Roberto del Pozo es Concejal de Autonomía Personal del Ayuntamiento de Santander y uno de los contados ediles españoles en silla de ruedas. Cree que el próximo paso será que una persona con discapacidad llegue a cualquier concejalía.

Entrevista realizada por VIOLETA SANTIAGO y publicada en  El diario Montañés el 27/06/2010

ROBERTO DEL POZO

Roberto del Pozo

Este es un hombre de 46 años con una sonrisa franca casi continua y con un 96% de discapacidad. Roberto del Pozo, el primer concejal de 'Autonomía personal' de un ayuntamiento cántabro y uno de los pocos de España, sufre una enfermedad neuromuscular degenerativa y apenas tiene la energía física necesaria para coger un café de la barra de un bar. Pero va sobrado de fuerza mental. No está por la autocompasión. En una hora y media de conversación, ni una sola queja sale de su boca. Ni siquiera está decepcionado con el ejercicio de la política, a la que llegó tras largo tiempo en los movimientos asociativos. Al contrario, está feliz por haber contribuido a cambiar el 'chip' de los ediles del Ayuntamiento de Santander. «Ahora que han trabajado con una persona discapacitada y comprueban lo difíciles que tengo algunas cosas, lo ven todo con otros ojos». Él, que mira su ciudad desde la altura aproximada de un niño de nueve años y una mente lúcida, se fija sólo en las cosas importantes. Y cree que el próximo paso es que alguien con minusvalía ocupe «cualquier concejalía».

Tres años ya en la política municipal y decenas de fotos en los periódicos inaugurando pequeñas obras para derribar barreras, pero ¿cómo empezamos a explicar quién es usted?

Pues soy una persona normal a la que le cuesta todo mucho. No tengo casi movilidad. (No puede, por ejemplo, ni descolgar el teléfono que está al alcance de su mano)... aunque acabo sacando adelante mi agenda sin mayor dificultad. Cuento con numerosos apoyos, así que hago la labor (sonríe) a pesar de que casi no puedo coger ese papel (lo tiene justo delante). Es lo malo de estas enfermedades... que te dejan sin fuerzas, te provocan un gran cansancio. Estoy todo el día agotado (lo dice con una sonrisa de oreja a oreja). No me escudo en la discapacidad. Sería más fácil encerrarse y no hacer nada. Me levanto todos los días a las 6.45 y me pongo a lo que tengo que hacer. Necesito ayuda para todo, lógicamente. Lo hago a mi ritmo y ya está. Vivo en la calle del Monte y para los desplazamientos por la ciudad uso el autobús municipal. Hace 25 años, cuando empecé a ir en silla de ruedas eléctrica no había nada, nada, accesible. Ni autobuses, ni taxis, aquello era un desierto. Hoy que lo tenemos, lo aprovecho. Somos la capital de toda España con el mejor servicio de transporte adaptado.

No corra, no corra. Cuénteme de su infancia, con quién vive, cómo ha sido llegar hasta aquí...

Soy de Matamorosa. Viví allí cinco años. Me marcó mucho, porque ahora no soy de playa, me tiran más el río y la montaña. Me alegra vivir en una ciudad porque las oportunidades de una persona discapacitada en el medio rural son bastante menores. Es más difícil. Admiro a los que viven en los pueblos: lo pasan peor para salir y moverse. Vivo con mi padre (mi madre está en una residencia). Yo ya nací con esta patología y, sin embargo, hasta los ocho años iba de mi calle hasta los Salesianos andando. Cuando mis padres compraron un coche y dejé de pasear tanto, fui para atrás. Luego, con 13 años me operaron y volví a tener movilidad, con más problemas. La silla de ruedas es un invento maravilloso, nos da una autonomía impresionante. Aunque hace 25 años para los coches éramos un peligro: nos teníamos que mover por las calzadas y no por las aceras debido a los bordillos. Entonces fue cuando empezaron a ser un problema. También hay que decir que, antes, la gente ni salía de casa. Les daba vergüenza. A partir de estas sillas se nos vio más. Y las administraciones prohibieron que utilizáramos las calzadas. Se empezó a visualizar el problema.

¿Quiere decir que la conciencia de los obstáculos que enfrenta alguien en sus circunstancias data de aquella época?

No. No, porque todavía hoy, en general, nos ven como una carga y un gasto. Y esto es una gran mentira. Nosotros no 'costamos' más que otros sectores de la población y lo que se hace por 'nosotros' le sirve a todo el mundo. Cuando se pone una rampa o se elimina un bordillo, le acaba sirviendo a los mayores, a los que van con un cochecito de bebé... A las personas con una minusvalía hay que darles una oportunidad. Apoyarles para que puedan tener un empleo, por ejemplo. En eso estamos, porque para llegar a un trabajo, primero tienen que poder salir a la calle.

¿Santander es lo que podríamos llamar una ciudad amiga en este sentido o no?

Santander es horrible para una persona con discapacidad, por las cuestas. Los desplazamientos desde la bahía hasta General Dávila son tremendos. Los del Este al Oeste son más llevaderos, pero los del Norte al Sur... se las traen. Las cuestas son tremendas y eso no se puede cambiar. -Usted, realmente, ¿para qué población objetiva trabaja?

Yo huyo de encasillarme. Trabajo para todos. Para los ciudadanos en general, porque nadie se opone a la eliminación de una barrera. Nunca he oído a nadie criticar que se construya un hospital. Aunque no lo necesites hoy, lo puedes necesitar mañana. Pues esto, lo mismo. Cada vez que mejorarmos algo es para todos.

No se cansa de repetir este mensaje, acto tras acto.

Es que la sensibilización es una de las tareas que más me importa. La geste vive instalada en unos prejuicios que no son nada correctos. Después de que les cuentas lo que nos pasa, todo el mundo te da la razón. Cuando alguien me conoce no sabe qué hacer, si darme un beso, si darme la mano. Esto es fruto del puro desconocimiento... y es peor cuando te encuentras con quien tiene un exceso de cuidado. Oiga, que yo voy en silla de ruedas y casi no me puedo mover, pero en el resto soy una persona normal (se sonríe). Es fundamental que los medios de comunicación no nos presentéis como discapacitados, minusválidos o postrados. Somos como todos, cada uno con su discapacidad pero, al tiempo, con muchas capacidades. Y se dice que somos el 9% de la población.

¿Pudo estudiar o fue algo complicado?

Estuve escolarizado y eso que desde bien pronto la enfermedad lo condicionaba prácticamente todo. Llegó una edad en que tuve que elegir entre seguir los estudios -que exigían muchas horas de estar sentado- o luchar por poder andar. Pasé por seis operaciones y hubo mucho sacrificio. No pude seguir estudiando... Y me gustaba el periodismo. (Sonrisa enorme). Siempre he sido un apasionado de la lectura: con 15 años me leía cinco libros a la semana. Salía a dar una vuelta y toda mi cosa era volver a casa, para leer... La primera vez que fui consciente de que no era como los demás era un verdadero crío. Tendría dos años. Había un escalón que me costaba mucho; era como subir los Picos de Europa. Y, yo, tan pequeño, veía que a los otros niños de mi edad no les costaba como a mí. También pasé mucho tiempo en hospitales, aunque la verdad, en aquel momento, no le daba importancia. No lo analizaba. Fui más consciente de lo que ocurría cuando, para medir me la fuerza muscular, me hacían una prueba en la que me clavaban agujas por todo el cuerpo. Luego se podían leer los resultados en un gráfico. De niño me daban horror las agujas. De mayor lo que me horrorizaba era el gráfico, no los pinchazos.

¿Ahora cómo se encuentra de salud?

(vuelve a reír) A veces estoy rendido, por el trabajo. Es que no me cuido nada, soy muy desastroso. Sin embargo, hace poco me hice un reconocimiento y dio todo bien.

¿Usted es consciente de que, al desplazarse sentado, ve Santander desde otra altura, de que ve un Santander distinto que el resto de los concejales, por ejemplo?

Pues nunca me lo había planteado. No pienso que yo vea una ciudad diferente. Es cierto que las limitaciones te hace fijarte en otras cosas porque, con la silla, en realidad, por la calle vas conduciendo.

Ha tenido que mirar mucho para cambiar todo lo que cambiado en estos años con mil pequeñas actuaciones por todas partes.

Hemos actuado en más de 400 puntos por medio del programa de 'observadores urbanos', que ha tenido un resultado fantástico y del que estoy muy orgulloso. La gente me para por ahí para contarme dónde ve cosas a solucionar y eso es algo que me encanta. Bueno, de hecho, en este despacho, el 90% de las visitas son sin cita previa. Aquí viene la gente cuando busca una solución y se les escucha y se les atiende, que para eso estoy.

¿Y todo lo que señala les ha salido muy caro a los santanderinos?

Sólo en este programa llevamos gastados 700.000 euros en total. En 2008, sólo aportó el Ayuntamiento. En 2009 y 2010 también contribuye la Fundación Cántabra para la Salud y el Bienestar Social. Creo que no sale caro. Y también le digo: una ciudad no se acaba nunca. Se ha hecho muchísimo y queda muchísimo por hacer. A veces tengo la duda, ¿lo estaré haciendo bien? -Debe ser que sí, porque este año le han dado ya dos premios.

Sí, eso da respaldo. Los dos premios son los más prestigiosos de España para las corporaciones locales. Me hace pensar que estamos en el buen camino. Somos un ayuntamiento pionero y, además, me siento apoyado por las asociaciones, que es muy importante.

¿Qué tal el trabajo con el resto de la corporación?

Muy bien. Planteamos muchas actuaciones transversales, hablamos de lo que deben tener en cuenta cuando planean acciones en urbanismo, en deporte... En una fase más avanzada del plan de promoción de ayuda a las personas con discapacidad cada compañero tiene que desarrollar lo que se le ha pedido. Se habla continuamente, todos los días. El alcalde, Íñigo de la Serna (que es extraordinariamente exigente consigo mismo), a mí también me exige siempre un poco más allá de lo que yo puedo llegar. Y se lo agradezco. Luego, el paso importante sería que una persona con discapacidad ocupara otro tipo de concejalía. Con el tiempo todo llegará.

¿Le parece que ha cambiado el 'chip' de los concejales respecto a la discapacidad?

Les ha pasado como ha todo el que tiene a alguien cerca. Yo a la gente siempre le digo: olvídate de que voy en una silla. Esto es sólo una forma de desplazarse. Si no le quitas inteligencia a alguien que va en patines, ¿por qué se la quitas a alguien que va en silla? Creo que los concejales enseguida vieron que Roberto era una persona normal. Les ha venido bien, porque se han desprendido de prejuicios. Otra gran equivocación que se comete es pensar que las Administraciones nos ayudan. Es al revés: nosotros ayudamos mucho a la sociedad. Estamos deseando que nos dejen aportar. Y mal haría la sociedad si no nos dejara. Es que no vale olvidarse de un sector de población: es un error morrocotudo.

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