité decían haber conseguido que algún paralítico caminara; así que si yo no me curaba era por vaga. Con 5 años ya tenía sentimiento de culpa; pero crecí con la idea y la ilusión de que a los 14 años podría andar, eso me decía mi entorno.

- ¿Fue usted una niña triste?

- Al contrario, era vitalista, aprendí a leer con 3 años y mis abuelos me enseñaron a hacer las cuentas ,escribir y cantar.

- ¿Qué ocurrió cuando llegó a los 14?

- En esa edad en la que das más valor a lo físico que a lo psíquico fui consciente de que no andaría. Durante dos años me hundí, me culpaba porque creía que no había hecho todo lo necesario para estar bien.

- ¿Qué le hizo salir de ahí?

- Pensar y trabajar. Llevaba cuatro años acudiendo a una asociación de paralíticos cerebrales en Huesca, y viendo a la gente que me rodeaba me di cuenta de que podía ser peor. A los 15 años me rebelé y conseguí llegar a un instituto en Huesca.

- ¿Y qué tal le fue?

- Como no había transporte adaptado a mis necesidades, llegué en la furgoneta que repartía el pan. Así me di de bruces con la vida real. Mi nivel escolar era bajo y mis compañeros me veían como un bicho raro; fui yo la que tuvo que acercarse a ellos. Durante el recreo me quedaba en clase porque no podía bajar las escaleras. Pero llegué a COU con buenas notas y amigos que todavía conservo.

- ¿Se enamoró de algún chico?

- ¿Quién me iba a querer a mí?... Me conformaba con tener amigos y demostrar a mi familia que podía ser como los demás, que yo también crecía y maduraba, porque me trataban como una niña. La superprotección de la familia te acaba aislando. Tuve que luchar contra mi padre para poder matricularme en la universidad.

- Y luego a la capital.

- Ir arriba y abajo en metro y autobús... ¡Qué gusto! Mire, tengo algo muy claro: quien quiere puede. Nosotros los discapacitados debemos concienciar a la sociedad de que hay una serie de barreras que hay que erradicar para que no seamos ciudadanos de segunda, sino personas corrientes con nuestros deberes y nuestros derechos.

- ¿Es más duro para una mujer estar en una silla de ruedas?

- Sí, la cultura paternalista y machista se hace asfixiante. Nosotras no respondemos a los estereotipos de lo que debe ser una mujer, así que se nos deja por inútiles, hay menos índice de formación entre mujeres con discapacidad que entre los hombres. Y por supuesto no respondemos al estereotipo de belleza.

- ¿Cómo se siente?

- Nada atractiva; al hablar, mis gestos son torpes y lentos, es difícil que la gente te dedique el tiempo que requiere una conversación contigo. Yo percibo la incomodidad del que se para a hablar conmigo, pero he aprendido a ser selectiva.

- ¿Qué ha sido lo mejor hasta el momento?

- La propia vida, ¡es tan hermosa!... No debemos vivirla pensando en lo que nos falta, sino disfrutando lo que tenemos.

- ¿Qué es lo más duro?

- Que para llevar a cabo cualquier acto esencial de la vida esté condicionada a la ayuda de una tercera persona y que esa ayuda suponga dinero. Tanto dinero tienes, tanto derecho a hacer cosas, y me duele que la sociedad no asuma que mañana cualquiera puede estar en mi situación.

- ¿Qué es lo que más a menudo se repite?

- "Si te empeñas, lo conseguirás". Nunca debe uno tirar la toalla por grandes que sean las adversidades. La felicidad son destellos fugaces, cuando los tengo los saboreo; eso es lo que he aprendido: a disfrutar.

- Más de uno envidiará su optimismo...

- Nos dejamos llevar por el entorno y por la inercia, y eso nos deja insatisfechos. Hay que parar y pensar, dejar que aflore tu propio criterio y respetarte. Yo me paso muchas horas quieta, viendo la gente pasar.

- ¿Y qué ve?

- Veo que la prisa y el ensimismamiento nos impiden valorar una mirada o un gesto tierno. Veo en los cafés cómo las parejas, los amigos, no se escuchan el uno al otro.

- Usted tiene una riqueza que mucha gente en mejores condiciones físicas no tiene.

- Yo creo que la fuerza está en la mente, quien no se saca partido a sí mismo es porque no se ha parado a pensar. La independencia emocional es algo que para una persona con parálisis cerebral es muy difícil de conquistar, más incluso que la física.

- ¿Por qué?

- Porque desde niño lo deciden todo por ti y, cuando llegas a adulto, tu capacidad crítica y el discernimiento están atrofiados. Asumir que la torpeza y la equivocación son fases del aprendizaje es bueno para todos.

- ¿La voluntad ha sido su herramienta?

- Sí, sin ella no se avanza.

- ¿Se ha sentido sola?

- Le debo mucho a la soledad: para llegar a conocerte, a crecer como persona y a valorar compañías que te enriquecen, es necesaria.

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